Un hombre entre un millón (2007)






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Capítulo 10

Mad salió de la piscina una hora más tarde. Se envolvió con una toalla y se sentó en una tumbona. Nadar le había servido como terapia y estaba un poco más calmada.

Pero si Spike permitiera que se disculpara…

—Estoy muy enfadado contigo.

Mad se sobresaltó y miró detrás de ella. Spike estaba de pie en la terraza, con las piernas separadas y las manos en las caderas.

—Tienes derecho a estar enfadado —dijo ella, y se volvió para mirarlo—. Iba a ir a buscarte. Siento haberme puesto así contigo.

Él asintió, pero no cambió su postura.

—Disculpa aceptada. Ahora quiero saber qué pasa con tu hermana.

—Hermanastra.

—Lo que sea.

—No, a mí me importa que se haga la distinción —Mad miró hacia la casa y se fijó en que había varías ventanas abiertas—. ¿Te importa si paseamos un poco?

—Si eso es lo que necesitas para hablar, me parece bien.

Mad se puso las zapatillas de deporte pero no se ató los cordones.

—Vas a tropezar —dijo él.

Ella se agachó y se los anudó antes de comenzar a caminar.

—Amelia… —se aclaró la garganta—. Amelia es…

—Vamos, Mad, ¿de veras crees que yo me enrollaría con ella?

Mad se detuvo y lo miró a los ojos.

—Dos veces. Me ha pasado dos veces. Así que cuando un hombre que me gusta está cerca de mi hermanastra, mi respuesta es cortar por lo sano. No es culpa tuya, y lo siento de veras.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo puedes pensar que te haría una cosa así?

—Quiero confiar en ti. De veras. Es sólo que al verla esta mañana me he dado cuenta de lo poco que te conozco. Quiero decir, ojalá hubiéramos pasado más tiempo juntos. O que yo supiera más detalles de tu vida, dónde has estado, qué has hecho… Diablos, ni quiero volver a echarte la culpa de esto. Escucha, Amelia, Richard y yo somos una mala combinación y nuestros papeles están definidos. Siento haberte implicado en esto.

Spike se sentó en un banco que había en el jardín y apoyó los codos sobre las rodillas.

Cuando la miró, le ardían los ojos.

—Tienes razón. No nos conocemos apenas ¿verdad?

Ella se sentó a su lado.

—Hay un remedio para ello —dijo ella—. Podríamos seguir viéndonos.

—No funcionaría. Yo no estoy hecho para eso.

Mad sintió un fuerte dolor en el pecho.

«Eso ya lo sabías», se recordó. «Lo sabías antes de acostarte con él». Spike se lo había dicho bien claro el día anterior.

—¿Te puedo preguntar por qué no te interesan las relaciones? —al ver que dudaba, añadió—. ¿O es algo demasiado personal?

—No son para mí.

—¿Por qué?

Él la miró a los ojos y Mad vio dolor en su mirada.

—Ojalá pudiera darte una respuesta mejor —se puso en pie—. Vamos a casa, ¿de acuerdo?

—¿Ahora quién es el que está huyendo? —susurró ella.

—Tienes razón —se pasó la mano por el cabello—. No te mereces a alguien como yo.

Ella frunció el ceño.

—Spike, no me importa si no creciste como yo. El dinero no me interesa.

—Lo sé —la sombra de una sonrisa iluminó su boca—. Aunque me veo obligado a decirte que tu garaje es más grande que la casa en la que yo crecí.

—No es mi garaje. Fue el de mi padre, y ahora es de mi hermanastro. Y me gustaría decirte que tu moto es más grande que las literas donde yo duermo.

Esta vez sonrió de verdad.

Touché —pero su expresión cambió en seguida—. Mad, si yo fuera un hombre diferente… No estoy arrepentido de nada. Pero siento no poder seguir contigo.

Su sinceridad era tan profunda que se veía reflejada en su manera de mirar y respirar.

