Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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títuloTítulo original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo
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—¿Te vestirás para la ocasión? —se rió la joven.

—Por supuesto —dijo Bond—. Con pantalones.

—Capitán —dijo Quarrel—, mientra' haya lus abriré esta' lata' y prepararé todo pá la noche —Rebuscó en la mochila—. Tome lo' pantalone' y el revólver. El pan no sabe mu bien, pero sólo está mojao. Se puede comé y quisá esté seco po la mañana. Creo que será mejó comé la' lata' esta noche y dejá el queso y el jamón. La' lata' pesan y tenemo' mucho que andá mañana.

—Está bien, Quarrel —dijo Bond—. Te dejo escoger el menú.

Cogió el revólver y los pantalones húmedos y fue hasta las aguas someras retrocediendo por el camino de ida. Halló un tramo de arena dura y seca, se quitó la camisa, se metió en el agua y se tumbó. El agua estaba buena, pero decepcionantemente caldosa. Cogió puñados de arena y se frotó con ella a modo de jabón. En¬tonces se tumbó y disfrutó del silencio y la soledad.

Las estrellas comenzaban a brillar con palidez, las estrellas que los habían llevado a la isla la noche anterior, hacía un siglo, las es¬trellas que los sacarían de allí la noche siguiente, un siglo después. ¡Menuda excursión! Pero al menos había valido la pena. Ahora tenía suficientes pruebas y testigos para ir a ver al gobernador y poner en marcha una investigación en toda regla sobre las activi¬dades del Doctor No. No se disparan ametralladoras contra las per¬sonas aunque sean intrusos. Y, por la misma razón, ¿qué era eso que tenía el Doctor No que había traspasado el terreno arrendado por la Audubon Society, y que había destrozado su propiedad y po¬siblemente dado muerte a uno de los guardas? Eso se tendría que investigar también. ¿Qué encontraría cuando volviera a la isla por la puerta principal, tal vez en un destructor, y con un destacamen¬to de marines? ¿Cuál sería la respuesta al acertijo del Doctor No?

¿Qué trataba de ocultar? ¿De qué tenía miedo? ¿Por qué el secre¬to era tan importante para él hasta el extremo de asesinar una y otra vez para salvaguardarlo? ¿Quién era el Doctor No?

Bond oyó lejos un chapoteo en el agua a su derecha. Pensó en la muchacha. ¿Y quién era, por otra parte, Honeychile Rider? Eso, decidió mientras salía a tierra firme, al menos era algo que descu¬briría antes de acabar la noche.

Bond se puso los pantalones húmedos, se sentó en la arena y desmontó la pistola. Lo hizo guiándose por el tacto, empleando la camisa para secar cada pieza y cada cartucho. Luego montó el re¬vólver y apretó el gatillo sobre el tambor vacío. El sonido era salu¬dable. Tardaría días en oxidarse. Lo cargó y enfundó en la pistolera de la cinturilla del pantalón; se levantó y caminó de vuelta al claro.

La sombra de Honey se levantó y le hizo sentarse junto a ella.

—Vamos —dijo la joven—, estamos hambrientos. He limpia¬do una de las cacerolas y hemos echado el contenido de las latas dentro. Hay unos dos buenos puñados para cada uno y una pelota de criquet de pan. Y no siento remordimientos por comerme vues¬tra comida, dado que me habéis hecho trabajar más de lo que hu¬biera hecho de estar sola. Toma, pon la mano.

Bond sonrió ante la autoridad de su voz. Sólo llegaba a distin¬guir su silueta en el crepúsculo. Su cabeza parecía más lustrosa. Se preguntó qué aspecto tendría su cabello cuando estuviera peinado y seco. ¿Cómo sería cuando llevara ropa limpia sobre aquel precioso cuerpo dorado? Se la imaginaba entrando en una habitación o re¬corriendo el césped de Beau Desert. Sería un hermoso y cautivador patito feo. ¿Por qué no se había arreglado la nariz? Era una opera¬ción sencilla. Entonces sería la muchacha más hermosa de Jamaica.

El hombro de ella lo rozaba. Bond extendió la mano sobre su regazo, abierta. Ella se la cogió y Bond sintió el engrudo frío de judías sobre la mano.

De repente le llegó su cálido olor animal. Era tan sensual que su cuerpo se apoyó en el de ella y por un momento sus ojos se ce¬rraron.

Ella soltó una risita en la que se mezclaba la timidez, la satis¬facción y la ternura. Le dijo en tono maternal «Toma», le apartó su mano y se la devolvió.

