Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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—¿Así que trabaja para el Gleanerl ¿Cómo se llama?

—No se lo diré.

Bond guiñó un ojo a Quarrel.

Los ojos de Quarrel se estrecharon. La mano que tenía detrás de la espalda de la muchacha fue girando lentamente. La joven se revolvió como una anguila, mordiéndose el labio inferior. Quarrel siguió retorciéndole el brazo. De pronto, ella lanzó un «¡Aaah!» penetrante y dijo con voz entrecortada:

—Se lo diré —Quarrel aflojó la tensión. La chica miró enfure¬cida a Bond—. Annabel Chung.

—Llama a Pus-Feller —dijo Bond a Quarrel.

Quarrel cogió un tenedor con la mano libre e hizo tintinear un vaso. El enorme negro se apresuró a acudir.

Bond levantó la vista:

—¿Alguna vez habías visto a esta chica?

—Sí, jefe. A vese' viene aquí. ¿Le está molestando? ¿Quié que la eche de aquí?

—No, nos gusta —dijo Bond amablemente—, pero quiere sa¬car un retrato de estudio mío y no sé si vale la pena pagar el dine¬ro. ¿Haría el favor de llamar al Gleaner y preguntar si tienen a una fotógrafa llamada Annabel Chung? Si es una de la plantilla es por¬que es suficientemente buena.

—Po supuesto, jefe —El hombre marchó apresuradamente.

Bond sonrió a la chica.

—¿Por qué no le pidió a ese hombre que la rescatase? —le pre¬guntó.

La muchacha lo miró ceñuda.

—Siento tener que presionarla —dijo Bond—, pero mi direc¬tor de exportaciones en Londres me dijo que Kingston está lleno de personajes sombríos. No estoy seguro de que usted no sea uno de ellos, pero sigo sin comprender por qué desea a toda costa una foto mía. Dígamelo.

—Ya se lo dije —dijo la joven, malhumorada—. Es mi trabajo.

Bond le hizo otras preguntas, pero ella no las contestó.

Pus-Feller se acercó.

—E' sierto, jefe. Annabel Chung. E' una de esa' chica' que trabajan po cuenta propia. Disen que hase buena' fotografía'. No tendrá problema' con ella —Le miró con benevolencia. «¡Foto de estudio! Más bien, cama de estudio.»

—Gracias —dijo Bond. El negro se fue. Bond se volvió de nuevo hacia la joven—. Trabaja por cuenta propia —dijo en voz baja—. Eso sigue sin explicar quién quiere una foto mía —Su ros¬tro se volvió frío—. ¡Dímelo!

—No —dijo la muchacha con resentimiento.

—Está bien. Quarrel, adelante.

Bond se recostó en la silla. Su instinto le decía que ésta era la pregunta de los sesenta y cuatro mil dólares. Si pudiera sacarle la respuesta a la chica, se ahorraría posiblemente varias semanas de averiguaciones.

El hombro derecho de Quarrel comenzó a hundirse. La joven se retorció hacia él para aliviar la presión, pero él la mantuvo apar¬tada con la otra mano. La cara de la muchacha se tensó en un es¬corzo hacia Quarrel. De repente le escupió en los ojos. Quarrel sonrió y aumentó la presión. Los pies de la chica patalearon en to¬das direcciones por debajo de la mesa mientras mascullaba pala¬bras en chino. El sudor perlaba su frente.

—Dímelo —dijo Bond en voz baja—. Dímelo y todo terminará y seremos amigos y tomaremos una copa —Estaba cada vez más pre¬ocupado. El brazo de la joven debía de estar a punto de romperse.

—¡Qué te j..J

De pronto la mano izquierda de la muchacha arremetió contra la cara de Quarrel. Bond fue muy lento para detenerla. Vio el re¬flejo de un objeto y sonó una explosión seca. Bond le agarró el bra¬zo y lo atrajo hacia él. La sangre manaba de la mejilla de Quarrel. Trozos de cristal y metal emitían destellos en la mesa. Había roto la bombilla del flash contra la cara de Quarrel. De haberle alcan¬zado el ojo, lo habría dejado tuerto.

Con la mano libre, Quarrel se palpó la mejilla. Se la puso de¬lante de los ojos y vio la sangre.

—¡Ah! —No había en su voz sino admiración y un placer fe¬lino. Dijo a Bond con ecuanimidad—: No le sacaremo' ná a esta chica, capitán. E' mu dura, ¿quié que le rompa el braso?

—Dios mío, no —Bond soltó el brazo de la joven—. Suéltala.

