Un hombre entre un millón (2007)






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Capítulo 8

Mucho más tarde, Mad sintió que algo le rozaba la cadera. Era algo cálido y se movía despacio. ¿Una mano? Se sobresaltó al oír la voz de Spike.

—Soy yo.

—¿Qué haces…? —cuando intentó volverse en la cama, topó contra su cuerpo. Se había metido en su cama.

Él se movió una pizca y ella sintió su miembro erecto contra la parte trasera de su muslo. Después, Spike metió la mano bajo su camiseta y le acarició el vientre.

Ella arqueó el cuerpo y apoyó la cabeza contra su hombro.

Él la besó en el cuello.

—¿Tienes algún tipo de protección?

Ella volvió la cabeza y lo miró con los ojos bien abiertos. De veras había ido a… Por el brillo de sus ojos supo que así era.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —susurró ella.

Él se movió para poder colocarla boca arriba. Le retiró un mechón de pelo que cubría su rostro y la besó en los labios. Su voz era suave en la oscuridad, la voz de un amante.

—He pensado en algo que le dije a tu capitán, Alex, hace un par de meses. Le recordé que en la vida, el amor es algo difícil de encontrar… y que cuando uno lo encuentra, hay que disfrutarlo —Spike la besó en el hombro. Después en el cuello. En el mentón—. Te deseo tanto que no puedo dormir. Y si el presente es suficiente para ti, entonces, pasemos la noche juntos. Si todavía…

—Sí. Sí…

Subió la mano por su vientre y se detuvo junto a sus pechos.

—Mad, quiero que sepas que no quiero hacerte daño.

—No durará mucho —dijo ella, imaginando cómo iban a terminar.

—No sólo me refería a la parte sexual.

Mad le acarició el rostro.

—Lo sé. Pero oí lo que dijiste esta mañana. No estás buscando una relación duradera.

—Me gustaría ser de otra manera. Me gustaría… que muchas cosas fueran de otra manera —la besó de nuevo—. Pero me alegro mucho de estar contigo aquí, esta noche.

Ella le acarició la espalda musculosa e imaginó sus tatuajes bajo sus dedos.

«Necesitamos un poco de luz», pensó ella. Se volvió hacia la derecha y encendió la lamparilla.

—Quiero verte —le dijo.

Él se sonrojó.

—Mad… antes de que lleguemos más lejos, ¿tienes algo? Habría pasado por la tienda esta mañana, si hubiera sabido que…

—No, no tengo.

—No importa. Podemos hacer otras cosas. No hace falta que…

—No tienes que preocuparte por ello, suponiendo que estés sano. Nunca he estado con nadie y no puedes dejarme embarazada.

—¿Tomas la píldora?

—No tengo el periodo debido a mi entrenamiento físico —se sonrió.

Él se movió y la miró.

—Mad… Eso no es bueno para ti.

—A veces les pasa a las mujeres deportistas. Y no pienso estar así siempre. Cuando deje de ser regatista de élite, empezaré a comer más, dejaré de hacer tanto ejercicio y me volverá.

Spike la miró asombrado.

—Estoy bien —le dijo ella—. ¿Y tú?

Él se frotó la cara.

—Siempre he tenido cuidado. Nunca lo he hecho sin preservativo. Además, me hice análisis hace seis meses. Estaba sano, y desde entonces no he estado con nadie.

—Bésame —dijo ella, y le acarició el rostro—. Spike, estoy bien. No te preocupes por ello. Bésame…

Spike le cubrió la boca con los labios y la besó con delicadeza durante largo rato. Después, le subió la camiseta hasta el cuello.

—Oh, Mad… Eres perfecta —susurró.

Le acarició el costado y después uno de sus senos. La besó en el cuello y fue bajando hasta sentir un pezón en su boca. Mientras él la besaba, ella le sujetaba la cabeza para que no se retirara.

Apenas se dio cuenta cuando él le bajó la ropa interior. Pero cuando metió la mano entre sus muslos, ella se puso tensa.

—¿Estás bien? —dijo él, y retiró la mano.

—Sí… Oh, sí. Sólo… sorprendida.

Cuando él acarició su entrepierna, lo hizo con tanta delicadeza que ella apenas supo lo que estaba haciendo. Sin embargo, sí se percató de cómo temblaba y se estremecía él.

