Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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Se prolongó el silencio en el fresco salón oscuro donde se ce¬lebraba la reunión. Del techo caían inesperadas motas de colores de luz solar sobre la enorme mesa de conferencias de caoba. Bond conjeturó que la luz entraba a través de los ojos de la celosía de una fuente o un estanque situados en el jardín al otro lado de los ventanales. Más allá se oía el sonido de unas pelotas de tenis al ser golpeadas. En la distancia, una voz juvenil femenina dijo:

—Bravo. Tú sirves, Gladys.

¿Las hijas del gobernador? ¿Las secretarias? Desde el otro ex¬tremo de la sala del rey Jorge VI, la reina miraba la mesa con cor¬tesía y buen humor.

—¿Qué opina usted, secretario colonial? —La voz del gober¬nador era apremiante.

Bond escuchó las primeras palabras. Coligió que Pleydell- Smith estaba de acuerdo con los otros dos, y dejó de atender. Su mente se alejó de aquel mundo de pistas de tenis y estanques de li¬las, y reyes y reinas. Pensó en Londres, en la gente que se foto¬grafiaba con palomas sobre la cabeza en Trafalgar Square; en las forsitias que pronto resplandecerían en las glorietas de circunvala¬ción; en Mayo, la preciada ama de llaves de su piso de King's Road, levantándose para preparar una taza de té (aquí eran las once en punto, pero en Londres serían las cuatro); en los primeros tre¬nes del metro que comenzarían a circular, haciendo temblar el sue¬lo de su dormitorio fresco y oscuro. Pensó en el clima sereno de Inglaterra: «Los aires benéficos, las olas de calor, los períodos de frío. El único país en el que se puede salir a pasear todos los días del año» —¿no era una cita de las cartas de Chesterfield?—. Bond pensó en Cayo Cangrejo, en el ventarrón caliente que co¬menzaría a soplar, en el hedor de los miasmas de los manglares, en el coral grisáceo, muerto y afilado en cuyos agujeros los cangrejos negros estarían ahora agazapados, con los ojos rojinegros movién¬dose con rapidez cuando una sombra —de una nube o de un pá- aro— cubriera su minúsculo horizonte. En la colonia de aves los i jaros de color pardusco, blanco y rosado, andarían con paso ina- i^tuoso por las aguas someras, o estarían anidando o peleándose; mientras, en lo alto de la guanera, los cormoranes volarían de vuel¬ta del desayuno para depositar su miligramo de renta para un pro¬pietario que ya no viviría para recogerlo. ¿Y dónde estaría el pro¬pietario? Los hombres del vapor Blanche lo habrían exhumado. Se le habría practicado al cuerpo una exploración por si mostraba sig¬nos de vida y lo depositarían en algún sitio. ¿Lo lavarían y vestirían con un quimono mientras el capitán llamaba por radio a Antwerp para recibir instrucciones? ¿Y adonde había ido el alma del Doctor No? ¿Era un alma malvada o sólo un alma enajenada? Bond pensó en el cuerpo retorcido y quemado en la ciénaga del que en vida fue Quarrel. Recordó la delicadeza con que actuaba aquel cuerpo gran- dote, la inocencia de sus ojos grises ávidos de horizontes, su codi¬cia y sus deseos sencillos, la reverencia por las supersticiones y los instintos, sus errores infantiles, la lealtad e incluso el afecto que Quarrel le había mostrado, el calor, sólo había una palabra para de¬finirlo, de aquel hombre. A buen seguro que no había ido al mismo sitio que el Doctor No. Fuera lo que fuera lo que le ocurriese a la gente muerta, seguro que había un sitio para el calor y otro para el frío. ¿Y a cuál iría Bond cuando le llegara la hora?

El secretario colonial estaba mencionando el nombre de Bond. Este se sobrepuso.

—... Que sobreviviese es extraordinario. Yo creo, señor, que deberíamos mostrarle nuestra gratitud al comandante Bond y al Servicio Secreto aceptando sus recomendaciones. Parece ser, se¬ñor, que ya ha hecho tres cuartas partes del trabajo. Ciertamente, lo menos que podemos hacer es ocuparnos de la última parte.

