Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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—Bien, capitán.

Se aproximaban a la salida cuando oyeron el áspero chasquido de una cámara de la prensa y el resplandor de un flash. Una atrac¬tiva china vestida a la jamaicana bajó la Speed Graphic y se acer¬có a ellos. Dijo con un encanto sintético:

—Gracias, caballeros. Soy del Daily Gleaner —echó un vista¬zo a la lista que llevaba en la mano—. Señor Bond, ¿no es así? ¿Cuánto tiempo estará con nosotros, señor Bond?

Bond estaba desconcertado. No era un buen comienzo.

—Estoy de paso —dijo brevemente—. Creo que encontrará gente mucho más interesante en el avión.

—Oh no, seguro que no, señor Bond. Usted parece muy im¬portante. ¿Y en qué hotel se alojará?

«Maldición», pensó Bond. Y dijo:

—En el Myrtle Bank —y reanudó la marcha.

—Gracias, señor Bond —dijo la voz cantarína—. Espero que disfrute...

Ya habían salido fuera. Mientras caminaban hacia el aparca¬miento, Bond dijo:

—¿Alguna vez habías visto a esa chica en el aeropuerto?

Quarrel reflexionó.

—Creo que no, capitán, pero el Gleaner tiene mucha' fotó- grafa'.

Bond estaba vagamente preocupado. No había una razón con¬creta por la que su fotografía fuera de valor para la prensa. Ha¬bían pasado cinco años desde sus últimas aventuras en la isla, y, de todas formas, su nombre se había mantenido fuera de los pe-riódicos.

Llegaron al coche. Era un Sunbeam Alpine negro. Bond lo miró enfadado y reparó en el número de matrícula. Era el coche de Strangways.

—¿Qué demonios es esto? ¿De dónde lo has sacado, Quarrel?

—El edecán me dijo que lo cogiera, capitán. Dise que era el único libre que tenían. ¿Po qué, capitán? ¿No e' bueno?

—Está bien, Quarrel —dijo Bond resignado—. Vamos, en marcha.

Bond se sentó en el asiento del pasajero. Era todo culpa suya. Debería haber adivinado las muchas posibilidades de que le dieran ese coche. Pero no había duda de que le iría señalando allá donde fuera y revelaría lo que estaba haciendo en Jamaica a cualquiera que estuviese interesado.

Descendieron por la carretera bordeada de grandes cactus en di¬rección a las lejanas luces de Kingston. En circunstancias normales, Bond se habría arrellanado en el asiento a disfrutar de aquella be¬lleza, del chirrido monótono de las cigarras, del embate del aire cá¬lido y perfumado, del techo de estrellas, del collar de luces amari¬llas que brillaba a lo largo del puerto; sin embargo, se maldecía por el descuido, sabedor de que no debiera haberlo cometido.

Lo que había hecho era enviar una transmisión a través de la Oficina Colonial al gobernador. En ella pedía que el edecán busca¬ra a Quarrel en las islas Caimán y que lo contratara por un período indefinido con un salario de diez libras a la semana. Quarrel había estado con Bond durante su última aventura en Jamaica. Era un tipo inestimable, con todas las buenas cualidades de un marino de las is¬las Caimán, así como un pasaporte para los estratos inferiores de la población negra que, de otro modo, estarían cerrados para Bond. Todo el mundo lo quería y era un compañero espléndido. Bond sa¬bía que Quarrel era vital si esperaba llegar a alguna parte en el caso de Strangways, tanto si era realmente un caso como si se trataba de un escándalo. Bond había pedido una habitación individual con du¬cha en el hotel Blue Hills, el alquiler de un coche y que Quarrel lo esperase con el coche en el aeropuerto. La mayor parte de esta so¬licitud había sido un error. Bond debería haber cogido un taxi has-ta el hotel y haber contactado con Quarrel más tarde. Entonces ha¬bría visto el coche teniendo la posibilidad de cambiarlo.

En este momento, reflexionó Bond. nada importaría que hu¬biera anunciado su visita y el propósito de ésta al Gleaner. Suspi¬ró. Los errores que se cometen al iniciar un caso eran los peores. Eran errores irremediables, errores que hacen empezar con el pie izquierdo, y que confieren ventaja al enemigo. Pero, ¿había un enemigo? ¿No estaría siendo demasiado cauto? Por un impulso,

Bond se volvió en el asiento. A unos cien metros se veían dos lu¬ces de posición. La mayoría de los jamaicanos conducen con las luces largas. Bond se volvió de nuevo y dijo:

—Quarrel. Al final de las Palizadas, donde se bifurca la carre¬tera hacia Kingston por la izquierda y hacia Morant por la derecha, quiero que tomes rápidamente la carretera de Morant, pares el co¬che y apagues las luces. ¿Vale? Y ahora, pisa a fondo.