—Mad —susurró él—. Oh… Mad.

El resto de sus palabras se perdieron mientras él la besaba y la acariciaba.

Ella metió las manos entre sus cuerpos para acariciarle las caderas y él se las agarró para prevenir que las llevara hasta su miembro.

—No me toques.

—¿Por qué?

—Necesito mantener el control. Ha de ser algo bueno para ti —la besó en los labios y le acarició la entrepierna de nuevo—. Estás muy suave. Me vuelves… loco.

Cuánto más la acariciaba más excitados se ponían ambos. Ella sabía lo mucho que él la deseaba, podía verlo en su mirada.

De pronto, él cambió su forma de acariciarla y comenzó a hacerlo más deprisa. Ella se agarró a sus hombros y echó la cabeza hacia atrás, jadeando.

—Quiero que vueles para mí —susurró él—. Déjate llevar. Prometo que te sujetaré. Pero vuela para mí, Madeline. Necesito verlo. Lo necesito.

Cuando ella llegó al clímax, él estaba allí, susurrándole al oído, diciéndole que era preciosa, acompañándola en todo momento.

Ella ocultó el rostro contra su pecho y esperó a que se le calmara el corazón. Sentía unas ganas absurdas de llorar. Deseaba estar más cerca de él. Se acurrucó contra su cuerpo y trató de meter la rodilla entre sus piernas, pero él la mantuvo en el sitio.

—¿Quieres que paremos? —preguntó ella, mirándolo.

Él esbozó una sonrisa.

—Prepárate. Voy a ser poco viril.

—No es posible. Eres viril donde los haya.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

Se hizo una pausa. Después, Spike llevó la mano hasta la entrepierna de Mad.

—Ábrete para mí, Mad.

Ella separó las piernas y él comenzó a acariciarla de nuevo. Despacio, introdujo un dedo en su cuerpo por primera vez. Mad se movió para acomodar su mano entre las piernas y arqueó las caderas para que pudiera penetrarla de nuevo… De pronto, él se detuvo y blasfemó en voz baja.

—Mad, no hay forma de que no vaya a hacerte daño.

—Estaré bien. No estoy preocupada.

—Ya, bueno, yo sí. No sé si puedo… hacerlo —se aclaró la garganta—. Te deseo, pero no sé qué va a pasar si sé que tengo que hacerte daño. Puede que pierda la… Ya sabes.

—Estás adorable —lo rodeó por la cintura y le acarició los hombros—. Spike…

—Michael.

—¿Qué?

—Me llamo Michael. No tienes que llamarme así, sólo… quería que lo supieras.

—Michael. ¿De dónde viene lo de Spike? ¿De tus pelos de punta?

—Me lo pusieron. Mis… amigos.

Ella deslizó la mano por su espalda, preguntándose quiénes serían sus amigos, dónde se habría hecho los tatuajes… Sabía muy pocos detalles de su vida, pero su esencia la conocía muy bien.

—Michael —murmuró—. Eso me gusta. Entonces, bésame, Michael. Deja de pensar y bésame.

—No tienes miedo, ¿verdad?

—No.

—Eres impresionante —le dijo, y al mirarla se le oscurecieron los ojos.

Sin más, se quitó la camiseta y la dejó en el suelo. Después, se tumbó encima de ella, y le colocó los brazos sobre la cabeza. Tras acomodarse a la altura de sus caderas, comenzó a moverse de forma sinuosa. Mientras ella gemía, él le soltó las manos y apoyó la cabeza contra su cuello. A través de sus pantalones de algodón, ella podía sentir el miembro erecto, deslizándose. Separó las piernas.

—Mad…

Él la besó de forma apasionada y ambos se volvieron locos durante un instante. Ella rodeó su cintura con las piernas y le clavó las uñas en los hombros.

Sin avisar, él se retiró y se puso en pie. Se colocó de espaldas a ella, se quitó los pantalones y se cubrió con ellos mientras regresaba a la cama. Mad se percató de que trataba de evitar que ella lo viera.

Mientras se colocaba sobre ella, tiró los pantalones al suelo. Sus cuerpos desnudos se encontraron proporcionándoles placer. Pero ella quería saber cómo era su cuerpo desnudo.

