103 Racionalizando la emoción 115 En busca del tiempo perdido 119 Estructura dialéctica de la interpretación 123






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Ejrcicios de imaginación /

Stlacían muchos, semejantes a los que se describen trias adelan­te támara oscura, contar una historia, etc.).

Ejrcicios de emoción

Hf un muro entre lo que siente el actor y la forma final en que qresa ese sentimiento. Ese muro está formado por las mecani-zjíones del propio actor. El actor siente las emociones de jplet: así, sin quererlo, expresará las emociones de este perso­na al igual que expresaría sus propias emociones como ser híiano. Pero podría igualmente elegir, entre las mil maneras ^sonreír, aquella que piensa que sería la de Hamlet; entre las ¡¿maneras de enfurecerse, la que, según él, sería la de Hamlet. Efe las mil maneras de angustiarse al pensar en «ser o no ser», ¿(iíl sería la de Hamlet? tara solucionar ese callejón sin salida, se debe comenzar por (je uir el muro de mecanizaciones, la máscara del propio actor. EPatro que se hacía habitualmente en Sao Paulo, en aquella éfCa (hablo de 1956 a 1960, más o menos), por el contrario, " a rortalecer ese muro, endurecer aún más esas mecaniza-o es' as «marcas registradas» de cada actor o actriz, intentan-


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do crear los personajes sobre ese muro y sobre esas mecanizacio­nes; no sorprendía, por tanto, que dos Antígonas, tan diferentes en el texto, fuesen tan iguales en el escenario; que una pieza de Gorki se representase con una cadencia rítmica de voz igual a la de un personaje de Goldoni. Era una elección estética, y cada director hace la suya: respeto todas, pero no comulgo con ésta.

Nosotros queríamos que el actor pudiese anular sus caracterís­ticas personales e hiciese florecer otras: las del personaje. Estos y otros ejercicios servían para anular la llamada personalidad del actor (su forma y su molde, su máscara) y permitir que naciese la personalidad del personaje, que era, necesariamente, otra.

Pero ¿cómo llegar a esa forma? Para nosotros, primero era preciso sentir las emociones del personaje como si fuesen nues­tras; ellas encontrarían, en el cuerpo distendido del actor, la forma adecuada y eficaz para transmitir al espectador y despertar en él emociones iguales a las suyas.

Los ejercicios de emoción comenzaron a ser rutinarios en el Teatro de Arena; los actores los practicaban en el escenario o en cualquier lugar, en la oficina, en la calle, en los restaurantes. Hasta en el cuarto de baño (hablo en sentido literal). Todos los días, cada actor hacía por lo menos dos o tres ejercicios de labo­ratorio. En esa época, la gran mayoría de nuestros actores era muy joven, sin grandes problemas económicos, por lo que po­dían dedicar todas las horas del día a los ejercicios y los espec­táculos. Tuvieron así la posibilidad de practicar en conjunto, con sus cuerpos y sus emociones, sin tener que abandonar los estu­dios teóricos.

Las dificultades de la vida profesional hacen con frecuencia que algunos actores estudien sólo cuando vari a colegios y facul­tades; después, se profesionalizan y pasan la vida sin hacer nin­gún otro entrenamiento, estudiando sólo los diálogos de sus per-

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sonajes. En el Teatro de Arena, durante alf un0s añ0

ocurrió. Ya lo largo de esos años pudimos comnrobar r, '- x- , ^

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antiarüsüco es el sistema de producciones aisladas „ >

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actor trabaja en una y después en otra y aún otra prodn • - .

la posibilidad de profundizar su estudio junto con otr ^

empeñados en la misma investigación. En realidad es. ^

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nanamente importante para los actores elfrahair. „ .

