Introducción






descargar 364.52 Kb.
títuloIntroducción
página4/8
fecha de publicación03.11.2015
tamaño364.52 Kb.
tipoDocumentos
f.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8

Psicopatología


Lo que sigue es el resultado de repensar toda la psico­patología desde la temporalidad, en lugar de suponerla cen­trada en la sexualidad. Pensamos que en los trastornos psi­cológicos intervienen ambos factores: transformación y lí­bido y, por tanto son válidas simultáneamente las dos pers­pectivas. Algo así como ver un mismo objeto desde lugares distintos.

Para definir qué es la enfermedad psicológica, es nece­sario definir qué es la conciencia. Es para nosotros ese sentimiento difícil de autopercibir, pero captable como la experiencia inmediata de "estar vivo”, tener el sentimiento de existir. Esto se relaciona con la percepción de un pasaje, de un movimiento, de un devenir de nuestra mente, de configurar el campo de la realidad desde una expectativa, palabra clave de esta epistemología de la crisis. Tanto es así, que a nivel de lo corporal, todos los órganos de la percepción están ubicados hacia adelante (no hay ojos en la nuca). Estamos condenados a caminar.

Todo el fenómeno de la vida orgánica es una lucha por el intercambio de energía con el medio, organismo que se paraliza, muere. La vida es un fenómeno antientrópico, es decir, una pelea contra la homogenización (la paralización del intercambio). Mi hijo Luciano, que es biólogo, me comentó una frase de la biología: “Organismo que no está en conflicto con su medio, está muerto” , es decir, la vida es un proceso dinámico, no se detiene.

Esto se aplica al intercambio, no sólo de energía, sino también de información, el campo simbólico. Por esto con­cluimos que la enfermedad más grave del psiquismo es la detención de la corriente de conciencia, la desorganización de la prospectiva, del sentimiento de ir al encuentro del instante siguiente.

La enfermedad básica

Para quienes trabajamos con pacientes que sufren la patología esquizofrénica, esta descripción de la desorganización mental resulta familiar. Consideramos que el síntoma de "vivencia del fin del mundo" en el momento del brote, constituye la crisis más grave y más típica. Esta experiencia de paralización del existir es la más angustiante, y es consecuencia de la fragmentación de lo histórico temporal, lo cual hace que no tenga sentido lo real espacial. Con una metáfora, podríamos decir que, al collar de lo histórico se le ha roto el hilo, y todas las piezas se desparraman en un conjunto incoherente, sin la forma que tenía el collar. Esto se ve con claridad en los cuadros que pintan los esquizofrénicos, en los que todas las figuras se despedazan y forman un conjunto incoherente. Este, sin embargo, puede ser interpretado, si se descubre la clave del delirio, que nosotros llamamos la “Piedra Roseta”, piedra tallada en tres idiomas que permitió descifrar el lenguaje jeroglífico egipcio.

Consideramos que ésta es la enfermedad mental esencial, la más arcaica de las pertur­baciones. Y la patología de la sociedad tecnológica urbana va en dirección de un sistema de realidad fragmentada, es decir, una esquizofre­nización, que lleva al sentimiento de soledad, aún estando rodeado de otros, porque éstos son anónimos.

Pensamos que el mayor temor es la vivencia de muerte, de disolución del yo, que no necesita ser real para ser efectiva, basta que nos conecte­mos con la vorágine de posibilidades del futuro inmediato, o con la paralización del tiempo en las discontinuidades graves del proceso de vivir (muertes, separaciones) para que resbalemos de este mundo racional, compartido y esta­bilizado por el lenguaje, y caigamos en la seriación caó­tica de imágenes y sensaciones del mundo subjetivo: ese allí­ adentro de nuestros últimos secretos y temores intraducibles e incomunicables, donde siempre quedamos solos.

El psicoanálisis plantea que lo que está reprimido es la sexualidad. Nosotros pensamos que como la sexua­lidad, aún la patológica, incluye un diálogo conflictivo con los otros dos del triángulo edípico, asegura la evitación de la soledad insoportable en el brote esquizofrénico. De modo que, lo que el psicoanálisis considera el trauma bá­sico, la situación edípica, es para nosotros, en lo más profundo una defensa con­tra la vivencia de soledad infinita, que lleva a ese sentimiento de desaparición del sí mismo. Lo que Donald Winnicott llama “la vivencia abismal”, y que estudió en los bebés abandonados por madres autistas.