El gobernador gruñó. Miró de reojo a Bond más allá de la mesa. Aquel tipo no parecía estar prestando mucha atención, pero uno nunca podía estar seguro con esos tipos del Servicio Secreto. Tipos peligrosos para tenerlos rondando, olisqueando, curiosean¬do. Y su maldito jefe llevaba un montón de armas por Whitehall. No había que ponerse a malas con él. Por supuesto, alguna excu¬sa habría que dar para enviar allí el Narvik. Las noticias se filtra-rían, de eso no cabía la menor duda. Pero, de pronto, el goberna¬dor vio los titulares: «EL GOBERNADOR ACTÚA CON RAPIDEZ ... EL HOMBRE FUERTE DE LA ISLA INTERVIENE ... LA ARMADA ESTUVO ALLÍ». Tal vez, después de todo, fuera mejor hacerlo de esta forma. Incluso podía ir abajo a ver las tropas en persona. Sí, eso era, por Júpiter. Cargill, del Gleaner, iba a venir a almorzar. Le soltaría una indirecta o dos a aquel tipo y se aseguraría de que la historia tu¬viera la cobertura adecuada. Sí, eso era. Esa era la forma de jugar aquella mano.

El gobernador levantó las manos y las dejó caer sobre la mesa en un gesto de sumisión. Dedicó una sonrisa irónica de rendición a los miembros de la conferencia.

—Ustedes ganan, caballeros. Bien, entonces —La voz era pa¬ternal, como advirtiendo a los niños que sólo por esa vez...—. Acepto su veredicto. Secretario colonial, haría el favor de ir a ver al oficial al mando del barco de Su Majestad y explicarle la situa¬ción. Totalmente confidencial, por supuesto. General, dejo los pre¬parativos militares en sus manos. Superintendente, usted ya sabrá lo que ha de hacer —El gobernador se levantó. Hizo una inclina¬ción pomposa en dirección a Bond—. Sólo me queda mostrarle mi aprecio al comandante ... eee... Bond, por su intervención en este asunto. Comandante, no dejaré de mencionar su ayuda al secreta¬rio de Estado.

Fuera, el sol brillaba implacable sobre la curva de grava. El in¬terior del Hillman Minx era un baño turco. Las manos magulladas de Bond se contrajeron al coger el volante.

Pleydell-Smith se asomó a la ventanilla y dijo:

—¿Alguna vez ha oído la expresión jamaicana «rarse»?

—No.

—Es una expresión vulgar que significa... «a tomar por el saco». Si me permite decirlo, habría sido apropiado que hubiera utilizado la expresión justo ahora. Sin embargo —Pleydell-Smith movió la mano disculpando a su jefe y rechazándolo—, ¿hay algo que pueda hacer por usted? ¿De veras cree que debe volver a Beau Desert? Fueron muy explícitos en el hospital sobre que se quedara una semana.

—Gracias —dijo Bond con parquedad—, pero tengo que vol¬ver y ver que la muchacha está bien. ¿Querrá decir en el hospital que volveré mañana? ¿Envió la transmisión a mi jefe?

—Tarifa urgente.

—Bien, entonces —Bond encendió el arranque automático—. Supongo que eso es todo. Hablará con el Instituto de Jamaica so¬bre la joven, ¿no es así? Ella sabe la Biblia en verso sobre la his¬toria natural de la isla, aunque no por los libros. Si tuvieran el tipo de trabajo adecuado... Me gustaría verla ocupada. La llevaré a Nueva York para la operación y estará lista para empezar dentro de un par de semanas. A propósito —Bond parecía azorado—, la mu¬chacha es realmente fenomenal. Cuando vuelva... si usted y su mujer... ya sabe, si hubiera alguien que le echara un ojo.

Pleydell-Smith sonrió. Pensó que se olía el percal y dijo:

—No se preocupe por eso, ya me cuidaré. Betty es de mucha ayuda en este tipo de cosas. Estará encantada de tener a la joven bajo su protección. ¿Nada más? Entonces, hasta dentro de unos días. Ese hospital es un infierno con este calor. Tal vez le apetezca pasar una noche o dos con nosotros antes de volver a ca..., bueno, a Nueva York. Nos encantaría tenerlos... a los dos.

—Gracias. Y gracias por todo lo demás.

