103 Racionalizando la emoción 115 En busca del tiempo perdido 119 Estructura dialéctica de la interpretación 123






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Una experiencia en Godrano el último espect-actor/protagonista)

Godrano es una pequeña ciudad en Sicilia, a cuarenta kilóme­tros de Palermo. Hay muchas cosas que Godrano no tiene: hotel, hospital, supermercado, cine, teatro, ni siquiera una gaso­linera ni un quiosco. Quien quiera leer un periódico debe ir hasta Villa Fratti, a diez minutos en coche. Godrano tiene pocas cosas: bar, iglesia, un teléfono público, dos carnicerías, dos tien­das de alimentación y también un puesto de carabinieri (policía).

Está situada en el valle de Busambra, provincia de Busambra, dominada por una montaña con el mismo nombre. Justo en medio de la montaña hay una fisura, un precipicio. En ese preci­picio la mafia local, que domina la región, arroja los cuerpos de numerosos trabajadores y líderes campesinos.

Existen muchas mafias. La primera, la de Salvatore Giuliano, era una forma prerrevolucionaria de organización popular. El pueblo armado, el pueblo sublevado, pero también un pueblo sin estrategia para tomar el poder, sin ideología para ejercerlo. Por eso, esa mafia fue derrotada. Luego surgieron las mafias antipopulares, la mafia del pescado (en el litoral), que solía comprar la caja de sardinas de 11 kilos a 1.000 liras y la revendía en el mercado a 600 liras el kilo (1977). Quien se opusiese reci­bía una advertencia: le quemarían la casa. En caso de reinciden­cia, se aplicaba la solución definitiva: se arrojaba al pescador al precipicio de Busambra. Estaban también las mafias de la cons­trucción civil, de los vegetales y del pasto...

Porque Godrano es un paese esencialmente rural, viven allí unas mil personas y nueve mil vacas. ¿Por qué tantas vacas? ¿Por

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qué nueve vacas para cada ser humano? Porque el Mercado Común Europeo obligaba a Italia a comprar carne en otros paí­ses. Y la carne que se comía en Palermo, distante cuarenta kiló­metros de Godrano, se transportaba cortada en avión, cuando podría haberse llevado por tierra, desde Godrano. Mientras las vacas europeas alimentaban a los habitantes de Palermo, las vacas de Godrano sufren de longevidad, de senilidad, y mueren de esclerosis. Y éstas ni siquiera son vacas sagradas, que también mueren longevas, en la India.

En realidad, Godrano tiene más de dos mil habitantes apunta­dos en el Registro, pero la mitad emigra y se reparte por el mundo. Van a Alemania, Suiza, Suecia, Argentina, Brasil..., siguiendo los pasos de algún pariente, algún amigo o alguna esperanza. Pero ninguno de esos emigrantes deja de pensar en su belpaese. Por ello se construye tanto en Godrano, pues todos piensan en volver algún día. Hay cada vez menos gente en ese pueblo, y cada vez más casas. Cuanto más crece en casas, más se vacía de seres humanos. Un día, los emigrantes volverán... Hoy ocurre lo mismo en Xique-Xique, en el interior de Bahía-Así era Godrano en 1977, una ciudad pacífica. Una ciudad profundamente infeliz.

Feminismo en Godrano

Todo el mundo era infeliz, y entre los más infelices estaban las mujeres adultas y las más jóvenes. Todos eran oprimidos, y esa opresión afectaba sobre todo a las mujeres casadas o casaderas. Yo solía pasear por la tarde por las calles del pueblo y veía, delan­te de cada casa, una mujer sentada, bordando: estaba preparan­do su ajuar, o el de su hija. El ajuar se llama corredo, una institu-
ón nacional en Italia. En Sicilia, este asunto es aún más terrible y alienante que en el resto del país.

Me contaron que antiguamente era común (hoy aún ocurre) las familias de los novios se reuniesen antes de la boda para celebrar lo que denominan apreciación. Padres, madres, tíos y tías hermanos y hermanas, y a veces un amigo, todos juntos, visi­tan a la familia de la novia, que les presenta las piezas del corredo.