Lo retiró.

—Deja que te vea. Entero.

Hubo un silencio.

—Spike, quiero verte. Ahora.

Despacio, se retiró y se colocó de rodillas. Mad abrió bien los ojos y comprendió por qué no quería que ella lo viera. Estaba muy bien dotado.

—No tenemos que hacerlo —dijo él, y se cubrió con las manos.

Ella negó con la cabeza y le retiró las manos.

—No quiero parar.

—Mad… tendré cuidado.

—Sé que lo tendrás. Pero primero… —lo acarició.

Él se estremeció y echó la cabeza hacia atrás. Ella se fijó en su masculinidad, en sus muslos fuertes, en su sexo poderoso y en sus abdominales marcados.

Lo acarició para explorar su cuerpo, pero él no permitió que estuviera mucho rato.

—Ya no más. Me excitas demasiado…

Mad notó que metía una mano entre sus cuerpos. En seguida, sintió el roce húmedo entre sus piernas y comenzó a temblar. Él la penetró poco a poco, despacio.

Spike comenzó a sudar. Estaba rígido y se movía lentamente, con mucho cuidado. Mientras el cuerpo de Mad se ensanchaba para alojarlo, él comenzó a moverse con un ritmo suave.

El placer que sentía aumentaba a cada momento y ella le mordisqueó el hombro a la vez que arqueaba las caderas.

—Ahora —susurró—. Hazlo ahora.

Él la penetró con un movimiento rápido, hasta que notó la ruptura, pero no continuó. Ella sintió un dolor ardiente y tensó todo su cuerpo. De forma instintiva, apretó las caderas de Spike y presionó contra sus hombros, confiando en que no se moviera.

—Voy a quitarme —dijo él.

—No… Sólo… Espera un momento, ¿de acuerdo? Tengo que relajarme.

Spike se quedó completamente quieto.

Ella se fue relajando a medida que el dolor disminuía. De pronto, la idea de que Spike estuviera dentro de ella le pareció magnífica.

«Más», pensó, «Quiero más».

Spike seguía horrorizado después de haber oído quejarse a Mad y de ver cómo había tensado su cuerpo. Le parecía injusto que él sintiera placer mientras ella soportaba el dolor provocado por la unión de sus cuerpos.

—Lo siento —le dijo—. Creo que debería…

Ella lo sujetó por los hombros y se movió bajo su cuerpo. La fricción era deliciosa y él gimió. Cuando ella arqueó su cuerpo, consiguió que se adentrara más en ella.

—No pares ahora —sonrió—. Lo más duro ha terminado.

En ese momento, mirándola a los ojos, Spike presionó su cuerpo contra el de ella, penetrándola… Y sintió que su vida había cambiado. De pronto, todo era diferente. Suponía que eso era lo que sucedía cuando el amor se apoderaba de uno.

«Oh, no. No es posible», pensó. No podía estar…

—¿Spike? —lo miró con preocupación—. ¿Estás bien?

—No. Es… todo —la besó con la lengua.

Comenzó a mover las caderas para llegar a lo más profundo de su ser. Sentía su cuerpo húmedo y tenso a la vez, suave y perfecto.

Cuando estaban completamente unidos, pelvis contra pelvis, él la levantó una pizca y la tomó entre sus brazos para abrazarla con fuerza. Necesitaba sentirla muy cerca para disfrutar con ella de cada momento. Moviéndose despacio, para conseguir llegar al paraíso, la miró a los ojos.

No tardaron mucho en perder la cabeza. Ella lo apretaba con fuerza y le clavaba las uñas en la espalda.

Él notó cómo llegaba al clímax y cómo gemía contra su hombro, entonces, sintió un inmenso placer. Salió de su cuerpo con rapidez y eyaculó sobre su vientre, temblando y jadeando.

Cuando recuperó la respiración, se colocó de lado llevándose a ella con él. Metió un muslo entre sus piernas y la abrazó contra su pecho.

Al cabo de un momento, ella lo miró a los ojos.

Su sonrisa y el brillo de sus ojos hicieron que a Spike le diera un vuelco el corazón.

«No digas ninguna estupidez», se dijo.

Deseaba decirle dos palabras, pero sabía que no podía ser cierto.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí —Mad lo besó en el mentón—. Eres maravilloso.