CAPÍTULO 11

Entre cañas ajenas

Debían de ser cerca de las ocho, pensó Bond. Aparte del croar de fondo de las ranas, todo estaba en silencio. En la esquina lejana del claro veía la oscura silueta de Quarrel. Se oyó un ruido metálico sordo cuando desmontó y secó la Remington.

Entre los arbustos, las luces amarillas distantes de la guanera trazaban sendas festivas sobre la superficie oscura del lago. El bochorno se había calmado y el espantoso escenario quedaba aho¬gado en la oscuridad. Estaba refrescando. La ropa de Bond se había secado sobre la piel. Los tres puñados de comida le habían calenta¬do el estómago. Se sentía cómodo, adormilado, en paz. Mañana te¬nían mucho camino por delante sin más dificultades que el desgaste del ejercicio físico. De repente la vida parecía sencilla y buena.

La muchacha estaba echada junto a él dentro del saco de dor¬mir. Yacía sobre la espalda con la cabeza apoyada entre las manos, mirando el techo de estrellas. Sólo distinguía el charco pálido de su rostro. Ella dijo:

—James, me prometiste contarme de qué iba todo esto. No me dormiré hasta que me lo digas.

Bond se echó a reír:

—Te lo contaré si tú también me lo cuentas. Quiero saber de qué va lo tuyo.

—No me importa. No tengo secretos, pero tú primero.

—Está bien —Bond flexionó las rodillas hasta tocarse con ellas el mentón y rodeó los tobillos con los brazos—. Soy una es¬pecie de policía. Me envían desde Londres siempre que sucede algo raro en alguna parte del mundo que no es asunto de nadie. No hace mucho, un miembro del personal del gobernador de Kings¬ton, un hombre llamado Strangways y amigo mío, desapareció. Su secretaria, una chica estupenda, también desapareció. Casi todo el mundo creyó que se habían fugado juntos, pero yo no...

Bond le contó la historia en términos sencillos, con buenos y malos, como una aventura sacada de un libro. Y concluyó:

—Ya ves, Honey, es sólo cuestión de que volvamos los tres en una canoa a Jamaica mañana por la noche, y luego el gobernador nos es¬cuchará y mandará aquí muchos soldados para que este chino confie¬se. Espero que eso signifique su ingreso en prisión. El también sabe esto y por eso intenta detenernos. Eso es todo. Ahora te toca a ti.

—Tu vida parece muy interesante —dijo la joven—. A tu es¬posa no le gustará que estés lejos tanto tiempo. ¿No está preocu¬pada por que puedas resultar herido?

—No estoy casado. La única que se preocupa por lo que pue¬da pasarme es mi compañía de seguros.

—Pero supongo que tendrás alguna chica —insistió ella.

—Ninguna permanente.

—¡Oh!

Hubo un silencio. Quarrel se acercó a ellos.

—Capitán. Yo haré la primera guardia si está d'acuerdo. Esta¬ré en la punta del arenal. Vendré a despertarle hasia la medianoche. Usté hará la guardia hasta la' sinco y entonse' no' iremo'. Hay que está bien lejo' d'este lugá ante' de qu'amanesca.

—Me parece bien —dijo Bond—. Despiértame si ves algo. ¿Funciona tu arma?

—Está bien —dijo Quarrel contento—. Que duerma bien, se- ñoíta —dijo con cierta intención, y se desvaneció sin ruido entre las sombras.

—Me gusta Quarrel —dijo la muchacha; se quedó en silencio un momento—. ¿En serio quieres saber de mi vida? No es tan emocionante como tu historia.

—Por supuesto que sí. Y no te dejes nada en el tintero.

—No hay nada que dejarse. Podrías escribir toda mi vida en el reverso de una postal. Para empezar, nunca he salido de Jamaica. He vivido toda mi vida en un lugar llamado Beau Desert, en la Costa Norte, cerca del puerto de Morgan.

Bond se echó a reír.

—Qué curioso; yo también. Al menos por el momento. Pero no te he visto por allí. ¿Vives encima de un árbol?

—Oh, supongo que habrás alquilado la casa de la playa. Nun¬ca me acerco a aquel lugar. Vivo en la Casa Grande.

—Pero si no queda nada de ella. Sólo hay unas ruinas en me¬dio de los campos de caña.

—Vivo en las bodegas. He vivido allí desde que tenía cinco años. La casa se quemó hasta los cimientos y mis padres murieron.

