Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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—Gracias, 007 —M estaba controlando el tono de su voz—. También me han pasado por la cabeza estas consideraciones. Nadie ha llegado a conclusiones precipitadas sin haber sopesado antes to¬das las posibilidades. Tal vez usted sugiera alguna solución.

M se arrellanó en la silla y esperó. Cogió la pipa y comenzó a cebarla. El caso le aburría. No le gustaban los problemas de per¬sonal, y menos un embrollo como éste. Existían muchos otros pro¬blemas esperando a ser resueltos en todo el mundo. Sólo con el fin de dar a Bond algo parecido a una misión, junto con un buen des¬canso, había decidido mandarle a Jamaica a que cerrara el caso. Se llevó la pipa a la boca y cogió las cerillas.

—¿Y bien?

Bond no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Strangways le caía bien y estaba impresionado por los hechos que el jefe de personal había enumerado. Dijo:

—Bien, señor. Por ejemplo, ¿cuál era el último caso en el que estaba trabajando Strangways? ¿Mandó algún informe o hay algo que la Sección 111 le pidiera que investigase? ¿Alguna cosa en los últimos meses?

—Nada —M fue categórico. Se sacó la pipa de la boca y apun¬tó con ella al jefe de personal—. ¿No es así?

—Así es, señor —dijo el jefe de personal—. Sólo el maldito caso de los pájaros.

—Ah, ése —dijo M con desprecio—. Una bobada del zoo o algo parecido. La Oficina Colonial consiguió que lo aceptáramos. Fue hace unas seis semanas, ¿no es cierto?

—Sí, señor. Pero no fue el zoo. Fue una asociación norteameri¬cana llamada Audubon Society. Protegen de la extinción a especies de aves o algo parecido. Se pusieron en contacto con nuestro emba¬jador en Washington, y el Ministerio de Asuntos Exteriores le echó el muerto a la Oficina Colonial, la cual, a su vez, nos endilgó el caso. Parece ser que esos ornitólogos son muy poderosos en Estados Uni¬dos. Incluso lograron desviar el curso de las bombas atómicas de la Costa Este, porque interferían con la nidificación de unas aves.

M resopló:

—Aquel maldito asunto de Whooping Crane. Lo leí en los pe¬riódicos.

Bond persistió:

—¿Podría contármelo, señor? ¿Qué quería que hiciéramos la Audubon Society?

M agitó la pipa en el aire con impaciencia. Cogió el expedien¬te de Strangways y lo dejó con un movimiento brusco delante del jefe de personal.

—Cuénteselo, coronel —dijo con hastío—. Está todo ahí.

El jefe de personal cogió el expediente y lo hojeó por el final. Halló lo que quería y dobló el expediente por la mitad. Reinó el si¬lencio en la habitación mientras pasaba los ojos por tres páginas mecanografiadas que Bond vio encabezadas por el código blan¬quiazul de la Oficina Colonial. Bond permaneció callado, tratando de enajenarse de la impaciencia concentrada de M, que irradiaba por la mesa.

El jefe de personal cerró el expediente de golpe y dijo:

—Bien, ésta es la historia tal y como se la enviamos a Strang¬ways el día veinte de enero. Él acusó recibo, pero luego no volvi¬mos a tener noticias suyas —El jefe de personal se recostó en la si¬lla y miró a Bond—. Parece ser que hay un ave llamada espátula rosada. Hay una fotografía en color aquí dentro. Su aspecto es el de una cigüeña rosa con un pico plano y feo que emplea para bus¬car comida en el fango. No hace muchos años, estos pájaros se es¬taban extinguiendo. Justo antes de la guerra sólo había unos pocos cientos en el mundo, la mayoría en Florida y en su entorno. En¬tonces alguien informó de la presencia de una colonia en una isla llamada Cayo Cangrejo entre Jamaica y Cuba. Forma parte del te¬rritorio británico, una isla de explotación de guano en posesión de Jamaica, pero cuya calidad era demasiado baja como para seguir amortizando el coste de la explotación. Cuando descubrieron los pájaros llevaba deshabitada unos cincuenta años. Cierto personal de esta Sociedad fue allí y terminó arrendando una parte de la isla con el fin de convertirla en una reserva para las espátulas rosadas. Pusieron dos guardas al cargo y persuadieron a las líneas aéreas para que dejaran de volar sobre la isla y no molestaran a las aves. Las aves se reprodujeron y en el último recuento había unas cinco mil en la isla. Entonces estalló la guerra, el precio del guano subió y un tipo listo tuvo la brillante idea de comprar la isla y comenzar otra vez a explotarla. Negoció con el gobierno de Jamaica y com¬pró la isla por diez mil libras, con la condición de no molestar a la reserva. Esto fue en 1943. Este hombre importó mucha mano de obra barata y pronto estuvo obteniendo beneficios que han conti¬nuado hasta hace poco. Luego el precio del guano se hundió y se piensa que debe haberlo pasado mal para llegar a fin de mes.