En síntesis, lo que proponemos es que hay una pato­genia última que está por debajo, y es más arcaica que el trauma básico freudiano (la represión de la sexualidad, es­pecialmente del incesto). Esta, es la posibilidad de desapa­rición del último reducto del yo, de esa porción de nosotros con la que íntimamente nos autopercibimos, y que llamamos el núcleo del yo, el sí-mismo (myself para los ingleses, lui-même para los franceses).

Esto llevaría a la desapari­ción del último testigo de nosotros mismos, la disolución de nuestro último y más íntimo diálogo. Por esto las crisis son más probables y catastróficas en subculturas con defen­sas de control obsesivo, como por ejemplo, la clase media donde se nie­ga el tiempo y la finitud, que en las subculturas con más aceptación del ciclo vital vida muerte, como en la clase rural, en la cultura criolla.

De acuerdo con este modelo para pensar el sufrimiento psicológico se considera, y lo decimos una vez más, que la desorganización de la temporalidad, la fragmentación caóti­ca del yo, el sentimiento de vacío, conforman la enfermedad básica.

Esto, en apariencia, se opone a la teoría de Pichon Riviere, según la cual la depresión es la enfermedad básica. Cuando hace ya muchos años, le propuse a Pichon la esquizofreniza­ción, la fragmentación del yo como enfermedad básica, Pichón sintetizó ambas propuestas diciéndome: “Tené en cuenta que lo que produce más tristeza es la pérdida de uno mismo". En ese momento pensé que Pichon tenía razón, pero años después de su muerte encontré otra respuesta para esta polémica, y es la siguiente: en la esquizofrenia no hay pérdida del yo, porque directamente no hay yo, ( lástima que esta observación ya no se la pude decir …)

La suposición de Pichon Riviere me sirvió de estimulo para concentrarme en un eje de melancolía esquizofrenia, que en el punto más agudo de perturbación se unen en un solo cuadro de pérdida del sí mismo por fragmentación. Podemos darle el nombre de “núcleo básico de la enfermedad”.

Recordemos que las llamadas enfermedades: depresión, paranoia, neurosis obsesiva, histeria, etc., son, en realidad, defensas contra el sentimiento insoportable de vacío y soledad, porque instalan diálogos imaginarios con el objeto perdido. Con estos vínculos, aún imaginarios, se evita ese vacío.

Adiestramiento a cargo de los padres

El niño nace sin los mecanismos para configurar sucesiones temporales. Los padres son los encargados de adiestrarlo, empleamos la palabra "adiestrar" por considerar que el bebé todavía no está incluido en la cultura. Con abrazos, gestos y caricias van creando un vínculo, y al transmitirle la palabra le permite superar el encierro subjetivo y comenzar a estructurar la realidad.

Este adiestramiento puede tener varios modos: el niño de una familia dada aprende que cuando las cosas van mal, él debe representar, simular emociones, valerse de mecanismos histéricos. En otra familia el niño aprende a defenderse de la desintegración repitiendo y controlando, esto es, recurriendo a rituales obsesivos. En una tercera fa­milia la defensa consiste en ponerse triste, es decir, "atrasar el reloj", demorar el proceso de vivir adhiriéndose al re­cuerdo de lo que sucedió. En cambio el niño de una familia paranoide o fóbica aprende que cuando se instala el vacío debe "ade­lantar el reloj", vivir anticipando lo que va a suceder, pues para controlar el objeto temido es necesario pre ver, ponerle tram­pas al futuro. En las dos primeras defensas, que llamaremos neuróticas o culturales, todavía el diálogo con el objeto es real, en la familia histé­rica (relaciones "teatrales") el niño aprende a simular frente a otros, y en la familia obsesiva, a controlar objetos reales, lim­piar u ordenar el entorno real. Pero en las familias melancólica y paranoide hay un cambio cua­litativo, la relación con los objetos vínculos es interna, subjetiva, se crea un diálogo interno imaginario con lo perdido (depresión) o con lo temido (pa­ranoia).

