Un hombre entre un millón (2007)






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Capítulo 6

Menos mal que hay piscina», pensó Spike a la mañana siguiente. Mientras nadaba, se desprendía de toda una noche de sueños eróticos. De algunos había sido consciente, imaginando mientras miraba al techo y sentía el palpitar en sus caderas y la necesidad de liberarse. Pero los peores los había tenido mientras dormía. En ésos podía sentir el calor del cuerpo de Madeline contra el suyo.

A pesar de que siempre le habían gustado las mujeres, nunca había experimentado lo que sentía por Mad. Durante el beso que habían compartido, él había sido invadido por un fuerte instinto animal. Abrazándola, apretando su cuerpo contra el de ella, se sentía como si nunca hubiera tenido a una mujer y como si no pudiera volver a tenerla jamás.

Así que aquello no podía ser bueno.

Cuando terminó de recorrer el último largo, salió de la piscina y se secó. Se colgó la toalla al cuello y contempló el jardín lleno de flores, césped y árboles perfectamente colocados.

Imaginó a Mad criándose en ese ambiente. Ella era demasiado viva para permanecer en un lugar tan controlado. No le extrañaba que hubiera preferido el mar…

Y además estaba su hermanastro, que habría alejado a cualquiera hasta la otra punta del mundo.

«Curioso», pensó Spike. Cuando él tomó la decisión de ir a ayudarla, realmente no le importaba por qué Mad no se llevaba bien con su hermanastro. Sin embargo, en aquellos momentos deseaba saberlo todo sobre ella.

—Será mejor que te des prisa o te perderás el desayuno.

Él se volvió al oír su voz. Ella estaba de pie en la terraza vestida con unos vaqueros desteñidos y un polo azul oscuro. Su cabello oscuro brillaba bajo el sol de la mañana y estaba mucho más atractiva que en los sueños que él había tenido por la noche.

Sintió que al verla, le daba un vuelco el corazón y que su cuerpo reaccionaba.

—Hola.

—¿Disfrutando del paisaje?

—Vaya finca que tienes.

—Oh, nunca ha sido mía. Antes era de mi padre y ahora es de Richard.

Spike rodeó la piscina para acercarse a ella.

Mad sonrió al ver la toalla alrededor de su cuello.

—Decía en serio lo de que te dieras prisa. Si quieres desayunar, será mejor que te apresures.

—¿Qué tal si vienes a desayunar conmigo? Por aquí tiene que haber un sitio que sirvan tortitas.

Ella sonrió despacio.

—Creo que podré encontrar un sitio que te gustará.

Al cabo de quince minutos estaban en la Harley y de camino al pueblo.

El local al que ella lo llevó era pequeño y olía a canela.

—Todo el mundo viene a comprar bollos y magdalenas aquí —dijo Mad—. Pero también hacen gofres belgas, y se parecen a las tortitas ¿no es así?

—Por supuesto. De todos modos, a mí lo que me interesaba era el sirope de arce.

Una vez sentados, Spike trató de disimular su sonrisa. Lo bueno de sentar a dos personas altas en una mesa pequeña era que era inevitable que sus rodillas se tocaran.

—Lo siento —dijo ella, y retiró las piernas.

—No te quites por mí —dijo él.

Ella lo miró y ambos se quedaron paralizados. En seguida, él deseó tomarla en brazos y llevarla a un lugar privado.

—Hola, ¿les traigo un poco de café?

Mientras la camarera dejaba el menú sobre la mesa, Spike cerró los ojos y estiró el cuello. Estaba muy tenso.

—Sería estupendo —le dijo a la mujer.

Cuando regresó la camarera con dos tazas de café, Mad tomó la suya y bebió un sorbo mientras él pedía los gofres.

—¿Tú qué quieres? —preguntó él.

Mad dejó la taza sobre la mesa.

—El café es perfecto. Bueno, quizá necesite dos tazas.

Él frunció el ceño y pensó que no le gustaba desayunar.

—¿Te importa si te hago una pregunta personal? —le dijo después de que se marchara la camarera. Mad apoyó la taza sobre su rodilla y sonrió.

—Para nada.

