Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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—... WXN llamando a WWW... WXN llamando a WWW... ¿Me oyen?... ¿Me oyen?... —La transmisión de Londres era clara, a la búsqueda de la estación de Jamaica.

Los pasos llegaron hasta la puerta.

Tranquila y confiada, volvió a telegrafiar: «Os oigo alto y cla¬ro... os oigo alto y claro... Os oigo...»

Tras ella hubo una explosión. Algo le dio en el tobillo. Bajó la vista. Era la cerradura de la puerta.

Mary Trueblood se giró bruscamente en la silla. Había un hombre en el umbral que no era Strangways. Era un negro corpu¬lento de piel amarilla y ojos rasgados. Empuñaba una pistola re¬matada por un grueso cilindro negro.

Mary Trueblood abrió la boca y gritó.

El hombre esbozó una amplia sonrisa. Levantó la pistola lenta y amorosamente, y le disparó tres veces en el pecho izquierdo y a su alrededor.

La chica se desplomó por el costado de la silla. Los auricula¬res resbalaron hasta el suelo por su cabello dorado. Durante un se¬gundo quizá, el piar casi inaudible de Londres se dejó oír en la ha¬bitación. Luego paró. La chicharra del despacho del controlador de Seguridad había detectado que algo iba mal en WXN.

El asesino salió por la puerta. Volvió llevando una caja con una etiqueta de colores en la que ponía FUEGO RÁPIDO, y un gran saco de azúcar con el nombre TATE & LYLE. Dejó la caja en el suelo, fue hasta el cuerpo y metió sin miramientos el saco por la cabeza has¬ta los tobillos. Como los pies sobresalían, los dobló y metió a pre¬sión en el saco. Arrastró el voluminoso saco hasta el recibidor y volvió. La caja fuerte estaba abierta en una esquina de la habita¬ción, tal como le habían dicho que estaría, y el libro de códigos descansaba sobre el escritorio, listo para descifrar las transmisio¬nes de Londres. El hombre arrojó estos y otros papeles al suelo en el centro de la habitación. Arrancó las cortinas y las añadió al montón, que culminó con un par de sillas. Abrió la caja de astillas para encender fuego, cogió un puñado, las echó al montón y las en¬cendió. Salió al recibidor y encendió hogueras similares en sitios apropiados. El mobiliario reseco prendió con rapidez y las llamas comenzaron a lamer los paneles. El hombre fue hasta la puerta de la casa y la abrió. A través del seto de hibisco vio un destello del coche fúnebre. No se oía más ruido que los chirridos de las ciga¬rras y el motor al ralentí del furgón. No había otro signo de vida calle abajo o calle arriba. Las puertas traseras del coche fúnebre estaban abiertas. Les pasó el saco a los hombres y observó como lo metían en el ataúd encima del cuerpo de Strangways. Luego su¬bió dentro, cerró las puertas, se sentó y se caló el sombrero de copa.

Cuando las primeras llamas asomaron por las ventanas del búngalo, el coche fúnebre ya se apartaba lentamente de la acera en dirección a la presa de Mona. Allí, el pesado ataúd se sumergiría en su tumba a cincuenta brazas de profundidad y, en sólo cuarenta y cinco minutos, el personal y los documentos de la estación del Caribe del Servicio Secreto habrían quedado completamente des¬truidos.

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CAPÍTULO 2

Elección ele armas

Tres semanas más tarde, en Londres, marzo llegó anunciándose como una serpiente de cascabel.

Con las primeras luces del día uno del mes, el granizo y la aguanieve, impulsados por un viento de fuerza ocho, azotaron la ciudad y azotaron a la gente que desfilaba hacia el trabajo pe¬nosamente y sin interrupción, con las piernas flageladas por los faldones de los chubasqueros y las caras enrojecidas por el frío.

Era un día horrible y todo el mundo lo decía, hasta M, que ra¬ramente admitía la existencia del mal tiempo incluso durante sus manifestaciones más extremas. Cuando el viejo Rolls-Royce Sil- ver Wraith negro con matrícula ordinaria se detuvo junto al eleva¬do edificio de Regent's Park y M subió entumecido a la acera, el granizó le golpeó la cara como una descarga de perdigones. En vez de apresurarse a entrar en el edificio, dio la vuelta deliberadamen¬te al coche hasta la ventanilla del chófer.