-Esta sábana ha costado veinte mil liras.

-No es posible, vale mucho menos. He visto una igual en Paoletti, sólo que mucho mejor y por la mitad del precio...

Discuten hasta llegar a una cifra aproximada, y pasan a otra pieza del ajuar. Desfilan, delante de todos, el camisón nupcial, pañuelos y sábanas, alfombras y pantallas de lámpara.

Cuando todos están de acuerdo, se hace un inventario de todos los artículos, con una copia para cada familia. Después, y hasta el día de la boda, las piezas quedan expuestas durante una o dos semanas; se permite la visita de familiares y amigos.

El novio no precisa estar presente en la apreciación del corredo ni tampoco tener uno propio. Lo que significa, en aritmética ele­mental, que: 1 novia + 1 ajuar = 1 novio. Esto a su vez demuestra la diferencia aritmética entre el novio y la novia, entre el hombre y la mujer: el ajuar.

Otro detalle importante de las bodas en Godrano: era impres­cindible que la novia fuese virgen. Hasta hace poco tiempo (y aun puede ocurrir), en muchos lugares de Sicilia existía la cos­tumbre, en la noche siguiente a la de bodas, de que el hombre exhibiese la sábana manchada de sangre desde la ventana de la habitación, en su casa, para que todos pudiesen ver que la novia era virgen. Nadie preguntaba si el novio también lo era...

Hoy en día las costumbres se han modificado, pero siguen «endo terriblemente antifeministas. Por ejemplo, a las cuatro de


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la mañana, después de la noche de bodas, la familia invade el dormitorio de la pareja para servir el desayuno. Aprovechan para saber cómo ha ido todo: «¿Cómo ha ido todo? ¿Sin proble­mas? ¿Habéis pasado bien la noche?».

De nuevo la policía

Dos periódicos de Palermo publicaron unas entrevistas conmigo antes del espectáculo. Inmediatamente, el jefe de los carabinieri en Palermo, alarmado, telefoneó al brigadierede Godrano, pre­guntándole por qué no había detectado la presencia de un extranjero. A partir de esa llamada de atención, los carabinieri estuvieron pendientes de todos nuestros movimientos, y en cuanto supieron que teníamos el proyecto de presentar un es­pectáculo en la plaza principal, decidieron prohibirlo. Fueron a comunicarnos la decisión y, cuando me vieron, se llevaron un buen susto: en esa época yo usaba el pelo demasiado largo para Sicilia y un poncho colombiano multicolor. Tenéis toda la razón: ¡yo exageraba! Discutimos sobre la libertad de expresión artísti­ca. La discusión fue larga, y los policías no dejaron de mirar los colores de mi poncho.

Finalmente, el brigadiere accedió a permitir el espectáculo, siempre que nos autorizasen desde Palermo, lo que causaría una demora de tres días de trámites burocráticos. ¡Imposible! Había otra dificultad: nuestro espectáculo no tenía un texto que pudie­se calificarse, pues era totalmente improvisado.

El jefe de los carabinieri reiteró sus objeciones: a fin de cuentas, el director es un extranjero y, peor aún, antiguo preso político, que «se viste de esa manera y no se corta el pelo», y puede origi­nar disturbios políticos en un pueblo tan pacífico. ¿Alguien
ioce sus ideas? ¿Y si son nocivas para los habitantes de Godrano? ¡Ante la duda, mejor prohibir!

Mis anfitriones le explicaron las teorías del Teatro del Onrimido, y los policías escucharon atentamente. No importa­ban las ideas que yo tuviese, no serían nocivas, porque, por el método del Teatro del Oprimido, yo sólo proponía una nueva manera de hacer teatro. Las ideas partirían de los propios habi­tantes de Godrano, no de mí.

-¿Usted quiere decir que es el pueblo de Godrano el que se expresará en el Teatro Foro? ¿Quiere decir que el pueblo va a decir lo que piensa, lo que quiere, que va a ensayar acciones que considere necesarias para liberarse?

