Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






descargar 0.75 Mb.
títuloTítulo original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo
página7/28
fecha de publicación02.09.2016
tamaño0.75 Mb.
tipoDocumentos
f.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   28

El gobernador miró a Bond escamado. Tal vez fuera mejor que tratase a este hombre con un poco más de cuidado.

—Esta es una charla informal, señor Bond. Cuando haya deci¬dido lo que pienso, se lo comunicaré personalmente al secretario de Estado. Mientras tanto, ¿hay alguien de mi personal al que quie¬ra ver?

—Me gustaría tener unas palabras con el secretario colonial, señor.

—¿En serio? ¿Y por qué?, dígamelo.

—Ha habido problemas en Cayo Cangrejo. Algo relacionado con una reserva de pájaros. La Oficina Colonial nos asignó el caso y mi jefe me ha pedido que lo investigue mientras esté aquí.

El gobernador pareció aliviado.

—Faltaría más, faltaría más. Cuidaré de que el señor Pleydell- Smith lo reciba de inmediato. ¿Entiende que hay que dejar que el caso de Strangways se resuelva por sí solo? Ya aparecerán no den¬tro de mucho tiempo, no tema —Alargó el brazo y tocó una campa¬nilla. El edecán entró—. Este caballero querría ver al secretario co¬lonial, edecán. ¿Haría el favor de llevarle hasta él? Llamaré al señor Pleydell-Smith y le pediré que esté disponible —Se levantó, dio la vuelta a la mesa y le tendió la mano—. Adiós, señor Bond. Me ale¬gro de que nos hayamos visto cara a cara. Cayo Cangrejo, ¿eh? Nun¬ca he estado allí, pero estoy seguro de que vale la pena visitarlo.

Bond le tendió la mano.

—Eso creo yo. Adiós, señor.

—Adiós, adiós —El gobernador vio la espalda de Bond desa¬parecer por la puerta y volvió satisfecho al despacho—. Mequetre¬fe —dijo a la habitación vacía. Se sentó y transmitió por teléfono unas palabras perentorias al secretario colonial. Luego cogió el Ti¬mes Weekly y se enfrascó en los valores de la Bolsa.

El secretario colonial era un hombre de aspecto juvenil, con el cabello desgreñado y los ojos brillantes y aniñados. Era uno de esos fumadores de pipa nerviosos que están constantemente pal¬pándose los bolsillos en busca de cerillas, que agitan la cajetilla para ver cuántas les quedan y que dan golpes a la cazoleta para sa¬car el tabaco de la pipa. Después de repetir la operación dos o tres veces en los primeros diez minutos con Bond, éste se preguntó si le llegaba algo de humo a los pulmones.

Después de estrechar con efusión la mano de Bond y de seña¬larle vagamente una silla, Pleydell-Smith se paseó por la habita¬ción arriba y abajo, rascándose una sien con la boquilla de la pipa.

—Bond, Bond, Bond. Me suena ese nombre. Déjeme ver. ¡Sí, por Júpiter! Usted fue el tipo que intervino aquí en aquel asunto del tesoro. ¡Por Júpiter, sí! Hace cuatro, cinco años. Vi el otro día el ex¬pediente por ahí. Magnífica exhibición. ¡Menuda broma! Ojalá ar¬mara otro escándalo como aquél aquí para animar esto un poco. Hoy en día sólo piensan en la Federación y en su maldito orgullo. ¡Autodeterminación, sí, sí! Ni siquiera saben dirigir el servicio de autobuses. ¡Y el problema racial! Mi querido amigo, hay muchos más problemas entre los jamaicanos de cabello liso y cabello riza¬do que entre mi cocinero negro y yo. Pero, en fin —Pleydell-Smith se detuvo junto a su mesa. Se sentó frente a Bond y dejó colgando una pierna sobre el brazo de la silla. Alcanzó un frasco de tabaco con el escudo de King's College, Cambridge, se sirvió de él y co¬menzó a cebar la pipa—, no quiero aburrirle con todo esto. Hable usted y abúrrame. ¿Qué problema tiene? Estaré encantado de ayu¬darle. Apuesto a que es más interesante que esta porquería —seña¬ló un montón de papeles en la bandeja de entrada.

Bond le sonrió. Esto le gustaba más. Había encontrado un alia¬do, y además, inteligente.

—Bien —dijo con seriedad—, estoy aquí por el caso Strang¬ways. Pero primero de todo quiero preguntarle algo que tal vez le ex¬trañe. Dígame exactamente dónde vio mi expediente. Usted dice que se lo encontró por ahí. ¿Cómo es eso? ¿Lo había pedido alguien? No quiero ser indiscreto; no conteste si no quiere. Sólo soy inquisitivo.