—¿Quién es ese hombre?

—Un chino, o mejor dicho medio chino medio alemán. Tiene un nombre estrafalario. Se llama a sí mismo Doctor No, Doctor Ju- lius No.

—¿No? ¿Lo contrario de Sí?

—Efectivamente.

—¿Algún dato sobre él?

—Nada, excepto que es muy reservado. No se le ha visto des¬de que hizo aquel trato con el gobierno jamaicano. Y no existe trá¬fico alguno con la isla. Es suya y la mantiene apartada. Dice que no quiere que la gente moleste a los pájaros guanay que le propor¬cionan el guano, lo cual parece razonable. Pues bien, nada ocurrió hasta antes de las Navidades, cuando uno de los guardas de Audu¬bon, un nativo de las islas Barbados y en apariencia un tipo sólido, llegó a las costas del norte de Jamaica en una canoa. Estaba muy malherido, con quemaduras terribles, y murió al cabo de unos po¬cos días. Antes de morir contó una historia extraña, según la cual su campamento había sido atacado por un dragón que escupía lla¬mas por la boca. Según él, este dragón había matado a su compa¬ñero, quemado el campamento y atravesado la reserva de pájaros emitiendo gruñidos, vomitando fuego entre las aves y haciéndolas huir hacia Dios sabe dónde. Había sufrido quemaduras muy gra¬ves, pero escapó hacia la costa, robó una canoa y navegó toda la noche hasta Jamaica. El pobre tipo estaba, no cabe duda, mal de la azotea. Y eso es todo, excepto que hubo que enviar un informe rutinario a la Audubon Society, con el cual no quedaron satisfe¬chos. Enviaron a dos de sus jefazos en un avión Beechcraft desde Miami para investigar. Hay una pista de aterrizaje en la isla. Ese chino tiene un bimotor anfibio Grumman para traer provisiones...

M lanzó una interjección llena de amargura:

—Toda esa gente parece tener grandes sumas de dinero para malgastarlas en los malditos pájaros.

Bond y el jefe de personal intercambiaron una sonrisa. M ha¬bía intentado durante años conseguir que el Tesoro le diera un Auster para la estación del Caribe.

El jefe de personal continuó:

—El Beechcraft se estrelló al aterrizar y los dos hombres de

Audubon murieron. Esto despertó la furia de los ornitólogos. Con¬siguieron que una corbeta del Escuadrón de Instrucción de los Es¬tados Unidos en el Caribe le hiciera una visita al Doctor No. Así de poderosa es esa gente. Parece ser que tienen mucha influencia en Washington. El capitán de la corbeta informó de que había sido re¬cibido muy civilizadamente por el Doctor No, pero que lo había mantenido alejado de la explotación de guano. Le llevaron a la pis¬ta de aterrizaje y examinó los restos del avión. Todo hecho pedazos, pero nada sospechoso, tal vez aterrizara demasiado rápido. Los cuer¬pos de los dos hombres y el piloto habían sido embalsamados res¬petuosamente y metidos en hermosos ataúdes que fueron entregados con grandes ceremonias. El capitán estaba muy impresionado por la cortesía del Doctor No. Le pidió ver el campamento de los guardas, al cual lo condujeron y mostraron los restos. La teoría del Doctor No es que los dos hombres se habían vuelto locos por culpa del calor y la soledad, o que en cualquier caso uno de ellos había enloquecido e incendiado el campamento con el otro dentro. Al capitán le pare¬ció factible al ver aquella marisma dejada de la mano de Dios en la que los dos hombres estuvieron viviendo diez años o más. Nada más quedaba por ver, y se le condujo educadamente de vuelta al barco, tras lo cual se hizo a la mar —El jefe de personal abrió las ma¬nos—. Y eso es todo, si exceptuamos que el capitán informó de que sólo había visto un puñado de espátulas rosadas. Cuando el informe llegó a la Audubon Society, en apariencia fue la pérdida de los pájaros lo que más enfureció a sus miembros, y desde entonces han estado importunándonos para que se abra una investigación de todo el asunto. Por supuesto, nadie en la Oficina Colonial o en Jamaica está interesado. Así que al final, todo el asunto nos lo han endosa¬do a nosotros —El jefe de personal se encogió de hombros a modo de conclusión—. Y así es como todo este papeleo —señaló el expe¬diente—, o por lo menos sus restos, llegaron a Strangways.