—No, has sido tú. En todo momento. Yo no soy nada especial —se separó de ella y salió de la cama—. Ven conmigo. Quiero lavarte.

Le tendió la mano y la ayudó a levantarse. Entraron en el baño y, mientras ella encendía la luz, él abrió el grifo y esperó a que el agua saliera caliente.

No fue hasta que ella pasó a su lado para meterse en la ducha, cuando él vio que tema sangre en el interior de los muslos. Se miró el cuerpo y al ver que también tenía sangre, se mareó.

—Spike, no pasa nada. Estoy bien —lo abrazó—. Entra conmigo.

Él la besó de forma apasionada y cuando se retiró, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y trató de disimularlas metiéndose bajo el agua.

La lavó con cuidado, y cuando ella agarró la esponja para devolverle el favor, se apoyó contra la pared y permitió que hiciera lo que quisiera.

Cuando regresaron a la cama, la abrazó con fuerza.

Después de un largo silencio, la llamó.

—¿Mad?

—¿Sí?

Se aclaró la garganta, pero no le salían las palabras. No había nada que pudiera decir, así que la besó, sintiéndose incompetente.

—Nada. Sólo que… Eres preciosa.

Ella lo rodeó por el cuello y lo besó con la lengua. Spike sintió que su cuerpo reaccionaba y se separó una pizca para que no se sintiera presionada. Fue entonces, cuando Mad llevó la mano hasta su miembro erecto.

—¿Tan pronto? —dijo entre risas.

—Um… Sí, pero no tenemos… —suspiró al sentir sus caricias.

—Esta vez vas a dejar que te toque yo —dijo ella.

—¿Estás segura de que estás preparada para…?

Mad se colocó sobre él y se deslizó por su cuerpo.

—Tengo una idea. ¿Por qué no me dejas el control durante un rato?

Spike gimió al sentir lo que le hizo después. Le agarró el cabello y comenzó a mover las caderas. Cerró los ojos y se entregó a ella por completo.

Capítulo 9

Mad despertó enredada entre las sábanas y con la cabeza sobre una almohada con olor a loción de afeitar. Se desperezó y su cuerpo le recordó que, aquella noche, había hecho algo diferente. Tres veces.

Sonrió y deseó que su amante estuviera a su lado, pero Spike había insistido en marcharse al amanecer. Recordó todo lo que habían hecho juntos, y cómo él había tenido cuidado para no eyacular mientras permanecían unidos. Ella se alegraba porque eso demostraba lo cuidadoso que era. A pesar de que no era necesario tomar precauciones.

Retiró la colcha y se miró el vientre. Estaba tan fuerte que se le marcaban los abdominales. Se acarició y se imaginó un vientre grande y redondeado. Con una criatura en el interior. Y los ojos de la criatura eran de color ámbar. Mad negó con la cabeza y se puso en pie. ¿Había hecho el amor por primera vez y ya estaba pensando en el embarazo? Pero si ni siquiera tenía un estilo de vida que pudiera permitírselo.

Ni el hombre adecuado. Sólo porque Spike y ella hubieran compartido algo maravilloso, no cambiaba el hecho de que cada uno tenía su vida. Aunque él decidiera de pronto que quería compartir su vida con una mujer, su calendario de regatas era muy apretado, y él no iba a dejar su trabajo para seguirla alrededor del mundo.

Habían pasado un fin de semana juntos, un fin de semana especial, y ella siempre lo recordaría…

Le dolía el corazón.

Cuando se metió en la ducha, el dolor incrementó. No podía evitar fantasear sobre un futuro que nunca tendría lugar.

Agarró el jabón con el que había frotado el cuerpo de Spike y comenzó a lavarse. De pronto, pensó que no tener el periodo siempre había sido un alivio para ella, pero ¿y si nunca lo tenía? ¿A qué tipo de juego estaba jugando con su cuerpo?

Pensó en las caricias que le había hecho Spike con las manos, con la boca, con la parte más íntima de su ser… Nunca había pensado demasiado en que era mujer. Ante todo, siempre había sido una atleta. Pero la noche anterior, con Spike, se había sentido muy femenina.

Y le había encantado.