-Exactamente. Las ideas de Boal no cuentan: ¡sólo las nues­tras!

Tengo que admitir que, en ese punto, el policía tuvo un momento de rara lucidez y dijo:

-Pero eso es mucho más subversivo y mucho más peligroso de lo que yo pensaba. Ahora sí: ¡la pieza está prohibidísima!

Estábamos desolados, hasta que alguien sugirió que fuésemos a hablar con el sindaco (el alcalde), que era, legalmente, la mayor autoridad del pueblo. Vacilamos, porque en nuestra segunda pieza el alcalde era personaje; más precisamente, el opresor principal. Pero no había otra salida, así que fuimos al ayunta­miento, que era la propia casa del alcalde.

El sindaco se mostró entusiasmado ante la posibilidad de que

hubiese un espectáculo de teatro en su pueblo, dijo que los de

Villa Fratti se morirían de envidia y autorizó el espectáculo. Y

mas aun: prometió que no iría a Palermo el fin de semana, como

e costumbre, y se quedaría en Godrano para prestigiar el even-

°- Argumentamos que no era necesario, que bastaría con una

reve autorización escrita, pero el sindaco, eufórico, prometió


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(¡o amenazó!) que iría. En nombre de la cultura y del libre pen­samiento, el sindaco asumió toda la responsabilidad y pudimos volver al trabajo.

Los oprimidos frente afrente con el opresor

El sábado estábamos todos en la plaza central. Cuando digo todos, entiéndase literalmente: digo todos los habitantes del pueblo. Toda la villa tomó conocimiento del espectáculo, algu­nos quisieron participar, otros solamente observar, y otros inclu­so se quedaron mirando desde la ventana.

Fue una experiencia maravillosa, por varias razones. Sobre todo por haber sido la primera vez, en Teatro Foro, que tuve un público formado tanto por oprimidos como por opresores. En América Latina y en Europa, monté muchos espectáculos, pero siempre sólo con los oprimidos. En Godrano, los adversarios estaban frente a frente.

1. La familia ;,i, .

Primero hicimos algunos ejercicios y juegos, después comenza­mos la primera escena.

Ia acción

Giuseppina, una joven de veinte años, quiere salir después de cenar. Pide permiso a su madre. Ésta responde que depende de lo que diga su padre. Giuseppina dice que uno de sus hermanos la acompañará; las dos preparan la cena.

2a acción

El padre llega furioso con todo y con todos. El pretexto es el

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coste de la vida, la mala educación que la mujer da a los hijos, los hijos que son unos inútiles, la cooperativa que los hombres intentaban formar y que no avanza... Llegan los hijos. Cada uno ejerce una opresión diferente sobre Giuseppina. El primero, jnuy rudo, dice que el lugar de la mujer está en la casa, y cuanto más estúpida e ignorante sea, más feliz será. El segundo, el más joven, señala hasta los menores defectos de su hermana, cuenta que está coqueteando con el hijo del vecino, etc. El tercero se hace el bueno; acompaña a su hermana, siempre que ella le obe­dezca. Giuseppina pregunta si puede salir, pero justamente esa noche ellos están muy ocupados. Uno se va a jugar al fútbol, el otro a las cartas y el tercero no está disponible.

3a acción

El padre prohibe a su hija que salga. Sus hermanos pueden hacer lo que quieran porque son hombres. Giuseppina tiene que quedarse y lavar los platos porque es mujer.

Foro

En cuanto terminó la escena modelo, y antes de que comenzase

la discusión en foro, hubo varias reacciones masculinas: dos

maridos ordenaron a sus mujeres que volviesen a casa. Las dos se

negaron y se quedaron hasta el final. No se atrevieron a entrar

en escena, pero sí a quedarse en contra de la voluntad de sus

maridos.