J Colectivo orientado a una investigación común. La proHnrriñ

, • , • , „ . W1 aislada

sirve a los intereses empresariales (legítimos)- a fin rl«

o cuentas

los grupos permanentes, los ensembles, sirvena] arte teat

actores y a la función social y política del teatro. ' & °S

Los ejercicios de emoción, además, son fascinantes d»

pracücar. En un momento dado de nuestro desarrollo, |i

a atribuir una importancia desmedida a la emoción (no Cgam°8

clara para nosotros, en cambio, la importanciade la idea™ ""^

A partir de 1960, los métodos de Stanislaifc cometí'

difundirse también entre muchas otras compañía teatro™" *

sueñas. A veces se producían casos curiosos y aplicación,"

übles de las enseñanzas de Stanislavski sobre l»„0n' 7"

Me acuerdo de lo que ocurrió en un teatro «versitaCd T

cmdad de Salvador, Bahía. Un director estadolnidense ° ^ **

tado a dar un curso sobre Stanislavski y a me* una * mVÍ"

Po Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Will^s Los **"

■ban bastante avanzados, cuando el directorfcidió n^

^siguiente de la tremenda pelea éntrela ^ lZ Y; N° haWa manCra de **»■ a ^cer Wn. ^

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oüva. Esta vez tampoco la escenas el restodo

deseado. El director explicó entonces a la actriz que hacía el

papel de Stella:

-El problema es éste: Stella peleó duramente con su marido, defendiendo a su hermana. Pero él lloró, ella se conmovió mucho al verlo tan frágil, él la cogió en sus brazos, la llevó a la habitación, hicieron el amor durante toda la noche, fue una noche de locura, y después ella se durmió... Ahora bien: la esce­na comienza a la mañana siguiente. Stella despierta después de una noche maravillosa con mucho sexo, aún está muy cansada, pero contenta, no deja de sonreír, está feliz. Es una mujer feliz. Y eso es precisamente lo que no siento en tu interpretación. Vamos a hacer un ejercicio de memoria emotiva. Intenta recordar la noche más hermosa de tu vida, la noche más plenamente sexual, porque eso es lo que le falta a la escena...

La pobre chica lo miró asustada y tímidamente confesó: -Soy virgen, mister.

Hubo un momento en el que nadie supo qué decir. Parecía que en tal caso la memoria emotiva de Stanislavski no podría ser utilizada. Entonces, el actor que hacía de Stanley soltó una suge­rencia estupenda:

-Eso no importa. Ella puede intentar acordarse de algo que la haya hecho muy feliz... y listo... Después se hace la transferen­cia... digo yo... Vale la pena probar.

El director aceptó la propuesta, hicieron el ejercicio y a conti­nuación la escena, que salió maravillosa. Todos estaban conten­tos, felices, excitados, y preguntaron a la joven cómo lo había conseguido, qué había hecho para tener esa expresión tan sen­sual, tan feliz, tan atractiva. Ella dijo la verdad:

-Mirad, mientras hablábamos de sexo y de lo maravilloso que era Stanley en la cama, recordé una tarde llena de sol, en la que comí tres helados seguidos debajo de un cocotero en la playa de Itapoá...
Estos casos de transferencia extrema no son raros. En realidad es absolutamente inevitable un grado mayor o menor de transfe-reriáa: una persona recuerda la emoción que sintió en determi­nadas circunstancias, relativas a ella y sólo a ella, y que son ab­solutamente singulares; está claro que, al ser transferidas al personaje, cambian un poco. Yo nunca he matado a nadie, pero he tenido ganas de hacerlo: intento recordar ese momento y hago la transferencia a Hamlet cuando mata a su tío. La transfe­rencia es inevitable, pero no creo que se deba ir tan lejos como en el caso que cuenta Robert Lewis, sobre un famoso actor que hacía llorar al público cuando, en medio de una escena patética, sacaba un revólver, apuntaba a su cabeza, y, con el dedo en el gatillo, hablaba de la inutilidad de su vida como si fuese a dar el disparo final. El actor emocionaba al público y a sí mismo; los espectadores lloraban cuando lo veían llorar, sollozaban cuando oían su voz sollozante.

Cuando Lewis le preguntó cómo lograba tamaño impacto, tanta emoción desbordante, aquella tremenda conmoción entre el público y en sí mismo, el actor respondió:

-Memoria emotiva. ¿No has leído a Stanislavski? Pues ahí está todo.

—Ah, sí... -dijo Lewis-. Alguna vez tuviste el impulso de matar­te' has usado la memoria emotiva y listo... ¿Ha sido así?

"■¿Impulso de matarme? Me gusta mucho la vida. No es nada d^ eso.

