Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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Una hora más tarde, Bond estaba cómodamente instalado en una esquina de una habitación sombría con el mapa del servicio de cartografía de Cayo Cangrejo, con fecha de 1910, extendido sobre una mesa delante de él. Tenía consigo una hoja de papel del Insti¬tuto, había dibujado un mapa esquemático y general y estaba ano¬tando los puntos destacados.

El área de la isla ocupaba unos setenta kilómetros cuadrados, de los cuales tres cuartos, hacia el este, estaban cubiertos por ma¬rismas y un lago somero. Del lago salía un río que serpenteaba hasta el mar y desembocaba en una bahía arenosa en mitad de la costa sur. Bond conjeturó que en alguna parte de la cabecera del río estaría el lugar que muy posiblemente habían escogido los guardas de Audubon para su campamento. Hacia el oeste, la isla se elevaba abruptamente hasta lo que parecía una pared vertical sobre el mar. Una línea intermitente iba desde esa colina hasta un cua¬drado en una esquina del mapa que contenía las palabras Depósi¬tos de Guano. Últimos trabajos 1880.

No había ningún símbolo de una carretera o al menos una pis¬ta en la isla; tampoco había rastro de casas. El mapa en relieve mostraba que la isla parecía casi una rata de agua nadando, una es¬palda lisa que se elevaba abruptamente hacia la cabeza y que se orientaba hacia el oeste. Parecía estar a unos cuarenta y dos kiló¬metros de Jamaica y a unos ochenta y cuatro del sur de Cuba.

Poco más se podía sacar del mapa. Cayo Cangrejo estaba ro¬deado de aguas con bancos de peces, excepto debajo del acantila¬do oeste, donde la cota más próxima indicaba quinientas brazas. Después venía el abismo del mar de las Antillas. Bond dobló el mapa y se lo devolvió al bibliotecario.

De pronto se sintió agotado. Sólo eran las cuatro en punto, pero hacía un calor achicharrante en Kingston y tenía la camisa pe¬gada al cuerpo. Bond salió del Instituto, cogió un taxi y volvió a las frescas colinas del hotel. Estaba más que satisfecho con el día, pero nada más podría hacer en esta parte de la isla. Pasaría una tar¬de tranquila en el hotel y estaría listo para levantarse temprano a la mañana siguiente y partir.

Bond fue al mostrador de recepción por si había algún mensa¬je de Quarrel.

—No hay mensajes, señor —dijo la chica—. Pero llegó una cesta de fruta de King's House. Justo después de la hora del al¬muerzo. El mensajero la llevó a su habitación.

—¿Qué clase de mensajero?

—Un hombre de color, señor. Dijo que era de la oficina del edecán.

—Gracias —Bond sacó la llave y subió las escaleras hasta el primer piso. Era ridiculamente improbable. Con la mano empu¬ñando la pistola bajo la chaqueta, Bond se aproximó en silencio a la habitación. Hizo girar la llave y abrió la puerta de una patada. La habitación vacía se abrió ante él. Bond cerró la puerta y echó la llave. Sobre el tocador había una gran cesta adornada con fruta: clementinas, pomelos, plátanos, guanábanos, caimitos y hasta un par de nectarinas de invernadero. Prendido de un gran lazo en torno al asa había un sobre blanco. Bond lo cogió y lo puso al trasluz. Lo abrió. En una hoja blanca de costoso papel de escrito¬rio habían mecanografiado «Con los saludos de Su Excelencia el Gobernador».

Bond resopló. Se quedó mirando la fruta. Acercó el oído y es¬cuchó. Luego cogió la cesta por el asa y volcó su contenido en el suelo. La fruta rebotó y rodó sobre la esterilla de coco. No había nada más que fruta en la cesta. Bond sonrió por sus precauciones. Sólo había una última posibilidad. Cogió una de las nectarinas, la que con toda probabilidad elegiría un hombre glotón, y se la llevó al cuarto de baño. La dejó en el lavabo, volvió al dormitorio y, después de inspeccionar la cerradura, abrió el armario. Levantó la maleta con cuidado y la dejó de pie en medio de la habitación. Se arrodilló y buscó huellas en el talco que había espolvoreado en las dos cerradu¬ras. Estaba manchado y había arañazos diminutos en torno a los agu¬jeros de la cerradura. Bond examinó las marcas. Esta gente no era tan cuidadosa como otra a la que se había enfrentado. Abrió la ma¬leta y la mantuvo levantada por un extremo. Había cuatro inocentes tachuelas de cobre en el ribete de la esquina derecha de la tapa. Bond levantó con una uña la cabeza de una de esas tachuelas y la sacó. Tiró de ella y extrajo noventa centímetros de un hilo de acero grue¬so y lo dejó en el suelo junto a él. El hilo estaba enrollado forman¬do lazadas dentro de la tapa y mantenía cosida y cerrada la maleta. Bond levantó la tapa y comprobó que nada había sido tocado. Sacó de su «caja de herramientas» una lupa de joyero, volvió al cuarto de baño y encendió la luz que había encima del espejo para afeitarse. Se ajustó la lupa en el ojo y con cuidado cogió la nectarina del la¬vabo y la hizo girar lentamente entre el índice y el pulgar.

