Un hombre entre un millón (2007)






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Capítulo 3

Cuando Mad se despertó sobre las seis y media, lo primero que hizo fue mirar al hombre que estaba en la otra cama. Se quedó sin respiración.

Spike estaba tumbado boca abajo, mirando hacia el otro lado y tapado sólo con una sábana enrollada en sus piernas.

Así que por fin pudo ver sus tatuajes.

Tenía uno en la espalda dividido en dos mitades. Parecía un manuscrito medieval. Subía por su espalda, a ambos lados de la columna, cubría sus omóplatos y rodeaba sus hombros.

Era precioso. Y erótico. Deseó acariciarlo. Con las manos. Con la boca.

Y no sólo su espalda, sino todo su cuerpo.

Era evidente que hacía pesas habitualmente. Tenía un torso musculoso y sus bíceps estaban bien definidos.

De pronto, él pronunció un gemido y se movió en la cama. Ella se puso tensa y se dispuso a darse la vuelta para fingir que estaba dormida, pero él respiró hondo y se quedó quieto. Madeline deseaba tumbarse a su lado y despertarlo acariciándole el cuello. O besándolo en el hombro. «¿Y después qué?»

Era virgen, y no una vampiresa. Y un hombre como Spike querría a alguien que supiera lo que estaba haciendo.

De nuevo, pronunció el mismo sonido.

Movió las piernas y se tumbó boca arriba. Ella se fijó en su torso desnudo y en su abdomen musculoso.

Deseó tener más experiencia. Pero en su vida sólo había estado con dos hombres con los que hubiera podido llegar a intimar. Uno durante la universidad y el otro antes de empezar a competir. En ambos casos creyó estar enamorada y suponía que su amor era correspondido. Sin embargo, los hombres prefirieron a Amelia, su hermanastra, y acabaron acostándose con ella. Desde entonces, Mad había dejado de lado su vida amorosa. Por un lado, si quería que la respetaran en el mundo del deporte no podía salir con ninguno de los hombres del equipo de vela ni con sus competidores. Pero sobre todo, no estaba dispuesta a sentirse vulnerable otra vez.

Había continuado con su vida. Habían pasado un par de años, estaba a punto de cumplir veinticinco y todavía no había hecho el amor.

Nunca le había parecido un defecto. Hasta ese día.

Spike repitió el sonido y golpeó la cama con el puño. Arqueó el cuerpo y comenzó a mover las caderas en círculo, despacio… Ella deslizó la mirada por su cuerpo.

Santo cielo. Tenía una…

Estaba claro con qué estaba soñando. Y ella tenía que salir de allí.

Spike dejó de mover las caderas, pero empezó a abrir y a cerrar las piernas con inquietud. Echó la cabeza hacia atrás y mostró los dientes, inhalando despacio. Su torso y sus muslos experimentaron una ola de contracciones y sus músculos se tensaron y se relajaron bajo su piel.

Spike murmuró algo parecido a: más.

Oh, cielos. Era muy atractivo. Masculino. Excitado sexualmente y agonizando de pasión.

Durante un momento, ella imaginó tener el valor suficiente para despertarlo con el tipo de caricias con las que estaba soñando. ¿Se enrollaría con ella? Probablemente. Al menos hasta que se diera cuenta de que no era la mujer con la que fantaseaba.

Se preguntaba con quién estaría soñando.

Sin avisar, él abrió los ojos y la miró.

Mad se retiró hacia atrás y dijo:

—Lo siento.

Porque observarlo le parecía un acto de voyeurismo.

El sonido de su voz parecía confundirlo. Arqueó las cejas y echó la cabeza hacia atrás un par de veces. Murmuró algo, cerró los ojos y se dio la vuelta.

Mad se apresuró para salir de la habitación. Se dirigió a la cocina y se alivió al ver que Sean todavía no se había levantado. Después de permanecer un rato sentada, decidió prepararse un café. Estaba a punto de tomárselo cuando oyó un bostezo.

—Hola —Sean entró en la cocina—. ¿Has dormido bien?

