Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo






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DOCTOR NO

Ian Fleming

Título original: Doctor No (1958) Traducción: Pedro González del Campo

© Gildrose Productions Ltd. 1958 © RBA Coleccionabas, S.A., 1999, para esta edición Pérez Galdós 36 - 08012 Barcelona

Proyecto gráfico y diseño de la cubierta: Joan Batallé Ilustración cubierta: Jordi Ciuró

ISBN: 84-573- 1393-X Depósito Legal: B-50.062-1998

Impresión y encuademación: CAYFOSA

Ctra. de Caldes, km, 3. Sta. Perpetua de Mogoda (Barcelona)

Impreso en España - Printed in Spain

CAPÍTULO 1

«Os oigo alto y claro»

A las seis, con puntualidad, el sol se puso tras los Montes Azules con un último resplandor amarillo; una sombra violeta se derramó por Richmond Road, y los grillos y ranas de San Antón comenzaron a chirriar y croar en los distinguidos jardines.

Aparte del ruido de fondo de los insectos, la ancha calle vacía estaba tranquila. Los ricos propietarios de aquellas casas enormes y apartadas —directores de bancos, jefes de compañías y altos funcionarios— llevaban en casa desde las cinco en punto y estarían comentando el día con sus esposas o dándose una ducha y cambiándose de ropa. Dentro de media hora, la calle volvería a cobrar vida con el tráfago para el cóctel; sin embargo, en este kilómetro más elevado de la «calle próspera», como la llamaban los repartidores de Kingston, ahora sólo había la tensa espera de un escenario vacío y el intenso aroma del perfume vespertino de los jazmines.

Richmond Road es la «mejor» calle de toda Jamaica y en ella se encuentran el Park Avenue, los jardines del Kensington Palace y la Avenue D'Iéna. La «mejor» gente vive en estas grandes casas anticuadas, cada una en el marco de un acre o dos de césped de¬masiado bien cuidado y con los árboles y ñores más delicados de los Jardines Botánicos de Hope. La calle, larga y recta, es agrada¬ble, tranquila, apartada del caluroso y vulgar desbarajuste de Kingston, donde sus residentes se ganan el jornal. Al otro lado del cruce, en su cumbre, se hallan los jardines de King's House, don¬de el gobernador y comandante en jefe de Jamaica vive con su fa¬milia. En Jamaica ninguna calle podría tener un final mejor.

En la esquina este de la parte alta del cruce se encuentra el Na 1 de Richmond Road, una casa sólida de dos pisos con un balcón corrido blanco en ambas plantas. Desde la carretera, un sendero de grava conduce hasta la entrada de pilares pasando por amplios campos de césped marcados por pistas de tenis en los que esta tar¬de, como todas las tardes, los aspersores están funcionando. Esta mansión es la Meca social de Kingston. Es el Club de la Reina, que durante cincuenta años se ha jactado de su poder y de la frecuen¬cia con que ha denegado la entrada de nuevos socios.

Tan empecinado conservadurismo no sobrevivirá mucho en la moderna Jamaica. Algún día romperán a pedradas las ventanas del Club de la Reina y tal vez lo reduzcan a cenizas, pero por ahora es un lugar valioso en una isla subtropical, bien dirigido, con una bue¬na plantilla y la mejor cocina y bodega del Caribe.

A esa hora del día y casi todas las tardes del año se veían los mismos cuatro coches aparcados en la calle del club. Eran los co¬ches de los jugadores de la selecta partida de bridge, los cuales se reunían con puntualidad a las cinco y jugaban hasta cerca de la me¬dianoche. Casi se podía poner el reloj en hora por estos coches. Pertenecían, por el orden en que estaban aparcados contra el bor¬dillo, al general de brigada de las Fuerzas de Defensa del Caribe, al principal abogado criminalista de la isla y al catedrático de ma¬temáticas de la Universidad de Kingston. Al final de la calle se ha¬llaba el Sunbeam Alpine negro del comandante John Strangways, de la Royal Navy (jubilado), oficial del Control Regional del Cari¬be o, menos discretamente, representante local del Servicio Secre¬to británico.