—Spike, después de este fin de semana, ¿volveré a verte? Y no para tener una relación. Sé que eso no está en las cartas. Me refiero a si seremos… ¿amigos?

Él respiró hondo y, antes de que pudiera contestar, ella se levantó y se dirigió hacia la casa.

—De hecho, no me contestes. Ya sé lo que me vas a decir.

Mientras Mad se preparaba para la cena en su habitación, esperaba el momento en que Spike llamara a la puerta para decirle que se marchaba.

Cuando por fin llamaron, se dirigió a abrir.

Amelia estaba en el pasillo.

—¿Puedo pasar, Madeline?

Mad dio un paso atrás y la dejó pasar, sorprendida.

—Esta habitación está muy distinta a cuando tú estabas aquí —le dijo Amelia.

—Lo sé.

—No te queda bien.

Mad enderezó la espalda.

—Gracias por decírmelo. Pero no habrás venido a hablar de cortinas, ¿verdad?

—El rojo oscuro te quedaba bien. Era un color fuerte. Éste es demasiado débil para estar en tu habitación.

Mad frunció el ceño y permaneció en silencio.

—Amelia… ¿qué haces aquí? —le preguntó al fin.

—¿Cómo te va?

Probablemente era la primera vez que su hermanastra le hacía esa pregunta.

—Ah… Estoy igual que siempre —negó con la cabeza al percatarse de que no era cierto—. No, estoy bien.

Se hizo un silencio.

—¿Y tú? —preguntó Mad.

—Muy bien, gracias.

A Mad no le sorprendió su respuesta correcta.

Estaba nerviosa. Se metió la blusa por dentro de la falda y se puso los zapatos. Cuando levantó la vista, Amelia estaba mirando por la ventana, completamente quieta.

—Llegaremos tarde a la cena. Y ya sabes cómo es Richard.

—Sí. Sí, lo sé —la miró—. Madeline, yo…

—¿Estás lista para bajar? —la voz de Spike se coló por la puerta entreabierta antes de que entrara él.

Mad se sonrojó.

—Hola…Ah, sí. Ya estoy.

Spike miró a Amelia.

—Buenas tardes.

En el pasillo, el reloj comenzó a dar las campanadas. Amelia miró a Mad un momento y dijo:

—Os veré abajo.

Mad la observó marchar y se alegró de que lo hiciera.

—¿Mad? —preguntó Spike.

Ella lo miró. Llevaba una camisa de seda negra y pantalones negros. Junto con el pelo de punta, el aro de plata y los tatuajes en el cuello, parecía peligrosamente masculino. Demasiado atractivo. Se fijó en sus fuertes hombros y recordó haberse agarrado a ellos.

—¿Mad?

—Estoy lista —contestó.

Durante la cena, Spike comprobó que se podía vivir en la casa más bonita del planeta y que la vida de uno siguiera siendo un desastre.

De no ser porque había otras cinco parejas en la mesa, el ambiente habría sido muy tenso. Mad no había dicho más de dos palabras y apenas había tocado la comida. Amelia, que estaba sentada a la derecha de Spike parecía que iba a derrumbarse. Y entretanto, Richard, sentado a la cabecera de la mesa, manipulaba la conversación radiante de satisfacción.

Spike tenía la sensación de que veinte años atrás, la escena habría sido la misma. El padre disfrutando del poder en la cabecera de la mesa mientras que todos los demás trataban de mantener el equilibrio. Era evidente que el comportamiento de Richard era tanto heredado como aprendido.

¿Y todo para qué? Le resultaba increíble que la inversión en unos supermercados pudiera provocar tanto dolor en una familia.

Miró a Mad y después su vaso de agua.

Había pensado en marcharse durante toda la tarde. Incluso había recogido sus cosas. Era evidente que el hecho de que él estuviera allí, empeoraba la situación para Mad. Y lo peor de todo era que a él le costaba cada vez más no complicar la situación. Había estado a punto de contarle su pasado mientras paseaban en el jardín. Pero no le parecía justo crearle más problemas.

