Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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Bond esperó un segundo. Ahora oía las hileras de patitas ro¬zando con suavidad el algodón. Era un ruido imperceptible, como el arañazo de unas uñas blandas.

Con un estrépito que hizo temblar la habitación, el cuerpo de Bond saltó como un resorte fuera de la cama hasta el suelo.

Bond se puso inmediatamente de pie y fue hacia la puerta. En¬cendió la luz. Se dio cuenta de que temblaba sin control. Se acer¬có a la cama tambaleándose. Allí estaba, arrastrándose por el bor¬de de la almohada y tratando de ocultarse a la vista. La primera reac¬ción de Bond fue tirar de golpe la almohada al suelo. Se controló y esperó a que sus nervios se calmaran. Luego, lenta y deliberada¬mente, cogió la almohada por un extremo, se puso en medio de la habitación y la dejó caer. La escolopendra salió por debajo de la almohada. Comenzó a culebrear con rapidez por la esterilla. Ahora Bond había perdido interés. Lentamente, fue a coger un za¬pato y volvió. El peligro había pasado. Su mente se preguntaba cómo había llegado la escolopendra a su cama. Levantó el zapato y con lentitud, casi despreocupadamente, la aplastó. Oyó el chas¬quido de su duro caparazón.

Bond levantó el zapato.

La escolopendra coleaba de lado a lado agonizando, catorce centímetros de una muerte pardusca, grisácea y reluciente. Bond golpeó de nuevo. Explotó y salió un líquido amarillento.

Bond soltó el zapato y corrió al cuarto de baño, presa de vio¬lentas convulsiones.

CAPÍTULO 7

La travesía nocturna

—Por cierto, Quarrel —Bond desafió a un autobús que llevaba pintado Brown Bomber sobre el parabrisas. El autobús se hizo a un lado y siguió rugiendo colina abajo, sin dejar de trompetear un fu¬rioso acorde con la triple bocina para restablecer así el ego del con¬ductor—, ¿qué sabes de las escolopendras?

—¿E'colopendra', capitán? —Quarrel lo miró de reojo inda¬gando el significado de la pregunta, pero el rostro de Bond mos¬traba indiferencia—. Bueno, tenemo' una' cuanta' mala' en Ja¬maica. De seis, nueve y onse sentímetro' de largo. Pueden matá a una persona y viven en la' casa' vieja' de Kingston. Le' encanta la madera podría y lo' sitio' mohoso'. Son activa' sobre tó por la no¬che. ¿Po' qué, capitán? ¿Ha visto alguna?

Bond eludió la pregunta. Tampoco le había contado a Quarrel lo de la fruta. Quarrel era un hombre valiente, pero no había razón alguna para sembrar la semilla del miedo.

—¿Sería posible hallar una en una casa moderna? ¿Dentro de un zapato, en un cajón o en la cama?

—No, señó —Quarrel hablaba con seguridad en la voz-—. No a meno' que la pongan ahí a propósito. A esto' insecto' le' gustan lo' agujero' y la' rendija'. No le' gustan lo' sitio' limpio'. Son in¬secto' amante' de la susiedá. Tal ves lo' encuentre en la selva, de¬bajo de tronco' y piedra', pero nunca en lugare' soleaos.

—Ya veo —Bond cambió de tema—. Por cierto, ¿emprendie¬ron el viaje aquellos hombres con el Sunbeam?

—Sí, capitán. Estaban mu contento' por el trabajo. Y se pare- sían mucho a usté y a mí, capitán —Quarrel se rió entre dientes. Echó un vistazo a Bond y dijo, algo dubitativo—: Me temo que no eran mu bueno' siudadano'. Tuve que encontrá lo' hombre' donde pude. El mío era un pordiosero, capitán. Y el suyo, un blanco poco recomendable de Betsy.

—¿Quién es Betsy?

—E' la dueña del burdel má miserable de la siudá, capitán —Quarrel escupió enfáticamente por la ventana—. Ese hombre blanco le lleva la contabilidá.

Bond se echó a reír.

—Mientras sepa conducir un coche —dijo—. Sólo espero que lleguen bien a Montego.

—No se preocupe, capitán —Quarrel malinterpretó la preocu¬pación de Bond—. Le' dije que, de lo contrario, le diría a la poli- sía que habían robao el coche.