—D'acuerdo, capitán.

Quarrel parecía complacido. Pisó el acelerador hasta tocar el suelo. El coche dio un profundo bramido y bajó a toda velocidad por la carretera blanca.

Llegaron al final de una recta. El coche derrapó en la curva donde el extremo del puerto entraba en la tierra. Quinientos metros más y llegarían al cruce. Bond miró hacia atrás. No se veía rastro del otro coche. Ahí estaba el poste indicador. Quarrel giró brusca¬mente y el coche viró a toda velocidad agarrándose a la curva. Echó el coche a un lado y apagó las luces. Bond se volvió y espe¬ró. En seguida oyó el rugido de un coche grande a toda velocidad. Las luces resplandecieron, en su busca. El coche pasó lanzado ha¬cia Kingston. Bond tuvo tiempo de fijarse en que era un coche nor¬teamericano tipo taxi y que sólo estaba ocupado por el conductor. Después desapareció.

El polvo se posó lentamente. Permanecieron allí diez minutos sin decir nada. Entonces Bond dijo a Quarrel que diera la vuelta y tomara la carretera de Kingston.

—Creo que ese coche estaba interesado en nosotros, Quarrel. No se vuelve con el taxi vacío desde el aeropuerto. Es un trayecto caro. Manténte alerta. Tal vez descubra que lo hemos despistado y nos esté esperando.

—Bien, capitán —dijo Quarrel encantado. Ese era el tipo de vida que había esperado cuando recibió el mensaje de Bond.

Se metieron de lleno en el tráfico de Kingston: autobuses, co¬ches, carros tirados por caballos, burros con alforjas que venían de las colinas, carritos empujados por hombres que vendían bebidas de colores chillones. Entre tanto gentío era imposible decir si los seguían. Giraron hacia la izquierda en dirección a las colinas. Ha¬bía muchos coches detrás de ellos. Cualquiera podría ser el taxi norteamericano. Subieron durante un cuarto de hora por Halfway Tree y luego por Junction Road, la carretera principal que cruzaba la isla. Pronto vieron un cartel de neón con una palmera verde y, debajo, Blue Hills. THE hotel. Entraron con el coche por el cami¬no pulcramente bordeado de arbustos y buganvillas.

A unos cien metros más arriba, en la carretera, el chófer del taxi negro hizo una señal con la mano a los otros conductores para que le adelantaran y paró. Dio una vuelta de ciento ochenta grados aprovechando un claro en el tráfico y volvió a descender colina abajo hacia Kingston.

El Blue Hills era un hotel viejo aunque confortable y con de¬coración moderna. Bond fue recibido con deferencia, porque su re¬serva la habían solicitado desde King's House. Le hicieron pasar a una habitación en la esquina del edificio, con un balcón que caía sobre el lejano abanico formado por el puerto de Kingston. Agra¬decido, se quitó la ropa de Londres, ahora empapada de sudor, y se metió en la ducha con mampara de cristal, abrió del todo el grifo del agua fría y permaneció bajo ella cinco minutos, durante los cuales se lavó el cabello para quitarse la última mugre de la gran ciudad. Luego se puso unos pantalones cortos de algodón y, sin¬tiendo el placer sensual del aire cálido sobre la piel desnuda, des¬hizo la maleta y llamó al camarero.

Bond pidió un gin-tonic doble y una lima. Cuando le trajeron la bebida, cortó la lima por la mitad y echó el líquido de las dos mitades estrujadas en el vaso largo; lo lleno casi hasta arriba de cu¬bitos de hielo y entonces vertió el gin-tonic. Se llevó la bebida al balcón, se sentó y contempló aquella vista espectacular. Pensó en lo maravilloso que era estar lejos del cuartel general, de Londres y los hospitales, y estar ahí en ese momento, haciendo lo que estaba haciendo, sabedor, sus sentidos se lo decían, de que se hallaba de nuevo sobre la pista de un buen y difícil caso.