Justo antes de las seis y cuarto, el silencio de Richmond Road se vio interrumpido. Tres mendigos ciegos doblaron la esquina del cruce y se encaminaron lentamente por la acera hacia los cuatro co¬ches. Eran rechinos —chinos negros—, hombres robustos, pero que se encorvaban al andar y arrastraban los pies, tanteando el bordillo con los bastones blancos. Caminaban en fila. El primer hombre, que llevaba gafas azules y presumiblemente veía mejor que los otros, caminaba delante y sostenía en la mano izquierda una taza de latón junto con el puño del bastón. La mano derecha del segundo hombre reposaba sobre el hombro del primero, y la mano derecha del tercero, sobre el hombro del segundo. Los ojos del segundo y del tercero estaban cerrados. Los tres hombres vestían harapos y su¬cias gorras de béisbol hechas de jipijapa con largas viseras. No de¬cían nada ni hacían ningún ruido, excepto el tanteo de los bastones al caminar por la sombría acera en dirección a los coches.

Los tres ciegos no habrían desentonado en Kingston, donde se ven muchos enfermos por las calles, pero en esta pudiente calle de¬sierta producían una desagradable impresión. Y resultaba extraño que todos fueran chinos negros. No es una mezcla de sangres co¬rriente.

En la sala de juego, la mano tostada por el sol se extendió so¬bre el tapete verde de la mesa central y recogió las cuatro cartas, que hicieron un chasquido sordo al unirse al resto.

—Cien honores —dijo Strangways— y noventa abajo —Con¬sultó su reloj y se levantó—. Vuelvo en veinte minutos. Tú repar¬tes, Bill. Pedid bebidas; lo de siempre para mí. Y no juguéis una mano a mis espaldas mientras estoy fuera. Siempre os descubro.

Bill Templar, el general de brigada, soltó una risa corta. Tocó la campana que tenía a su lado y recogió los naipes diciéndole:

—Apresúrate, maldita sea. Siempre dejas que se enfríen las cartas cuando tu pareja va ganando.

Pero Strangways ya estaba saliendo por la puerta. Los tres hombres se recostaron en las sillas con resignación. El camarero de color acudió y pidieron bebidas para ellos y un whisky con agua para Strangways.

Se producía esta interrupción exasperante todas las tardes a las seis y cuarto, en torno a la mitad de la segunda tanda. En aquel mo¬mento exacto, aunque estuvieran en mitad de una mano, Strang¬ways tenía que ir a la «oficina» a «hacer una llamada». Era un in¬cordio, pero Strangways formaba parte vital del cuarteto y había que aguantarse. Nunca explicó en qué consistía la «llamada» ni na¬die se lo había preguntado. El trabajo de Strangways era «secreto», nada más. Pocas veces se ausentaba más de veinte minutos y se daba por supuesto que compensaba la ausencia con una ronda.

Llegaron las bebidas y los tres hombres se pusieron a hablar de las carreras.

De hecho, era el momento más importante de la jornada de Strangways, la hora del contacto obligado por radio con el pode¬roso transmisor sito en el tejado del edificio de Regent's Park, cuartel general del Servicio Secreto. Todos los días, a las seis y media hora local, a menos que hubiera dado aviso el día anterior de que no estaría en antena —por ejemplo, cuando tenía asuntos que tratar en una de las otras islas del territorio o sufría una enfer¬medad grave—, transmitía su informe diario y recibía órdenes. Si no conectaba exactamente a las seis y media, habría una segunda llamada a las siete y media. Si el transmisor seguía en silencio, se consideraba una emergencia y la sección III, la autoridad controla- dora en Londres, se apresuraba a averiguar lo que había ocurrido.