Mad miró hacia otro lado por si notaba su sonrojo.

—Sí.

—¿Spike te mantuvo despierta?

—No. Y no empecemos, ¿de acuerdo?

Su amigo asintió, dándose cuenta de que no estaba de humor para bromas.

—Sabes, esto es maravilloso. Tú y mi cafetera, compartiendo un momento importante. Precioso.

—¿Qué tienes para desayunar?

—No sé. Nunca como en casa. Pero los del servicio de cátering estuvieron cocinando toda la tarde de ayer, así que algo tiene que haber.

Ambos abrieron la nevera y miraron en su interior. Había montones de sobras, demasiadas como para poder elegir.

—Sé exactamente lo que hay que hacer —dijo Sean—. Espera aquí.

Desapareció y regresó momentos más tarde.

—La ayuda está de camino.

—¿Has encargado desayunos para llevar? —preguntó ella, mientras se servía el café.

—Mejor aún.

—Has pedido que te lo traigan.

—He pedido un chef de cocina francesa.

—¿Y dónde está esa maravilla?

—Detrás de ti —dijo Spike.

Madeline se dio la vuelta y no pudo evitar mirarlo de arriba abajo. Se había afeitado y se había vestido, sin embargo, ella seguía imaginándolo tumbado entre las sábanas. Su torso. Su abdomen. Sus brazos fuertes…

Se percató de que llevaba mirándolo mucho rato y decidió que lo mejor era decir algo.

—¿Eres cocinero?

Él la miró y se dirigió a la nevera.

—Soy algo más de lo que aparento, ¿no es eso?

—No, yo…

—¿Y qué te apetece desayunar, colega? —le preguntó a Sean.

«Maldita sea», lo había ofendido. Pero simplemente se había sorprendido de que se dedicara a algo tan tradicional y disciplinado.

Pero Sean contestó antes de que ella pudiera explicárselo.

—Sorpréndeme. Emplea tu magia. Entretanto, Mad y yo tenemos que hablar. Y yo me voy a Japón esta mañana y no vuelvo hasta dentro de dos meses, así que es ahora o nunca.

—Sean…

—Vamos a la otra habitación. Démonos prisa para no llegar tarde a desayunar.

Mad se fijó en que Spike sacaba huevos, ensalada y queso de la nevera.

Él la miró fijamente a los ojos.

—No te preocupes, no voy a quemar la casa.

—La intención de mi comentario no era ésa.

—De acuerdo. Culpa mía —parecía aburrido. Como si no le hubiera importado aunque ella hubiese querido insultarlo.

Mad siguió a Sean hasta el salón. Su amigo no perdía el tiempo con preámbulos.

—Tienes que ir a ver a tu hermano, Mad, y tienes que hacerlo antes de volver al mar.

«No, otra vez no», pensó ella.

—¿Mad?

—Hermanastro —murmuró ella—. Es mi hermanastro.

—No te enfurruñes conmigo —Sean se sentó en el sofá de cuero y tiró de ella para que se sentara a su lado—. Mira, no te lo digo como amigo. Te estoy dando consejo profesional. Ve a verlo. Ahora.

—¿Por qué? Lo único que le interesa a Richard son las acciones que tengo de la empresa. Y como albacea de mis bienes tiene control sobre ellas —su hermano y ella poseían la mayor parte de Value Shop Supermarkets, una de las cadenas de supermercados más grandes del país.

—Mad, dentro de una semana y media no tendrá que serlo. Vas a cumplir veinticinco. En el testamento, tu padre especificó que cuando llegaras a esa edad podrías tomar el control de tus acciones, siempre y cuando hicieras lo necesario para hacerlo. De otro modo, prevalecería el acuerdo que tienes con Richard en la actualidad. Durante los siguientes cinco años podría seguir votando en tu nombre en las juntas directivas.

Ella frunció el ceño al darse cuenta de que hacía años que no había pensado en la empresa ni en su herencia. Normalmente no solía eludir responsabilidades y era una pena que no se ocupara de sus bienes. Pero, para ella, las regatas siempre habían sido lo más importante.