Se sentó un rato y con delectación dejó que el gin-tonic lo rela¬jase. Pidió otro y se lo bebió. Eran las siete y cuarto. Había que¬dado en que Quarrel lo recogiera a las siete y media. Iban a cenar juntos. Bond le pidió a Quarrel que sugiriera un sitio. Tras un mo¬mento de apuro, Quarrel había dicho que siempre que quería di¬vertirse en Kingston se iba a un club nocturno en el puerto llamado The Joy Boat. «No e' ná del otro mundo —le comentó a modo de disculpa—, pero la comía, la bebía y la música son buena' y tengo un buen amigo allí. E' el dueño del garito. Le llaman «Pus- Feller» , po' cómo luchó en una ocasión con un pulpo eno'me.»

Bond sonrió al pensar en la forma en que Quarrel hablaba, como la mayoría de los antillanos. Entró en la habitación y se puso el viejo traje azul oscuro de estambre, una camisa de algodón blan¬co sin mangas, una corbata de punto, y se miró en el espejo para comprobar que la Walther no sobresalía. Bajó y salió fuera, donde lo esperaba el coche.

Descendieron tranquilamente hacia Kingston, bajo aquel cre¬púsculo suave y cantarín, y giraron a la izquierda recorriendo el puerto. Pasaron junto a uno o dos restaurantes y clubes nocturnos elegantes de los que salía el murmullo y guitarreo de los calipsos. Había una tanda de casas privadas que habían ido perdiendo cate¬goría hasta terminar en una zona de tiendas de clase baja y, final¬mente, en un área de chozas. Allí donde la carretera trazaba una curva alejándose del mar, brillaba el destello de un cartel de neón dorado en forma de galeón español, encima de unas letras verdes que decían The Joy Boat.' Dejaron el coche en el aparcamiento y Bond siguió a Quarrel; pasaron una verja que daba a un jardincito de palmeras rodeadas de césped. Al final estaba la playa y el mar. Las mesas estaban desperdigadas aquí y allá bajo las palmeras y en el centro había una pista de baile de cemento vacía, a un lado de la cual se hallaba un trío de calipso vestido con camisas escarlatas con lentejuelas, que improvisaba en tono bajo Take her to Jamai¬ca where the rum comes from.

Sólo la mitad de las mesas estaban ocupadas, en su mayoría por gente de color. Había algún que otro marinero británico o americano con sus chicas. Un negro inmensamente gordo, vestido con un ele¬gante esmoquin blanco, dejó una de las mesas y salió a su encuentro.

—Hola, señó Q. Mucho tiempo sin verle. ¿Una mesa agrada¬ble pa' do'?

—Así e\ Pus-Feller. Má serca de la cosina que de la música.

El hombrón soltó una risita. Los guió hacia el mar y los dejó en una mesa tranquila bajo una palmera que crecía en la misma base del edificio del restaurante.

—¿Bebía', caballero'?

Bond pidió un giri-tonic con lima, y Quarrel un cerveza Red Stripe. Hojearon la carta y ambos se decidieron por langosta her¬vida y un filete poco hecho con verduras del país.

Llegaron las bebidas. Los vasos goteaban por la condensación. Aquel detalle le recordó a Bond otras circunstancias en climas cá¬lidos. Unos cuantos metros más allá, el mar ceceaba sobre la are¬na. La orquestina arrancó con Kitch. Encima de ellos la fronda de la palmera batía levemente bajo la brisa nocturna. Una salamandra siseó en algún lugar del jardín. Bond pensó en el Londres que ha¬bía dejado el día anterior, y dijo:

—Me gusta este sitio, Quarrel.

Quarrel estaba complacido.

—E' un buen amigo mío, ese Pus-Feller. Sabe casi tó lo que pasa en Kingston, si e' que usté tiene alguna pregunta, capitán. Él e' de la' Caimane'. Una ves nosotro' tuvimo' un barco a media'. Un día salió a cogé huevo' y aquel gran pulpo lo atrapó. Casi tós son pequeño' po' aquí, pero son má grande' en Cayo Cangrejo poque está junto a la' agua' profunda' de Cuba, la' agua' má pro¬funda' de po aquí. Pus-Feller lo pasó mu mal con ese animal. Se dañó un pulmón al librarse d'él. Aquello le asustó y me vendió la mitá del barco y se vino a Kingston. Eso fue ante' de la guerra. Ahora él e' rico mientra' que yo sigo pescando —Quarrel se rió entre dientes por los avalares del destino.

