Un hombre entre un millón (2007)






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Capítulo 5

Cuando regresaron a la casa, casi todos los coches se habían marchado y la mayoría de las luces estaban apagadas. Mad odiaba la idea de soltar a Spike, pero cuando él puso la pata de cabra y apagó el motor, perdió cualquier excusa para seguir abrazada.

—Se han ido todos en seguida —dijo él.

—A Richard le gusta despertarse temprano —se quitó el casco y miró hacia la moto—. ¿Dijiste que tenías que llevar cosas a casa?

—Sí —Spike miró hacia las alforjas que llevaba en la moto—. Todo lo que necesito está ahí.

Se agachó y sacó un montón de ropa doblada y un neceser.

Mad trató de no pensar en que no había nada parecido a un pijama. Entonces, al recordar la noche que habían pasado en casa de Sean, supo que prefería dormir desnudo.

—Has traído lo justo —murmuró ella.

—Viniendo de una regatista, eso es un cumplido, ¿no es así?

—Por supuesto.

Entraron en la casa y el mayordomo de Richard insistió en acompañar a Spike hasta su habitación. Mad los acompañó y siguió a los dos hombres hasta el lado contrario de la casa en el que se encontraba su habitación.

Para estar más alejados el uno del otro, Spike tendría que haberse ido a la casa de al lado.

Mad esperó a que el mayordomo se marchara.

—¿Estarás bien aquí? —preguntó mirando alrededor de la habitación y fijándose en las antigüedades y las paredes de papel pintado a mano.

Spike apretó la cama con las manos.

—Oh, me las arreglaré.

—La piscina está detrás —dijo ella, y se acercó a la ventana—. Puedes verla desde aquí.

Él se acercó y retiró la cortina. Mientras miraba por la ventana, ella se movió a un lado y lo miró. Como era una mujer alta y fuerte, se necesitaba mucho hombre para hacerla sentir femenina. Spike era bastante más grande que ella. Así que hacía la función.

Estaban tan cerca que ella podía ver la sombra de su barba incipiente y cada una de sus pestañas. Se fijó en sus labios.

—¿Quieres que nos encontremos allí? —dijo él. Al ver que ella no contestaba, frunció el ceño y la miró—. ¿Mad?

—Ah… sí. Sería estupendo —dio un paso atrás—. ¿Sabes cómo llegar…?

—No te preocupes —sonrió él—. Llegaré.

Ella se marchó y no se percató del camino hasta el otro lado de la casa.

Sin embargo, cuando abrió la puerta de la habitación volvió de golpe a la realidad.

Todo estaba cambiado. Todo era diferente.

No sólo diferente, sino que su rastro había sido borrado.

Las paredes ya no eran de color rojo oscuro, el color que ella había elegido hacía mucho tiempo con su madre, si no que estaban pintadas de rosa pastel. Y además estaba el encaje. En las ventanas. En la cama. En el baño.

Era el tipo de habitación que a Amelia le habría encantado.

Mad negó con la cabeza y deseó que la hubieran alojado en otro sitio.

«Me resulta tan extraño», pensó mientras cerraba la puerta. Ella no era una mujer delicada, débil y femenina y no se sentía cómoda en aquella habitación. En realidad, encontraba intimidante todo lo femenino. Sentía que era algo que debía gustarle y apreciar, pero no era así.

Entonces, recordó las literas donde había dormido durante las últimas seis semanas y en todas las cosas que había hecho con los chicos de la tripulación. Cuando uno se encontraba en un barco en medio del océano, lo delicado se convertía en lastre. En el mar había que ser poderoso, tanto física como mentalmente. Era sólo en tierra donde la fuerza así convertía a las mujeres en menos atractivas.

Daba igual. Aquélla era la casa de Richard, sus paredes, sus ventanas y sus suelos. Ella no tenía derecho a nada de todo aquello y tenía que olvidarse del pasado.

Se puso el bañador y se cubrió con una toalla. Justo entonces, llamaron a la puerta. Abrió y deseó no haberlo hecho.

—Oh… Hola, Richard.

Su hermanastro se había cambiado de ropa. Tenía cara de aburrimiento, pero su mirada era igual de cortante que siempre.