Cuando se movió en la silla, Amelia le dijo:

—Odias todo esto, ¿no es así?

Él miró hacia su plato.

—Bueno, la trucha podía haber estado mucho mejor.

—Me refería a la fiesta, no a la comida.

—Sí, bueno, no soy el tipo de chico de chaqueta y corbata. Lo formal no es mi estilo.

—Pero Richard me dijo que eres un cocinero de comida francesa —sonrió—. Cocinar de esa manera es algo muy formal.

—¿Alguna vez has visto la cocina de un restaurante en acción? Créeme, incluso La Nuit se convierte en un infierno durante la hora de la cena.

Amelia lo miró sorprendida.

—¿La Nuit? ¿Eras cocinero de allí?

—Sí. Mi socio, Nate Walter, y yo, lo éramos.

—¿Cuándo?

—Yo, hasta hace un año —frunció el ceño y se frotó la barbilla—. Sabes, ya decía yo que me resultabas familiar. Solías ir allí, ¿no es así? Con Stefan Reichter y su grupo.

—No a menudo —miró a otro lado.

—Stefan era salvaje, ¿no? Nunca imaginé que terminara sentando la cabeza.

—¿Cómo?

—Stefan acaba de casarse. Hace una semana. Tengo entendido que Estella está embarazada, aunque él dice que quería ser su marido de todos modos —al ver que Amelia se ponía tan blanca como el mantel, Spike dijo—. Eh, ¿estás bien?

—Sí —bebió un trago de vino. Y después otro—. Estoy bien.

—¿Estás segura?

Ella asintió. Al cabo de un momento, recuperó el color del rostro y se aclaró la garganta.

—Cuéntame una cosa… ¿Mad te gusta de verdad, no es así?

Él se encogió de hombros.

—¿Por qué no me iba a gustar?

Amelia dejó el vaso de vino.

—Pórtate bien con ella, ¿de acuerdo?

—Todo lo que pueda.

Pero no era cierto. Ocultaba un secreto y eso lo convertía en un impostor. Y al día siguiente se marcharía sin mirar atrás, ¿no era así?

Bueno, se marcharía. Pero no se imaginaba capaz de no mirar atrás. Lo que había compartido con Mad permanecería en su recuerdo.

—¿Perdón? —Amelia lo miró arqueando las cejas.

—¿Qué?

—Creía que habías dicho algo.

—Ah… Sí. No. Nada.

Cuando terminaron el postre Mad fue la primera en levantarse de la mesa y Spike salió detrás de ella. Una vez en el recibidor, la agarró del brazo y le dijo al oído:

—Vamos a dar un paseo —necesitaba sentirla montada en la Harley porque no sabía si volvería a verla allí otra vez.

—De acuerdo.

Momentos después, estaban en la carretera. Spike sólo podía pensar en que aquélla sería la última noche que pasaría con ella. Unos cuarenta y cinco minutos después, Spike se percató de que estaban en la zona rural de Connecticut. Detuvo la moto a un lado de la carretera. Estaban en medio de la nada: sin casas ni coches alrededor, sólo robles y arces y un pequeño estanque. La luna iluminaba la carretera.

Cuando Spike puso la pata de cabra, ella se bajó de la moto y se quitó el casco. Tenía el cabello alborotado y la falda arrugada en la zona donde había estado sentada. Su aspecto era un poco salvaje.

Igual que su humor. Se sentía desquiciado y hambriento. Necesitado.

Mad dejó el casco junto a la moto y paseó por la carretera. Él se fijó en el movimiento de sus caderas y deseó poseerla allí mismo. En un lugar donde pudieran encontrar la intimidad que no encontraban en la casa familiar, por muchas puertas y cerrojos que tuvieran.

—Deberíamos regresar —dijo él—. Hemos llegado demasiado lejos.