—¿Qué clase de lugar es Cayo Cangrejo? —dijo Bond.

Quarrel lo miró fijamente:

—Ahora e' un lugá poco aconsejable, capitán —dijo por toda explicación—. Un caballero chino lo compró durante la guerra y llevó allí hombre' pá explotá la porquería de lo' pájaro'. No deja que nadie desembarque allí ni deja a nadie salí. Ahora no' mante- nemo' alejaos.

—¿Y eso por qué?

—Tié multitú de guardiane'. Y arma', ametrallaora'. Y un radá y un aeroplano. Hay amigo' mío' qu'han desembarcao allí y nun¬ca lo' he vuelto a vé. Ese chino cuida mu bien de su isla. Si quié que le diga la verdá, capitán —Quarrel dijo a modo de disculpa—, Cayo Cangrejo me da mucho miedo.

Bond dijo pensativamente:

—Bueno, bueno.

Llegó la comida. Pidieron otra ronda de bebidas. Mientras ce¬naban, Bond resumió a Quarrel el caso de Strangways. Quarrel lo escuchó con atención y en ocasiones hizo preguntas. Estaba sobre todo interesado por los pájaros de Cayo Cangrejo, por lo que los guardas comentaron, y por la forma en que se suponía que el avión se había estrellado. Finalmente, puso el plato aparte. Se limpió la boca con el dorso de la mano, sacó un cigarrillo, lo encendió y se incorporó hacia delante:

—Capitán —dijo en voz baja—. No importa si eran pájaro', mariposa' o abeja'. Si estaban en Cayo Cangrejo y el comandante estaba metiendo la naris en ese asunto, pué apostá hasta el último dólar a que lo han apiolao. A él y a la chica. El chino lo' apioló, seguro.

Bond miró inquisitivamente aquellos ojos grises y apremiantes.

—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó.

Quarrel extendió las manos. La respuesta le parecía sencilla.

—Ese chino e' mu seloso de su' secreto'. Quié que le dejen solo. Sé que mató a mi' amigo' y que ordena que mantengan a la gente alejá de Cayo Cangrejo. E' un hombre mu poderoso que mata a quien se interfiera.

—¿Por qué?

—No lo sé, capitán —dijo Quarrel con indiferencia—. La gen¬te quié cosa' muy distinta' en este mundo. Y aquello que quieren e' sufisiente.

Bond vio un destello de luz por el rabillo del ojo. Se volvió con rapidez. La china del aeropuerto estaba de pie, oculta en las som¬bras. Ahora iba vestida con un vestido ajustado de satén negro, abierto por un lado casi hasta la cadera. Llevaba una Leica con el flash en una mano. La otra cámara pendía de un costado en su fun¬da de cuero. La mano salió de la oscuridad sosteniendo la bombi¬lla del flash. La joven se metió la base en la boca para humedecerla y mejorar el contacto, y la enroscó dentro del reflector.

—Coge a la chica —dijo rápidamente Bond.

En dos zancadas, Quarrel llegó hasta la chica y le tendió la mano.

—Buena' noche', señoíta —le dijo amigablemente.

La muchacha sonrió. Dejó la cámara colgando de una correa delgada en torno al cuello y le dio la mano. Quarrel la hizo girar como si fuera una bailarina de ballet. Ahora la tenía agarrada con el brazo doblado detrás de la espalda y la retenía en el pliegue del codo.

Ella lo miró enfadada.

—Déjeme. Me hace daño.

Quarrel sonrió, mirando aquellos ojos oscuros que llameaban en su cara pálida y almendrada.

—El capitán desea que tome una copa con nosotro' —le dijo en tono conciliador. Volvió a la mesa con la muchacha junto a él. Arrastró una silla con el pie y la hizo sentar a su lado, mantenién¬dola cogida por la muñeca detrás de la espalda. Ambos se sentaron muy erguidos, como amantes peleados.

Bond miró aquel rostro hermoso y enfadado.

—Buenas noches. ¿Qué hace usted aquí? ¿Por qué quiere otra foto mía?

—Estoy recorriendo los clubes nocturnos —su boca, aquel arco de Cupido, esbozó una sonrisa persuasiva—. La primera foto que le tomé no salió. Dígale a este hombre que me deje en paz.
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