^-¿Entonces?

"-Mira: cuando me acerco el revólver a la cabeza, tengo que íisar en algo triste, amenazador, terrible. Bien, eso es lo que §°- ¿No te has dado cuenta de que, cuando apunto el revólver, lr° hacia arriba? Ése es el secreto: me acuerdo de cuando era ore y vivía en una casa sin calefacción ni luz eléctrica, y siem-


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pre que me duchaba lo hacía con agua fría. Apunto el revólver a mi cabeza, miro hacia arriba, hacia la ducha, pienso en el agua fría que cae sobre mi cuerpo... ¡Ah, cómo sufro! ¡Mis ojos se lle­nan de lágrimas!

-<¿

/
v Racionalizando la emoción

Un ejercicio intenso de memoria emotiva, o cualquier ejercicio de emoción en general, es muy peligroso si no se hace, poste­riormente, una racionalización de lo ocurrido. El actor descubre cosas importantes cuando se aventura a sentir emociones en determinadas circunstancias. Hay casos extremos. Una actriz famosa se dejaba llevar de tal modo por la emoción en el papel de Blanche Dubois, que acabó siendo internada en un hospital para enfermos mentales. Eso no quiere decir que debamos rehuir los ejercicios de emoción; por el contrario, deben hacer­se, pero con el objetivo de comprender la experiencia y no sólo sentirla.

Hay que saber por qué una persona se emociona, cuál es la naturaleza de esa emoción, cuáles son sus causas, y no sólo cómo lo hace.

El porqué es fundamental, pues para nosotros la experiencia es importante; pero aún más importante es el significado de la expe­riencia. Queremos conocer los fenómenos, pero queremos sobre todo conocer las leyes que los rigen. Para eso sirve el arte: no sólo para mostrar cómo es el mundo, sino también para mos­trar por qué es así y cómo puede transformarse. Espero que nadie esté satisfecho con el mundo tal cual es: por eso, ha de querer transformarlo.

La racionalización de la emoción no se produce una vez que esta desaparece; es inmanente a la propia emoción. Razón y emoción son indisolubles. Existe una simultaneidad entre sentir Y pensar.


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Doy como ejemplo algo que me pasó a mí. Sentí una de las emociones más fuertes de tni vida cuando murió mi padre. Durante el velatorio, el entierro y el funeral, aunque estaba auténtica y profundamente emocionado, nunca dejé de ver y analizar las cosas exlañas que ocurren en rituales como la misa, el entierro y el velatorio. Me acuerdo de cómo disponían las flo­res en el ataúd y dek manera fría y objetiva en que el hombre explicaba la necesifed de ponerlas para que el ataúd quedase más bonito. Me acuerdo de la fisonomía de cada una de las per­sonas que nos dabanel pésame, cada cual reflejando su mayor o menor amistad con nosotros, con nuestra familia; me acuerdo de la expresión deltostro cansado del cura, tal vez porque ese día era el cuarto o qiinto entierro en el que participaba.

Me acuerdo de t»do porque analicé todo en el momento mismo en que ocurría, sin que por ello me emocionase menos. Era mi padre, y porcl siempre sentí una gran ternura.

Doy como ejempb algo que me pasó a mí, pero eso ocurre o puede ocurrirle a toio el mundo. Tal vez les ocurra con más fre­cuencia a los escritores, puesto que analizan todo por vocación. El ejemplo de Dostoíevski es extraordinario. En El idiota, el autor describe con perfección y riqueza de pormenores los ataques de epilepsia del protagonista. Dostoievski era epiléptico y lograba mantener, durantesus ataques, una lucidez y una objetividad suficientes como para recordar sus emociones y sensaciones, y ser capaz de describirlas y utilizarlas en sus novelas.

En este caso, el tutor describe sus emociones después de haberlas sentido, pro el caso de Proust es aún más extraordina­rio, más fantástico rao obstante real: mientras agonizaba, le dic­taba a su secretarían largo capítulo sobre la muerte de un escri­tor: ¡él mismo! Y tenía la objetividad suficiente para decirle a la secretaria en qué pajinas debía entrar ese capítulo, en qué nove-
la, y qué alteraciones debería hacer en las nuevas ediciones-cuando realmente se estaba muriendo, corregía la muerte ficti­cia que había descrito anteriormente. Y cuando acabó de descri­bir la agonía del escritor, murió.