Se hallaban en lo alto de la muela de Stony Hill, donde Junc- tion Road desciende serpenteando con cincuenta curvas cerradas hacia la Costa Norte. Bond puso el Austin A.30 en segunda y dejó que se deslizara. El sol comenzaba a salir entre los picos de los Montes Azules, y polvorientos rayos dorados alanceaban el valle. Había poca gente por la carretera, algún hombre de vez en cuando camino de su escarpada hacienda en la falda del monte, con un acerado machete de noventa centímetros pendiendo de la mano de¬recha, y mascando el desayuno: una caña de azúcar en la mano iz¬quierda; o alguna mujer ascendiendo lentamente por la carretera con una cesta llena de fruta o verdura para el mercado de Stony Hill, con los zapatos en la cabeza para ponérselos al acercarse al pueblo. Era una escena plácida y salvaje que apenas había cam¬biado, excepto por la superficie de la carretera, en doscientos años o más. Bond casi olía la bosta del tren de muías en que habría te¬nido que viajar hasta Port Royal para visitar la guarnición del puer¬to de Morgan en 1750.

Quarrel interrumpió sus pensamientos.

—Capitán —dijo en tono de disculpa—, perdone, pero ¿puede desirme qué ha pensao pa mí? Estoy intrigao y no consigo imagi¬narme cuál es su juego.

—Tampoco yo lo sé muy bien, Quarrel —Bond metió la di¬recta y el coche se deslizó por los frescos y hermosos claros de Castleton Gardens—. Te dije que estaba aquí porque el coman¬dante Strangways y su secretaria habían desaparecido. Casi todos piensan que se fugaron. Yo creo que han sido asesinados.

—¿Y eso? —dijo Quarrel sin mostrar emoción alguna—. ¿Quién cree que lo hiso?

—He llegado a la misma conclusión que tú. Creo que fue el Doctor No, el chino de Cayo Cangrejo. Strangways estuvo metien¬do la nariz en los negocios de este hombre, algo relacionado con la reserva de aves. El Doctor No tiene esa manía por el secreto, tú mis¬mo me lo dijiste. Parece capaz de hacer cualquier cosa por impedir que la gente escale su tapia. Ten en cuenta que no es más que una suposición sobre el Doctor No, pero me han sucedido varias cosas curiosas durante las últimas veinticuatro horas. Por eso envié el Sunbeam a Montego, para dejar una pista falsa, y por eso nos va¬mos a esconder a Beau Desert durante unos días.

—¿Y luego qué, capitán?

—Primero de todo quiero que me pongas completamente en forma, tal y como me preparaste la última vez que estuve aquí. ¿Lo recuerdas?

—Sí, capitán. Eso puedo haserlo.

—Y estaba pensando que tú y yo podríamos ir a echar un vis¬tazo a Cayo Cangrejo.

Quarrel silbó. El silbido acabó en una nota descendente.

—Sólo para fisgonear un poco. No tenemos que acercarnos mucho al Doctor No. Quiero ver la reserva de pájaros. Ver con mis propios ojos lo que le ocurrió al campamento de los guardas. Si en¬contramos algo raro, regresamos a Jamaica y volvemos por la puerta principal con la ayuda de algunos soldados para hacer una investigación en toda regla. No podemos hacer nada hasta que ten¬gamos algo en qué basarnos. ¿Qué crees tú?

Quarrel rebuscó en el bolsillo trasero a la caza de un cigarrillo. Se demoró en la tarea de encenderlo, exhaló una nube de humo por la nariz, contempló cómo salía absorbida por la ventanilla y dijo:

—Capitán, creo que debe está usté loco pa entrá a hurtadilla' en esa isla.

Quarrel se había puesto muy nervioso. Hizo una pausa. No hubo comentario alguno. Miró de reojo aquel perfil tranquilo y dijo más calmado, con voz avergonzada:

—Sólo una cosa, capitán. Tengo familiare' en la' Caimane'. ¿Qué le párese haserme un seguro de vida ante' de haserno' a la mar?

Bond miró afectuosamente aquel rostro moreno y duro, mar¬cado por una profunda arruga de preocupación entre los ojos.

—Claro que sí, Quarrel. Me encargaré de ello mañana en Port Maria. Que sea una suma elevada, digamos cinco mil libras. ¿Cómo iremos allá, en canoa?

—Sí, capitán —La voz de Quarrel era remisa—. Nesesitamo' qu'el mar esté en calma y haya una ligera brisa, que sople del no¬roeste con lo' viento' alisio'. Tiene que sé una noche oscura. Aho¬ra e' cuando está comensando a habé noche' así. A finale' de la se¬mana tendremo' luna nueva. ¿Dónde piensa desembarcá, capitán?