Otros hombres comenzaron a decir que ése no era un proble­ma serio y que deberíamos discutir solamente problemas serios.

as mujeres protestaron, diciendo que si la escena se refería a ellas, era sin duda muy serio.

loro comenzó, con la mesa puesta para la cena en plena

aza- Tres chicas se ofrecieron para sustituir a la actriz que hacía

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de Giuseppina e intentar romper la opresión. Los opresores, no obstante, estaban muy bien entrenados y, una tras otra, las tres vol­vieron a «los platos y la cocina». Lograban decir más o menos todo lo que pensaban, pero acababan derrotadas. La cuarta chica entró en escena y mostró lo que sería, según ella, la única solución: la fuerza. Contradiciendo la voluntad paterna, ella sale de todos modos, y el padre acaba aceptando la solución y fin­giendo que le da permiso. El sindaco, que no tenía hija, estaba maravillado con esa nueva forma de teatro... Seguía risueño

todos los diálogos.

Una señora, dirigiéndose a la madre de la cuarta espect-actriz: -¡Saque a su hija de aquí, porque si sigue diciendo esas cosas

nunca va a conseguir novio en Godrano!

-No tiene importancia -respondió orgullosa la madre de la

chica-, yo le pagaré el billete para que busque novio en

Palermo...

Un hombre corpulento quiso sustituir al padre y echó a su mujer de la casa, diciéndole que se fuese a vivir con su amante. Según su pensamiento reaccionario, si la hija comete un pecado se debe a que la madre es una puttana. ¡Las mujeres protestaron

indignadas!

Al acabar el foro de esta primera pieza, una de las espectado­ras comentó:

-Nos hemos atrevido a decir lo que pensamos aquí, en la plaza pública, delante de todos, pero no nos atrevemos a decir lo mismo en casa. Con los hombres, sin embargo, ha ocurrido lo contrario: hay cosas que no se cansan de decir en casa, pero han tenido miedo a decirlas aquí, delante de todo el mundo.

El traslado del comedor a la calle tuv*o otros efectos. Hubo un nuevo momento importante, cuando un muchacho ocupó el lugar de la protagonista. Siempre que era una chica la que inter-
pretaba a Giuseppina, había una identificación inmediata con todas las otras jóvenes presentes. Con el muchacho, por el con­trario, no se produjo la identificación; las chicas lo observaban, apreciaban su representación, se interesaban por lo que decía, pero no se identificaban con él.

¿Cuál fue la consecuencia práctica de esa no identificación? El actor-hombre era visto por ellas como actor. La espect-actriz, por el contrario, era una de ellas, una mujer en escena -¡no una actriz!-, hablando en nombre de todas las demás. ¡No en su lugar, sino en su nombre! ¡Él representaba, ella vivía!

Cuando un actor interpreta un acto de liberación, lo hace en el lugar del espectador, y provoca la catarsis. Cuando un espect­ador ejecuta la misma acción en escena, lo hace en nombre de todos los demás espectadores, provocando la dinamización en vez de la catarsis.

Por fin, si los hombres no acabaron muy contentos, las muje­res, en cambio, se sintieron muy felices. Al día siguiente, cuando preguntamos a la madre de Giuseppina qué le había parecido el espectáculo, respondió:

-Me pareció sensacional, y a todas mis amigas les encantó la interpretación de mi hija. Todas me dijeron que en sus casas las cosas ocurren de la misma manera. Los problemas son los mis­mos. Y una de ellas dijo que deberíamos buscar soluciones juntas.

¿ La cooperativa: el personaje asume su propio papel y echa al actor

n Ia segunda escena modelo, los personajes eran los campesi­nos del pueblo y... el sindaco. Había un sindaco en escena, el actor, y otro, su modelo, en el público.

En Godrano, los criadores de vacas intentaban crear una coo­perativa para resolver el problema de la falta de mercado para su


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lana. Acusaban al sindaco de no ayudarlos y de impedir incluso que la cooperativa alcanzase sus objetivos.

Ia acción

Tres miembros de la cooperativa discuten sobre el papel del sin­
daco
en la creación de la cooperativa y deciden reunirse con él y
exigirle que tome las medidas que consideran necesarias. Todos
están de acuerdo. ■■ ¡ > . ,

2a acción

Entra el sindaco en compañía del presidente de la cooperativa. El primero explica que ha elegido a ese hombre como presidente por tratarse de una persona con gran conocimiento del asunto. Los tres socios protestan, declarando que el presidente debe ser un habitante de Godrano que conozca sus problemas, y no alguien de fuera, que no conozca nada. El sindaco defiende su posición y acaba imponiendo su voluntad.