Él entró en la habitación, obligándola a dar un paso atrás.

—¿Vas a nadar? ¿A estas horas?

—Es parte de mi entrenamiento.

—Como si necesitaras muscular más —miró a su alrededor y, al ver la poca ropa que había colgada en el armario, preguntó—: ¿Dónde están el resto de tus cosas?

—Mira, Richard, estaba a punto de bajar a bañarme…

—Para ver a Spike, por supuesto —Richard se acercó a una cortina de encaje y la colocó una pizca—. ¿De qué conoces a ese hombre? Ninguno de los dos respondió a mi pregunta.

—A través de un amigo.

—¿Quién?

—Sean.

—¿Y de qué lo conoce Sean?

Mad se cruzó de brazos y contestó:

—No tengo ni idea.

—¿Cuándo lo viste por primera vez? ¿Hace cuánto tiempo que lo conoces?

—Eso no importa.

—Entonces, ¿por qué no me lo cuentas?

«Ése es el problema con Richard», pensó ella. Era muy ágil, mental y verbalmente.

—Hace relativamente poco —dijo ella—. Y sólo somos amigos, Richard. Ya te lo dije en la cena.

—No lo miras como si fuera un amigo. Así que está claro que es él quien no está interesado.

—¿Has venido para hacerme sentir mal? ¿O tenías algún otro motivo?

Richard esbozó una sonrisa.

—¿Te he disgustado?

—Oh, no, para nada. La sugerencia de que un hombre no podría sentirse atraído por mí es algo maravilloso de oír. Sobre todo, con tu tono de voz.

—Lo siento —dijo él despacio. Miró su maleta de tela—. No puedo creer que sólo hayas traído eso para todo el fin de semana. Penélope necesitaría una bolsa como ésa sólo para salir a comer.

Habló como si el defecto fuera de Mad y no de la otra mujer.

—Richard…

—Bueno —él juntó las manos y le señaló el pecho con los dedos índices—. Quiero que mañana juegues conmigo al golf. He invitado a dos amigos al club y llegarán sobre la una. Pero dejemos las cosas claras. No quiero que ganes por muchos tantos. Sólo por un par de ellos, o tres. Nada más. Se trata de no avergonzarlos como has hecho otras veces con algunos de mis socios. Has de recordar que a nadie le gusta perder ante una mujer —se dirigió hacia la puerta—. Y por cierto, uno de ellos acaba de divorciarse. Quizá esté interesado en ti. Su ex mujer era modelo y creo que ya se ha cansado de las mujeres bellas y sociables.

Mad cerró los ojos. No era así como esperaba pasar la tarde del sábado.

—Richard.

—¿Sí?

—Lo siento. No puedo ir.

—¿No puedes ir? ¿Por qué? ¿Quieres pasar el día con tu cocinero?

—De hecho, tenemos planes —o los tendrían en cuanto hablaran de ello.

—Cancélalos.

Mad lo miró fijamente.

—No —le dijo, armándose de valor.

Él la miró con impaciencia y con ojos entornados.

—¿Para qué has venido si no quieres pasar tiempo con tu familia?

«Porque voy a retirarte como albacea de mi herencia, hermanastro. Ése es el único motivo por el que he venido».

Richard la miró durante largo rato, como si tratara de ponerla nerviosa con el silencio. Entonces, se encogió de hombros.

—Está bien. Le pediré al profesor que juegue conmigo. Siempre fuiste una ermitaña, ¿lo sabes? —salió al pasillo, agarró el picaporte de la puerta y dijo—. Una pregunta más. ¿Cómo se apellida Spike?

Oh, cielos. Eso no podía contestarlo. Sólo sabía que se llamaba Spike…

Mad trató de mantener un tono calmado.

—Si tanto te interesa, pregúntaselo a él.

Richard la miró de arriba abajo.

—No solías ser tan complicada.

«Bienvenido al nuevo mundo», pensó. «Y espera a ver lo que tengo planeado para ti».

—Quizá sólo sea que me estoy haciendo mayor.

—Por algún motivo, lo dudo. Que duermas bien, Madeline —Richard no se molestó en cerrar la puerta tras él.