—En la costa sur, cerca de la boca del río. Lo remontaremos hasta el lago. Estoy seguro de que allí es donde estaba el campa¬mento de los guardas. Así tendremos agua dulce y podremos bajar al mar a pescar.

—¿Cuánto tiempo estaremo' allí, capitán? —gruñó Quarrel sin entusiasmo—. No podemo' llevá mucha comía con nosotro'. Pan, queso, jamón. Nada de tabaco, no podemo' arriesgarno' a que vean el humo y la' ascua'. E' un lugar salvaje, con marisma' y man- glare'.

—Será mejor que lo planeemos para tres días —dijo Bond—. El tiempo puede cambiar y dejarnos en tierra un día o dos. Lleva¬remos un par de buenos cuchillos de caza y yo cogeré un arma. Nunca se sabe.

—No, señó —dijo Quarrel enfáticamente. Se sumió en un si¬lencio pensativo que duró hasta llegar a Port Maria.

Atravesaron el pueblecito y rodearon el cabo rumbo al puerto de Morgan. Era como Bond lo recordaba: la isla Sorpresa surgien¬do como un pan de azúcar de la bahía en calma, las canoas vara¬das junto a montoncitos de conchas vacías, el fragor distante de las olas contra el arrecife que a punto estuvo de ser su tumba. Con la mente llena de recuerdos, Bond condujo el coche por un camino lateral que atravesaba los campos de caña en medio de los cuales se levantaban, como un galeón encallado, las lúgubres ruinas de la Casa Grande de la plantación de Beau Desert.

Llegaron a la verja del búngalo. Quarrel se bajó, abrió la verja y Bond entró con el coche y lo aparcó en el patio trasero de aque¬lla casa blanca. Todo estaba tranquilo. Bond caminó rodeando la casa y cruzó el trecho de césped hasta la orilla del mar. Sí, allí es¬taba, la extensión de aguas profundas y silenciosas, el paso sub¬marino que le había llevado a la isla de la Sorpresa. A veces le asaltaba su recuerdo en las pesadillas. Bond se quedó contemplán¬dolo y pensando en Solitaire, la muchacha con la que había regre¬sado, herido y sangrando, del mar. La estuvo llevando en brazos hasta la casa atravesando el jardín. ¿Qué había pasado con ella? ¿Dónde estaba? Bond se dio la vuelta con brusquedad y volvió a la casa espantando los fantasmas.

Eran las ocho y media. Bond sacó las pocas cosas que tenía en la maleta y se puso unas sandalias y unos pantalones cortos. Pron¬to se esparció el aroma delicioso del café y el beicon frito. Toma¬ron el desayuno mientras Bond establecía su entrenamiento diario: en pie a las siete, nadar un cuarto de milla, el desayuno, una hora tomando el sol, correr una milla, vuelta a nadar, la comida, dormir, tomar el sol, nadar una milla, un baño caliente y masaje, la cena y a la cama a las nueve.

Después del desayuno iniciaron el programa.

Nada interrumpió la rutina de la semana, excepto una noticia breve en el Daily Gleaner y un telegrama de Pleydell-Smith. El Gle¬aner decía que un Talbot Sunbeam H. 2473 había sufrido un acci¬dente mortal en el Devil's Racecourse, un trayecto de carretera con curvas entre Spanish Town y Ocho Ríos en la ruta Kingston-Monte- go. Un camión incontrolado, a cuyo conductor se estaba buscando, había chocado contra el Sunbeam al salir de una curva. Ambos ve¬hículos se salieron de la carretera y se precipitaron por un barranco. Los dos ocupantes del Sunbeam, Ben Gibbons, de Harbour Street, y Josiah Smith, sin paradero conocido, habían muerto. Se pedía a un tal señor Bond, un visitante inglés que había alquilado el coche, que se pusiera en contacto con la comisaría más próxima.

Bond quemó el ejemplar del Gleaner. No quería preocupar a Quarrel.

A un día de la partida, llegó el telegrama de Pleydell-Smith. Decía:

TODOS LOS OBJETOS CONTENÍAN SUFICIENTE CIANURO PARA MATAR UN CABALLO STOP SUGIERO CAMBIE DE TENDERO STOP BUENA SUERTE SMITH

Bond también quemó el telegrama.

Quarrel alquiló una canoa y pasaron tres días navegando con ella. Consistía en un casco tosco de una sola pieza vaciado en una ceiba gigante. Tenía dos estrechas riostras, dos remos pesados y una vela pequeña de lona cruda. Era un bote muy marinero y Qua¬rrel estaba encantado con él.