Pleydell-Smith arqueó una ceja en un gesto lleno de intención.

—Supongo que es su trabajo —reflexionó mirando al techo—. Bien, ahora que lo pienso, lo vi sobre la mesa de mi secretaria. Es una muchacha nueva. Dijo que trataba de ponerse al día con los ex¬pedientes. Recuerdo —el secretario colonial se apresuró a discul¬par a la joven— que había muchos otros expedientes sobre la mesa, pero éste me llamó la atención.

—Ya veo —dijo Bond— que sólo era eso —Sonrió disculpán¬dose—. Lo siento, pero ciertas personas parecen estar muy intere¬sadas por mi estancia aquí. De lo que realmente quiero hablarle es de Cayo Cangrejo. Dígame cualquier cosa que sepa del lugar y de ese chino, el Doctor No, que compró la isla. Y todo cuanto sepa sobre el negocio del guano. Ya sé que es mucho pedir, pero cual¬quier dato servirá.

Pleydell-Smith soltó una risa corta entre la boquilla de la pipa. Se sacó la pipa de la boca y habló mientras apelmazaba el tabaco con la caja de cerillas.

—Quien mucho abarca, poco guano aprieta. Podría hablarle durante horas de esto. Comencé en la Oficina Consular antes de ser trasladado a la Oficina Colonial. Mi primer trabajo fue en Perú. Tuve que tratar mucho con quienes administraban todo el comer¬cio, con la Compañía Administradora del Guano. Buena gente —La pipa tiraba al fin y Pleydell-Smith lanzó la caja de cerillas so¬bre la mesa—. Y respecto a lo demás, todo es cuestión de pedir el expediente —Hizo sonar una campanilla. Al cabo de un minuto la puerta se abrió detrás de Bond—. Señorita Taro, el expediente so¬bre Cayo Cangrejo, por favor. Aquél sobre la venta de la isla y el otro sobre el guarda que apareció antes de Navidad. La señorita Longfellow sabrá encontrarlos.

—Sí, señor —dijo una voz dulce. Bond oyó la puerta cerrarse.

—Ahora, el guano —Pleydell-Smith se echó hacia atrás con la silla. Bond se dispuso a aburrirse—. Como ya sabe, se trata de excremento de aves. Procede de la cloaca de dos aves, el piquero enmascarado y el guanay. Por lo que concierne a Cayo Cangrejo, se trata sólo del guanay, también conocido como cormorán verde, el mismo pájaro que se encuentra en Inglaterra. El guanay es una máquina convirtiendo el pescado en guano. La mayoría come anchoas. Sólo para que vea cuánto pescado comen, han llegado a en¬contrar setenta anchoas dentro de un solo pájaro —Pleydell-Smith se sacó la pipa y apuntó impresionado con ella a Bond—. Mientras que la población de Perú come cuatro mil toneladas de pescado al año, las aves marinas del mismo país comen quinientas mil toneladas.

Bond frunció los labios para mostrar que estaba impresionado.

—¿En serio?

—Pues, bueno —continuó el secretario colonial—, todos los días cada uno de estos cientos de miles de guanay comen casi me¬dio kilo de pescado y depositan treinta gramos de guano en la gua¬nera, es decir, en la isla de guano.

Bond lo interrumpió:

—¿Por qué no lo hacen en el mar?

—No lo sé —Pleydell-Smith se quedó pensativo, dándole vueltas a la pregunta—. Nunca se me había ocurrido; pero de cual¬quier forma, no lo hacen. Lo hacen en tierra y lo han hecho desde el Génesis, lo cual supone una burrada de estiércol, millones de to¬neladas en los Pescadores y en las otras guaneras. Hacia 1850 al¬guien descubrió que era el mejor fertilizante natural del mundo y que contenía nitratos, fosfatos... lo que quiera. Barcos y hombres llegaron a las guaneras y se dedicaron a saquearlas durante veinte años o más. Fue una época conocida como la «Saturnalia» en Perú. Fue como la fiebre del oro en Klondyke; la gente se peleaba por el fiemo, secuestraban los barcos, mataban a los trabajadores, ven¬dían mapas falsos de islas de guano secretas, lo que fuera. Hubo gente que amasó verdaderas fortunas con el estiércol.