3a acción

El presidente expone su plan, proponiendo que la sede de la cooperativa esté en otro lugar que no sea el paese, donde las con­diciones no son ideales. Los socios vuelven a protestar, pero la hábil argumentación del sindaco y el presidente los convence.

4a acción

El sindaco insiste en que los socios firmen un documento que ser­virá para los trámites oficiales. Los socios se niegan, pero son derrotados nuevamente y acaban firmando.

Es lógico que el sindaco se haya reconocido desde la primera escena. Y me preguntaba:

-¿Quién es ese sindaco? ¿A quién se parece? - ,
Yvo respondía, intentando resultar sincero:

-A nadie... es un sindaco absolutamente simbólico. Sólo eso...

-¿Simbólico?Vaya... ¿."■■>'■ ■', -■■'<'■■'

Foro

Al comienzo del foro, había una tensión muy grande, como era de esperar. El acusado estaba allí, en medio del público, y, mien­tras hablaba el actor sindaco, el pueblo podía ver el ceño frunci­do del verdadero sindaco, que también intentaba sonreír y apa­rentar buen humor, sólo que el malestar era más que evidente. Cuando alguien gritaba «¡Alto!», el actor salía de escena y un campesino entraba en su lugar para dar su versión de los hechos y del comportamiento de las autoridades presentes. Con lágri­mas en los ojos, un espect-actor clamaba que si la cooperativa hubiese existido, si hubiese funcionado como debiera, no se habría visto forzado a emigrar a Alemania. Otro denunció las ventajas que obtenía el sindaco con el no funcionamiento de la cooperativa. Otro propuso, siempre dentro del espectáculo-foro, que se excluyese al sindaco de la cooperativa.

El sindaco, en el público, escuchaba todo, evaluaba fríamente todas las acusaciones y preparaba su respuesta.

Llegó el momento inevitable. Como el actor que interpretaba

su papel no era su aliado -sino todo lo contrario-, no lo defendía

como a él le habría gustado verse defendido. No pudiendo ya

contenerse, el propio sindaco gritó «¡Alto!», entró en escena y

ocupó el lugar del actor que lo interpretaba. Eso ocurrió en

icilia, tierra de Pirandello, de Seis personajes en busca de autor, pero

esta vez las motivaciones eran muy diferentes. No tenían nada de

e sicas; eran 1° °iue podía haber de más concreto, motivacio-

s políticas. La polis entera estaba en la plaza, discutiendo los

os de sus gobernantes, cuestionándolos y condenándolos.


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Vivimos entonces una experiencia desconcertante a partir de aquel momento: el sindaco, que había entrado en un juego tea­tral, quería transformarlo en otro juego, que él conocía bien y dominaba mejor: el juego político.

-Bien, ahora vamos a hablar en serio. Habéis hecho teatro, habéis bromeado con cosas serias. Ahora, vamos a hablar en

serio.

¿Qué quería el sindaco} Simplemente jugar su propio juego. En la política de la región, era él quien daba la palabra a quien quisiese, y cuando quisiese; era él quien guiaba las acciones, inte­rrumpiéndolas o modificándolas a su antojo. Nadie se atrevía a oponerse a su voluntad. Ocupaba su cargo desde hacía aproxi­madamente diecisiete años.

En el juego del foro, no obstante, la democracia teatral entró en escena. Allí no importaba quién fuera el espectador, y cual­quiera podía gritar «¡Alto!», decir lo que pensaba y proponer lo que se le ocurriera. Los campesinos lo sabían y alguien respon­dió:

-¡No, no vamos a hablar en serio de nada: vamos a hablar de

teatro]

En ese juego, todos los participantes tenían igual poder. Esa democracia no le había gustado al sindaco, porque en cuanto comenzaba a decir algo que no era verdad, alguien gritaba «¡Alto!», entraba en escena, lo contradecía, presentaba pruebas y argumentos contrarios.