Estaba enfadado consigo mismo por haber hecho daño a la mu¬chacha sin conseguir nada. Pero algo había aprendido. Quienquie¬ra que estuviese detrás de ella ataba corto a su gente y con una ca¬dena de acero.

Quarrel desdobló el brazo de la muchacha tras su espalda, pero siguió cogiéndola por la muñeca. Abrió la mano de la joven y la miró a los ojos con crueldad.

—M' ha señalao la cara, señoíta. Ahora la marcaré yo —Alzó la otra mano y le pinzó el monte de Venus, aquel pellejo de carne suave de la palma, entre su índice y pulgar. Comenzó a apretar. Bond vio que los nudillos se ponían blancos por la presión ejerci¬da. La joven soltó un chillido y comenzó a darle puñetazos en la mano y luego en la cara. Quarrel sonrió y apretó con más fuerza. De pronto, la soltó. La chica se puso de pie, se alejó de la mesa re¬trocediendo de espaldas y se llevó la mano amoratada a la boca. Soltó la mano y susurró con furia:

—¡Os matará, malnacidos!

Y se fue corriendo entre los árboles con la cámara Leica ba¬lanceándose.

Quarrel rió en voz baja. Cogió una servilleta, se limpió la me¬jilla, la tiró al suelo y cogió otra. Dijo a Bond:

—El monte de Venu' le seguirá doliendo mucho despué' de que me s'haya curao la cara. Buena piesa esa mujé. Cuando tién el monte de Venu' así de grueso, son buena' en la cama. ¿Lo sabía, capitán?

—No —dijo Bond—. Eso es nuevo para mí.

—Seguro. Esa parte de la mano e' un gran indicado. No se pre¬ocupe po ella —añadió al notar la expresión dudosa pintada en el rostro de Bond—. No tié ná má que un gran moratón en el monte de Venu'. Iré a buscá a esa chica algún día y veré si mi teoría era sierta.

Muy apropiadamente, la banda comenzó a tocar Don' touch me tomatoBond dijo:

—Quarrel, es hora de que te cases y sientes la cabeza. Y deja a esa chica en paz o conseguirás que te claven un cuchillo entre las costillas. Ahora vamos. Pagaremos la cuenta y nos iremos. En Londres, donde estaba ayer, son las tres de la mañana. Necesito dormir toda la noche. Tendrás que comenzar a ponerme en forma. Creo que lo voy a necesitar. Y es hora de que te cures la mejilla. Te ha escrito el nombre y la dirección en ella.

Quarrel gruñó al recordarlo y dijo con un placer sosegado:

—Ésa era una chica dura.

Cogió un tenedor e hizo tintinear un vaso con él.

CAPÍTULO 5 Hechos y cifras

«Os matará... Os matará... Os matará, malnacidos.»

Al día siguiente, las palabras seguían resonando en la cabe¬za de Bond mientras se sentaba en el balcón a tomar un delicio¬so desayuno y miraba en la lontananza el abigarramiento de jar¬dines tropicales que se extendía hasta Kingston, cinco millas más allá.

Ahora estaba seguro de que Strangways y la muchacha ha¬bían sido asesinados. A alguien no le convenía que siguieran inves¬tigando su negocio y los había matado, destruyendo los informes de lo que estaban indagando. Esa misma persona sabía o sospe-chaba que el Servicio Secreto haría un seguimiento de la desapa¬rición de Strangways. Fuera como fuese, consiguió descubrir que el caso le fue asignado a Bond. Quería una foto de Bond y se ha¬bía preocupado por averiguar dónde se alojaba. Estaría vigilando a Bond por si retomaba alguna de las pistas que provocaron la muerte de Strangways. Si así lo hacía, Bond también sería elimi¬nado. Habría un accidente de tráfico o una pelea callejera o algu¬na otra muerte inocente. ¿Y cómo, se preguntaba Bond, reaccio¬naría esa persona por el trato que le había brindado a la mucha¬cha? Si era tan despiadado como Bond suponía, eso sería suficiente, pues ponía en evidencia que Bond estaba tras la pista de algo. Quizá Strangways había mandado un informe preliminar a Londres antes de morir. Tal vez alguien estuvo cantando. El ene¬migo sería estúpido si se arriesgaba. Si tenía algo de sensatez, después del incidente con Chung, se ocuparía sin demora de Bond y quizá también de Quarrel.