—¿Te criaste con Richard? Quiero decir, ¿estaba mucho tiempo en casa?

—Sí. Me crié con él. Su madre y mi padre se divorciaron cuando Richard tenía seis años. Por aquel entonces, los niños solían quedarse con las madres, pero no hubo manera de que Richard Maguire padre aceptara tal cosa. Mucho más tarde, me enteré de que mi padre le pagó mucho dinero a su ex mujer para que rechazara la custodia.

—¿Ella se fue?

—Por lo que sé, ni Richard ni Amelia la han vuelto a ver.

—Eso es tener… Espera, ¿también tienes una hermanastra?

—Sí —dijo Mad, y se llevó la taza a los labios.

—¿Y tu madre?

—Ella era la segunda esposa de mi padre y se murió demasiado pronto. Yo tenía cuatro años —bebió otro sorbo—. Pero al menos tengo recuerdos de ella.

—Lo siento mucho.

—Gracias, pero sucedió hace mucho tiempo.

—¿Cómo era tu padre?

—Él era… mi padre —dijo con nerviosismo.

—Podemos cambiar de tema.

—No… Está bien. Mi padre… se parecía mucho a Richard. Son muy parecidos.

—¿Y se comportan igual?

Ella dibujó con el dedo en el mantel.

—Digamos que irme a un colegio interno privado fue un gran alivio. De hecho, yo lo pedí. Y no fue sólo porque Richard y mi padre fueran muy duros. En casa siempre me he sentido fuera de sitio.

—¿Y eso?

—Richard y Amelia son como las muñecas Barbie. Rubios y de piel clara. Perfectos. Sobre todo Amelia. Amelia es muy guapa. Es espectacular.

—Eso será dependiendo de quién la mire.

—Oh, pero tú no la has visto. Los hombres se vuelven locos por ella. Yo era una niña solitaria y masculina que quería ir a las olimpiadas —frunció el ceño—. Es extraño. A mí me gusta como soy. Me encanta lo que hago. Pero cada vez que vengo a casa, oigo la voz de mi padre en mi cabeza. O la de Richard en mis oídos.

—Sinceramente, tu hermano es un idiota.

—Lo sé —sonrió ella—. Siempre ha sido una persona difícil. Aunque he de decir que mi padre era igual de duro con él. Richard era un estudiante excelente. Y lo mismo con los negocios, pero nunca era suficiente. Para mi padre, ninguno de los dos éramos lo bastante buenos. Yo era la deportista sin gracia. Amelia la belleza sin interior. Richard el cerebro sin músculos. Mi padre solía decir que si lo tres fuéramos una sola persona, seríamos algo de verdad. Yo sobreviví marchándome. Richard sobrevivió convirtiéndose en él.

—¿Y Amelia?

—Ella tenía otras formas de conseguir atención masculina positiva… Pero escucha, ya basta de hablar de mi familia. Hablemos de ti.

«No», pensó él.

—No te gusta hablar de ello, ¿verdad?

—¿Perdón?

—Hablar de ti.

Por suerte, la camarera apareció con la comida. Cuando se marchó, él preguntó:

—¿Compartirás esto conmigo?

—Oh, no. Estoy bien.

Él agarró el frasco de sirope de arce.

—¿Has comido antes?

—No me gusta mucho desayunar. Aunque admito que tiene una pinta buenísima —lo miró—. ¿Spike? Puedes confiar en mí.

—Lo sé.

—¿De veras?

Él asintió. No quería ocultarle nada, pero tampoco quería agobiarla.

—Sí, lo sé.

Por supuesto que podía confiar en ella, pero había ido allí para ayudarla, no para asustarla.

Se había comido la mitad del primer gofre cuando ella dijo:

—Hay algo que deberías saber.

—¿Sobre?

—Anoche.

Él se quedó quieto y la miró.

—¿Qué pasa con anoche?

Sus mejillas sonrojadas eran preciosas.

—Quería que te quedaras.

—Cielos… Yo también quería quedarme.

—A mí no me gustan las relaciones esporádicas.

—Suponía que así era.

—De hecho…

—¿Madeline? ¿Eres tú?

Spike frunció el ceño al oír una voz masculina. Cuando levantó la vista, vio a un hombre de cabello oscuro.