Bond dejó de mover la nectarina. Había dado con un diminuto agujero con los bordes descoloridos en un tono marrón. Se hallaba en uno de los hoyuelos de la fruta, invisible excepto delante de una lupa. Bond depositó con cuidado la nectarina en el lavabo. Se que¬dó de pie un momento, mirándose pensativo a los ojos en el espejo.

¡Era la guerra! Bueno, bueno. Qué interesante. Bond sintió que la piel se le erizaba ligeramente en la base del estómago. Sonrió sin convicción a su reflejo en el espejo. Así que su instinto y sus razonamientos eran correctos. Strangways y la muchacha fueron asesinados y los informes destruidos porque se acercaron dema¬siado a la pista. Entonces Bond había entrado en escena y, gracias a la señorita Taro, le estaban esperando. La señorita Chung y tal vez el taxista siguieron su rastro hasta el hotel Blue Hills. Habían hecho el primer disparo. Habría otros. ¿Quién apretaba el gatillo?

¿En el certero punto de mira de quién estaba? Bond acababa de llegar a una conclusión. Las pruebas eran nulas, pero estaba segu¬ro. Era un disparo de largo alcance procedente de Cayo Cangrejo. El hombre que empuñaba el arma era el Doctor No.

Bond volvió al dormitorio. Pieza a pieza fue cogiendo la fruta y la llevó al lavabo para examinarla con la lupa. El pinchazo estaba siempre allí, escondido en el hoyuelo del rabillo o en el hoyuelo in¬ferior. Bond pidió por teléfono una caja de cartón, papel y cordel. Empaquetó la fruta cuidadosamente en la caja, cogió el teléfono y llamó a King's House. Preguntó por el secretario colonial.

—Gracias. ¿Pleydell-Smith? James Bond al aparato. Siento molestarle. Tengo un pequeño problema. ¿Hay algún laboratorio público en Kingston? Ya veo. Tengo algo que quiero que analicen. Si le envío la caja, ¿sería tan amable de pasársela a ese tipo? No quiero que mi nombre aparezca mezclado en esto. ¿Sí? Se lo ex¬plicaré más tarde. ¿Podría enviarme un telegrama corto con la res¬puesta cuando reciba el informe? Estaré más o menos una semana en Beau Desert, en el puerto de Morgan. Me gustaría que no ha¬blara de esto con nadie. Siento ser tan misterioso, pero se lo expli¬caré todo cuando lo vea la próxima vez. ¡ Ah! Por cierto, dígale que tenga cuidado con la manipulación de los especímenes. Adviérta¬le de que hay más dentro de ellos de lo que alcanza la vista. Mu¬chas gracias. Fue una suerte dar con usted esta mañana. Adiós.

Bond escribió la dirección en el paquete, bajó y pagó a un taxi para que lo entregara en seguida en King's House. Eran las seis. Volvió a la habitación, se dio una ducha, se cambió de ropa y pi¬dió su primera bebida. Estaba a punto de salir al balcón a bebérse- la cuando sonó el teléfono. Era Quarrel.

—Todo está listo, capitán.

-—¿Todo? Estupendo. ¿Está bien la casa?

—Está todo bien —repitió Quarrel con precaución—. Lo veré tal y como dijo, capitán.

—Bien —dijo Bond. Estaba impresionado con la eficiencia y sen¬tido de la seguridad de Quarrel. Colgó el teléfono y salió al balcón.