—¿Y dónde aparece Cayo Cangrejo? —Bond quería entrar en el tema de los casos.

cr\

—Es la única guanera que vale la pena tan al norte. También fue explotada, Dios sabe por quién. Pero el guano contenía poco nitrato, ya que las aguas no son tan ricas aquí como más abajo, en la Corriente de Humboldt. Por tanto, el contenido químico de los peces no es tan rico y lo mismo le ocurre al guano. Cayo Cangre¬jo fue explotado cuando el precio era suficientemente alto, pero toda la industria quebró, con Cayo Cangrejo y otros depósitos de baja calidad a la cabeza, cuando los alemanes inventaron el abono químico artificial. Por aquel entonces, Perú se había dado cuenta de que había despilfarrado un capital fantástico y se dispuso a organi¬zar los restos de la industria y a proteger las guaneras. Nacionalizó la industria, protegió a las aves y, poco a poco, muy poco a poco, el material volvió a acumularse. Entonces la gente descubrió que el abono alemán presentaba desventajas, porque empobrecía el sue¬lo, lo cual no hace el guano, y gradualmente el precio del guano su-bió y la tambaleante industria volvió a levantarse. Ahora va bien, aunque Perú se queda la mayor parte del guano para ellos, para su agricultura. Y aquí es donde vuelve a aparecer Cayo Cangrejo.

—Ah —dijo simplemente Bond.

—Sí —prosiguió Pleydell-Smith, quien se palpó los bolsillos en busca de las cerillas, las halló sobre la mesa, agitó la cajetilla junto al oído e inició el ritual de cebar la pipa—. Al comienzo de la guerra, ese chino, que debe de ser un diablo astuto, tuvo la idea de que podría hacer rentable la antigua guanera de Cayo Cangre¬jo. El precio estaba en torno a los cincuenta dólares la tonelada a este lado del Atlántico y él nos compró la isla por unas diez mil li¬bras, si no recuerdo mal. Trajo trabajadores y se puso manos a la obra. No ha dejado de trabajar desde entonces. Debe de haber he¬cho una fortuna. Transporta el guano por mar directamente a Eu¬ropa, a Antwerp. Le envían un barco todos los meses. Ha instala¬do las mejores trituradoras y separadores. Yo diría que se gana a pulso el dinero, pues para sacar un beneficio decente no le queda¬rá más remedio. Sobre todo ahora. El año pasado oí que sólo le da¬ban entre treinta y ocho y cuarenta dólares la tonelada por coste, seguro y flete a Antwerp. Dios sabe lo que les paga a los trabaja¬dores para sacar beneficios a ese precio. Nunca he podido averi¬guarlo. Dirige la isla como una fortaleza, como una especie de campo de trabajos forzados. Nadie sale nunca de allí. Han llegado a mis oídos rumores curiosos, pero nadie se ha quejado. Es su isla, por supuesto, y puede hacer en ella lo que quiera.

Bond trataba de dar con alguna clave.

—¿Es realmente tan valioso el lugar? ¿Cuánto cree que vale?

—El guanay es el pájaro más valioso del mundo —dijo Pley¬dell-Smith—. Una pareja produce unos dos dólares de guano al año sin ningún gasto para el dueño. Cada hembra pone una media de tres huevos y cría dos polluelos. Dos nidadas al año. Pongamos que valgan quince dólares la pareja, y digamos que hay cien mil pája¬ros en Cayo Cangrejo, lo cual es un cálculo razonable, según las úl¬timas cifras que tenemos. Eso supone que las aves valen un millón y medio de dólares. Una propiedad muy valiosa. Súmele el valor de las instalaciones, digamos otro millón, y tendrá una pequeña fortu¬na en aquel horrible lugar. Lo cual me recuerda... —Pleydell-Smith hizo sonar la campanilla—. ¿Qué diablos pasa con esos expedien¬tes? Encontrará toda la información que quiera en ellos.

La puerta se abrió detrás de Bond.

—Bueno, señorita Haro. ¿Qué pasa con esos expedientes? —inquirió Pleydell-Smith con irritación.

—Lo siento mucho, señor —dijo aquella dulce voz—. Pero no los encontramos por ninguna parte.

—¿Qué quiere decir con que no los encuentran? ¿Quién los co¬gió la última vez?

—El comandante Strangways.

—Me acuerdo perfectamente de que los devolvió. ¿Qué pasó luego con ellos?

—No sabría decirle, señor —la voz no revelaba ninguna emo¬ción—. Las tapas están, pero no hay nada dentro.

Bond se dio la vuelta en la silla. Echó un vistazo a la muchacha y volvió a girarse. Esbozó una sonrisa para sí mismo. Sabía adon¬de habían ido los expedientes. También sabía por qué su antiguo ex¬pediente había estado sobre la mesa de la secretaria. Asimismo adi¬vinaba la manera en que la llegada de «James Bond, comerciante de importaciones y exportaciones», se había filtrado desde King's House, el único sitio donde su importancia era conocida.

Al igual que el Doctor No, al igual que Annabel Chung, aque¬lla secretaria de baja estatura, aspecto grave y eficiente, y con ga¬fas de montura de concha, era china.

