Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






descargar 0.75 Mb.
títuloTítulo original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo
página3/28
fecha de publicación02.09.2016
tamaño0.75 Mb.
tipoDocumentos
f.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28

—No, no me gustaría, señor.

—Entonces tendremos que cambiar de armamento. Esa fue una de las conclusiones de la comisión de investigación. Y yo coincido con ellos, ¿me comprende?

Bond dijo con obstinación:

—Estoy acostumbrado a esa pistola, señor. Me gusta trabajar con ella. Lo que ocurrió podría pasarle a cualquiera y con cual¬quier tipo de arma.

—No estoy de acuerdo ni tampoco lo está la comisión de in¬vestigación. Y eso es definitivo. La única duda es qué arma em¬pleará en su lugar —M se incorporó y pulsó el intercomunicador—: ¿Ha llegado el armero? Hágale pasar.

M se volvió a recostar en el asiento.

—Tal vez no lo sepa, 007, pero el mayor Boothroyd es el me¬jor experto en armas cortas del mundo. No estaría aquí si no lo fue¬ra. Oiremos lo que tenga que decir.

La puerta se abrió. Entró un hombre bajo y delgado con el pelo rubio rojizo, avanzó hasta la mesa y se quedó de pie junto a la si¬lla de Bond. Bond alzó la vista y lo miró a la cara. No había visto a aquel hombre muchas veces, pero recordaba los ojos de color gris claro muy separados y que parecían no parpadear nunca. Echó un vistazo evasivo a Bond, y se quedó mirando a M en actitud re¬lajada. Le dijo:

—Buenos días, señor —La voz era monótona, impasible.

—Buenos días, armero. Deseo hacerle varias preguntas —La voz de M era informal—. Primero de todo, dígame qué piensa de la Beretta 25.

—Es una pistola para damas, señor.

M arqueó las cejas mirando irónicamente a Bond, que sonrió sin alegría.

—¿En serio? ¿Y por qué lo dice?

—No tiene potencia de detención, señor. Pero es de fácil ma¬nejo. Su aspecto también es un poco fantasioso, si sabe a lo que me refiero, y atrae a las damas.

—¿Qué resultado da con un silenciador?

—Aun menos potencia de detención, señor. Y no me gustan los silenciadores. Son pesados y se enganchan en la ropa cuando se tiene prisa. No le recomendaría a nadie que probara una combi¬nación como ésa, señor. No si estuviera en el negocio.

M dijo a Bond complacido:

—¿Algo que comentar, 007?

Bond se encogió de hombros.

—No estoy de acuerdo. He utilizado la Beretta 25 durante quince años. Nunca se encasquilló y nunca he fallado con ella hasta el momento. No es un mal porcentaje para una pistola. Es¬toy acostumbrado a ella y puedo apuntar sin mirar. He usado pis¬tolas más grandes cuando he tenido que hacerlo, por ejemplo el Colt del 45, de cañón largo; pero para trabajar en distancias cor¬tas y para ocultarla, prefiero la Beretta —Bond hizo una pausa. Sintió que tenía que ceder en algo—. Estoy de acuerdo en lo del silenciador. Son un engorro, pero a veces no queda más remedio que usarlos.

—Ya hemos visto lo que sucede cuando los usa —dijo M se¬camente—. Y respecto a lo del cambio de pistola, sólo es cuestión de práctica. Pronto le cogerá el pulso a la nueva —M permitió que su voz mostrara una pizca de comprensión—. Lo siento, 007, pero lo he decidido. Póngase de pie un momento; quiero que el armero estudie su constitución.

Bond se levantó y miró de frente al otro hombre. No había ca¬lor en los dos pares de ojos. Los de Bond expresaban irritación. Los del mayor Boothroyd se mostraban indiferentes y clínicos. Dio una vuelta en torno a Bond. Le dijo: «Permítame» y palpó los bíceps y antebrazos de Bond. Volvió a ponerse delante de él y dijo:

—¿Me permite ver su arma?

La mano de Bond se introdujo con lentitud en la chaqueta. Le pasó la Beretta con el cañón recortado. Boothroyd examinó el arma y la sopesó en la mano. La dejó sobre la mesa.

—¿Y la pistolera?

Bond se quitó la chaqueta, la pistolera de piel de gamuza y el arnés. Volvió a ponerse la chaqueta.

Tras echar un vistazo a los bordes de la pistolera, quizá para ver si mostraban algún enganchón, Boothroyd la puso junto a la pistola con un gesto de desprecio. Miró a M.

—Creo que podemos mejorarlo, señor.

Era la misma voz que había puesto el primer sastre de lujo de Bond.

Bond se sentó. Se obligó a dejar de mirar maleducadamente al techo y, en vez de ello, se quedó mirando impasible a M.