Mad se volvió con frustración y se quedó mirando la cortina de encaje que él había colocado bien. Aunque sabía que era un gesto de inmadurez, se acercó a ella y la arrugó entre sus manos.

No le sirvió para sentirse mejor. Al contrario, se avergonzó de sí misma por haber sido tan tonta.

Salió de la habitación y se dirigió a la piscina. Su hermanastro se había metido con ella desde que era muy pequeña, y ella había aprendido a aceptar la crueldad como algo normal.

Pero ya no tenía cinco años.

Al salir de la casa, el sonido del agua llamó su atención.

Las luces de la piscina olímpica estaban encendidas. Spike estaba dentro del agua nadando a estilo libre. Sus brazos poderosos golpeaban el agua y se tragaban la distancia.

Mad se acercó, dejó la toalla en una tumbona y lo observó nadar. Centrarse en él era mucho más agradable que pensar en Richard. Pero no mucho más relajante.

Spike se detuvo en el borde de la piscina. Había nadado bastante distancia, pero todavía tenía mucha energía que gastar.

El paseo en moto con Mad había sido una tortura. Sus brazos rodeándolo por la cintura, su torso pegado contra su espalda… Deseaba no haber tenido que bajarse de la moto.

Aquella mujer no se parecía en nada a otras que él había conocido. Y él tenía que esforzarse para no mostrar la reacción de su cuerpo.

—Hola —dijo ella.

Spike se volvió y vio que Mad estaba en biquini sobre la terraza. Al ver las curvas de su cuerpo musculoso, su cuerpo reaccionó. Y mucho.

Afortunadamente, las luces de dentro del agua no estaban encendidas.

—Hola —dijo él, y la saludó con el brazo.

Ella se sentó en el borde de la piscina y metió sus piernas esbeltas en el agua.

—Eres un buen nadador.

—Me gusta el agua.

—A mí también —se miró los pies mientras los movía de arriba abajo.

—¿Ocurre algo? Pareces tensa.

—No es nada —lo miró y sonrió—. Bueno, nada que no cure un buen entrenamiento.

Al cabo de un instante, estaba metida en el agua. Como era de suponer, era una magnífica nadadora. Rompía el agua a buena velocidad y sus movimientos eran sincronizados. Él comenzó a nadar a su lado hasta conseguir su ritmo. Estuvieron nadando una media hora a un ritmo fuerte. Después, ella aceleró y él tuvo que esforzarse para seguirla. Era evidente que ella tenía mucha más resistencia cardiovascular que él.

Por fin, ella se detuvo en un extremo de la piscina y se agarró al borde. Él llegó medio minuto más tarde y trató de recuperar la respiración.

—Ha sido una buena serie —dijo ella con una sonrisa.

Él trató de no fijarse en las gotas de agua que recorrían sus brazos. Ni en sus pezones, erectos a causa del frío.

—Me gusta nadar con un compañero —dijo ella.

Spike se retiró el cabello de la cara. Un compañero. Como un amigo. Como alguien que no la mira, que no la besa, que no la acaricia… que no la lame…

—A mí también —dijo, pero no fue capaz de sonreír.

Sólo podía pensar en abrazarla dentro del agua. En colocar la pierna entre las suyas. En empujar sus caderas hacia delante hasta que…

Mad le tocó el hombro con un pie, de forma juguetona.

—Ahora eres tu el que parece tenso. Normalmente, entrenar calma a la gente.

—Lo siento.

En empujar sus caderas hasta que sus cuerpos se tocaran y besarla hasta que…

—Oye, ¿te apetece ver una película?

—Oh, sí.

—Tenemos una sala de proyecciones. Y no habrá nadie despierto. Soy la única insomne de la familia. Bueno, Richard, también, pero él no ve películas.

«Basta, Moriarty», se dijo en voz baja. «Deja de fantasear o no podrás salir del agua».

—¿Te parece un buen plan? —preguntó ella.

—Sí.

Mad se dirigió hasta el lateral de la piscina y subió por la escalerilla. Se volvió para mirarlo, al mismo tiempo que se peinaba el cabello con los dedos y lo escurría.