—¡Mick! —dijo Mad—. ¿Qué estás haciendo aquí?

«Buena pregunta», pensó Spike.

Mad se puso en pie. Le sorprendía ver a su abogado en Greenwich, pero el pueblo no estaba tan lejos de la ciudad y era un fin de semana festivo.

Mick sonrió un poco.

—Me encantan las magdalenas que hacen aquí.

Ella miró hacia la mesa.

—Te diría que nos acompañaras…

—Me temo que no cabría en la mesa —el abogado tendió la mano hacia Spike.

—Mick Rhodes.

Spike le dio la mano y lo miró de manera intensa.

—¿Estás en Greenwich de visita? —preguntó Mad.

—Vivo aquí.

—No sabía que tenías una casa en el pueblo.

—En Murray.

—Ah.

—¿Has hablado con Richard ya?

—No, pero lo haré pronto. Llegué anoche.

—Si me necesitas… —sacó una tarjeta del bolsillo—. Llámame a casa.

Escribió un número de teléfono en la parte de atrás y se la dio. Después de darle las gracias, Mad lo observó marchar.

—Es impresionante —murmuró ella.

—¿Por qué?

—Es muy bueno en lo que hace.

—¿De qué lo conoces?

—A través de Sean. Este fin de semana he venido porque tengo algunos asuntos acerca de mi herencia que debo solucionar con Richard. Necesito asesoramiento legal y Mick me lo ha dado.

Permanecieron en silencio hasta que Spike se limpió la boca y dejó los cubiertos sobre el plato.

Cuando la camarera llevó la cuenta, él metió la mano en el bolsillo.

—Creo que Mad quiere más café —dijo él, mientras sacó la cartera.

Mientras le rellenaban la taza, ella lo vio moverse inquieto en la silla. Los tatuajes que llevaba en el cuello se ondulaban en su piel.

Ella deseaba besarlo.

Él dejó unos billetes sobre el platillo y dijo:

—Quédese el cambio.

La camarera miró los billetes y dijo:

—Gracias. Muchísimas gracias.

—Has sido muy generoso —dijo Mad en tono de aprobación y cuando la camarera se marchó.

—¿Tienes idea de lo difícil que es servir a alguien? —la miró—. Probablemente no, ¿verdad?

—No, nunca he sido camarera —frunció el ceño—. Pero sé fregar la cubierta de un barco hasta que me sangren las manos.

—Lo siento, podía haber dicho algo mejor, ¿no?

Ella dejó la taza sobre la mesa y se puso en pie.

—No pasa nada.

Pero la pregunta de Spike permaneció en su cabeza. Cuando llegaron a la moto, ella dijo:

—¿Pensarías otra cosa de mí si no viniera de una familia de dinero?

—No. Seguiría queriendo ser tu amigo —le entregó el casco.

¿Amigo? Pero si la noche anterior quería ser…

«Oh, vamos, Maguire», pensó ella. «Los hombres pueden intimar sexualmente con mujeres que sólo consideran amigas». Ella lo había visto cientos de veces con los miembros de la tripulación.

Pero necesitaba saber algo.

—Spike, ahora no estás saliendo con nadie, ¿verdad?

Se montó en la moto y dijo:

—¿Te refieres con una mujer? No, no salgo con nadie.

Su tono de voz era tranquilo, la expresión de su rostro insulsa. Fue entonces cuando comprendió lo que pasaba. Era tan evidente, que se sorprendía de que no se hubiera dado cuenta antes. Spike tenía un secreto.

—¿Cuándo tuviste la última relación seria? —preguntó ella, consciente de que podía estar traspasando una barrera.

Él frunció el ceño y se preparó para arrancar la moto.

—Hace años.

Ella lo detuvo agarrándolo del antebrazo.

—¿Qué sucedió?

Él se encogió de hombros.

—Nos separamos. No se me dan bien las relaciones y ya no estoy interesado en ellas.

Arrancó la moto. Parecía relajado pero, al mirarlo a los ojos, ella se percató de que los tema entornados. Estaba claro que no quería continuar con la conversación.

Mad deseaba preguntarle por qué, pero sabía que no debía hacerlo.