—Bien, armero, ¿qué recomienda?

El mayor Boothroyd expuso su opinión con voz de experto:

—De hecho, señor —dijo con modestia—, acabo de probar la mayor parte de las pistolas automáticas cortas. Quinientos cartu¬chos con cada una a veinticinco metros. Entre todas he elegido la Walther PPK de 7,65 mm. Quedó en cuarto lugar tras la M-14 japonesa, la Tokarev soviética y la Sauer M-38; pero me gusta la ligereza del gatillo, y la capacidad del peine le proporciona un con¬trol que debería irle bien a 007. Es una pistola con verdadera po¬tencia de detención. Por supuesto, es un calibre 32 frente a la Be¬orí retta 25, pero no le recomendaría nada más ligero. Se consigue munición para la Walther en cualquier parte del mundo, lo cual le da ventaja sobre las pistolas japonesas y soviéticas.

M se volvió hacia Bond:

—¿Algo que comentar?

—Es una buena pistola, señor —admitió Bond—, más volu¬minosa que la Beretta. ¿Cómo sugiere el armero que la lleve?

—En una pistolera Berns Martin —dijo sucintamente el mayor Boothroyd—. La mejor forma de llevarla es dentro de la cinturilla del pantalón y a la izquierda, pero también queda bien ubicada bajo el hombro. La pistolera es de cuero de silla de montar rígido y sujeta la pistola con un muelle, lo cual ayuda a sacarla con más rapidez que ésta —hizo un gesto hacia la mesa—. No está mal un tercio de segundo para matar a un hombre a sesenta centímetros.

—Queda decidido entonces —la voz de M era tajante—. ¿Y qué tal algo más grande?

—Sólo hay una pistola para ese cometido, señor —dijo el ma¬yor Boothroyd, inmutable—. Un Smith & Wesson Centennial Air- weight. Un revólver del calibre 38, sin martillo para no engan¬charse con la ropa. Longitud general de diecisiete centímetros y un peso de sólo ciento tres gramos. Para que el peso no aumente, el tambor carga únicamente cinco cartuchos. Pero cuando se han dis¬parado —el mayor Boothroyd se permitió esbozar una sonrisa in¬vernal—, alguien ya ha muerto. Dispara cartuchos S & W Special del calibre 38, muy precisos. Con una carga normal, la veloci¬dad del cañón es de doscientos sesenta y dos metros por segundo, y la potencia, de treinta y seis kilogramos por metro. Hay varias longitudes de cañón: de ochenta y nueve milímetros, de ciento veintisiete milímetros...

—Está bien, vale —la voz de M mostraba irritación—. No me queda la menor duda. Si usted dice que es la mejor, le creo. Así, pues, nos quedamos la Walther y el Smith & Wesson. Tráigale una de cada a 007 y el arnés. Y disponga lo necesario para que empie¬ce a practicar desde hoy mismo. Tiene que ser un experto en una semana. ¿De acuerdo? Muchas gracias, armero. No lo retendré más.

—Gracias, señor —dijo el mayor Boothroyd. Se dio la vuelta y salió con aire marcial y muy tieso fuera de la habitación.

Hubo un momento de silencio. La aguanieve chocaba contra las ventanas. M giró la silla y contempló los cristales mojados.

Bond aprovechó la oportunidad para mirar el reloj. Las diez en punto. Sus ojos se deslizaron hacia la pistola y la funda sobre la mesa. Pensó en los quince años de matrimonio con aquel feo tro¬zo de metal. Recordó las veces en que una sola palabra suya le ha¬bía salvado la vida, y las veces en las que su sola amenaza había bastado. Pensó en los días en que se había vestido literalmente para matar, cuando desmontaba la pistola, la engrasaba y cargaba las balas cuidadosamente en el peine con sistema de muelle y lo pro¬baba una o dos veces, haciendo caer los cartuchos sobre la cama del dormitorio de algún hotel del mundo. Finalmente, tras la últi¬ma limpieza con un paño seco, enfundaba la pistola y, tras una pausa delante del espejo para ver que nada sobresaliese, salía por la puerta a una cita que iba a terminar con la oscuridad o la luz. ¿Cuántas veces le había salvado la vida? ¿Cuántas sentencias de muerte había firmado? Bond se sentía irrazonablemente triste. ¿Cómo podía haber establecido tales vínculos con un objeto inani¬mado y tan feo, y, había que admitirlo, con una pistola que no era de la misma categoría que las elegidas por el armero? Pero los vínculos existían y M iba a cortarlos.

M volvió a girar la silla hacia él.