Miró a Sean.

—¿Por qué estás tan tenso?

—Sinceramente, en estos momentos estoy traspasando los límites éticos y legales.

—Pero eres asesor financiero. Se supone que debes aconsejarnos.

—Soy el asesor financiero de la empresa. Y el presidente de la empresa, así que tu hermano podría denunciar que lo estoy perjudicando al aconsejarte que tomes el control de tus acciones.

Ella puso una mueca al oír sus palabras. No quería causarle problemas a Sean.

—Bueno, me alegro de que hayas sacado el tema. Pero Richard… A Richard no le va a gustar nada dejar de ser mi albacea. Va a…

—Puedes enfrentarte a él. Sé que puedes hacerlo.

Ella no estaba tan segura de ello, pero Sean tenía razón y se alegraba de que le hubiera contado cómo estaban las cosas. Pero ¿qué tenía que hacer?

—Mad, tengo un amigo abogado que quiero que vayas a ver. Se llama Mick Rhodes. Le he contado cómo está la situación por encima y, en cuanto hables con él, preparará los documentos necesarios. Después, irás a ver a Richard. Sé que irá a Greenwich para Memorial Day. Ve a verlo allí, en lugar de a su despacho, y no lleves a Mick contigo. Richard se lo tomará como un ataque si apareces con tu abogado. Lo que tienes que hacer es hablar con él con el papel de hermana pequeña encantadora y, después, a las nueve de la mañana del día de tu cumpleaños, Mick presentará los papeles y todo habrá terminado.

—¿Pero tengo que ir a ver a Richard? ¿Por qué no se puede ocupar de todo un abogado?

—Tendrás que enfrentarte con él en algún momento, ¿por qué esperar? Así podrás quitártelo de la cabeza. Y no te preocupes, he oído que Amelia estará fuera del país hasta mitad de junio. No estará allí.

Mad imaginó a su hermanastro. Richard era una persona cortante, mental y verbalmente.

—Legalmente no puede detenerme, ¿verdad?

—No creo, pero probablemente trate de bloquear el cambio argumentando en contra de tu capacidad de gestión. Pero Mick sabrá cómo enfrentarse a eso.

—De acuerdo… Iré a ver al abogado.

Sean la tomó entre sus brazos.

—Todo saldrá bien. Y te lo prometo, Mick es el mejor. Se comerá vivo a tu hermano, si es necesario. Y disfrutará de cada bocado.

—Hermanastro.

Permanecieron abrazados durante unos minutos y ella deseó haber sido la hermana de Sean.

Cuando regresaron a la cocina, Spike estaba frente a los fogones y un delicioso aroma invadía la habitación. Sean y Mad se sentaron a la mesa y, al cabo de unos minutos, Spike dejó dos platos sobre ella.

—Oh, esto es algo serio y maravilloso —dijo Sean al ver los platos con las tortillas.

—Gracias —le dijo Mad a Spike, tratando de mirarlo a los ojos.

Él asintió, se volvió hacia los fogones y se preparó una tortilla mientras recogía. Cuando se sentó, Sean ya había terminado y ella se estaba forzando para no terminar lo que tenía en el plato.

—Es la mejor tortilla que he comido nunca —dijo Sean, y se limpió con la servilleta—. ¿Quieres casarte conmigo?

—¿Qué tipo de anillo me regalarías?

—¿Un Cartier?

—Mejor un Harry Winston. De cuatro kilates, mínimo. Y quiero baguettes.

—Menuda ganga.

—¿Has probado mi pata de cordero?

Sean golpeó la mesa con el puño.

—Maldito sinvergüenza. Tratas de camelarme con la comida.

—La salsa de menta la preparo yo.

—Estupendo. Pero te quiero ver con un vestido. Mi novia no va a ir hasta el altar con botas militares.

Los dos chicos continuaron bromeando y ella permitió que sus voces se disiparan en su cabeza.