Bond encendió el primer cigarrillo del día, el primer Royal Blend que fumaba en cinco años, y dejó que el humo se deslizara entre los dientes con un siseo placentero. Aquélla era su «Apre¬ciación del Enemigo». Pero ¿quién era su enemigo?

Sólo existía un candidato, un candidato bastante insustancial: el Doctor No, el Doctor Julius No, el chino alemán dueño de Cayo Cangrejo que ganaba dinero con el guano. No había nada sobre aquel hombre en los Archivos y la transmisión con el FBI había sido negativa. El asunto de las espátulas rosadas y el pro¬blema de la Audubon Society se resumían, según M, a un mon¬tón de mujeres que se había alborotado por unas cigüeñas rosas. De todas formas, cuatro personas habían muerto por culpa de esas cigüeñas y, lo más significativo de todo para Bond, Quarrel tenía miedo del Doctor No y su isla. Eso era realmente muy ex¬traño. Los habitantes de las islas Caimanes, y menos que nadie Quarrel, no se asustaban fácilmente. ¿Y por qué el Doctor No te¬nía esa manía por lo privado? ¿Por qué tantos gastos y esfuerzos por mantener a la gente lejos de su isla de guano? Guano... ex-cremento de ave. ¿Quién estaba interesado en ese excremento? ¿Hasta qué punto era valioso? Bond debía visitar al gobernador a las diez en punto. Después de que hubiera pasado ese trámite, lo¬calizaría al secretario colonial y trataría de informarse de todo cuanto pudiera sobre el dichoso guano, Cayo Cangrejo y, a ser posible, el Doctor No.

Llamaron con los nudillos dos veces a la puerta. Bond se le¬vantó y abrió. Era Quarrel, con la mejilla izquierda decorada por una cruz pirata de tiritas.

—Bueno' día', capitán. Dijo usté a las ocho y media.

—Sí, entra, Quarrel. Nos espera un largo día. ¿Has desayunado?

—Sí, gracia', capitán. Pescado salao y ackee y un trago de ron.

—Buen Dios —dijo Bond—. Muy fuerte para empezar el día.

—De lo má refrescante —dijo Quarrel sin inmutarse.

Se sentaron fuera, en el balcón. Bond ofreció a Quarrel un ci¬garrillo y se encendió uno él mismo.

—Pasaré la mayor parte del día en King's House —dijo— y tal vez en el Instituto de Jamaica. No te necesitaré hasta mañana tem¬prano, pero hay unas cosas que has de hacer en la ciudad. ¿De acuerdo?

—Sí, capitán. Lo que usté diga.

—Primero de todo, el coche nos delata. Habrá que deshacerse de él. Ve a ver a Motta o a otro de los que alquilan coches y esco¬ge el coche más nuevo sin chófer que encuentres, y con el menor kilometraje posible. Que sea un turismo. Alquílalo por un mes. Luego merodea por el puerto y encuentra dos hombres que se pa¬rezcan en lo posible a nosotros. Uno debe saber conducir un coche. Cómprales ropa, al menos de cintura para arriba, y sombreros como los que podríamos usar nosotros. Diles que queremos que lleven un coche a Montego mañana por la mañana pasando por Spanish Town y Ocho Ríos. Y que deben dejarlo en el garaje de Levy. Llama por teléfono a Levy y dile que los esté esperando y nos guarde el coche, ¿entendido?

Quarrel sonrió:

—¿Quié despistá a alguien, no e' eso?

—Así es. Les darás diez libras a cada uno. Diles que soy un norteamericano rico y que quiero que el coche llegue a Bahía Montego conducido por una pareja de hombres respetables. Des¬críbeme como un tanto excéntrico. Deben estar aquí a las seis de la mañana. Tú estarás también con el otro coche. Cuida de que en¬cajen bien en su papel y de que vayan con el Sunbeam con la ca¬pota bajada, ¿entendido?

—Sí, capitán.

—¿Qué ha sido de aquella casa que teníamos en la Costa Nor¬te, en Beau Desert, junto al puerto de Morgan? ¿Sabes si está al¬quilada?

—No sabría desirle, capitán. Está bastante apartá de lo' punto' turístico' y piden una renta mu' alta por ella.

—Bien, ve a Graham Associates y mira si puedes alquilarla por un mes, y si no, otro búngalo en los alrededores. No me im¬porta lo que cueste. Di que es para un norteamericano rico, el se¬ñor James. Que te den las llaves, paga el alquiler y di que les es¬cribiré para confirmarlo. Les telefonearé si quieren más detalles —Bond metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un grueso fajo de billetes. Le pasó la mitad a Quarrel—. Aquí tienes doscientas libras. Debería bastar para cubrirlo todo. Ponte en contacto conmi¬go si necesitas más. Ya sabes dónde estaré.