Spike salió de su habitación y miró hacia el pasillo. No estaba seguro de cuál era el protocolo en aquella casa, pero estaba decidido a ver a Mad antes de bajar a desayunar.

Necesitaba verla.

Se dirigió a su cuarto, respiró hondo y llamó a la puerta. No podía dejar de pensar en las horas que habían pasado juntos en la cama. Y al recordarlo, se excitó de nuevo.

Al ver que no obtenía respuesta, se dirigió al piso de abajo. Todos estaban desayunando en un cenador que estaba cerca del comedor. Mad estaba sentada al sol con una taza de café en la mano. Al verlo, se sonrojó y le dedicó una sonrisa secreta.

—Parece que has descansado bien —le dijo Richard, mientras leía el New York Times.

Spike se sentó junto a Mad.

—Debe ser el aire del campo. Y todo el ejercicio que estoy haciendo.

Al ver que Mad se sonrojaba aún más, Spike tuvo que contenerse para no apretarle la mano.

Seguía mirándola cuando le pusieron un plato con huevos escalfados y tostadas. Estaba hambriento.

Notó que Mad le miraba las manos y él supo exactamente lo que estaba pensando. Para llamar su atención, acarició el mango del cuchillo con el dedo índice. Ella lo miró y él se humedeció el labio inferior y se lo mordisqueó. A Mad le temblaron las manos y miró a otro lado, sonriendo.

Richard movió el periódico para llamar su atención.

—Ahora que tu perro guardián está aquí, ¿podemos discutir tu herencia?

Mad se puso tensa.

—Te lo he dicho hace quince minutos. Te lo dije ayer. No voy a firmar esos papeles.

—Bueno… —la miró por encima del periódico—, algo me dice que pronto cambiarás de opinión.

Se oyeron pasos en el recibidor.

«Zapatos de tacón», pensó Spike. «Y se acerca hacia aquí».

La rubia que apareció en la puerta era una mujer despampanante. Vestía pantalón blanco y blusa azul y llevaba una cadena de oro como cinturón. Su perfume era delicado.

Spike frunció el ceño y pensó que la conocía de algo. O quizá no. Quizá sólo se parecía a cualquiera de las rubias despampanantes que había en la Gran Manzana.

En cualquier caso, debía ser Amelia, y Spike pensó que Mad tenía razón. Cualquier hombre se quedaría boquiabierto al verla. Excepto Spike, para él no era comparable con la mujer que había tenido entre sus brazos la noche anterior.

Miró a Mad y vio que estaba muy pálida.

Richard bajó el periódico y sonrió:

—Ah, ya estás aquí, Amelia.

La rubia asintió y miró a Mad.

—Hola, Madeline… No sabía que estabas aquí.

Mad estaba tan tensa que apenas podía hablar.

—Amelia.

Se hizo un largo silencio.

Richard lo rompió dejando a un lado el periódico.

—Quizá será mejor que te presente a nuestro invitado, puesto que Madeline no parece dispuesta a hacerlo. Éste es su amigo Spike.

—Hola —dijo Amelia.

Spike levantó la mano para saludar, pero no le importaba demasiado la presentación. Sólo le preocupaba el aspecto de Mad. Y cuánto tardaría en sacarla de la habitación. Porque estaba seguro de que la llegada de Amelia era una emboscada.

Cuando Amelia se sentó, Richard sonrió y agarró otra sección del periódico.

—Es agradable estar toda la familia junta otra vez ¿no es así? —dijo mientras hojeaba la prensa.

—Si me disculpáis —dijo Mad, y se puso en pie—. He terminado.

Spike también se puso en pie.

—¿Huyes, Madeline? —dijo Richard—. No es una buena cualidad para un futuro miembro de la junta.

Spike se echó hacia delante, puso el dedo índice sobre el periódico y lo echó hacia abajo.

—Discúlpate por lo qué has dicho —le dijo a Richard.

—¿Perdón?

—Retira lo que has dicho. Ahora mismo.

—¿Quién eres tú? ¿Su matón?

—Si es así como quieres verlo, sí, lo soy. Pero sería mejor si pudieras comportarte como un caballero y no como un bastardo con tu hermanastra.

Mad agarró a Spike del brazo.

—Está bien. De veras.

—No.

—Spike. Déjalo.