—Smith, no volveré a necesitar el coche hoy. Lléveselo y vá- yase a casa. Esta tarde cogeré el metro. No hace tiempo para con¬ducir un coche; es peor que uno de aquellos convoyes de la pro¬vincia de Quebec.

El ex fogonero jefe Smith sonrió francamente agradecido:

—Sí, señor. Y gracias.

Vio la erguida y vetusta figura dar la vuelta al capó del Rolls, cruzar la acera y meterse en el edificio. Nunca cambiaría aquel ve¬terano. Siempre cuidaría por encima de todo de sus hombres. Smith puso la mano en el cambio de marchas, metió la primera y comenzó a rodar tratando de ver algo a través del parabrisas sobre el que diluviaba. Ya no había hombres como él.

M subió en el ascensor hasta el octavo piso y recorrió el pasi¬llo de tupida moqueta hasta su oficina. Cerró la puerta tras él, se quitó el abrigo y la bufanda, y los colgó detrás de la puerta. Sacó un pañolón y se limpió el rostro con brusquedad. Era raro, pero no habría hecho esto delante de los porteros o del ascensorista. Fue hasta la mesa y se sentó delante del intercomunicado!-. Pulsó un botón:

—Estoy dentro, señorita Moneypenny. Las transmisiones, por favor, y todo lo que tenga. Luego póngame con Sir James Molony. Ahora estará haciendo la ronda en el hospital de Saint Mary. Dí¬gale al jefe de personal que veré a 007 dentro de media hora. Y pá¬seme el expediente de Strangways.

M esperó a oír la respuesta metálica «Sí, señor» y soltó el bo¬tón. Se recostó en el asiento, cogió la pipa y comenzó a cebarla pensativamente. No levantó la mirada cuando la secretaria entró con la pila de papeles e incluso ignoró la media docena de expe¬dientes con la señal Muy Urgente en la parte superior. Si hubieran sido vitales, le habrían pedido que acudiese durante la noche.

Una luz amarilla parpadeó en el intercomunicador. M cogió el teléfono negro de los cuatro que tenía.

—Gracias. ¿Sir James? ¿Tiene cinco minutos?

—Seis para usted —Al otro lado de la línea el famoso neuró¬logo se rió entre dientes—. ¿Quiere que certifique la locura de al¬guno de los ministros de Su Majestad?

—Hoy no —M frunció el ceñó irritado. El viejo marino de la Armada nunca había cuestionado a ningún gobierno—. Se trata de uno de mis hombres que ha estado en sus manos. No mencionare¬mos el nombre, porque ésta es una línea abierta. Creo que usted le dio de alta ayer. ¿Está listo para volver al servicio?

Hubo un silencio en el otro extremo de la línea. La voz era ahora profesional y prudente:

—Físicamente está fuerte como un roble. La pierna está com¬pletamente curada y no debería haber efectos secundarios. Sí, está bien. —Hubo otra pausa—. Sólo una cosa, M. Como ya sabe, ha soportado una gran tensión. Somete a esos hombres a pruebas muy duras. ¿No podría darle algo fácil para empezar? Por lo que usted me ha dicho, lo ha pasado muy mal los últimos años.

—Para eso le pagan —dijo M con brusquedad—. Pronto se verá si no está a la altura del trabajo. No será el primero en de¬rrumbarse. Por lo que usted dice, está en muy buena forma y no parece que haya sufrido heridas como alguno de los pacientes que le he enviado y que resultaron mutilados.

—No hay duda si lo mira desde ese punto de vista, pero el do¬lor es algo extraño. Sabemos muy poco sobre él. No se puede me¬dir la diferencia entre el sufrimiento de una mujer de parto y el de un hombre con un cólico renal. Gracias a Dios, el cuerpo parece olvidar el dolor con bastante rapidez. Pero este hombre suyo ha su¬frido mucho, M. No crea que porque no tuviera nada roto...

—Bueno, bueno —Bond había cometido un error y había pa¬gado por ello. En cualquier caso, a M no le gustaba recibir leccio¬nes aunque fuese de uno de los médicos más famosos del mundo, ni que le aconsejaran cómo actuar con sus agentes. Había aprecia¬do un tono crítico en la voz de Sir James Molony. M dijo con brus¬quedad—: ¿Conoce a un hombre llamado Steincrohn, doctor Peter Steincrohn?

-—No, ¿quién es?