El terreno disposicional para una perturbación grave, de tipo esquizofrénico, depende de que haya sido mal realizado el "adiestramiento" infantil del paciente. Esto no sólo es consecuencia de, si los padres fueron abandónicos o sofocadores, sino especialmente de si usaron mani­pulaciones paradojales (en el sentido de la terapia sistémica de Jay Haley). En este caso los padres no transmitieron una trama de conti­nuidad, sino que paralizaron y confundieron toda sucesión temporal posible por las contradicciones del doble vínculo, que es afirmar algo en un nivel comunicacional (por ejem­plo la palabra) y negarlo en otro (el gesto o la acción). Es un mundo donde las anticipaciones no se cumplen, y el yo, en su salto hacia delante, cae fuera de sí.

Veamos ahora qué sucede cuando el niño adiestrado en las familias que acabamos de describir, llega a un punto de fractura en su proceso de vida, sea por una situación trau­mática o por la discontinuidad de una etapa evolutiva. Es probable que se produzca una crisis, y vuelva a ex­perimentar la desintegración del yo, que será más o menos terrible según haya sido de patológica la familia. Cuando esto ocurre, recurrirá a los mecanismos defensivos apren­didos, pero con una exageración que ya no resulta funcional, de modo que la enfermedad se constituye con la defensa hipertrofiada. Una regla muy útil para explorar el material que trae consigo el paciente es: "Lo que ahora es un sínto­ma, alguna vez fue funcional” dicho de otra manera, el delirio alguna vez fue realidad. Esto quiere decir que el motivo de la escena o el personaje temido que no resulta explicable por las circunstancias en la situación actual, debe rastrearse en el pasado, a veces en la infancia, que es el origen de la identidad.

Esquema de la psicopatología

Habíamos dicho que la enfermedad se constituye des­pués de haber experimentado la vuelta al vacío original y que, como consecuencia de esto, se retoman los me­canismos de defensa, pero ya no en un nivel funcional que permita la relación con el entorno, sino hipertrofiados. Hay pues, una continuidad entre las funciones sanas y las mismas funciones enfermas.

La enfermedad es una "salud" exagerada y, agregaría­mos, parcializada, pues la persona "se especializa" en una de las estructura de sostén del presente, como el recordar, que se transforma en depresión, la prevención en paranoia, la expresividad en histeria y el orden en obsesión. Para sintetizar nuestra concepción de la salud y la enfermedad en una frase, diremos que la vida es la historia de un largo diálogo con otro. Y la enfer­medad sobreviene cuando este diálogo desaparece y se crean diálogos internos, imaginarios, como restitución (ya sea a nivel neurótico o psicótico).

Para analizar las distintas perturbaciones vamos a estudiar los trastornos en los vínculos, en las estructuras y en la constitución del pasado y el futuro, que corresponden a las áreas de la histeria, la neurosis obsesiva, las depresiones y los trastornos paranoides respectivamente, aunque con algunas variantes que provienen de ver estas perturbaciones desde los supuestos de la teoría temporal del psiquismo.

Perturbaciones en la función vincular

Área de la histeria y de la esquizoidía-simbiosis

Consideramos que la perturbación básica en los víncu­los es el desplazamiento de un diálogo imaginario (en el tiempo) sobre un diálogo real (en el espacio).Podemos decir que el tiempo invade el espacio. Es la persona que representa escenas y cuelga personajes a los demás, con los que después entra en conflicto. Este diálogo desplazado, constituye el cuadro histérico, que consiste en teatralizar el pasado sobre el presente.

Por otro lado, en relación a la distancia en el vínculo, el par de opuestos es esquizoidía simbiosis. Estas perturbaciones están íntimamente ligadas entre sí, tanto que según Ronald Laing la fun­ción del autismo en la esquizofrenia, es la evitación de una madre simbiótica sometedora que absorbe, e impide todo nú­cleo yoico del hijo.