El sol se estaba poniendo. Una ola de sombra violácea se arras¬traba hacia la ciudad y el puerto. «Cuando llegue a la ciudad —pensó Bond—, se encenderán las luces.» Sucedió como había supuesto. Por encima de él oyó el ruido de un aeroplano. Apareció a la vista, un Super Constellation, el mismo vuelo en el que había llegado Bond la noche anterior. Bond lo vio adentrarse en el mar y luego girar y volver a tierra hacia el aeropuerto Palizadas. Qué ca¬mino más largo había recorrido desde aquel momento, hacía sólo veinticuatro horas, en que la escotilla del avión se hubo abierto y el altavoz anunciara: «Estamos en Kingston, Jamaica. Rogamos a los señores pasajeros que permanezcan sentados hasta que las au¬toridades sanitarias den permiso para aterrizar».

¿Le diría a M cuánto había cambiado el panorama? ¿Debía mandar un informe al gobernador? Bond pensó en el gobernador y descartó la idea. Pero ¿qué pasaba con M? Bond poseía una clave propia. Podía fácilmente enviar un mensaje por medio de la Ofici¬na Colonial. ¿Qué le diría a M? ¿Qué el Doctor No le había en¬viado fruta envenenada? Ni siquiera sabía si estaba envenenada ni si la había enviado el Doctor No. Bond se imaginó la cara de M al leer el mensaje. Lo vio apretar la palanca del intercomunicador: «Jefe de Personal, 007 ha perdido el juicio. Dice que alguien ha tratado de asesinarle con un plátano envenenado. El pobre ha per¬dido los nervios. Ha estado demasiado tiempo en el hospital. Será mejor que vuelva a casa».

Bond sonrió para sí mismo. Se levantó y llamó a recepción para que le subieran otra bebida. No sería así, desde luego, pero... No, esperaría hasta que tuviera pruebas más convincentes. Desde luego, si algo salía mal y no había enviado ningún mensaje, esta¬ría metido en un buen lío. Su deber era que nada saliera mal.

Bond se bebió la segunda copa y repasó los detalles del plan. Luego bajó a cenar al comedor semidesierto y leyó el Manual de las Indias Occidentales. A las nueve estaba medio dormido. Volvió a la habitación e hizo la maleta para el día siguiente. Telefoneó a re¬cepción para que le llamaran a las cinco y media. Echó el cerrojo por dentro y también cerró y echó el pasador de las celosías de lis¬tones de las ventanas. Eso suponía pasar una asfixiante noche de ca¬lor, pero era inevitable. Bond se metió desnudo en la cama bajo una sábana de algodón, se dio la vuelta sobre el costado izquierdo y deslizó la mano derecha sobre la culata de la Walther PPK que ocultaba bajo la almohada. A los cinco minutos estaba dormido.

Lo próximo que supo Bond fue que eran las tres de la madru¬gada. Sabía que eran las tres porque la esfera luminosa del reloj quedaba cerca de su cara. Se quedó completamente inmóvil. No se oía ningún ruido en la habitación. Aguzó los oídos. Fuera también reinaba un silencio mortal. Muy lejos, en la distancia, un perro co¬menzó a ladrar. Otros perros se sumaron y de repente se oyó un coro histérico que al poco tiempo paró tan súbitamente como ha¬bía empezado. Todo quedó en silencio otra vez. La luna que entra¬ba por entre los listones de las celosías proyectaba rayas negras y blancas sobre la esquina de la habitación cercana a su cama. Era como si estuviera dentro de una jaula. ¿Qué le había despertado? Se movió lentamente, dispuesto a abandonar la cama.

Bond se quedó quieto, tan quieto como un ser vivo pueda estarlo.

Algo se había movido en su tobillo derecho. Ahora subía por el interior de la canilla. Bond lo sintió pasar por el vello de la pierna. Era un insecto de algún tipo y muy grande. Era largo, entre doce y catorce centímetros, tan largo como su mano. Sentía docenas de pa¬titas diminutas que le rozaban la piel con suavidad. ¿Qué era eso?

Entonces Bond oyó algo que nunca había oído antes: el sonido del cabello de su cabeza rozando la almohada. Bond analizó el rui¬do. ¡No era posible! ¡De ninguna manera! Sí, tenía los pelos de punta. Hasta notaba el aire fresco abriéndose paso entre los cabe¬llos hasta el cuero cabelludo. ¡Extraordinario! ¡Qué extraordinario! Siempre había creído que se trataba de una frase hecha. Pero ¿por qué? ¿Por qué le estaba sucediendo eso?

El insecto se movió. De pronto Bond se dio cuenta de que te¬nía miedo y estaba aterrorizado. Su instinto, incluso antes de que se lo hubiera comunicado al cerebro, le había dicho al cuerpo que tenía encima una escolopendra.