—Lo siento. James —dijo M sin compasión en la voz—. Sé que le gusta ese trozo de hierro. Pero me temo que le llegó su hora. Nunca le dé a un arma una segunda oportunidad, ni una más que a un hombre. No me puedo permitir jugar con la sección del doble cero. Deben estar convenientemente equipados, ¿lo comprende? En su trabajo, una pistola es más importante que una mano o un pie.

Bond sonrió sin convicción.

—Lo sé, señor, y no se lo discutiré. Simplemente siento decir¬le adiós.

—Está bien. No diré nada más al respecto. Ahora tengo noti¬cias para usted. Hay un trabajo en Jamaica. Un problema personal, o así lo parece. Una investigación e informe rutinarios. El sol le sentará bien y podrá practicar con las nuevas pistolas disparando contra las tortugas o contra cualquier cosa que tengan allí. Usted necesita unas pequeñas vacaciones. ¿Quiere aceptarlo?

Bond pensó: «Me da esto por culpa de mi último trabajo. Piensa que le he defraudado, y como no se fía hasta el punto de confiarme algo importante, quiere ponerme a prueba. ¡Bien!». Y dijo:

—Me suena a vida regalada, señor. Ya he tenido mucho de eso últimamente. Pero si hay que hacerlo... Y si usted lo dice, señor... —Sí —dijo M—. Yo lo digo.

CAPÍTULO 3

Una misión de descanso

Oscurecía. En el exterior, el tiempo era borrascoso. M se alzó un poco y encendió la lámpara de tulipa verde del despacho. Sobre el centro de la habitación se vertió un chorro de luz amarilla cálida que hizo que la parte superior de la mesa brillara como la sangre.

M empujó sobre la mesa el grueso expediente hacia Bond, quien reparó por primera vez en él. Leyó las letras invertidas sin dificultad. ¿En qué se había metido Strangways? ¿Quién era True¬blood?

M apretó un botón en la mesa:

—Haré que venga el jefe de personal —dijo—. Conozco el meollo del caso, pero él podrá ponerle la carnadura. Mucho me temo que sea una historia un tanto gris.

El jefe de personal entró. Era coronel de zapadores y aparen¬taba más o menos la edad de Bond, pero tenía el cabello prematu¬ramente encanecido en las sienes por el interminable trajín del tra¬bajo y las responsabilidades. Se salvaba de las crisis nerviosas gra¬cias a su constitución física y al sentido del humor. Era el mejor amigo de Bond en el cuartel general. Se sonrieron el uno al otro.

—Acérquese una silla, coronel. He asignado a 007 el caso de Strangways. Tendrá que aclarar el embrollo antes de que asigne¬mos nuevos cargos para Jamaica. 007 actuará de jefe de la estación mientras tanto. Quiero que parta dentro de una semana. ¿Dispon¬drá usted todo con el oficial de las Colonias y el gobernador? Bien. Ahora estudiemos el caso —Se volvió hacia Bond—. 007, creo que usted conoce a Strangways y que trabajó con él en el asunto del tesoro hará unos cinco años. ¿Qué opina de él?

—Un buen hombre, señor, pero un poco pasado de rosca. Su¬ponía que ya le habrían relevado. Cinco años son mucho tiempo en el trópico.

M hizo caso omiso del comentario.

—Y su número dos, esa chica llamada Trueblood. ¿Alguna vez se encontró con ella?

—No, señor.

—Veo que tiene un buen historial. Oficial jefe del servicio fe¬menino de la Royal Navy. Nada en su contra en el informe confi¬dencial. Una chica bonita a juzgar por las fotografías. Eso proba¬blemente lo explique todo. ¿Diría usted que Strangways era en cierto modo un donjuán?

—Podría haberlo sido —dijo Bond con precaución, sin querer decir nada en contra de Strangways, aunque recordando su atracti¬vo y distinción—. Pero, ¿qué les ha pasado, señor?

—Eso es lo que queremos averiguar —dijo M—. Han desapa¬recido, se los ha tragado la tierra. Se fueron la misma tarde hará unas tres semanas. Dejaron el búngalo de Strangways reducido a cenizas junto con la radio, los libros de códigos y los archivos. No quedaron más que unos cuantos papeles chamuscados. La chica dejó sus cosas intactas. Debió de irse sólo con lo que llevaba pues¬to. Hasta dejó el pasaporte en su habitación, aunque sería fácil para Strangways falsificar dos pasaportes. Tenía muchos formularios, pues era el oficial del control de pasaportes de la isla. Son muchos los aviones que pudieron haber cogido hacia Florida, América del Sur o alguna de las otras islas del área. La policía sigue revisando las listas de pasajeros. Nada se ha descubierto hasta el momento, pero podrían haberse quedado en tierra un día o dos y luego esfu¬marse. La chica se teñiría el pelo y ese tipo de cosas. La seguridad del aeropuerto no es muy buena en esa parte del mundo. ¿No es cierto, coronel?