—Gracia', capitán —dijo Quarrel, pasmado por semejante suma. Se guardó el dinero en el interior de la camisa azul y se la abotonó hasta el cuello—. ¿Algo má?

—No, pero ten mucho cuidado de que no te sigan. Deja el co¬che en alguna parte de la ciudad y ve caminando a esos sitios. Y vigila sobre todo que no haya chinos cerca de ti —Bond se levan¬tó y fueron hacia la puerta—. Hasta mañana a las seis y cuarto; nos iremos a la Costa Norte. Por ahora aquélla será nuestra base du¬rante un tiempo.

Quarrel asintió. Su rostro era enigmático. Dijo:

—Sí, capitán —y se fue por el pasillo.

Media hora más tarde, Bond bajó al primer piso y cogió un taxi para ir a King's House. No firmó en el libro del gobernador en el vestíbulo. Le hicieron pasar a una salita de espera, donde aguardó el cuarto de hora necesario para demostrarle que no era importan¬te. Luego vino un edecán a buscarlo y lo condujo hasta el estudio del gobernador en el primer piso.

Era una habitación espaciosa y fresca que olía a humo de ci¬garro. El gobernador en funciones, vestido con un traje crema de seda salvaje y un cuello de puntas junto con una pajarita a topos, estaba sentado junto a una gran mesa de caoba sobre la cual no ha¬bía más que un Daily Gleaner, el Times Weekly y un cuenco con flores de hibisco. Tenía las manos descansando sobre la mesa. Era un sesentón con la cara roja, más bien petulante, y los ojos de un azul amargo y brillante. No sonrió ni se levantó.

—Buenos días, señor... Bond —le dijo—. Por favor, tome asiento.

Bond cogió la silla frente a la mesa del gobernador y se sentó.

—Buenos días, señor —dijo Bond a su vez.

Esperó. Un amigo de la Oficina Colonial le había dicho que la recepción sería glacial. «Está casi en edad de jubilarse y éste es un cargo interino. Tuvimos que conseguir un gobernador en funciones en poco tiempo cuando Sir Hugh Foot fue ascendido. Foot fue todo un éxito, y este hombre ni siquiera trata de emularlo; sabe que le han dado el cargo sólo por unos meses mientras hallamos a alguien para reemplazar a Foot. Este hombre llegó a través del gobernador de Rodesia. Lo único que quiere es jubilarse y obtener algún car¬go de director en la City. Lo último que desearía es cualquier pro¬blema en Jamaica. Insiste en cerrar el caso de ese Strangways. No le gustará que vaya huroneando por ahí.»

El gobernador se aclaró la garganta. Reconoció que Bond no era uno de esos tipos serviles.

—¿Deseaba verme?

—Sólo para cubrir el expediente, señor —dijo Bond con ecua¬nimidad—. Estoy aquí por el caso Strangways. Creo que usted re¬cibió una transmisión del secretario de Estado.

Era una forma de recordarle que le respaldaba gente poderosa. A Bond no le gustaban los intentos de dar al traste con el cumpli¬miento de su deber.

—Recuerdo la transmisión. ¿Qué puedo hacer por usted? Por lo que aquí nos concierne, el caso está cerrado.

—¿En qué sentido «cerrado», señor?

El gobernador dijo con brusquedad:

—Es obvio que Strangways estaba liado con la chica. Era uno de esos tipos que andan desequilibrados la mayor parte del tiem¬po. Algunos de sus... colegas no son capaces de dejar a las muje¬res en paz —El gobernador, no cabía duda, estaba incluyendo a Bond—. Tuve que pagarle la fianza en varios escándalos antes de éste. No le hace ningún bien a la colonia, señor... Bond. Espero que su gente envíe algún hombre más adecuado para ocupar su puesto. Y eso en el caso —añadió con frialdad— de que realmente nece¬sitemos un hombre del Control Regional. Personalmente, tengo mucha confianza en nuestra policía.

Bond sonrió con benevolencia.

—Informaré de su punto de vista, señor. Espero que mi jefe ha¬ble de ello con el ministro de Defensa y el secretario de Estado. Por supuesto, si usted estuviera dispuesto a hacerse cargo de este servicio adicional sería un ahorro de hombres por lo que al Servi¬cio Secreto se refiere. Estoy seguro de que la policía jamaicana es muy eficaz.
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