No nos interesa si hay aquí verdadera simultaneidad o una rapidísima intermitencia razón-emoción. Lo importante es seña­lar el error y corregir a los actores, para quienes todo consiste en emocionarse. Cuando un actor se muestra incapaz de sentir, durante los ensayos, una verdadera emoción, es una pena, y no se trata de un verdadero actor. Pero el actor que se descontrola, que se pierde en la acción del personaje, no comete un error menor.

Muchas veces el descontrol es falso y se trata de puro exhibi­cionismo. Cierto actor se hizo famoso por la violencia con la que representaba el papel de Ótelo, de una forma terriblemente emocionante y peligrosa... para la actriz que representaba a Desdémona. Cuando se sentía poseído por el personaje, varias veces intentó estrangular a Desdémona en serio. Más de una vez tuvieron que bajar el telón. Las personas se impresionaban con el tremendo poder de emoción de ese actor. En mi opinión, creo que deberían denunciarlo al Sindicato de Actores o a la policía.

Esto debe quedar claro: la emoción en sí, desordenada y caóti­ca, no vale nada. Lo importante en la emoción es su significado. No podemos hablar de emoción sin razón o, a la inversa, de razón sin emoción: una es el caos; la otra, matemática pura.


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En busca del tiempo perdido

ti
He hablado de Proust y conviene desarrollar otro concepto proustiano que nos resultó muy útil en esa época y tiene que ver con el teatro empático de Stanislavski: el concepto de búsqueda del tiempo perdido. Para Proust, sólo reconquistamos el tiempo perdido (perdido, al vivirlo) a través de la memoria. Dice que, mientras vivimos, no somos capaces de sentir plena y profunda­mente una experiencia porque no podemos dirigirla, dejándola así sujeta a mil y una circunstancias imponderables. Nuestra sub­jetividad está sometida a la objetividad de la realidad. Si amamos a una mujer, tantos son los accidentes del amor que no podemos disfrutarlo y vivirlo profundamente, hasta que, en busca del tiempo perdido, lo reencontramos en nuestra memoria. En la realidad objetiva, el amor está mezclado con cosas menos esen­ciales: un autobús que se retrasa, un encuentro dificultoso, la falta de dinero, la incomprensión, etc. Pero cuando reconquista­mos, a través de la memoria, el episodio vivido, podemos purifi­car ese amor quitándole todo lo que no le era esencial y así reconquistar el tiempo perdido y vivirlo -¿o revivirlo?, ¿o tenerlo como vivencia?- en la memoria.1

Según Proust, esto sucede no con respecto a un amor pasado sino a toda la experiencia vivida. Uno de sus personajes, Swann,

En este aspecto, Proust se acerca a Maeterlinck, que consideraba a las perso­nas contemplativas, recordando el pasado, un buen material para el teatro. No c°niparto esta opinión. Prefiero a Shakespeare, que pensaba exactamente lo con-rano. Los argumentos de Maeterlinck son buena teoría, ¡pero las piezas de Shakespeare llenan los teatros! (Ai. del A.)

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piensa que está locamente enamorado de su amante, sufre todos los horrores de la incomprensión amorosa, hasta que pasado mucho tiempo se separan. Años después, cuando se encuentra con su ex amante, se queda conmovido. Intenta recordar todo lo que les había ocurrido, ordena la experiencia vivida, visualiza de nuevo subjetivamente todos los hechos ocurridos y concluye: «¿Cómo pude soportarla durante tantos años? ¡Ni siquiera era

mi tipo!».

Proust propone una total libertad subjetiva para ordenar los hechos pasados, las experiencias vividas, despojadas precisamen­te de aquello que podríamos llamar vida. El re-vivir, el tener vivencias, después el vivir. En este sentido, Proust tiene mucho que ver con el teatro de Stanislavski que, en cierto modo, tam­bién es «memoria»: memoria re-vivida, hecha vivencia.