Spike dejó de mirar a Richard a los ojos para no provocar más tensión a Mad.

Richard miró a Mad y añadió:

—Y tampoco puedes hablar por ti misma. Entonces, ¿qué tienes que ofrecerle a Value Shop Supermarkets?

—Te sorprenderé, Richard —dijo Mad, enderezando los hombros y tratando de hablar con calma.

—Sin duda. Y estoy seguro de que Amelia también quiere sorprenderse. A ella y a mí nos encantan las sorpresas.

—De hecho, creo que Madeline debería estar en la junta —dijo Amelia.

Mad volvió la cabeza.

Y Richard también.

—¿Lo crees? —preguntó él. Al ver que ella asentía, añadió—. Será porque sabes mucho acerca de juntas directivas, por supuesto.

—Estoy en la del Met.

—Ésa no tiene ánimo de lucro. Las empresas son otra cosa.

«Ya es suficiente», pensó Spike.

Mad debía haber llegado a la misma conclusión porque se levantó y salió de la habitación. Él la siguió y, cuando llegaron al recibidor, la agarró para que se detuviera.

—Deberíamos marcharnos. Ahora. Esto es una locura. No te mereces nada así.

Ella se soltó y se cruzó de brazos.

—Nada me gustaría más que marcharme.

—Pues vamos.

—Pero Richard tiene razón. Huyo. Eso es lo que hago. Siempre he huido de ellos y ahora se acabó. Me quedaré hasta que termine el fin de semana —ladeó la cabeza y lo miró como si fuera un completo extraño—. Te diré una cosa sobre mi hermanastra. Ella prefiere los hombres elegantes, pero se quedaría con cualquiera que me guste a mí. Así que si te gusta, sólo tienes que pedirle salir y estoy segura de que te lo concederá.

Spike sintió que acababan de darle una bofetada.

Cuando Mad se volvió, la agarró del brazo.

—Oh, no. No vas a soltarme algo así para después darte la vuelta y alejarte de mí.

Mad lo miró enojada.

—Suéltame.

Él tiró de ella hasta tenerla contra su cuerpo.

—¿Es lo único que tienes que decirme?

Se miraban fijamente.

—Quizá Richard tenía razón —dijo ella en voz baja—. Quizá seas un matón. Quizá por eso Sean y tú os lleváis tan bien. Dos hombres de la calle que fingen ser civilizados.

—¿Qué tal te quedan esas zapatillas Nike, Madeline? Supongo que yo no estoy en esa corta lista de gente de la que no saldrías huyendo.

Al ver que temblaba, se preguntó qué diablos estaban haciendo discutiendo en el recibidor. ¿Cómo habían caído tan bajo después de lo que había sucedido la noche anterior?

Él la soltó, levantó las manos y se dirigió hacia la puerta.

—Los siento… Yo… Sí, será mejor que me vaya.

Mad se sintió enferma al oír el ruido del motor de la Harley alejarse. Se cubrió el rostro con las manos y blasfemó. La discusión que habían tenido había sido por su culpa.

Pero había visto como Spike había mirado a Amelia al entrar en la habitación.

Amelia estaba más guapa que nunca. Pero Mad sabía que era lo que se ocultaba tras el delicado envoltorio: una mujer calculadora y cruel a quien no le importaba jugar con los sentimientos de los demás.

Mad trató de mantenerse centrada y se dirigió a su habitación. Se puso el bañador y bajó a la piscina. Mientras nadaba a buena velocidad, se dijo que podría hacerlo. Fuera lo que fuera lo que Richard y Amelia hicieran, ella lo aceptaría y continuaría con su vida.

¿Y en cuanto a Spike? Le pediría disculpas, por supuesto, pero se mantendría distante. La noche anterior había pensado que conocía todo lo que importaba acerca de él, que el presente era lo que importaba. Sin embargo, deseaba conocerlo desde hacía años, porque para confiar en alguien se necesitaba tiempo y experiencia. Así que, después de haber visto cómo los dos hombres con los que había salido se habían marchado con Amelia, era difícil pensar que Spike no haría lo mismo.

No quería ni imaginar cómo se sentiría si Spike acabara acostándose con Amelia. Después de lo sucedido la noche anterior, moriría si Amelia le ponía las manos encima.
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