—Spike, tienes pinta de que te gustan las películas de acción. ¿Qué te parece si vemos Die Hard?

Spike pestañeó sin más. Era como si ella estuviera hablando en otro idioma.

Mad echó la melena hacia atrás y se agachó a por la toalla.

—Mi personaje favorito de la primera película era Argyle —se cubrió con la toalla y frunció el ceño—. ¿Spike? ¿Te encuentras bien?

Se encontraba de maravilla.

Estaba a punto de estallar.

Y ella ni siquiera se había fijado en él. No tenía ni idea de lo que le hacía sentir cada vez que se movía. ¿Spike?

—¿Sabes qué? Ve tú primero. Yo voy a terminar aquí.

—Vamos, debes de estar cansado. Has empezado antes que yo.

—Más tarde, Mad. Subiré más tarde.

Ella cerró los ojos.

—Cielos… Lo he vuelto a hacer ¿no es así?

—¿El qué?

—Mira, lo siento. Y podemos olvidarnos de la película —negó con la cabeza y miró hacia la casa—. Supongo que… Será mejor que te vea por la mañana.

—¿Por qué diablos me pides perdón?

—Por nada. Te veré…

—¿Qué ocurre?

—Que no me he dado cuenta —puso las manos en las caderas y frunció el ceño—. Ya sabes, sobre lo de nadar y eso…

—¿Cómo?

—No es nada —dobló la pierna y se frotó el tobillo. No quería mirarlo a los ojos—. Ah, antes de que me olvide. El desayuno es a las ocho en punto. Si no bajas, no podrás comer nada hasta el mediodía. Buenas noches.

Cuando se volvió, él preguntó:

—¿Qué pasa, Mad?

Al ver que se detenía se sintió aliviado. No podía salir detrás de ella con semejante erección.

—Los compañeros hablan entre sí, Mad. ¿Qué ocurre?

—Es que… Nada nuevo. A la mayoría de los hombres no les gusta mi forma de nadar. Ni de jugar al golf. O de levantar pesas. O de correr —se encogió de hombros—. No les gusta que pueda ser mejor que ellos.

—¿De dónde diablos te has sacado esa idea?

—Richard me lo ha recordado esta noche. Pregúntaselo a él, te explicará toda…

—Sin intención de ofender, pero no le preguntaría a tu hermano ni a qué día de la semana estamos. Y no puedo creer que pienses tan mal de mí.

Ella lo miró a los ojos.

—Estás tenso, así que suponía que estabas disgustado por algo.

—¿Y crees que es porque nadas mejor que yo?

—Me ha ocurrido otras veces.

—Conmigo no. Me encanta que puedas nadar así.

—¿De veras? —dijo ella con una sonrisa—. Porque eso sería estupendo. Sería… maravilloso.

—Y me gustaría ver una película de Bruce Willis contigo. O Bambi. O… lo que sea.

Ella sonrió.

—Entonces, vamos.

Se hizo un silencio y él trato de analizar la situación en la que se encontraba. Mad ladeó la cabeza.

—No quieres salir de la piscina, ¿verdad? ¿Por qué?

Bueno… Al fin y al cabo, ambos eran adultos ¿no? Y seguro que no era la primera vez que había visto a un hombre excitado. Además, Mad tendría que averiguar en algún momento lo que él sentía por ella y le parecía mejor dejárselo claro el primer día del fin de semana que iban a pasar juntos.

Spike se acercó a la escalerilla y salió del agua despacio. Supo exactamente en qué momento ella vio lo que sucedía. Mad abrió los ojos y dio un paso atrás.

Él se cubrió rápidamente con una toalla.

—Te diré una cosa. ¿Por qué no dejamos la película para otro momento?

Ella se quedó mirándolo en silencio.

—Buenas noches, Mad.

Entró en la casa y se dirigió hacia la segunda planta. Nada más entrar en la habitación, dejó de pensar en Mad. Algo no estaba bien.

Cerró la puerta y miró a su alrededor. Sobre el escritorio, vio que su billetera no estaba tal y como él la había dejado. Y en los pies de la cama, la correa de su bolsa estaba a un lado y no en el medio de la bolsa.