Hay mucho de Proust en Stanislavski y viceversa. El actor debe tener, durante los ensayos, todo el tiempo necesario, haciendo ejercicios (especialmente los de memoria emotiva), para recon­quistar el tiempo perdido, ordenar subjetivamente la experiencia viva, es decir, la de la escena y la de los otros personajes y sus con­flictos, que en el teatro deben mostrarse como actuales —¡aconte­ciendo aquí y ahora, frente a los espectadores!- y no como remembranzas del pasado.

En el Teatro de Arena, trabajé con un actor de imaginación tan rica que incluso imaginaba cómo debían ser los otros perso­najes y se relacionaba con ellos tal como los veía; no se relaciona­ba con los otros actores tal como allí se presentaban. Esa hiper­trofia de la subjetividad era visible y notable en los actores salidos del Actor's Studio. Todos pensaban tanto, imaginaban tantas cosas para cada frase, para cada «buenCs días, ¿cómo estás?», para cada palabra que decían, que su interpretación era extraor­dinariamente lenta y llena de acciones y actividades laterales y
secundarias. Ningún actor respondía a una pregunta sin antes acariciarse el cuerpo, rascarse la cabeza, respirar hondo, silbar, torcer el cuello, mirar de reojo, fruncir el ceño; sólo después de eso se permitía responder.

Ese tipo de interpretación sobrecargada de intenciones llega­ba incluso al extremo de cambiar el estilo de la pieza que, de rea­lista que era, se volvía expresionista: el tiempo real era el tiempo subjetivo del personaje y no el tiempo objetivo de la interrelación de personajes. Chéjov, en muchos montajes basados en sus textos, sufre con esto cuando los directores no se dan cuenta de que en él cuando un personaje recuerda, lo importante no es sólo la cosa recordada, sino el hecho de recordarla aquí y ahora, frente a este o a aquel otro personaje. El teatro es siempre aquí y ahora, aun cuando el personaje comienza diciendo: «¿Te acuerdas...?».

Al comprender esto, comprendemos al mismo tiempo que la creación del actor debe ser, fundamentalmente, la creación de interrelaciones con los demás actores (personajes). Al comienzo de nuestro trabajo con Stanislavski, creábamos lagunas de emo­ción, profundas lagunas emocionales, pero la empatia, la ligazón emocional personaje-espectador, es necesariamente dinámica. Un exceso de proustianismo y de subjetividad puede llevar a la ruptura de las relaciones entre los personajes y a la creación de lagunas de emoción aisladas. Tenemos que crear, por el contra­rio, ríos en movimiento dinámico, en lugar de la mera exhibi­ción de la emoción. El teatro es conflicto, lucha, movimiento, transformación, y no simple exhibición de estados del alma. Es verbo y no simple adjetivo.

A partir de esa constatación, comenzamos a dar más valor al conflicto como fuente de teatralidad: la emoción dialéctica, como la llamábamos entonces. Y comprobamos que la emoción éctica es la forma de emitirlo que se podría llamar subonda.


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Me explico: los seres humanos son capaces de emitir muchos más mensajes de los que tienen conciencia de estar emitiendo. Y son capaces de recibir muchos más mensajes de los que suponen que están recibiendo. Por ello, la comunicación entre dos seres humanos puede darse en dos niveles: consciente o inconsciente, es decir, en onda o en subonda, que es toda la comunicación que se procesa sin pasar por la conciencia.

Con frecuencia un actor representa el mismo papel de la misma manera en dos espectáculos consecutivos, y puede ocu­rrir que, en uno de ellos, los espectadores se dejen arrastrar totalmente por la empatia y en el otro no. No obstante, el actor tiene la impresión de que ha interpretado las dos veces exacta­mente de la misma forma.

¿Por qué sucede eso? Porque en el segundo caso la subonda del actor transmitía mensajes que nada tenían que ver con las que transmitía en onda, es decir, conscientemente. Podía estar declamando las angustias del personaje y pensando en lo que haría después del espectáculo...

Lo que hace que los mensajes en onda y en subonda sean absolutamente idénticos es la concentración del actor. Éste nunca debe permitir una mecanización que lo lleve a hacer cosas siempre iguales mientras piensa en otra cosa. El acto de representar (actuar, interpretar) debe significar la completa entrega del actor a su tarea.
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