Bond se quedó helado. Una vez había visto una escolopendra tropical en una botella de alcohol en la repisa de un museo. Era de un color pardo pálido y muy plana, de unos doce o catorce centí¬metros de longitud, de una longitud como la de ésta. A cada lado de su cabeza roma tenía dos mandíbulas curvas y venenosas. La etiqueta de la botella decía que su veneno era mortal si mordía en una arteria. Bond había observado con curiosidad aquella cutícula muerta y acorchada y había seguido adelante.

La escolopendra había llegado a la rodilla. Comenzaba a ascen¬der por el muslo. Ocurriera lo que ocurriese, no debía moverse, ni siquiera temblar. Toda la conciencia de Bond se concentró en las dos hileras de patitas suaves que trepaban por él. Ahora había lle¬gado hasta el costado. ¡Dios, estaba girando hacia la ingle! Bond apretó los dientes. ¿Y si le gustaba el calor? ¿Y si trataba de arras¬trarse dentro de alguna abertura? ¿Podría aguantarlo? ¿Y si eligiera aquel sitio para morderlo? Bond notaba su lucha con los primeros pelos. Le hacía cosquillas. La piel del vientre de Bond se tensó.

Nada podía hacer para controlarlo. Pero ahora el insecto cambiaba de dirección y subía por el estómago. Los pies se agarraban más fuerte para evitar caerse. Ahora estaba sobre el corazón. Si mordía ahí, moriría seguro. La escolopendra pasó sin parar por el ligero ve¬llo del pectoral derecho de Bond hasta la clavícula. Se detuvo. ¿Qué estaba haciendo? Bond notó su cabeza roma buscando a ciegas a un lado y otro. ¿Qué buscaba? ¿Había espacio entre la piel y la sábana para que pasara? Se atrevería a levantar la sábana una pulgada para ayudarla. No. ¡Jamás! El animal estaba al pie de la yugular. Tal vez le intrigaba el bombeo de la sangre. ¡Maldita sea! Bond trató de co¬municarse con la escolopendra. «No es nada. El pulso no es peli¬groso. No representa ningún peligro. Sal a tomar el fresco.»

Como si la alimaña lo hubiera oído, subió por la columna del cuello y por la barba de dos días de Bond. Ahora estaba en la co¬misura de la boca; las cosquillas lo volvían loco. Siguió adelante, subiendo por la nariz. Ahora sentía todo su peso y longitud. Bond cerró los ojos con cuidado. De dos en dos, los pares de patas, mo¬viéndose alternativamente, treparon por el párpado derecho. Cuan¬do hubiera dejado atrás el ojo, ¿aprovecharía para quitárselo de en¬cima, confiando en que sus patas resbalaran en el sudor? ¡No, por el amor de Dios! La presión de las diminutas patas era intermina¬ble. Podría perder el agarre de unas cuantas, pero no de todas.

Con deliberación inusitada, el enorme insecto se arrastró muy despacio por la frente de Bond. Se paró ante el cabello. ¿Qué dia¬blos hacía ahora? Bond sentía que se arrimaba a la piel. ¡Estaba bebiendo! Bebía las gotas de sudor salado. Estaba seguro. Apenas se movió durante unos minutos. Bond estaba cada vez más debili¬tado por la tensión. Sentía cómo brotaba el sudor y empapaba la sábana. Dentro de un segundo comenzarían a temblarle brazos y piernas. Empezaría a tener escalofríos de miedo. ¿Podría contro¬larlos? ¿Sería capaz? Bond se quedó echado y esperó mientras el aire salía despacio por su boca abierta y crispada.

La escolopendra comenzó a moverse de nuevo. Se adentró por la selva capilar. Bond le sentía apartar las raíces mientras se abría paso. ¿Le gustaría aquel sitio? ¿Se quedaría allí? ¿Cómo dormían las escolopendras? ¿Echas un ovillo, o completamente estiradas? Los pequeños ciempiés que había visto desde pequeño, los que siempre encontraban el camino de subida por el desagüe de la bañera vacía, se hacían un ovillo al ser tocados. Había llegado al punto en que la cabeza rozaba la funda de la almohada. ¿Seguiría camino por la al¬mohada o se quedaría en aquella cálida selva? La escolopendra se detuvo ¡Fuera! ¡FUERA! Chillaban los nervios de Bond.

La escolopendra se rebulló. Lentamente abandonó su cabello y pasó a la almohada.
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