Blasfemó en voz alta. Después de haber estado en la cárcel, uno sabía muy bien si alguien le había registrado las cosas a propósito y en secreto, y si era gente que sabía lo que hacía. En ese caso, no era un profesional.

Revisó sus cosas y no se sorprendió al ver que no le faltaba nada. Simplemente las habían registrado.

No era lo que él esperaba. Y mucho menos lo que deseaba.

Sus apellidos eran la puerta a su pasado. Y Mad ya tenía bastante con su hermanastro como para tener que preocuparse por haber invitado a un ex presidiario a casa.

Spike se dio una ducha rápida y se metió en la cama. Se apoyó contra el cabecero y recordó lo que había sucedido cuando le contó a la mujer con la que había salido lo que había hecho.

Por algún motivo, no podía soportar que Mad reaccionara de la misma manera, que lo considerara un asesino. Podía sobrevivir estando por debajo de ella en el aspecto económico y social. Pero no soportaría que ella le tuviera miedo.

Acababa de apagar la luz cuando llamaron a su puerta.

—¿Sí? —dijo él, y se incorporó.

La puerta se abrió una pizca.

—¿Puedo entrar un momento? —preguntó Mad en voz baja.

Él se cubrió con la colcha hasta el cuello.

—Claro…

Cuando ella cerró la puerta de nuevo, él encendió la luz. Mad llevaba una bata negra de raso y tenía el cabello seco, como si se lo hubiera lavado y secado con el secador. Olía al mismo jabón francés con el que se había duchado, como si hubiera uno en cada baño de la casa. Era un aroma perfecto para ella.

Mad se acercó a los pies de la cama.

—¿De veras te sientes atraído por mí?

«Totalmente. Completamente».

—Ah… Sí. Así es —se fijó en el lugar donde se juntaban los dos lados de la bata—. Pero no te preocupes. No soy una animal ni nada parecido. Sé controlar mis manos.

—¿Por qué?

—¿Perdón?

—¿Por qué te sientes atraído por mí?

Spike frunció el ceño. Aquella mujer no lo deseaba, ¿pero estaba dispuesta a escuchar los mil motivos por los que a él le gustaba ella?

Que fuera así de superficial lo sorprendía.

—Mad, regresa a tu habitación, ¿de acuerdo? Te veré por la mañana.

Ella palideció, pero asintió y se marchó. Casi como si estuviera avergonzada.

¿Qué diablos sucedía?

Spike apagó la luz y se acomodó en la cama. Al cabo de un segundo, retiró la colcha y se puso un pantalón de chándal.

Mad se alejó por el pasillo sintiéndose como una idiota. Era evidente que la atracción que él había sentido por ella en la piscina, no había durado mucho. Parecía que estaba disgustado con ella. Quizá había sido una ingenua. Alguien como él, que seguro tenía montones de amantes, no iba a estar interesado en una mujer reprimida y sexualmente insegura.

Y aunque le hubiera gustado que las cosas fueran de otra manera, no podía fingir experiencia en el ámbito sexual. Después de que su padre y su hermanastro la hubieran comparado durante años con el estándar femenino, después de que todos los hombres que a ella le habían gustado se olvidaran de ella nada más conocer a Amelia, después de haber vivido cuatro años en un barco lleno de chicos, la idea de que un hombre la deseara era simplemente sorprendente.

Y además, ese hombre era Spike.

Pero no podía haber reaccionado peor en la piscina, ¿verdad?

—¡Mad, espera!

Mad miró hacia atrás por encima del hombro y vio que Spike se acercaba corriendo con el torso desnudo.

Cuando llegó a su habitación, abrió la puerta y se apresuró a entrar. Pero Spike consiguió evitar que ella la cerrara de nuevo.

La miró a los ojos fijamente y en silencio. Ella deseaba moverse, pero estaba paralizada.

—No he venido a Greenwich para acostarme contigo.

—Por supuesto que no…

—Pero no puedo evitar desearte.

Mad se quedó sin respiración.

—¿Todavía quieres saber por qué me siento atraído por ti? —susurró.

—Sí.

—Entonces, déjame entrar.