No estaba segura de poder enfrentarse a Richard. Su hermanastro sabía cómo hacerla sentir pequeña, y ella se lo permitía. El problema era que cuando estaban juntos, él la hacía sentir como si fuera una niña de cinco años y conseguía que a ella se le olvidara que era adulta.

Así que quizá había llegado el momento de matar al dragón. Era una mujer adulta que sabía cómo moverse por el mundo. Y esas acciones eran lo único que su padre le había dado en la vida, excepto algunos problemas de autoestima. Debía responsabilizarse de lo que era suyo.

—No puedes venir conmigo, ¿verdad? —le preguntó a Sean de repente—. A Greenwich.

Los hombres dejaron de hablar.

—No, lo siento. No puedo.

Ella asintió.

—Lo imaginaba. Es sólo que… incluso sin el tema de los negocios, un fin de semana con mi hermanastro pude ser agotador.

—Lo que necesitas es un escolta armado.

—Sí —sonrió ella—. Alguien grande. Y duro…

—¿Del tipo de Robocop o de Arnold?

—Mejor algo de esta década, ¿no? Wolverine por ejemplo.

—Arnold es mejor.

Ella sonrió.

—¿Hablamos de Arnold el de Terminador II?

—Por supuesto. No te enviaría con el malo.

Mad se rió, preguntándose por qué Sean nunca se había emparejado. Detrás de su mirada fría había un chico encantador. Pero desde que lo conocía había estado soltero.

Mientras Mad y Sean discutían sobre superhéroes, Spike se terminó su tortilla y se limpió la boca con la servilleta. Estaba muy cansado, pero alerta.

Recordaba que, por la mañana, había tenido una fantasía sobre Mad. Estaban en la playa, abrazados, besándose y acariciándose. Ella era la mujer más maravillosa que había conocido nunca.

Mientras recordaba lo que habían hecho, tuvo la sensación de que lo estaban observando, así que, levantó la vista.

Sean lo miraba muy serio.

—¿Qué? ¿Quieres otra tortilla? —preguntó Spike.

Sean miró al otro lado de la mesa y Mad arqueó una ceja. Después negó con la cabeza.

—Adelante —dijo Sean con suavidad.

—¿Qué? —preguntó Spike.

Sean miró a Mad y asintió. Ella se aclaró la garganta.

—¿Tú vendrías conmigo? —preguntó ella—. ¿Me acompañarías a casa de mi familia el fin de semana de Memorial Day? Mi hermanastro estará allí y hay un par de fiestas programadas. Ya sabes, típicas cosas de vacaciones.

Spike frunció el ceño, y pensó que era evidente que a ella no le apetecía estar con sus familiares. Entonces, ¿por qué quería complicarlo todo llevando a un extraño como él?

—No iré. Lo siento.

Sean intervino en seguida.

—Vamos, eres el héroe perfecto, tío.

—Ella está buscando un bicho raro, no un héroe. ¿No es así, Madeline? —Spike se levantó de la mesa y llevó el plato a la pila—. Y aunque no puedo negar que doy la talla, necesita encontrar algo más alternativo. A lo mejor podría comprarse un bicho raro. Estoy seguro de que tiene dinero. Y así, lo único que tendrá que hacer es sacarlo del armario cada vez que quiera animar las cosas.

Le pareció oír que Mad suspiraba, pero continuó hacia la puerta.

—Que tengas un buen viaje a Japón, Sean. Te llamaré. Y gracias por la cama.

Spike sacó la chaqueta fuera del armario, se la puso y entró en el ascensor. Estaba en la calle cuando oyó que gritaban su nombre. Se dio la vuelta. Sean corría descalzo por el asfalto. Y parecía muy enfadado.

—¿Por qué diablos has hecho eso, Moriarty? —le preguntó.

—¿Estás de broma, verdad?

—Mad no se merece ese trato.

—Ah, ¿pero te parece bien que trate de utilizarme?

—Quiero que te disculpes.

—Estupendo. Dile que lo siento. Hasta luego, Sean —se volvió y notó que lo agarraba del brazo—. Hazme un favor y suéltame.