Bond metió una marcha y descendió por la avenida de llama¬tivos arbustos tropicales. Iba deprisa, haciendo saltar la grava en las curvas. Quería a toda costa alejarse de King's House, del tenis y de los reyes y reinas. Incluso quería poner tierra, de por medio entre él y el amable Pleydell-Smith. A Bond le caía bien aquel hombre, pero todo cuanto deseaba ahora era regresar por Junction Road a Beau Desert y apartarse del mundo civilizado. Giró rápi-damente al pasar junto al centinela de la verja de entrada y cogió la carretera principal. Pisó el acelerador.

La travesía nocturna bajo las estrellas había transcurrido sin in¬cidentes. Nadie los persiguió, y Honeychile estuvo al timón la ma¬yor parte del tiempo. Bond no había discutido con ella al respecto. Se acomodó en el fondo del bote, totalmente derrengado, como muerto. Se despertó una o dos veces al escuchar el chapoteo del mar contra el casco y divisó el perfil sereno de ella bajo las estre¬llas. Luego, con el balanceo de las olas se volvió a dormir y sus sueños se poblaron de horribles pesadillas que trataban de alcan¬zarlo desde Cayo Cangrejo. No le importaba, no creía que jamás le volvieran a preocupar las pesadillas. Después de lo que hubo pa¬sado la noche anterior, tendría que ser algo muy fuerte para volver a asustarlo.

El crujido de un cabrestante contra el casco lo había desperta¬do. Estaban entrando en el puerto de Morgan a través del arrecife. La luna en cuarto creciente brillaba en lo alto y en el interior del arrecife el mar era un espejo de plata. La muchacha había desple¬gado la vela. Se deslizaron por la bahía hasta la pequeña franja de arena, y la proa bajo la cabeza de Bond susurró con alivio al varar. Ella tuvo que ayudarle a salir del bote y cruzar el césped de ter-ciopelo hasta la casa. Bond se colgó de ella y la reprendió suave¬mente cuando le cortó la ropa y lo metió en la ducha. La joven no comentó nada cuando vio su cuerpo magullado a la luz. Abrió el grifo al máximo, cogió jabón y lo enjabonó como si hubiera sido un caballo. Luego lo sacó de la ducha y lo secó con suavidad con toallas que pronto quedaron manchadas de sangre. Él la había vis¬to coger la botella de Milton. Gimió y se agarró al lavabo con an¬telación. Antes de empezar a aplicárselo, ella se volvió hacia él para besarle en los labios.

—Agárrate fuerte, cielo, y llora —le susurró—. Te va a doler.

Cuando le roció el cuerpo con aquel producto criminal, lágri¬mas de dolor le resbalaron por las mejillas sin que sintiera ver¬güenza.

Luego tomaron un desayuno estupendo mientras el alba lla¬meaba en la bahía y tuvieron un viaje en coche espantoso hasta Kingston para terminar en la mesa blanca del quirófano de la sala de urgencias. La presencia de Pleydell-Smith había sido requerida. No se hicieron preguntas. Le pusieron una tintura yodada en las heridas y una pomada de ácido tánico en las quemaduras. El efi¬ciente doctor negro escribió afanoso el informe de guardia. ¿Y qué había escrito? Probablemente sólo «múltiples quemaduras y con¬tusiones». Después, con la promesa de acudir a la sala al día si¬guiente, Bond fue con Pleydell-Smith a King's House a la prime¬ra de las reuniones, que habían terminado con la conferencia de etiqueta. Bond telegrafió un breve mensaje cifrado a M a través de la Oficina Colonial y al cual dio un final con bastante atrevimien¬to: LAMENTO PEDIR DE NUEVO BAJA POR ENFERMEDAD STOP SIGUE IN¬FORME CIRUJANOS STOP CORDIALMENTE LE INFORMO: SMITH AND WESSON DEL. ARMERO INEFICAZ CONTRA LANZALLAMAS FIN.

Mientras Bond tomaba a gran velocidad las interminables cur¬vas con el coche en dirección a la Costa Norte, se arrepintió de aquel informe sarcástico. A M no le gustaría. Era barato. Había malgastado grupos de códigos. ¡Vale! Bond dio un volantazo para evitar un ruidoso autobús cuyo cartel de destino rezaba «Browns- kin Gal». Sólo quería que M supiera que ni por asomo había sido aquello unas vacaciones al sol. Se disculparía cuando enviara el in¬forme por escrito.