Ella se volvió en medio de la carretera.

—¿De veras?

—Sí. Sin duda —se agachó y agarró el casco—. Póntelo. Vámonos.

—No quiero —se volvió hacia el estanque otra vez—. Aquí puedo respirar.

Era curioso. A él le costaba hacerlo. Sobre todo cuando Mad estiró los brazos y arqueó la espalda bajo la luz de la luna. Él la imaginó desnuda.

Spike estiró el cuello para aliviar la tensión que sentía. Después, colocó el casco sobre sus caderas y se colocó el miembro erecto.

—Vamos, Mad. Si quieres estar fuera, te llevaré a casa por el camino largo.

—Todavía no —se acercó al estanque. Al cabo de un rato se volvió y miró a Spike.

—¿Mad?

—¿Sí?

—¿Puedes venir un momento? —le dijo—. Puedes venir conmigo, ¿por favor?

Ella cruzó la carretera. Cuando estaba cerca, él tendió las manos y la agarró por las caderas.

Mad le acarició el rostro.

—Pareces hambriento

—Lo estoy —dijo en voz baja—. Y siento que debo disculparme por ello.

—No —lo besó en los labios—. Yo también estoy hambrienta.

Tras oír sus palabras no pudo evitar abrazarla y separar las piernas para acomodarla entre ellas. Le levantó la blusa para tocar su piel a la vez que restregaba su pelvis contra sus muslos. Ella lo rodeó por el cuello y lo abrazó con fuerza.

—Súbete conmigo —dijo él, y se montó en la moto.

Ella se subió y se sentó a horcajadas sobre él.

—Sí… Así. Oh… sí —dijo Spike. Le sujetó el rostro con las manos y la besó. Al sentir su peso y su calor sobre el cuerpo, aumentó su deseo y comenzó a temblar.

Con un movimiento rápido, él metió las manos detrás de sus hombros y la echó para atrás, de forma que quedó recostada sobre el manillar. Se agachó para besarle los pechos por encima de la blusa y ella introdujo los dedos en su cabello y arqueó el cuerpo contra sus labios. Spike no pudo contenerse y le subió la falda hasta las caderas.

Cuando le agarró las bragas, ella se rió extrañada.

—¿Spike?

Él la besó en el cuello, pensando en lo bella que estaba despatarrada sobre su Harley.

—No hay nadie alrededor.

Ella miró hacia ambos lados de la calle.

—Lo siento… no pretendía presionar. Pararé.

—No estás presionando —miró a su alrededor otra vez y sonrió—. Haz lo que fueras a hacer.

Él la besó y le retiró la ropa interior. Cuando la acarició, se quedó paralizado.

Sin pensar, se bajó de la moto y se arrodilló delante de ella, acariciándole el interior de los muslos con las palmas de las manos. Ella se puso nerviosa a medida que él subía las manos por su cuerpo, así que Spike la miró a los ojos.

Los tenía muy abiertos y, entonces, él recordó que la noche anterior no había hecho aquello con ella.

—¿Te parece bien? —preguntó él, masajeándole las piernas con cuidado.

—Ah…Sí. Si tú…um, si tú quieres…

—Sí quiero. Hasta que empiece a temblar. Anoche quería hacerlo… Me moría por hacerlo. Deja que te haga sentir bien, Mad.

Cuando ella asintió, él sonrió y agachó la cabeza.

Mad no podía creer que estuviera haciendo el amor en una moto a un lado de la carretera. Pero entonces, la boca de Spike se posó sobre ella y no pudo pensar en otra cosa que no fuera él. Mientras le hacía cosas increíbles en el cuerpo, abrió los ojos y contempló el magnífico cielo estrellado que tenía sobre su cabeza. El placer que él le proporcionaba era mágico, interminable e incomprensible.

Tras llegar al éxtasis y cuando, por fin, Spike se separó de ella, supo que nunca encontraría a otro como él.