No recuerdo nada de ellos por lo que no tienes que decir que lo sientes. Al principio viví allí con mi niñera negra. Ella murió cuan¬do tenía quince años. Los últimos cinco años he vivido sola.

—¡Dios santo! —Bond estaba horrorizado—. Pero ¿no había nadie más que cuidara de ti? ¿No dejaron tus padres ningún di¬nero?

—Ni un penique. —No había amargura en la voz de la chica, orgullo si acaso—. Los Rider eran una de las familias linajudas de Jamaica. Cromwell les cedió las tierras de Beau Desert por haber sido una de las familias que firmó la orden de ajusticiar al rey Car¬los. Construyó la Casa Grande y mi familia vivió en ella desde en¬tonces. Pero luego el precio del azúcar se hundió y supongo que la plantación fue mal administrada; al llegar la época en que mi fa-milia la heredó no quedaban más que deudas, hipotecas y cosas de esas. Así que, cuando mis padres murieron, la propiedad fue ven¬dida. No me importó, era demasiado pequeña. Nanny debió por¬tarse estupendamente. El párroco y los abogados querían que me adoptaran, pero Nanny cogió los muebles que no habían ardido y nos instalamos entre las ruinas; al cabo de un tiempo nadie volvió a molestarnos. Ella cosía y lavaba ropa en el pueblo, y cultivaba llantén y bananas y otras cosas, y había un gran árbol del pan jun¬to a la vieja casa. Comíamos lo que comen los jamaicanos. Tam¬bién teníamos caña de azúcar por todas partes y ella cocinaba una olla de pescado de la que comíamos todos los días. Estaba bien. Teníamos suficiente para comer. Me enseñó como pudo a leer y es¬cribir. Había un montón de libros salvados del fuego y también una enciclopedia. Empecé con la A cuando tenía ocho años; he llega¬do hasta la mitad de la T —Y dijo a la defensiva—: Apuesto a que sé más que tú sobre un montón de cosas.

—Estoy seguro de ello —Bond estaba absorto imaginándose a una niña de pelo pajizo correteando entre las ruinas con la vieja y obstinada negra cuidando de ella y llamándola para que estudiara sus lecciones, que debieron de ser todo un enigma para la ancia¬na—. Tu niñera debió ser una persona extraordinaria.

—Era encantadora —Fue una afirmación rotunda—. Pensé que me moriría cuando falleció. Ya no fue tan divertido después de aquello. Antes llevaba la vida de una niña, pero de repente tuve que crecer y hacerlo todo yo misma. Los hombres trataban de co¬germe y hacerme daño. Me decían que querían hacer el amor con¬migo —Guardó silencio un momento—. Entonces era guapa.

—Eres una de las chicas más hermosas que he conocido —dijo Bond serio.

—¿Con esta nariz? No seas tonto.

—No lo entiendes —Bond buscó palabras que ella pudiera creer—. Está claro que todos pueden ver que tienes la nariz rota. Pero desde esta mañana, apenas lo he notado. Cuando miras a una persona, la miras a los ojos o a la boca, que es donde se manifies¬tan las emociones. Una nariz rota no es más importante que una oreja torcida. La nariz y las orejas son una especie de muebles del rostro. Algunas son más bonitas que otras, pero no son tan impor¬tantes como el resto de la cara. Forman parte del paisaje del rostro. Si tuvieras una nariz tan bonita como el resto de tu cara, serías la muchacha más guapa de Jamaica.

—¿Lo dices en serio? —Su voz era apremiante—. ¿Crees que podría ser guapa? Sé que hay partes de mí que están bien, pero cuando me miro en el espejo apenas me fijo en otra cosa que en la nariz rota. Estoy segura de que ocurre lo mismo con otras perso¬nas que son, que son... deformes.

Bond dijo con impaciencia:

—Tú no eres deforme. No digas tonterías. Y, de todas formas, te la pueden dejar bien con una sencilla operación. Sólo tienes que viajar a Estados Unidos y te la arreglarán en una semana.

—¿Cómo quieres que lo haga? —le dijo enfadada—. Tengo unas quince libras bajo una piedra en la bodega. Tengo tres faldas y tres camisas, un cuchillo y una olla para el pescado. Lo sé todo sobre esas operaciones. El médico de Port Maria lo preguntó por mí. Es un buen hombre. Escribió a Estados Unidos. ¿Sabes que para que me la dejaran bien me costaría unas quinientas libras? Por no hablar de los gastos de ir a Nueva York, el hospital y todo lo demás —Su voz se volvió desesperanzada—. ¿Cómo esperas que reúna todo ese dinero?