El oscuro dormitorio de Bond estaba fresco. Había un plato con sandwiches y un termo lleno de café junto a la cama doblada hacia abajo. Sobre la almohada encontró una hoja de papel escrita con letras grandes de trazo infantil. Decía así: «Te quedarás con¬migo esta noche. No puedo dejar a mis animales. Estaban intran¬quilos. Y no puedo dejarte. Y me debes sumisión. Llegaré a las sie¬te. Tuya, Honey».

Al atardecer, ella llegó cruzando el césped hasta donde Bond estaba sentado dando cuenta de un tercer vaso de bourbon on the rocks. Llevaba una falda de algodón a rayas blancas y negras, y una blusa rosa ceñida. El cabello dorado olía a champú barato. Es¬taba increíblemente hermosa y fresca. La joven alargó la mano, Bond la cogió y la siguió por la carreterilla y por un estrecho sen¬dero bien trillado a través de las cañas de azúcar, que daba varias vueltas en medio de aquella jungla susurrante y de olor dulzón. Luego apareció una parcela de césped bien cuidado junto a unas paredes de piedra resquebrajadas y unos escalones que descendían hasta una puerta pesada cuyos goznes brillaban a la luz.

Ella alzó la mirada hacia él desde la puerta.

—No te asustes. Las cañas están crecidas y la mayoría están fuera.

Bond no sabía qué esperar. Había pensado vagamente en un piso de tierra amazacotada y en unas paredes húmedas. Siguió pensando que habrían unos cuantos muebles, un armazón de cama roto cubierto de harapos, y un penetrante olor a zoo. Se sintió pre¬parado para tener cuidado de no herir sus sentimientos.

En vez de eso era casi como estar dentro de una cigarrera muy grande y ordenada. El suelo y el techo eran de madera de cedro muy pulida que desprendía olor a tabaco y las paredes estaban paneladas con cañas de bambú. La luz venía de una docena de velas que pen¬dían de una araña de plata colgada en el centro del techo. En la par¬te superior de las paredes había tres ventanas cuadradas a través de las cuales Bond vio el cielo azul oscuro y las estrellas. El mobiliario se completaba con varias piezas del siglo xix de buena factura. Bajo la araña estaba puesta una mesa para dos con cubertería de plata y vasos de cristal pasados de moda y de aspecto valioso.

—Honey, qué habitación tan agradable —dijo Bond—. Por lo que me estuviste diciendo, pensaba que vivías en una especie de zoo.

Ella se echó a reír complacida.

—Saqué la vieja cubertería y otras cosas. Es todo cuanto ten¬go. Tuve que pasarme el día limpiándolo, porque nunca lo había sacado hasta ahora. Tiene buen aspecto, ¿no? Por lo general, hay un montón de jaulas pequeñas contra la pared. Me gusta tenerlas conmigo, pues me hacen compañía. Pero ahora que estás aquí... —Hizo una pausa—. El dormitorio está allí —Señaló con un ges¬to la otra puerta—. Es muy pequeño, pero hay sitio suficiente para los dos. Vamos, me temo que será una comida fría con langostas y fruta.

Bond se acercó a ella. La estrechó entre sus brazos y la besó con fuerza en los labios. La sostuvo y contempló sus ojos azules brillantes.

—Honey, eres una chica maravillosa. Eres una de las mucha¬chas más maravillosas que he conocido. Espero que el mundo no te cambie demasiado. ¿En serio quieres operarte? Me gusta tu cara tal como es. Forma parte de ti, parte de todo esto.

Ella frunció el ceño y se soltó.

—Esta noche no debes ser serio. No hablemos de estas cosas. No quiero que hables de ellas. Es nuestra noche; por favor, hable¬mos del amor. No quiero oír hablar de nada más. ¿Prometido? Ahora, vamos, siéntate ahí.

Bond se sentó. Le dedicó una sonrisa y dijo:

—Prometido.

—Aquí está la mayonesa —dijo ella—. No es de bote, la hice yo. Coge pan y mantequilla. —Se sentó enfrente de él y comenzó a comer observándolo. Cuando le pareció que estaba ahito, le dijo—: Ahora, háblame del amor, cuéntamelo todo, todo lo que sepas.