M miró malhumorado a Bond:

—¿Ve lo que quiero decir, 007? Nada más que quimeras que las señoras ancianas de esas sociedades están siempre imaginándose. La gente empieza a proteger algo, iglesias, casas antiguas, cuadros en mal estado, pájaros, y siempre se termina armando algún escán¬dalo. El problema es que esta gente se acalora por sus malditos pá¬jaros o por lo que sea, y consiguen que los políticos se vean invo¬lucrados. Y no sé cómo, todos parecen estar forrados de dinero. Que me aspen si sé de dónde lo sacan. De otras ancianas, supongo.

Entonces llegan a un punto en que alguien tiene que hacer algo para mantenerlos tranquilos. Como en este caso. Desviaron el asunto hasta llegar a mis manos, porque la isla es territorio británico; y, sin embargo, es propiedad privada. Nadie quiere interferir oficialmen¬te. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Enviar un submarino a la isla? ¿Y para qué? Para averiguar lo que le ocurrió a un grupo de cigüe¬ñas rosas —M lanzó un bufido—. Bueno, usted preguntó sobre el último caso de Strangways y eso es todo —M se incoiporó en acti¬tud belicosa—. ¿Alguna pregunta? Me espera un largo día.

Bond sonrió. No podía evitarlo. Los ocasionales estallidos de rabia de M eran espléndidos. Y nada le enfurecía tanto como cual¬quier intento por malgastar el tiempo, las energías y los escasos fondos del Servicio Secreto. Bond se puso de pie.

—Quizá si me dejara el expediente —dijo aplacándolo—. Simplemente me llama la atención que cuatro personas murieran hasta cierto punto relacionadas con esos pájaros. Quizá dos más muriesen: Strangways y la chica Trueblood. Admito que parece ri¬dículo, pero no tenemos nada más a lo que agarrarnos.

—Cójalo, cójalo —dijo M con impaciencia—. Apresúrese y termine con sus vacaciones. Tal vez no se haya dado cuenta, pero el resto del mundo está un tanto embarullado.

Bond se estiró y cogió el expediente. También hizo ademán de coger la Beretta y la pistolera.

—No —dijo M con firmeza—. Déjela. Y preocúpese de to¬marles el pulso a las otras dos pistolas para cuando vuelva a verle.

Bond miró directamente a los ojos de M. Por primera vez en su vida odió a aquel hombre. Sabía perfectamente por qué M esta¬ba siendo duro y mezquino con él. Era un castigo diferido por casi haber resultado muerto en su último trabajo; se le asignaba con la excusa de alejarlo de aquel tiempo horrible para disfrutar del sol. M no soportaba que sus hombres lo pasaran bien. De todas formas, Bond estaba seguro de que lo mandaba a ese chollo de misión con el fin de humillarlo. Era un malnacido.

La sangre le hervía de rabia y dijo:

—Me aseguraré de ello, señor.

Se volvió y salió de la habitación.

CAPÍTULO 4

El comité de recepción

Las sesenta y ocho toneladas del Super Constellation sobrevolaron a gran altura el damero verde y pardo de Cuba y, a sólo otras cien millas de su destino, emprendió el lento vuelo de descenso hacia Jamaica.