Cualquiera podría haberlo hecho en aquella democracia teatral.

El sindaco perdió finalmente el control, se puso fuera de sí y
comenzó a gritar: ,

-Es mi cooperativa, sí; si queréis una, os la inventáis para vo­sotros.
El espectáculo comenzó a las nueve de la noche, y a las dos de la mañana aún había gente discutiendo en la plaza. El Teatro Foro se transformó en foro, lisa y llanamente, y se prolongó has­ta la mañana siguiente, hasta otros paesi, hasta Villa Fratti, hasta Mizzoiuzzo, porque las personas de esas ciudades que habían ido a Godrano querían hacer allí Teatro Foro para discutir también sus problemas.

Todas estas experiencias se refieren al comienzo del Teatro Foro. Las experiencias más recientes, sobre todo las realizadas por el CTO-Rio con diecinueve grupos de teatro popular en toda la ciudad de Río de Janeiro, durante mi mandato como concejal en el Ayuntamiento (1993-1996), se registran con todo detalle en mi libro Teatro legislativo, aun inédito en España.


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'i .'■,•■». . ■•■!-,
í Capítulo 2 la estructura de interpretación del actor

m VI;

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de Sao Paulo eapituexPco el comienzo del trabajo en el Teatro de Arena

nacional- se h ^ k nadonalista consistente en valorar todo lo que fuese

uscaba incluso una forma brasileña de interpretar.

La emoción prioritaria

Fn 1956 comencé a trabajar en el Teatro de Arena, del que fui director artístico hasta el día en que tuve que salir de Brasil, en 1971 exiliado. Allí creamos un Laboratorio de Interpretación en el que estudiamos metódicamente los trabajos de Stanislav-ski que era casi desconocido en Brasil. En la Escuela del Ser­vicio Nacional de Teatro, en Río de Janeiro, yo había asistido a algunas clases de Luisa Barrete Leite y Sadi Cabral sobre el gran director ruso; en Nueva York, había asistido también a algunas clases en el famoso Actor's Studio, como oyente (mejor diría «vidente», porque veía más que entender lo que hablaban).

Nuestra primera propuesta fue valorar la emoción, hacerla esencial y prioritaria, para que ella pudiese determinar, libre­mente, la forma final. No queríamos valorar lo que llamaban en aquella época técnica, es decir, representar sin sentir realmente nada de lo que se representaba. Queríamos sentir.

Pero ¿cómo podemos esperar que las emociones se manifies­ten libremente a través del cuerpo del actor si tal instrumento (nuestro cuerpo) está mecanizado, muscularmente automatiza­do e insensible en el noventa por ciento de sus posibilidades?

na nueva emoción, cuando la sentimos, corre el riesgo de aca-ar cristalizada por nuestro comportamiento mecanizado, por

estras formas habituales de acción y expresión. Es como si sernos dentro de esa vestimenta, nuestra apariencia exterior SCrá siemPre la de la escafandra.

c °r qué el cuerpo del actor está mecanizado? Por la incesan-peüción de gestos y expresiones. Nuestros sentidos tienen

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enorme capacidad para registrar sensaciones, e igual capacidad para seleccionarlas y jerarquizarlas: también para expresar nues­tras ideas y emociones, y para seleccionarlas y jerarquizarlas.

Por ejemplo: el ojo puede captar una infinita variedad de colores, cualquiera que sea el objeto de su atención: una calle una sala, un cuadro, un animal. Hay miles de tonalidades de verde perfectamente perceptibles para el ojo humano. Pero nuestro ojo cataloga, clasifica los miles de verdes dentro de la gama de verde que los engloba a todos. Lo mismo ocurre con el oído y los sonidos, y con los demás sentidos y sus sensaciones específicas: oímos miles de sonidos y ruidos simultáneos, pero prestamos atención a unos pocos, despreciando los restantes. Una persona que conduce un coche tiene delante de sí un desfi­le torrencial de diferentes sensaciones. Andar en bicicleta impli­ca una complicadísima estructura de movimientos musculares y de sensaciones táctiles, pero los sentidos seleccionan los estímu­los más importantes para esa actividad. Cada actividad humana, desde la más común y ordinaria, como por ejemplo caminar, es una operación sumamente complicada, que sólo es posible por­que los sentidos son capaces de seleccionar; aunque capten todas las sensaciones, las presentan a la conciencia según cierta jerarquía y una determinada estructura.