—Un médico norteamericano. Ha escrito un libro que los agen¬tes de Washington han enviado a nuestra biblioteca. Este hombre habla del sufrimiento soportable por el cuerpo humano y da una lis¬ta de partes del cuerpo sin las que un hombre normal puede vivir. De hecho, la he copiado para que sirva de referencia en el futuro. ¿Le interesa oírla? —M rebuscó en el bolsillo del abrigo y deposi¬tó varias cartas y trozos de papel sobre la mesa ante sus ojos. Con la mano izquierda escogió un trozo de papel y lo desdobló. No le molestaba el silencio al otro extremo de la línea—. ¡Hola!, ¿Sir Ja¬mes? Bueno, escuche: Vesícula biliar, bazo, amígdalas, apéndice, uno de los dos ríñones, uno de los dos pulmones, dos cuartas o quintas partes de la sangre, dos quintas partes del hígado, la mayor parte del estómago, un metro veinte de los siete metros de intestino y la mitad del cerebro —M hizo un alto. Como el silencio se pro¬longaba al otro extremo, dijo—: ¿Algún comentario, Sir James?

Se oyó un gruñido entre dientes al otro lado del teléfono:

—Me pregunto por qué no añadió un brazo, una pierna o am¬bos a la vez. No sé lo que trata de demostrar.

M soltó una risa cortante.

—No trato de demostrar nada, Sir James. Me pareció una lista interesante. Lo que intento decirle es que mi hombre parece haber salido muy bien librado si lo comparamos con este tipo de mutila¬ciones —M cedió un poco y dijo con voz más conciliadora—: Pero no discutamos por eso. De hecho, tenía en mente darle un respiro. Algo ha pasado en Jamaica —M echó un vistazo a las ventanas azotadas por la lluvia—. Será más una cura que otra cosa. Dos agentes, un hombre y una chica, se han fugado juntos o así lo pa¬rece. Nuestro amigo pasará una temporada de agente investigador tostándose al sol. ¿Qué le parece?

—A pedir de boca. En un día como éste no me importaría aceptar ese trabajo. —Sin embargo, Sir James Molony estaba dis¬puesto a recalcar su mensaje—. No piense que deseo interferir, M, pero el coraje humano tiene sus límites. Ya sé que debe tratar a esos hombres como si fueran prescindibles, pero presumiblemente usted no quiere que se derrumben en el momento menos propicio. Este hombre al que he curado es duro; yo diría que podrá sacar mucho más partido de él, pero ya sabe lo que Moran dice del va¬lor en su libro.

—No me lo recuerde.

—Dice que el valor es una suma de capitales que se ve reduci¬da por el gasto. Estoy de acuerdo con él. Lo que trato de decir es que este hombre en concreto parece haberlo pasado muy mal des¬de antes de la guerra. No diría que está en números rojos, aún no, pero existen ciertos límites.

-—Precisamente —M decidió que ya estaba bien. Hoy en día la gente era demasiado blanda—. Por esa razón lo envío a Jamaica a pasar unas vacaciones. No se preocupe, Sir James. Cuidaré de él. Por cierto, ¿descubrió qué fue lo que aquella mujer rusa le dio?

—Obtuve la respuesta ayer —Sir James también agradeció que hubiera cambiado de tema. Aquel anciano era tan desapacible como el tiempo. ¿Había alguna posibilidad de que su mensaje hu¬biera penetrado en lo que él describía como cráneo granítico de M?—. Nos ha costado tres meses, y fue un brillante colega de la Escuela de Medicina Tropical quien dio con ello. Es un veneno lla¬mado fugu que los japoneses emplean para suicidarse. Se obtiene de los órganos sexuales del pez globo japonés. Puede estar segu¬ro de que los rusos siempre emplearán algo de lo que nunca haya¬mos oído hablar. También podrían haber usado curare. Tiene casi el mismo efecto: parálisis del sistema nervioso central. El nombre científico del fugu es tetrodotoxina. Es un veneno terrible y muy rápido. Una inyección como la que recibió su hombre y en cues¬tión de segundos los músculos motores y respiratorios se paralizan. Primeramente, el tipo ve doble; luego es incapaz de mantener los ojos abiertos. Después ni siquiera puede tragar saliva, hasta que el cuello deja de sostenerle la cabeza y no logra levantarla. Al final muere de parálisis respiratoria.

—Suerte tuvo de salir bien librado.