Sean blasfemó y lo soltó.

—Mira Spike, ella no lo ha hecho con esa intención.

—¿Igual que no pretendía reírse de que sea cocinero?

—Por supuesto que no…

—¿Has visto cómo me ha mirado? Está claro que piensa que estoy por debajo de ella. Y aunque sea cierto, no necesito que me lo recuerden.

—Maldita sea. Por qué estás tan sensible con ella. Normalmente no eres así.

Spike se movió inquieto y respiró hondo.

—Mira, déjalo ¿de acuerdo? Pero dile que siento que se haya disgustado.

—Quiero que vayas con ella.

Él negó con la cabeza.

—Perdona, Sean, pero ¿hemos tenido dos conversaciones diferentes? He dicho que no iré y no iré.

—Pero serías perfecto, y no, no para volver loco a su hermano. Es sólo que no te importa nada los eventos sociales y no te ofenderás por nada de lo que Richard te diga o te haga. Y si fueras, ella no estaría sola.

—Primero de todo, Madeline Maguire no es el tipo de mujer que necesita apoyo.

—Cuando se trata de su familia, sí.

—Segundo, ¿por qué no llama a uno de sus amigos de verdad?

—No tiene.

Spike abrió la boca para decir su tercer argumento, pero al oír las palabras de Sean dijo:

—¿Qué?

Sean levantó las manos.

—Mad es una mujer reservada y tiene buenas razones para no confiar en la gente. Los únicos amigos que tiene son los del equipo de vela…

—¿Y por qué no se lo pide a uno de ellos?

—Están en las Bahamas reparando un barco. Mira, sucede algo malo que tiene que ver con su hermano y a lo que ella tendrá que enfrentarse. Tú serías un apoyo estupendo. Y quizá suceda algo entre tú y ella.

—Lo que tú digas.

—A ella le gustas. Me lo ha dicho.

Spike miró hacia la acera, incapaz de creer a su amigo.

—No…

—Ve. Por favor.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No, no puedo.

—Si no es por ella, hazlo por mí. Vamos, Spike, llevo años esperando a que esa mujer se fije en un hombre. Se ha fijado en ti. Anoche, pasó toda la fiesta esperando a que te fueras. Es muy…

—Basta —sentía una fuerte presión en el pecho— Sean, yo no…

—Sé que te gusta…

—Basta —le costaba pronunciar palabra. Sean debió de darse cuenta porque se calló en seguida.

Spike se alborotó el cabello.

—Qué diablos… Tienes razón, me gusta. Es especial. Me encantaría estar con ella. Pero aunque se sienta atraída por mí, y no creo que así sea a pesar de lo que tú digas, no soy el tipo de hombre con el que ella querrá estar o llevar a casa.

—Qué de tonterías… No te conozco desde hace mucho, pero eres uno de mis mejores amigos. Y tengo muy buen ojo para la gente. Igual que Mad, por cierto.

—Sean, escúchame. No soy bueno para ella.

—¿Por qué? Dame un buen motivo. Y será mejor que no me digas que tienes tatuajes en el cuello porque sé que eso excita a las mujeres.

Spike se miró las botas militares y respiró hondo.

—¿Dices que no me conoces desde hace mucho? Bueno, pues también hay muchas cosas que no sabes. Tengo un pasado turbulento, O'Banyon.

—¿Como qué?

Spike se estremeció. ¿De veras estaba a punto de hacer aquello?

Miró a Sean a los ojos.

«Sí», pensó.

—Pasé cinco años en Comstock por homicidio sin premeditación. Eso es una prisión de alta seguridad, Sean, y yo cometí el delito. Maté a un hombre. Lo maté con mis propias manos y fui a la cárcel por ello.

Al ver que su amigo lo miraba perplejo, Spike deseó blasfemar. Maldita sea, no quería perder a Sean. Pero era cierto que había hecho algo muy grave.

—Eso es algo muy duro —murmuró Sean—. ¿Cuántos años tenías?

—Veinticuatro cuando lo hice. Veinticinco cuando entré en la cárcel.