Esto se hace más claro cuando alguien sale de su ambiente habitual, cuando visita una ciudad desconocida, en un país des­conocido: allí las personas visten de manera diferente, hablan con un ritmo y una musicalidad diferentes, los ruidos no son los mismos, los colores son otros, los rostros tienen fisonomías dife­rentes. Todo parece maravilloso, inesperado, fantástico. Excita en grado sumo absorber tantas sensaciones nuevas. Al cabo de unos días, los sentimientos aprenden de nuevo a seleccionar y estructurar los nuevos estímulos y se vuelve a la rutina anterior.
carinemos lo que ocurre cuando un indio va a la ciudad o

ando un habitante de una gran ciudad se pierde en la selva, p ra el indio, los ruidos de la selva son perfectamente naturales,

conocibles, y sus sentidos se han acostumbrado a seleccionar-1 s v ordenarlos; consigue orientarse por el sonido del viento en los árboles y la luminosidad del sol entre las hojas. En cambio, lo

e „ara nosotros es natural y rutinario puede enloquecer al indio, incapaz de estructurar las sensaciones producidas por una eran ciudad. Lo mismo nos ocurriría si nos perdiésemos en la selva.

Este proceso de estructuración y selección producido por los sentidos lleva a la mecanización, porque los sentidos seleccionan siempre los mismos estímulos de la misma manera.

Cuando comenzamos con los laboratorios de interpretación, aún no pensábamos en las máscaras sociales. En aquella época, la mecanización sólo se entendía bajo una forma puramente físi­ca: al desarrollar siempre los mismos movimientos, cada persona mecaniza su cuerpo para ejecutarlos mejor, privándose entonces de posibles alternativas para cada situación original. Podemos reír de mil maneras diferentes, pero cuando nos cuentan un chiste, no nos ponemos a pensar en un modo original de reír, y reimos siempre de la misma manera, con mayor o menor inten­sidad.

Las arrugas aparecen porque nuestros rostros no varían sus expresiones fisonómicas habituales; la repetición de determina-as estructuras musculares acaba dejando su huella estampada en nuestros rostros.

ív¿ue es un sectario sino una persona (de derechas o de -4 lerdas) que ha mecanizado todos sus pensamientos y todas espuestas? Aun frente a nuevos hechos, reacciona con viejas maneras, con hábitos antiguos.


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El actor, como todo ser humano, tiene sus sensaciones, sus acciones y reacciones mecanizadas, y por ello es necesario co­menzar por su desmecanimtión, para que se vuelva versátil y capaz por tanto, de adoptar las mecanizaciones del personaje que va a interpretar. Las mecanizaciones del personaje son diferentes de las del actor. Es necesario que el actor vuelva a sentir ciertas emo­ciones y sensaciones de las que ya se ha deshabituado, que ampli­fique su capacidad de sentir y expresarse.

En una primera fase, hacíamos ejercicios sensoriales, siguien­do en líneas generales las indicaciones de Stanislavski. Doy algu­nos ejemplos:

Ejercicios musculares < ,

El actor, después de relajar todos los músculos del cuerpo y tomar conciencia de cada uno de ellos, concentrándose en él mentalmente, andaba unos pasos, se agachaba, cogía del suelo un objeto cualquiera -un libro, por ejemplo- y, moviéndose de manera muy lenta, intentaba memorizar todas las estructuras musculares que intervenían en la realización de esos movimien­tos. Luego repetía exactamente la misma acción, sólo que ahora debía recurrir a la memoria, pues en esta ocasión fingía coger un objeto del suelo, activando y desactivando los músculos al acor­darse de la operación anterior.