—Sí, señor —El tono de voz del jefe de personal era dubitati¬vo—. Pero sigo sin entender el último contacto por radio —Se vol¬vió hacia Bond—. Comenzaron a establecer el contacto rutinario a las dieciocho treinta, hora de Jamaica. Alguien, Seguridad cree que fue la chica, sintonizó con WWW y desapareció de antena. Trata¬mos de recuperar el contacto, pero sin duda había algo sospechoso y lo interrumpimos. No hubo respuesta a la llamada azul ni a la roja. Al día siguiente la Sección III envió a 258 a Jamaica desde Wash¬ington. Por aquel entonces la policía ya se había hecho cargo del caso y el gobernador había decidido echarle tierra al asunto. Todo era muy evidente. Strangways había tenido problemas con chicas de tanto en tanto, y no lo culpo. Es una estación tranquila, sin muchas cosas en las que ocupar el tiempo. El gobernador sacó conclusiones obvias. Y, por supuesto, lo mismo hizo la policía local. El sexo y las peleas con machete son lo único que comprenden. 258 pasó una se¬mana allí y no consiguió reunir ninguna prueba de lo contrario. Mandó un informe de acuerdo con esto y lo enviamos de vuelta a Washington. Desde entonces la policía ha estado fisgoneando sin sa¬car nada en claro ni llegar a ninguna conclusión -—El jefe de perso¬nal hizo una pausa. Miró a M disculpándose—. Señor, sé que usted se inclina a dar la razón al gobernador, pero aquel contacto por ra¬dio sigue dándome mala espina. Continúo sin ver dónde encaja en la historia de la fuga de la pareja. Los amigos que Strangways tenía en el club dicen que su comportamiento era normal. Se fue en mitad de una partida de bridge, como siempre hacía cuando se acercaba la hora. Dijo que volvería al cabo de veinte minutos. Pidió una ronda para todos, justo como siempre hacía, y se fue del club exactamen¬te a las seis y cuarto, de acuerdo una vez más con el horario. Enton¬ces se esfumó en el aire. Hasta dejó el coche en el club. ¿Por qué habría de dejar al resto del cuarteto de bridge esperándolo si quería fugarse con la chica? ¿Por qué no irse por la mañana, o mejor aún, a última hora de la noche, después de haber hecho la llamada por ra¬dio y haber dejado todo arreglado? Sencillamente, no me cuadra.

M gruñó en tono evasivo:

—Las personas... esto... enamoradas hacen cosas estúpidas —dijo con brusquedad— y actúan a veces como lunáticos. En cual¬quier caso, ¿qué otra explicación hay? Ningún trazo de juego sucio y ningún móvil que nadie haya descubierto. Aquélla es una estación tranquila. La misma rutina todos los meses. Algún comunista de vez en cuando que trata de entrar en la isla desde Cuba, o ladrones in¬gleses que creen poder ocultarse sólo porque Jamaica está lejos de Londres. No creo que Strangways haya tenido un caso importante desde que 007 estuvo allí —Se dio la vuelta hacia Bond—. ¿Qué opina de lo que ha oído, 007? No queda mucho más que contar.

Bond fue categórico:

—No me imagino a Strangways perdiendo la cabeza hasta ese punto, señor. Me atrevería a asegurar que estaba liado con la chica, aunque jamás hubiera pensado que era el tipo de hombre que mez¬cla los negocios con el placer. El Servicio Secreto era su vida. Nun¬ca hubiera desertado de ese modo. Me lo imagino renunciando al cargo, y a la chica haciendo lo mismo, para luego irse con ella una vez que usted hubiera enviado el relevo. Pero no creo que estuviera en sus planes dejarnos a dos velas de este modo. Y por lo que usted cuenta de la chica, diría lo mismo de ella. Las oficiales jefe del ser¬vicio femenino de la Royal Navy no pierden el juicio así como así.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28

similar:

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconHéctor González Pardo, doctor en Biología, está especializado en...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconBelle de Jour Título original: Belle de Jour Joseph Kessel, 1928...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconMujeres y falange (documento del 1958) Una página y media sacadas...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconTítulo original: a brave new world

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconA ser libre Título original en inglés: Your sacred self

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconOsho el secreto de los secretos charlas sobre el Secreto de la Flor...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconTraducción Gentileza del Dr. Javier Sáez, Argentina

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconDirección: Lotización Paredes, Av. Del Chofer entre Pedro Vicente Maldonado y Circunvalación

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconCiudadano doctor matias quiros medina, secretario de gobierno del...

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo iconPor Christian Thibaudeau Traducción Gentileza del Dr. Javier Sáez, Argentina






Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
f.se-todo.com