Bond ya había tomado una decisión sobre lo que hacer al res¬pecto. Ahora simplemente le dijo con ternura:

—Supongo que hay medios de conseguirlo. De todas formas, prosigue con tu historia. Es muy interesante, mucho más intere¬sante que la mía. Te quedaste en cuando murió Nanny. ¿Qué ocu¬rrió luego?

La joven prosiguió sin mucho entusiasmo:

—Es culpa tuya por interrumpir. Y no debes hablar de cosas que no entiendes. Supongo que la gente te dirá que eres atractivo y con¬sigues cuantas chicas quieres. Pero no sería así si fueras bizco o tu¬vieras el labio leporino o algo parecido. De hecho —Bond notó la sonrisa en su voz—, creo que iré a ver al hechicero cuando volvamos y le pediré que con un encantamiento te produzca alguna deformidad —Luego añadió sin convicción—: Así nos pareceríamos más.

Bond alargó la mano y la acarició.

—Tengo otros planes —le dijo—. Pero, vamos. Quiero oír el resto de la historia.

—Bueno —suspiró la muchacha—-. Tendré que retroceder un poco. Toda la hacienda está dedicada a la caña y la vieja casa se halla en medio de la plantación. Unas dos veces al año se corta la caña y se envía al ingenio de azúcar. Y cuando hacen esto, todos los animales e insectos que viven en los campos de caña huyen presa del pánico, porque les destruyen las casas; en su mayoría mueren. Siempre que llega la época de la recolección, algunos acu¬den a las ruinas de la casa a esconderse. Nanny tenía mucho mie¬do de las mangostas, serpientes y escorpiones, pero yo acondicio¬né dos de las habitaciones de la bodega para ellos. No me asusta¬ban y nunca me hicieron daño. Parecían comprender que cuidaba de ellos y debieron contárselo a sus compañeros o algo parecido, porque al cabo de un tiempo era normal que acudieran en tropa a las habitaciones y se acomodaran allí hasta que las cañas jóvenes hubieran comenzado a crecer. Entonces desfilaban todos fuera y volvían a vivir en los campos. Les daba cuanto alimento podía re¬servar mientras permanecían con nosotras, y se portaban muy bien, excepto porque olían un poco y a veces se peleaban entre ellos. Pero los tenía a todos domados y lo mismo sucedía con sus crías; podía hacer cuanto quisiera con ellos. Por supuesto, los cortadores de caña lo descubrieron, me vieron pasear con serpientes en torno al cuello y cosas así, y se asustaron creyendo que era una hechice¬ra. Así que nos dejaron totalmente solas —Hizo una pausa—. De esta forma es como aprendí tanto de los animales e insectos. Pasa¬ba mucho tiempo en el mar investigando sobre sus moradores y lo mismo sucedía con los pájaros. Si sabes lo que les gusta comer y de lo que tienen miedo, y pasas todo el tiempo con ellos, entonces se hacen tus amigos —Ella alzó la vista y lo miró—. Te pierdes muchas cosas si no conoces a los animales.

—Mucho me temo que eso me pasa a mí —dijo Bond con sin¬ceridad—. Espero que sean más agradables e interesantes que los humanos.

—Eso no lo sé —dijo la joven, pensativa—. No conozco a mu¬chas personas. La mayoría de las que he conocido han resultado ser odiosas, pero supongo que también pueden ser interesantes —Hizo una pausa—. Nunca había pensado en que pudieran gus¬tarme como los animales. Exceptuando a Nanny, por supuesto. Hasta que... —Guardó silencio y soltó una risita tímida—. Bueno, de cualquier forma todos vivimos juntos felices hasta que tuve quince años y Nanny murió y entonces las cosas se pusieron difí¬ciles. Había un hombre llamado Mander, un hombre horrible. Era el capataz blanco de los dueños de la plantación. No dejaba de ve¬nir a verme. Quería que me fuera a vivir a su casa junto a Port Ma¬ria. Lo odiaba y me escondía cuando lo oía llegar a caballo a tra¬vés de las cañas. Una noche acudió a pie y no lo oí. Estaba borra¬cho. Entró en la bodega y forcejeó conmigo porque no quería hacer lo que él me pedía, ya sabes, las cosas que las personas enamora¬das hacen.
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