—Siete u ocho hora', capitán —le dijo—. Luego arriaremo' la vela y emplearemo' lo' remo'. Será má difísil que no' detecte el radar.

El tiempo se mantuvo. La previsión meteorológica de la radio de Kingston era buena. Las noches eran negras como el pecado. Los dos hombres hicieron acopio de provisiones. Bond se vistió con unos téjanos negros de lona, una camisa azul y unos zapatos de suela de cáñamo.

Llegó la última noche. Bond estaba contento de ponerse en ca¬mino. Sólo había salido una vez del campo de entrenamiento para comprar provisiones y preparar el seguro de Quarrel, por lo que es¬taba impaciente por dejar el establo y entrar en carrera. Tuvo que reconocer que esta aventura lo estimulaba. Tenía los ingredientes adecuados para ello: ejercicio físico, misterio y un enemigo des¬piadado. Contaba con un buen compañero. La causa era justa. También estaba la posibilidad de restregarle a M las «vacaciones al sol» por la cara. Aquello le había irritado. A Bond no le gusta¬ba que lo mimaran.

El sol era un hermoso espectáculo, lanzando unos últimos des¬tellos antes de hundirse en su tumba.

Bond fue a su dormitorio, sacó las dos pistolas y las examinó. Ninguna formaba parte de él como la Beretta —una prolongación de su mano derecha—, pero sabía que eran armas mejores. ¿Cuál se llevaría? Bond cogió una y luego otra, sopesándolas en la mano. Tendría que ser el pesado Smith & Wesson. No habría disparos a distancias cortas, si es que los había, en Cayo Cangrejo. Era un arma pesada y de largo alcance. Aquel revólver brutal y rechoncho superaba en alcance a la Walther en veinte metros. Bond ajustó la pistolera a la cinturilla de los téjanos y enfundó el revólver. Se me¬tió veinte cartuchos en el bolsillo. ¿No era tomar demasiadas pre¬cauciones llevarse todo ese plomo a lo que sólo parecía un picnic tropical?

Bond fue a la nevera, sacó una pinta de whisky de centeno Ca- nadian Club, hielo y soda, y salió a sentarse en el jardín a contem¬plar los últimos rayos de sol.

Las sombras reptaron por detrás de la casa y avanzaron por el césped hasta envolverlo. El Viento del Enterrador, que sopla por la noche desde el centro de la isla, levantaba un rumor entre las co¬pas de las palmeras. Las ranas comenzaron a croar entre los ar¬bustos. Las luciérnagas, los gusanos de luz como los llamaba Qua¬rrel, salieron y empezaron a parpadear su morse sexual. Por un momento, la melancolía del atardecer tropical hizo presa en el co-razón de Bond. Cogió la botella y la miró. Se había bebido un cuarto. Se sirvió otro vaso generoso y echó hielo. ¿Por qué estaba bebiendo? ¿Por las treinta millas de mar negro que tenía que cru¬zar esa noche? ¿Porque se adentraba en lo desconocido? ¿Por el Doctor No?

Quarrel se acercó desde la playa.

—E' la hora, capitán.

Bond apuró el vaso y siguió al isleño hasta la canoa, que se mecía suavemente en el agua con la proa sobre la arena. Quarrel se situó en la popa y Bond se acomodó en el espacio entre la riostra y la proa. La vela, arriada alrededor del corto mástil, quedaba a su espalda. Bond cogió el remo y empujó, dieron la vuelta con lenti¬tud y se encaminaron a la abertura de ondas cremosas que forma¬ba el paso del arrecife. Palearon con facilidad, al unísono, girando los remos en la mano para que no salieran del agua en el siguien¬te paleo. Las cabrillas lamían suavemente la proa. Por lo demás, no se oían más ruidos. Estaba oscuro. Nadie los vio partir. Dejaron tierra y se adentraron en el mar.

El cometido de Bond se limitaba a seguir remando. Quarrel gobernaba la canoa. A la salida del arrecife había un vórtice de re¬molinos succionantes formado por las corrientes encontradas y pa¬saron por en medio de los afilados escollos coralinos, desnudos como colmillos entre las olas. Bond sentía la fuerza del poderoso paleo de Quarrel mientras la pesada nave chapaleaba y se zambu¬llía. Una y otra vez chocó el remo de Bond contra las rocas; tuvo que agarrarse cuando la canoa impactó contra una masa coralina y volvió a deslizarse por el agua. Entonces dejaron atrás el arrecife y muy por delante del bote vieron manchas de color índigo forma¬das por la arena entre las oleosas aguas profundas.
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