-—Fue un milagro. Gracias al francés que estaba con él. Lo tumbó en el suelo y le hizo la respiración artificial como si fuera un ahogado. De algún modo consiguió que los pulmones siguieran funcionando hasta que llegó el médico. Por suerte, como el médi¬co había trabajado en América del Sur, diagnosticó envenena¬miento con curare y le aplicó un tratamiento acorde. Pero era una posibilidad entre un millón. Por cierto, ¿qué le pasó a la mujer rusa?

—Oh, murió —dijo M por todo comentario—. Bien, muchas gracias, Sir James. Y no se preocupe por su paciente, cuidaré de que pase una temporada tranquila. Adiós.

M colgó el teléfono. Su rostro era impertérrito y frío. Abrió el documento de las transmisiones y lo hojeó rápidamente. En algu¬nas de las transmisiones garabateó comentarios. De vez en cuando hacía una llamada telefónica breve a una de las Secciones. Cuan¬do acabó, metió el montón de papeles en la cesta de salida, y co¬gió la pipa y el frasco del tabaco hecho con la cápsula de un obús de catorce libras. Nada quedaba frente a él excepto un cartapacio de ante marcado con la estrella roja de Alto Secreto. En el centro del cartapacio estaba escrito en mayúsculas: ESTACIÓN DEL CARIBE y, debajo, en cursiva: Strangways y Trueblood.

Una luz parpadeó en el intercomunicador. M pulsó hacia aba¬jo el botón.

-¿Sí?

—007 está aquí, señor.

—Hágalo pasar. Y dígale al armero que se presente dentro de cinco minutos.

M se recostó en el asiento. Se llevó la pipa a la boca y arrimó una cerilla. A través del humo observó la puerta de la oficina de la secretaria. Sus ojos estaban muy brillantes, expectantes.

James Bond entró por la puerta y la cerró tras él. Avanzó has¬ta la silla frente al despacho de M y se sentó.

—Buenos días, 007.

—Buenos días, señor.

Reinó el silencio en la habitación, exceptuando el tiro de la pipa de M. Parecía estar costándole muchas cerillas el encenderla. Al fondo, las uñas de la aguanieve tabaleaban sobre las dos am¬plias ventanas.

Era exactamente como Bond lo recordó durante los meses en que fue de hospital en hospital, durante las semanas de penosa convalecencia y durante el período de recuperación. Para él, esto suponía volver a la vida. Sentarse en esta habitación frente a M era el símbolo de la normalidad que tanto había deseado. Miró los as¬tutos ojos grises de M, que lo observaban a través de la nube de humo. ¿Qué se avecinaba? ¿Una autopsia del desastre de su último caso? ¿Una relegación tajante a una de las secciones internas, don¬de pasaría un período de trabajo en un despacho? ¿O una nueva y espléndida misión que M había pospuesto a la espera de que Bond se reincorporara al servicio?

M lanzó la caja de cerillas sobre la mesa de cuero rojo. Se re¬costó en el asiento y enlazó los dedos detrás de la cabeza.

—¿Cómo se siente? ¿Contento de estar de vuelta?

—Muy contento, señor. Y me siento bien.

—-¿Alguna reflexión final sobre su último caso? No le he mo¬lestado hasta que estuviera bien. Ya sabe que ordené una investi¬gación. Creo que el jefe de personal reunió algunas pruebas en su contra. ¿Algo que añadir?

La voz de M era impasible, fría. A Bond no le gustó. Algo de¬sagradable se avecinaba. Dijo:

—No, señor. Fue un fallo. Fue culpa mía que esa mujer me ga¬nara la partida. No tenía que haber ocurrido.

M desenlazó los dedos detrás de la nuca y lentamente se incli¬nó hacia delante, dejando las manos extendidas sobre la mesa. Sus ojos eran duros:

—Precisamente —La voz era aterciopelada, peligrosa—. Si no recuerdo mal, su pistola se encasquilló. Su Beretta y el silenciador. Algo falla en ella, 007. No puedo permitirme este tipo de fallos si ha de llevar los números 00. ¿Preferiría perderlos y volver a los tra¬bajos normales?

Bond se puso en tensión. Miró con resentimiento a M. La li¬cencia para matar del Servicio Secreto, el doble prefijo 00, era un gran honor que le había costado mucho ganar. Le procura-ba a Bond las únicas misiones con las que disfrutaba, las más pe¬ligrosas.
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