Mad abrió la puerta despacio y Spike la cerró tras de sí.

La miró durante largo rato y después añadió:

—¿Cómo no voy a desearte? Eres preciosa.

Agarró un mechón de su cabello e inhaló su aroma. Después le acarició el rostro.

Ella se sobresaltó al ver que colocaba la otra mano sobre su hombro.

—Tranquila —le dijo—. No voy a hacerte daño.

Mientras le sujetaba la cara, le acarició el cuerpo. Los brazos, la cintura, la cadera, la espalda… el torso. Le estaba diciendo sin palabras lo que le gustaba de ella y era… todo.

Detuvo la mano sobre su corazón y agachó la cabeza hasta la altura de la oreja de Mad.

—¿Mad?

Ella no podía ni respirar.

—¿Sí?

—¿Puedo besarte?

—Sí —suspiró ella.

—Bien —le sujetó el rostro con las manos—. Porque cada vez que veo tu boca, sólo puedo pensar en besarte.

Inclinó la cabeza, la rodeó con el brazo y la besó con delicadeza. Cuando se separaron, Mad estaba sonrojada, tenía la piel ardiendo, y su entrepierna…

Notaba el miembro de Spike contra su cuerpo y se sentía embriagada.

—No pares —le dijo y lo rodeó por el cuello.

Se besaron y se acariciaron durante un largo rato, hasta que las caricias se convirtieron en ardiente deseo.

—Mad… —Spike dejó de besarla y escondió el rostro contra su cuello. Sin avisar, la mordisqueó una pizca y le acarició con la lengua en el mismo sitio. Tenía la respiración acelerada y el cuerpo invadido por el deseo.

Pero tenía que mantener el control.

—Mad, ¿hasta dónde quieres llegar con esto?

Ella miró hacia la cama por encima del hombro de Spike y deseó estar allí con él.

—No lo sé.

—Entonces, será mejor que pare ahora.

Dio un paso atrás y se volvió. Hizo algo en la parte delantera de sus pantalones y se colocó de nuevo frente a ella con una sonrisa.

—De hecho, Mad, es mejor que no lleguemos… a eso. En serio. No he venido aquí para eso, a pesar de lo que acaba de suceder. Lo único que quiero es ayudarte a pasar el fin de semana.

Mad respiró hondo y reconoció que él tenía razón.

¿Cómo se le ocurría pensar en acostarse con alguien que apenas conocía? ¿La primera vez en su vida?

Pero por algún motivo, sentía que aquel hombre no era un extraño. Que lo conocía de verdad.

Spike se besó el dedo índice y le cubrió los labios con él.

—No te preocupes, Mad. Conseguiremos que llegues al lunes sin más complicaciones de las necesarias.

Cuando se marchó y cerró la puerta, Mad paseó de un lado a otro de la habitación sintiéndose encerrada. Abrió la ventana para respirar aire fresco, se arrodilló, apoyó los brazos en el alféizar y el rostro sobre sus muñecas. Deseaba que Spike se hubiera quedado.

Tenía veinticinco años. No quince. Lo que significaba que si encontraba a un hombre al que deseaba, podía tenerlo si él la deseaba también. Y Spike la deseaba.

Entonces, ¿por qué no podían estar juntos?

Por un lado, él había dicho que no había ido allí para tener una aventura. ¿Tendría pareja?

«No», pensó ella. Sean lo habría sabido y se lo habría contado.

Entonces, si no había una mujer en su vida, ¿por qué…?

Pero en qué estaba pensando. Aunque estuviera libre y sin compromiso, no creía que quisiera acostarse con ella si se enteraba de que era virgen. La virginidad en una mujer, igual que la fuerza física, tendía a inquietar a los hombres.

Cielos, aquel hombre tema algo que hacía que ella deseara estar junto a él. Por un lado su aspecto. Y el hecho de que, durante la cena, hubiera estado dispuesto a enfrentarse a Richard cuando el hombre la había insultado. Y su manera de conducir la Harley.

Pero sobre todo, era su manera de mirarla a los ojos. Era una mirada llena de ternura y amabilidad.

Y eso implicaba que ella pudiera confiar en él.
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