Se hacían muchos ejercicios de este tipo, cambiando de obje­to (una llave, una silla, un zapato, un cubo de agua) o volviendo las acciones más complejas: vestirse o desvestirse, primero con ropa y después sin ella. O montar en bicicleta,*primero con ella y después sin ella, tumbado de espaldas en el suelo para liberar los brazos y las piernas.
En todos los ejercicios, lo importante era que el actor tomase nciencia de sus músculos, de la enorme variedad de movi-ientos que podría realizar. Otros ejercicios: andar como Fulano, reír como Mengano, etc. Lo que se pretendía no era la exacta imitación exterior, sino sobre todo la comprensión inte­rior de los mecanismos de cada movimiento. ¿Qué hace que

Fulano ande de esa manera? ¿Qué hace que Mengano se ría de

i _ -i

ese modo?

Ejercicios sensoriales

El actor ingiere una cucharada de miel; después, un poco de sal; después, azúcar. A continuación tendrá que recordar los sabores y manifestar físicamente todas las reacciones que acompañan la ingestión de esos ingredientes.

No se trata de hacer mímica -gesto de disgusto para la sal, son­risa angelical para el azúcar y la miel-, sino de sentir nuevamente las mismas sensaciones, de memoria. Lo mismo se puede hacer con aromas.

Un ejemplo: poníamos música y varios actores la escuchaban, prestando mucha atención a la melodía, el ritmo y el compás, después, en conjunto, intentaban oír mentalmente la misma música, dentro del mismo ritmo y compás, con los ojos cerrados, una señal mía, tenían que comenzar inmediatamente a cantar-a partir del fragmento que estaban oyendo mentalmente en ese omento: si había coincidencia, era porque todos estaban con-ados y habían reproducido a la perfección la música (melo­sa, ritmo y compás). umh-^m,.. ■■■•.,:.:.•,■..•■•,■;

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Ejercicio de memoria

Hacíamos cotidianamente ejercicios de memoria muy fáciles. Antes de dormir, cada cual intentaba recordar minuciosa y cro­nológicamente todo lo que había pasado durante el día, con el máximo de detalles -colores, formas, fisonomías y tiempo—, visualizando nuevamente con una exactitud casi fotográfica todo lo que había visto, volviendo a oír todo lo que había oído, etc. Era frecuente también que, al llegar al teatro, alguien pregunta­se a un actor lo que había pasado desde la noche anterior, y éste tenía que relatar sus acciones con todo detalle.

Era particularmente interesante hacer ese ejercicio cuando dos o más actores habían participado del mismo acontecimien­to: una fiesta, una asamblea, un espectáculo teatral o un partido de fútbol. El grupo comparaba los dos relatos e intentaba enten­der el porqué de las divergencias.

Los ejercicios de memoria podían igualmente referirse a cosas

pasadas hacía muchos años. Por ejemplo, cada actor hacía un

relato pormenorizado de cómo había sido su boda: quién había

ido, qué música se había puesto, qué se había comido, cómo era

la casa, etc. O cómo había sido el entierro de un ser querido. O

cómo había sido el día en que Brasil, jugando contra Uruguay,

había perdido, absurda e inesperadamente, el Campeonato

Mundial de Fútbol, en 1950, en el estadio Maracaná: ¿en qué

radio (aún no teníamos televisión) había escuchado el partido?

¿Había ido al Maracaná? ¿La gente lloraba? ¿Cómo? ¿Quiénes?

¿Cómo había dormido esa noche? ¿Había dormido? ¿Había

soñado? ¿Qué tipo de sueños? Y así sucesivamente.

En los ejercicios de memoria, lo más importante es intentar recordar el máximo de detalles concretos. Es también necesario que este tipo de ejercicio se practique con absoluta regularidad,
caj mo rutina diaria, especialmente en determinado momen-toli ¿¡a. Sirve para desarrollar la memoria, pero también para amentar la atención: cada cual sabe que tendrá que acordarse
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