Bond contempló cómo la isla, semejante a una gran tortuga verde, crecía en el horizonte y el agua cambiaba del azul oscuro del mar de las Antillas al azul celeste y lácteo de los bancos cer¬canos a la costa. Luego sobrevolaron la Costa Norte, sobre la erup¬ción de hoteles millonarios, y cruzaron las altas montañas del in¬terior. Los diminutos dados de las pequeñas haciendas aparecieron esparcidos sobre las colinas y en los claros de la selva, y el sol po¬niente tiñó de oro las lombrices brillantes de ríos y arroyos. «Jai- maca» la llamaban los indios arahuacos, «Tierra de Colinas y Ríos». El corazón de Bond se animó con la belleza de una de las islas más fértiles del mundo.

El otro lado de las montañas estaba sumido en una sombra vio¬leta. Las luces titilaban en las estribaciones y llenaban de lentejue¬las las calles de Kingston; sin embargo, al fondo, el lejano brazo del puerto y el aeródromo seguían iluminados por el sol, contra el cual el faro de Port Royal parpadeaba inútilmente. Ahora el avión inclinaba el morro para trazar una amplia curva más allá del puer¬to. Se sintió un golpe sordo cuando el tren de aterrizaje triciclo se abrió bajo el avión y se puso en movimiento. Se oyó un quejido hi¬dráulico agudo cuando los aerofrenos externos sobresalieron del borde posterior de las alas. Lentamente, el gran aparato viró de nuevo hacia tierra y por un instante el sol poniente escanció oro lí¬quido en la cabina. Luego, la nave se hundió por debajo del nivel de los Montes Azules y voló a ras de suelo hacia la única pista de aterrizaje, que se orientaba de norte a sur. Vio por un instante una carretera y unos cables de teléfono, luego el asfalto, marcado por las cicatrices negras de los patinazos, bajo el vientre del avión y la doble sacudida de un perfecto aterrizaje, así como el rugido de las hélices dando marcha atrás, mientras la nave rodaba por la pista hacia los blancos edificios bajos del aeropuerto.

Los dedos pringosos del trópico rozaron la cara de Bond cuan¬do salió del avión y caminó hacia el control de Salud e Inmigra¬ción. Sabía que para cuando hubiera pasado la aduana estaría su¬dando. No le importaba. Después del frío áspero de Londres, aquel calor denso y aterciopelado era fácilmente soportable.

El pasaporte de Bond lo describía como un comerciante de im¬portación y exportación.

-—¿De qué compañía, señor?

—Universal Export.

—¿Es una visita de negocio o de placer, señor?

—De placer.

—Espero que disfrute de la estancia, señor —El oficial negro de inmigración devolvió a Bond el pasaporte con indiferencia.

—Gracias.

Bond entró en la aduana. Al instante vio al hombre alto y de piel morena contra la barrera. Llevaba la misma vieja camisa azul descolorida y probablemente los mismos pantalones caqui de tela cruzada que había llevado cuando Bond lo conoció por primera vez hacía cinco años.

—¡Quarrel!

Desde el otro lado de la barrera, aquel habitante de las islas Caimán sonrió abiertamente. Levantó el antebrazo derecho a la al¬tura de los ojos, según el viejo saludo de las Indias Occidentales.

—¿Cómo está, capitán? —contestó encantado.

—Bien —dijo Bond—. Espera a que pase la bolsa.

—Sí, capitán.

El oficial de la aduana, quien, como la mayoría de los hombres del puerto, conocía a Quarrel, marcó con tiza la bolsa de Bond sin abrirla; Bond la recogió y pasó al otro lado de la barrera. Quarrel cogió la bolsa y le tendió la mano derecha. Bond estrechó aquella garra callosa de calor seco y miró aquellos ojos gris oscuro, prue¬ba de que descendía de un soldado de Cromwell o de un pirata de los tiempos de Morgan.

—No has cambiado, Quarrel —le dijo afectuosamente—. ¿Cómo va la pesca de la tortuga?

—No mu mal, capitán, y no mu bien. Como siempre —Estu¬dió a Bond con mirada crítica—. Ha estao enfermo, ¿no?

Bond se sorprendió.

—Sí, así ha sido. Pero llevo bien varias semanas. ¿Qué te ha hecho pensarlo?

Quarrel estaba avergonzado:

—Lo siento, capitán —le dijo, creyendo haberlo ofendido—. Se l'han marcao alguna' arruga' de doló en la cara desde la última ves.

—¡Ah, vaya! —dijo Bond—. No fue grave, pero podría mejo¬rar con un período de entrenamiento. No estoy tan en forma como debiera.
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