Las llamadas «azules» suponen un baldón en el expediente de los agentes a menos que sus «justificaciones por escrito» sean in¬contestables. Los horarios de la radio de Londres en todo el mun¬do eran terriblemente estrictos y una mínima interrupción en el programa por una llamada adicional suponía un peligroso incon¬veniente. Strangways nunca había sufrido la ignominia de tener que hacer una llamada «azul», y menos una «roja», y estaba se¬guro de que nunca tendría que hacerla. Todas las tardes, justo a las seis y cuarto, salía del Club de la Reina, cogía el coche y condu¬cía durante diez minutos por las estribaciones de los Montes Azu¬les hasta su atildado búngalo con esa vista fabulosa del puerto de Kingston. A las seis y veinticinco cruzaba el recibidor de la ofici¬na trasera. Abría con llave la puerta y la cerraba otra vez después de entrar. La señorita Trueblood, que pasaba por ser su secretaria y en realidad era la NQ 2 y antigua oficial jefe del servicio feme¬nino de la Royai Navy, ya estaría sentada frente al instrumental estableciendo el primer contacto, telegrafiando la señal de llama¬da, WXB, en los 14 megaciclos. Tendría un bloc de taquigrafía sobre las elegantes rodillas. Strangways se dejaría caer en la silla junto a ella, cogería el otro par de auriculares y, exactamente a las seis y veintiocho, tomaría el mando y esperaría a oír el repentino vacío en el aire que significaba que la WWW de Londres iba a contestar.

Era una rutina férrea. Strangways era un hombre de rutinas fé¬rreas. Por desgracia, la exactitud en los hábitos puede ser mortal cuando la conoce el enemigo.

Strangways, un hombre alto y delgado con un parche negro so¬bre el ojo derecho y un rostro aguileño que uno asociaría con el puente de un destructor, atravesó con rapidez el recibidor panela- do del Club de la Reina, abrió las puertas con mosquitera y bajó los tres escalones.

Como no tenía muchas preocupaciones, experimentó el placer sensual del aire fresco de la tarde y el recuerdo del lance que le ha¬bían proporcionado las tres picas. Por supuesto, estaba ese caso en el que estaba trabajando, un asunto raro y complicado que M le ha¬bía confiado restándole importancia hacía ya dos semanas. Pero la cosa iba bien. Una pista inesperada en la comunidad china había dado buenos resultados. Habían salido a la luz unas circunstancias extrañas —por el momento simples sospechas, nada concreto—, pero si cuajaban, pensó Strangways mientras avanzaba a trancos por el sendero de grava hacia Richmond Road, tal vez se viera en¬vuelto en algo realmente raro.

Strangways se encogió de hombros. Por supuesto, no sería así. Lo fantasioso nunca se materializaba en este tipo de trabajo. Ten¬dría una solución aburrida, enrevesada por las imaginaciones ca¬lenturientas y la histeria habitual de los chinos.

Automáticamente, otra parte de la mente de Strangways se per¬cató de los tres ciegos. Avanzaban hacia él tanteando con lentitud la acera. Estaban a unos veinte metros y calculó que pasarían jun¬to a él un segundo o dos antes de que llegara al coche. Avergonza¬do por su buena salud y en agradecimiento por ella, Strangways buscó una moneda en el bolsillo. Pasó la uña del pulgar por el can¬to para asegurarse de que era un florín y no un penique, y lo sacó. Estaba a la altura de los mendigos. ¡Qué raro, todos eran chinos negros! ¡Muy raro! Strangways alargó la mano y la moneda reso¬nó en la taza de latón.

—Bendito sea, señor —dijo el primero de ellos—. Bendito sea —vocearon los otros dos.

Strangways tenía la llave del coche en la mano. Vagamente percibió el instante de silencio al cesar el tanteo de los bastones blancos. Era demasiado tarde.

Cuando Strangways adelantó al último hombre, los tres se die¬ron la vuelta con rapidez. Los dos últimos se abrieron en abanico para tener el campo de tiro despejado. Tres revólveres, despropor¬cionados por los silenciadores en forma de salchicha, volaron fue¬ra de las fundas ocultas entre los harapos. Con precisión discipli¬nada, los tres hombres apuntaron a distintos puntos de la columna vertebra] de Strangways: uno entre los hombros, otro en la región lumbar y otro en la pelvis.

Los tres zumbidos se oyeron casi al unísono. El cuerpo de Strangways se desplomó hacia adelante como si le hubieran dado una patada. Quedó completamente quieto sobre la acera, envuelto en una nube de polvo.