CAPÍTULO 6

El dedo en el gatillo

El secretario colonial invitó a comer a Bond en el elegante cenador de la Reina, panelado con caoba y con cuatro grandes ventiladores cenitales; allí chismorrearon sobre Jamaica. Poco antes de que lle¬gara el café, Pleydell-Smith estaba hurgando muy por debajo de la superficie de la próspera y pacífica isla que el mundo conoce.

—Es como sigue —Inició sus aspavientos con la pipa—. El jamaicano es un hombre amable y perezoso con las virtudes y los vicios de un niño. Vive en una isla muy próspera, pero no se en¬riquece. No sabe cómo hacerlo y es demasiado perezoso. Los bri¬tánicos van y vienen, y se llevan las ganancias fáciles, pero nin¬gún inglés se ha labrado una fortuna aquí durante los últimos dos¬cientos años. No se queda el tiempo suficiente. Son los judíos portugueses los que lo hacen. Llegaron aquí con los británicos y se han quedado, pero son presumidos y gastan gran parte de sus fortunas en construir bonitas casas y en celebrar bailes. Son los nombres que ocupan la columna de sociedad del Gleaner cuando los turistas se han ido. Están en el negocio del ron y el tabaco, y representan a las grandes compañías británicas en la isla: coches, seguros y esas cosas. Luego vienen los sirios, también muy ricos, pero no tan buenos comerciantes. Corren demasiados riesgos. Po¬seen la mayoría de las tiendas y algunos de los mejores hoteles. Se abarrotan de género y de tanto en tanto es necesario un incen¬dio para recuperar liquidez. Luego están los indios, con sus típi¬cos tejidos ostentosos. No son muy importantes. Finalmente están los chinos, sólidos, compactos, discretos, la camarilla más pode¬rosa de Jamaica. Poseen las panaderías, las lavanderías y las me¬jores tiendas de alimentación. Son un clan cerrado y mantienen la raza pura —Pleydell-Smith se echó a reír—. No es que no tomen chicas negras cuando quieren. Se puede ver el resultado por todo Kingston: los rechinos, los chinos negros. Los rechinos son una raza fuerte y olvidada. Desprecian a los negros como los chinos los desprecian a ellos. Llegará un día en que se conviertan en un problema. Poseen algo de la inteligencia de los chinos y la mayo¬ría de los vicios de los negros. La policía tiene muchos problemas con ellos.

—Esa secretaria suya —dijo Bond— ¿es una de ellos?

—Así es. Una chica brillante y muy eficiente. Lleva unos seis meses. Era con mucho la mejor de las que contestaron el anuncio.

—Parece inteligente —dijo Bond sin comprometerse—. Esa gente ¿está organizada? ¿Hay algún cabecilla al frente de la co¬munidad chino-negra?

—Todavía no. Pero alguien los aglutinará un día de estos. Se¬rían un reducido grupo de presión bastante útil -—Pleydell-Smith echó un vistazo a su reloj—. Lo cual me recuerda que tengo que irme. He de ir a leerles la cartilla por lo de esos documentos. No sé qué ha podido sucederles. Me acuerdo perfectamente... —se quedó callado—. Bueno, lo principal es que no he podido facili¬tarle mucha información sobre Cayo Cangrejo y el doctor. Pero le diré que no había mucho más que pudiera sacar de los archivos. Parece ser un tipo de conversación agradable y buen negociante. Luego hubo aquella discusión con la Audubon Society. Me imagi¬no que usted ya sabe eso. Y por lo que se refiere al lugar, no hay nada en los archivos, excepto uno o dos informes previos a la guerra y una copia del último mapa del servicio cartográfico ofi¬cial. Parece ser un lugar maldito, dejado de la mano de Dios. No hay nada, excepto kilómetros de marismas y manglares y una enorme montaña con excremento de aves en su cumbre. Pero usted dijo que iba a ir al Instituto. ¿Quiere que lo lleve y le pre¬sente al tipo que dirige la sección de cartografía?
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   28

similar:

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconHéctor González Pardo, doctor en Biología, está especializado en...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconBelle de Jour Título original: Belle de Jour Joseph Kessel, 1928...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconMujeres y falange (documento del 1958) Una página y media sacadas...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconTítulo original: a brave new world

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconA ser libre Título original en inglés: Your sacred self

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconOsho el secreto de los secretos charlas sobre el Secreto de la Flor...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconTraducción Gentileza del Dr. Javier Sáez, Argentina

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconDirección: Lotización Paredes, Av. Del Chofer entre Pedro Vicente Maldonado y Circunvalación

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconCiudadano doctor matias quiros medina, secretario de gobierno del...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconPor Christian Thibaudeau Traducción Gentileza del Dr. Javier Sáez, Argentina






Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
f.se-todo.com