Bond contempló su rostro encendido y dorado. Tenía los ojos brillantes y dulces a la luz de las velas, aunque con el mismo deste¬llo imperioso del primer encuentro en la playa, cuando creyó que le quería robar las conchas. Los labios rojos estaban abiertos de emo¬ción e impaciencia. Delante de él no mostraba inhibiciones. Eran dos animales enamorados. Era natural y no tenía vergüenza. Le po¬día preguntar cualquier cosa y esperaba que él le contestase. Era como si ya se hubieran ido a la cama, como si fueran amantes. A tra¬vés de la tela de algodón ceñida, los puntos de sus pechos se mos¬traban duros y excitados.

—¿Eres virgen? —dijo Bond.

—No del todo, ya te dije lo de aquel hombre.

—Bueno... —Bond se vio incapaz de comer nada más. Tenía la boca seca de pensar en ella y le dijo—: Honey, no puedo comer ni hablar de amor contigo. No puedo hacer ninguna de estas cosas.

—Mañana volverás a Kingston. Allí podrás comer cuanto quieras. Háblame del amor.

Los ojos de Bond eran dos resquicios azules llenos de fiereza. Se levantó y se arrodilló junto a ella. Le cogió la mano y se la miró. En la base del pulgar, el monte de Venus sobresalía lujurio¬so. Bond inclinó la cabeza sobre aquella mano cálida y blanda y mordió con suavidad el monte. Sintió la otra mano de ella sobre su cabello. Mordió con más fuerza. La mano que sostenía se curvó en torno a la boca. Ella jadeaba. Mordió un poco más fuerte. Ella soltó un gritito y retiró su cabeza de un tirón cogiéndole por el ca¬bello.

—¿Qué haces? —Sus ojos se habían dilatado y oscurecido. Es¬taba pálida; dejó caer los ojos, le miró la boca y acercó lentamen¬te su cabeza a la de él.

Bond puso una mano sobre su pecho izquierdo y apretó con fuerza. Cogió la mano cautiva y herida y la puso en su cuello. Las bocas se encontraron y se unieron explorando.

Por encima de ellos las velas comenzaron a danzar. Una gran mariposa esfinge había entrado por una de las ventanas. Revoloteó en torno a la araña de cristal. La joven abrió los ojos y miró a la mariposa. Apartó su boca de la de Bond. Le alisó el pelo hacia atrás y se levantó; sin decir nada bajó las velas una a una y las apa¬gó. La mariposa salió revoloteando por una de las ventanas.

La muchacha se quedó de pie lejos de la mesa. Se desabotonó la blusa y la tiró al suelo. A continuación, la falda. Bajo el res¬plandor de la luna, ella era una estatua pálida con una sombra en el centro. Se acercó a Bond, lo cogió de la mano y lo hizo levan¬tarse. Le desabotonó la camisa y con cuidado, lentamente, se la quitó. Su cuerpo, pegado al de él, olía a heno recién segado y a pi¬mienta fresca. Se lo llevó lejos de la mesa y lo hizo pasar por una puerta. La luz de la luna se filtraba sobre una cama individual. So¬bre la cama había un saco de dormir con la boca abierta.

La joven soltó su mano, se metió en el saco de dormir y lo miró, diciendo en tono práctico:

—Lo compré hoy, es doble. Vale un montón de dinero. Quíta¬te el pantalón y ven. Me lo prometiste. Me debes sumisión.

—Pero...

—Haz lo que te he dicho.

Indice

Capítulo 1. «Os oigo alto y claro» 5

Capítulo 2. Elección de armas 13

Capítulo 3. Una misión de descanso 23

Capítulo 4. El comité de recepción 31

Capítulo 5. Hechos y cifras 43

Capítulo 6. El dedo en el gatillo 53

Capítulo 7. La travesía nocturna 61

Capítulo 8. La Venus elegante 71

Capítulo 9. Salvados por los pelos 80

Capítulo 10. El rastro del dragón 89

Capítulo 11. Entre cañas ajenas 98

Capítulo 12. El dragón 108

Capítulo 13. Una prisión forrada de seda 118

Capítulo 14. Pasen al salón 129

Capítulo 15 .La caja de Pandora 139

Capítulo 16. Horizontes de agonía 149

Capítulo 17. El grito prolongado 160

Capítulo 18. Prueba asesina 172

Capítulo 19. Una ducha mortal 180

Capítulo 20. Sumisión 194

1. El barco «Alegría». (1V. del t.)

I. «No me toques, tomate.» (TV. del í.)
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