Eran las seis y diecisiete minutos. Con un chirrido de neumá¬ticos, un deslucido coche funerario, con sus plumas negras flotan¬do en las cuatro esquinas del techo, giró en el cruce de Richmond

Road y aceleró hacia el grupo de la acera. Los tres hombres sólo habían tenido tiempo de levantar el cuerpo de Strangways cuando el coche funerario se detuvo a su altura. Las dos puertas traseras estaban abiertas lo mismo que el sencillo ataúd del interior. Los tres hombres metieron a pulso el cuerpo en el vehículo y luego en el ataúd. Entraron dentro del coche. Taparon el féretro y cerraron las puertas. Los tres negros se sentaron en tres de los cuatro asien¬tos dispuestos junto a las esquinas del ataúd y apresuradamente de¬jaron los bastones blancos en el suelo. De los respaldos de los asientos colgaban unos amplios abrigos de alpaca negra. Se pusie¬ron los abrigos sobre los harapos. Luego se quitaron las gorras de béisbol y, recogiendo del suelo unos sombreros de copa negros, se los calaron.

El conductor, que también era un chino negro, los miró con nerviosismo por encima del hombro.

—¡Venga, hombre, venga! —dijo el más corpulento de los ase¬sinos. Echó un vistazo a la esfera luminosa del reloj. Eran las seis y veinte. Justo en tres minutos. A la hora exacta.

El coche fúnebre dio una decorosa vuelta de ciento ochenta grados y avanzó a una velocidad moderada hacia el cruce. Allí giró a la derecha y, a cuarenta kilómetros por hora, recorrió sosegada¬mente la carretera de asfalto hacia las colinas, con las plumas negras anunciando el duelo de su carga y los tres acompañantes sentados muy erguidos con los brazos cruzados respetuosamente sobre el pecho.

—WXN llamando a WWW... WXN llamando a WWW... WXN... WXN... WXN...

El dedo corazón de la mano derecha de Mary Trueblood pulsaba con suavidad y elegancia el manipulador. Levantó la muñeca izquierda. Las seis y veintiocho. Un minuto de retraso. Mary Trueblood sonrió al imaginarse el Sunbeam descapotable a toda velocidad por la carretera. Dentro de un segundo, oiría sus pasos apresurados, la llave en la cerradura y se sentaría junto a ella. Le dedicaría una sonrisa de disculpa mientras cogía los auriculares. «Lo siento, Mary, el maldito coche no arrancaba» o «tú crees que la condenada policía no conocía mi número y me pararon en Halfway Tree». Mary Trueblood levantó el segundo par de auriculares del gancho y los puso sobre la silla para ahorrarle medio segundo.

—... WXN llamando a WWW... WXN llamando a WWW...

Movió el dial el grosor de un cabello y volvió a intentarlo. El re¬loj marcaba las seis y veintinueve. Empezó a preocuparse. En cues¬tión de segundos, Londres empezaría a transmitir. De repente pensó: Dios, ¿qué pasaría si Strangways no llegara a tiempo? Era inútil con¬tactar con Londres y pretender que ella era él, inútil y peligroso, por¬que Seguridad estaría monitorizando la llamada como monitorizaba todas las llamadas de los agentes. Aquellos aparatos, que registraban las peculiaridades mínimas de la «escritura» del operador, detectarí¬an en seguida que Strangways no pulsaba el manipulador. Mary Trueblood había visto la selva de esferas en la silenciosa habitación del último piso del cuartel general, y había sido testigo de que las manecillas registraban el peso de los pulsos, la velocidad de cada grupo de códigos, el tropiezo en una letra en particular. El controla- dor se lo había explicado cuando se enroló para la estación del Ca¬ribe hacía cinco años. Sonaría una chicharra y el contacto se inte¬rrumpiría automáticamente si el operador en antena no fuera el de¬bido. Era un sistema de protección básico para los casos en que un transmisor del Servicio Secreto caía en manos enemigas. Y, si el agente había sido capturado y lo forzaban a contactar con Londres bajo tortura, sólo tenía que cambiar ciertas peculiaridades de su «es¬critura» habitual para transmitir la historia de su detención con la misma claridad que si lo hubiera anunciado abiertamente.

¡Ahí estaban! Oyó el vacío indicador de que Londres iba a transmitir. Mary Trueblood echó un vistazo al reloj. Las seis y me¬dia. ¡Horror! Pero... ¡Por fin! Oyó pasos en el recibidor. ¡Gracias a Dios! En un segundo entraría. ¡Debía cubrirlo! A la desesperada, decidió arriesgarse a mantener el circuito abierto.
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