Cuando Spike se puso en pie, Mad comprobó que estaba muy excitado. Aun así, él le bajó la falda y sonrió como si estuviera agradecido.

—¿Crees que podrás sujetarte a mí durante el trayecto de vuelta? —dijo con orgullo masculino.

—Sí —dijo, mientras él la ayudaba a bajar de la moto—. Pero tenemos que quedarnos aquí un poco más.

Cuando se disponía a desabrocharle el cinturón, él se retiró.

—Mad, no tenemos que…

—Súbete otra vez a la moto. Pero primero… —le desabrochó el pantalón y se lo bajó—. Quítatelo.

Spike se rió de forma nerviosa.

—Es inevitable sentirse vulnerable, ¿a que sí? —murmuró con una sonrisa—. Aunque estemos a solas.

—Sí… Pero me animo a seguir.

Ella lo observó mientras se quitaba la ropa y disfrutó de cómo la luna iluminaba la parte inferior de su cuerpo.

Cuando se subió a la moto, ella se colocó sobre él y, al unir sus cuerpos, Spike gimió y se estremeció.

Era ella quien tenía que llevar el control, así que entrelazó los brazos por detrás del cuello de Spike y empleó sus hombros para equilibrarse. Mientras se movía, él le hablaba al oído, diciéndole cosa eróticas mientras le acariciaba la espalda y las piernas con las manos. Todo se desvaneció cuando ambos se sintieron dominados por el placer.

—Espera, Mad —dijo jadeando—. Voy a… Mad, estoy a punto de…

Ella no podía parar, estaba demasiado perdida entre las sensaciones.

—Mad, tengo que salir… Oh… Mad.

El orgasmo se apoderó de ellos al mismo tiempo. Mientras ella gemía, él comenzó a convulsionar, provocando que ella se estremeciera con fuerza y se agarrara a sus hombros, asustada por la intensidad.

Permanecieron abrazados durante largo rato. Spike le acariciaba la espalda y ella le acariciaba el cuello con la cara. Entre sus cuerpos se percibía un perfume embriagador mezclado con el aire de una noche de verano.

«Te quiero», pensó ella.

Y aunque le pareciera ridículo, ella deseaba decírselo de todos modos.

—Spike —susurró Mad.

—¿Qué?

—Te…

De pronto, vio los faros de un coche que se acercaban por la carretera.

—¡Cielos! —se bajó de la moto y se recolocó la ropa.

Agarró los pantalones de Spike, pero el coche ya estaba a su altura y había aminorado la marcha.

Ella miró hacia atrás, esperando encontrarse a Spike medio desnudo y cubriéndose el sexo. Sin embargo, sólo estaba la moto.

El coche se detuvo y el conductor bajó la ventanilla. Un señor mayor la miró preocupado y sonrió.

—¿Señorita? ¿Está usted bien?

La mujer de cabello cano que estaba a su lado se asomó también.

—¿Necesita que la llevemos a algún sitio, cariño?

Mad negó con la cabeza.

—Oh, no. Estoy bien. Gracias de todos modos.

El hombre no parecía convencido.

—Ésa es una moto demasiado grande para que la lleve una mujer.

Mad miró hacia la Harley.

—Sí… —se cruzó de brazos.

La mujer del coche se rió en voz baja.

—Vamos, Jim. Déjala.

El hombre miró a su esposa.

—No me parece bien…

—No está sola, Jim.

Mad miró hacia abajo y se dio cuenta de que todavía tenía los pantalones de Spike en la mano.

No estaba segura de quién se sonrojó más, Jim, o ella. El caballero se aclaró la garganta y dijo:

—Buenas noches.

—Gracias por parar —contestó Mad. En cuanto se alejaron, añadió—. ¿Spike? ¿Dónde estás?

Spike salió de detrás de un árbol, riéndose.

—Si hay alguna ortiga entre estas plantas, estoy perdido.
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