Se puso el casco y se montó detrás de él en la moto. Cuando arrancó, se agarró a su cintura.

Mientras regresaban a la casa, se preguntó si no habría interpretado demasiadas cosas. Quizá no estaba ocultando nada. Quizá lo que pasaba era que él era consciente de lo que, al parecer, ella se había olvidado: acababan de conocerse.

La gente no siempre compartía intimidades con las personas que apenas conocía.

Quizá le estaba dando demasiadas vueltas al tema.

Y no le sorprendía que él no quisiera una relación. Era evidente que si necesitaba a una mujer, podía encontrarla cuando quisiera. Simplemente no necesitaba una mujer de forma permanente en su vida.

Por algún motivo, eso le dolía. Probablemente porque lo que había sucedido entre ellos la noche anterior había sido muy importante para ella, pero para él simplemente había sido un procedimiento habitual.

Mad se acercó un poco más a él y entrelazó las manos por delante de su vientre, apoyando los pechos contra su espalda. Deseaba besarlo y perderse entre sus abrazos.

Sabía que no sentiría ese deseo con otra persona pronto.

Él estaba con ella.

Y la vida había que vivirla.

Durante la comida, Spike se percató de que Mad no había comido.

Llevaban media hora sentados con Richard y Penélope en el solarium. Mientras conversaban Mad había dejado a un lado la ensalada de pollo. Y ni siquiera se había llevado el tenedor a la boca ni una vez.

Mientras el mayordomo retiraba los platos, ella le sonrió y negó con la cabeza cuando él le ofreció fruta de postre. Después pidió un poco más de té helado.

Spike pensó en todo el café que se había tomado para desayunar. La mujer llevaba poco más que cafeína en el cuerpo. Quizá lo habría comprendido si ella hubiera estado incómoda ante la presencia de su hermanastro. Pero Richard no había ido a desayunar con ellos.

Penélope dejó la servilleta sobre la mesa.

—¿Me disculpáis? Voy a vestirme para ir al club.

—Te veré en la puerta dentro de veinte minutos —dijo Richard.

—Seré puntual —sonrió ella. Le dio un golpecito en la mano y salió de la habitación.

Richard miró a Spike.

—¿Me dejarías un momento a solas con mi hermana?

Spike miró a Mad y arqueó una ceja. Cuando ella negó con la cabeza, él se recostó en la silla y se puso lo más cómodo posible.

La sorpresa de Richard era evidente pero, al momento, se encogió de hombros y sacó una carpeta de cuero de debajo de la silla. La deslizó sobre la mesa y colocó un bolígrafo encima.

—¿Qué es esto? —preguntó Mad.

—Te he hecho un favor. Mantiene el status quo con respecto a tu herencia. Le pedí a mi secretaria que señale dónde tienes que firmar en caso de que no supieras para lo que son esas líneas que hay al final.

«Diablos, no», pensó Spike. Nadie debía de comportarse así con Mad, y menos cuando él estaba presente.

Se disponía a hablar cuando Mad lo detuvo poniendo la mano sobre su brazo.

—Richard, hay algo que necesito decir.

—Entonces, quizás deberías hablar con un espejo —se puso en pie y miró el reloj—. Me voy a jugar al golf. Ah, y los invitados llegarán a las seis. Por favor, sé puntual. Debería resultarte fácil, puesto que hoy no habrá tráfico.

—Richard, necesito que me escuches…

El hombre le dio la espalda y salió de la habitación, hablándola por encima del hombro.

—Quiero que lo firmes para que se lo envíen a mi abogado. Gracias por tu colaboración.

Mad se puso en pie.

—¡Richard!

Su hermanastro se detuvo y se dio la vuelta. En su rostro, una expresión gélida indicaba que nunca había oído ese tono de voz y que no le gustaba.

«Ha llegado el momento del enfrentamiento», pensó Spike, y se alegró de estar presente.

—¿Perdona? —dijo Richard con ojos entornados.

—No voy a firmar esto —Mad dejó la mano sobre el documento.

—¿Cómo?

—De hecho, estoy preparándolo todo para retirarte como albacea.