—¿Lo harías otra vez?

—¿Si las circunstancias fueran las mismas? Sí. Lo haría.

Tras una larga pausa, Sean preguntó.

—¿Qué pasó?

—Un hombre pegaba a mi hermana con un bate de béisbol mientras le gritaba que la amaba. Era la vida de mi hermana o la de su maltratador. Elegí la de ella.

Sean se relajó.

—Me alegro de que me lo hayas contado. Y no sólo por Mad.

—¿Comprendes por qué no puedo ir con ella? ¿Por qué no puedo proponerle nada aunque ella aceptara?

—No, de hecho, no lo comprendo. Estoy dispuesto a apostar que si se lo dijeras…

—Ya lo intenté una vez con una mujer. La mayoría de las mujeres no se sienten cómodas junto a un asesino, y no puedo culparlas. Lo que hice tampoco me gusta a mí.

—Mad no es como la mayoría de las mujeres.

Spike se encogió de hombros.

—Puede ser. Pero sé que podría encontrar a alguien mejor que yo para que la ayudara en ese problema familiar.

—Creo que estás infravalorándola —Sean negó con la cabeza—. De todos modos, es tu decisión. Y no, no le contaré nada.

—Excepto que lo siento.

—Sí, lo haré.

Se hizo un largo silencio entre ambos. Spike notó que Sean lo miraba a la cara y supo que estaba tratando de asimilar todo lo que le había contado. Alguien como Sean O'Banyon, un genio de las finanzas, no iba a querer seguir tratando con un asesino.

—No pasa nada, Sean —dijo Spike—. Lo comprendo.

—¿El qué comprendes?

—No te preocupes. Podemos seguir por caminos separados. Desapareceré en seguida.

Sean tensó los labios.

—Deja que aclare esto. ¿Crees que voy a dejar de ser tu amigo por lo que me has contado?

—¿Y por qué no ibas a hacerlo?

—Eres un lunático.

Antes de que Spike pudiera decir otra palabra, Sean le dio un fuerte abrazo.

—Éste es el trato, Spike. Yo tengo un antecedente juvenil que afortunadamente está enterrado en algún juzgado de South Boston. Y todos los días trabajo con ladrones de traje y corbata. Así que no voy a deshacerme de ti por algo así. Cielos, ¿qué tipo de persona crees que soy?

Al ver que Sean lo miraba, Spike se aclaró la garganta para deshacer el sentimiento de gratitud que sentía.

—Somos buenos amigos, Spike. Tú y yo somos amigos. ¿Está claro?

—Sí, de acuerdo —dijo Spike—. Trato hecho.

Entretanto, en el ático, Mad recogió los platos y los fregó. Después se dirigió a la habitación de invitados.

La cama en la que Spike había dormido estaba perfectamente hecha. Parecía como si nunca hubiera dormido allí.

Se sentó en la butaca. No podía culpar a Spike por haberse tomado así la invitación, puesto que en el fondo apenas se conocían. Deseaba haber tenido tiempo de darle una explicación antes de que se hubiera marchado.

¿Cómo se le había ocurrido que él pudiera aceptar pasar un fin de semana con ella?

Mad escuchó el silencio que invadía la casa, esperando oír abrirse una puerta. Deseaba que Sean no estuviera en la calle gritando a Spike. Había intentado convencerlo de que no saliera detrás de su amigo, pero no lo había conseguido.

Miró hacia su cama y dudó si acostarse un rato más. Estaba cansada.

De pronto, frunció el ceño.

Una de sus almohadas estaba al pie de la cama. Como si alguien la hubiera dejado allí.

No había sido ella. ¿Pero por qué iba a haberla movido Spike?

Se puso en pie y, al recoger la almohada, percibió un ligero aroma a loción de afeitar. Como si el hombre hubiera apoyado en ella la mejilla.

Qué extraño.

La colocó sobre el cabecero y se tumbó en la cama. Al inhalar el aroma masculino una vez más, respiró hondo.

Y anheló lo que no podía tener.
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