Durante un segundo, los ojos de Richard se llenaron de furia.

—¿Por qué ibas a hacer tal cosa, Madeline?

—Es hora de que me ocupe de mis acciones. Nada más.

—¿Y por qué ahora?

—Es el momento.

—No sabes nada de negocios.

—Aprenderé.

—¿Cómo? ¿En uno de tus barcos?

—Sí.

—¿Te das cuenta de que Value Shop es una empresa que factura mil millones de dólares al año?

—Como si es una tienda familiar. Me da igual, las acciones son mías. Quiero responsabilizarme de ellas.

—No te has ganado el derecho. No sabes diferenciar un P&L de un clip —sonrió, como si ella fuera una niña de cinco años que pedía ceras para cenar—. ¿Por qué no te quedas en el mar al que perteneces y dejas los negocios para la gente que sabe manejarlos?

Spike no pudo mantener la boca cerrada ni un instante más.

—¿Qué tal si bajamos ese tono de voz, amigo?

—Quizá me harías el favor de mantenerte fuera de esto —soltó Richard.

Spike se puso en pie.

—Como te he dicho, no hables con ella en ese tono, amigo.

—Está bien —dijo Mad. Tiró de su brazo para que se sentara de nuevo—. No importa lo que diga, no podrá cambiar el resultado.

Se hizo un largo silencio y, después, Richard miró a Spike.

—Ya lo comprendo. Al menos ya sé por qué has venido con ella.

Spike frunció el ceño, y se preguntó a qué tipo de conclusión habría llegado aquel hombre.

Mad metió las manos en los bolsillos y alzó la barbilla.

—Richard, puedes decirle a tu abogado que no espere, porque no vas a conseguir que firme. Es más, voy a hacer la maleta. El único motivo por el que he venido era tener esta conversación contigo.

—Esto no ha terminado entre nosotros.

—Diablos que no.

—Te diré una cosa. El presidente de la junta vendrá esta noche. Quédate hasta entonces. Mejor aún, quédate hasta el lunes. Voy a celebrar un picnic con los accionistas. Asistirán todos los miembros del consejo.

—¿Para qué? —contestó Mad—. ¿Para que puedas acorralarme delante de ellos? No vas a detener esto.

—Entonces, ¿qué tienes que perder, Madeline? Si me tienes contra las cuerdas, ¿por qué no quieres encontrarte cara a cara con el presidente? Porque no lo conoces ¿no es así? Si quieres ser accionista de verdad, tendría sentido que conocieras al hombre que preside la junta ¿no crees?

Spike miró a Richard y comprendió que el hombre no estaba tan relajado como quería aparentar.

—¿Todavía tienes el voto de las acciones de Amelia? —preguntó Mad.

—Sí, y ella no se ha quejado. Ni tú tampoco. Hasta ahora —Richard miró a Spike—. Es curioso cómo cambian las cosas —miró de nuevo el reloj—. Dejaré que lo decidáis vosotros. Permitidme que os pida un detalle. Si decidís marchar, por favor, tened la cortesía de decírselo al mayordomo para que no os ponga plato en la mesa. Y recordad que, para cada acción hay una reacción. Quizá deberías pensar en las leyes físicas antes de enfrentarte a mí, hermanita.

Richard se marchó y Mad se sentó de nuevo. Con la respiración acelerada, se cubrió el rostro con las manos.

Spike colocó la mano sobre su espalda y le masajeó los hombros. Ella comenzó a temblar y al cabo de un momento, se oyó una especie de hipido.

—Mad, siento que haya sido tan duro.

Despacio, ella levantó el rostro y se volvió hacia él.

Mad estaba sonriendo, riéndose.

—¡Lo he hecho! Me he enfrentado a él —se rió—. Y vamos a quedarnos a cenar. ¡Quiero conocer al presidente!

Spike sonrió un instante, pero después se puso serio. Deseaba decirle que se sentía orgulloso de ella. Y que quería besarla.

Mientras ella se reía de felicidad, él se sintió atrapado por la abrumadora sensación que ella había creado en su corazón y en su cabeza.

«No voy a enamorarme de esta mujer», se dijo. «Por su bien y por el mío, no voy a enamorarme».
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