No nos referimos a las simbio­sis funcionales, sino a aquellas intensas donde cada uno mutila funciones del otro. En los casos de simbiosis agudas, entre las dos personas hacen sólo una, pues ninguna de las dos adquirió autonomía yoica se puede estar solo de tan cer­ca. Este tipo de vínculo patológico es común en la pubertad entre madre e hija, cuando no existió un padre que cumpliera la función de discri­minar entre madre - hija.

Por esto se decía antiguamente que los locos estaban "poseídos", poseídos por otros, en verdad ellos se relacionan desde un personaje interno, en general sus figu­ras parentales, que lo adiestraron en un diálogo sometedor que les anula la identidad.

Por eso se puede decir que el neurótico o psicótico (ca­da uno con distinta intensidad) nos desconoce, nos mira ­como otro, nos cosifica, nos confunde. El loco nos ve como otro, nos enloquece y nos da miedo, por eso la sociedad lo reprime e inventa los manicomios, en vez de una terapia humanizada que los reintegre a la cultura.

Perturbaciones en la función estructurante

Área de la neurosis obsesiva y personalidad confusa

La cultura estructura el campo de la realidad para or­denar los vínculos. El campo, el contexto del diálogo con el otro, tiene dos niveles: el del campo material, el hábitat, el entorno físico, y el campo simbólico que es el conjunto de reglas, leyes, normas, y especialmente el lenguaje, que ordenan el encuen­tro entre las personas y permiten secuencias de expectati­vas, las ceremonias sociales. Sin las cuales sería imposible suponer la conducta probable del otro y poder construir los juegos de la vida. Son los que se llaman juegos de coordinación tácita en donde se opera en base a "qué supongo yo que él supone que yo supongo..."

La perturbación más común de la función estructu­rante, ordenadora, es la exageración en los controles, límites, reglas, que llegan a impedir los vínculos, en vez de facilitarlos. Es el cuadro de la neurosis obsesiva donde la excesiva formalización del campo, lleva a los rituales rígidos y estereotipos que terminan mutilando las posibilidades crea­tivas y de crecimiento. Es lo que llamamos la perturbación por restricción, por mutilación. Una característica importante del ob­sesivo es mediatizar la relación con los demás a través de los objetos y espacios, pues controlando éstos, controla a las per­sonas.

El otro extremo es la personalidad confusa, la persona que vive en medio del caos, donde no puede hacer planes ni ordenar su hábitat (campo material) o su comunicación (campo simbólico). Es la persona que, aunque por ra­zones opuestas, tampoco puede vincularse bien, todo es im­previsto y desconcierta a los demás. Estas personas, a veces, viven con un gran monto de angustia por la posible irrupción de situaciones imprevisibles e incontrolables. Clínicamente son los llamados episodios confusionales, que ocurren cuando fallan los rituales y mecanismos de control, en la personalidad obsesiva.

Perturbaciones en la construcción del pasado

Área de la depresión

La elaboración normal, saludable, de las etapas y personas perdidas, constituye lo que llamamos los recuerdos, donde se acepta que lo perdido deja de pertenecer al mundo presente y pasa a formar parte de una zona en lo imaginario que llamamos la memoria, el pasado, que percibi­mos como una zona virtual.

Pero, si por alguna razón no podemos aceptar que esa persona "no existe más en el presente" vamos a producir una situación nueva, pues esa escena o personaje no va a estar ni en el presente (el es­pacio), ni en el pasado (en el tiempo). Se constituye así una zona del tiempo que queda superpuesta al espacio. Algo está y no está presente, se configura una situación ambigua, desde dos posibilidades opuestas: es el tema del fantasma, la persona ausente no se convierte en recuerdo, pero tampoco está en el mundo real.

Esta percepción inestable y ambigua es la característica esencial de lo fantasmal: inquieta, desconcierta, porque es y no es en el mismo instante.

Se puede ver a las dos dimensiones del tiempo como atrás y adelante del presente, y va­mos de una a la otra. Para esto deben establecerse cortes en la percepción de la realidad. En este sentido, los rituales de pasaje son las ceremonias más antiguas del hombre, que construyen la temporalidad.

Si ahora volvemos al nivel de la psicopatología, dire­mos que el depresivo es el que no aprendió a configurar rituales de pasaje, no puede separarse imaginariamente de lo que ya no existe en lo real. Podemos decir que los personajes más difí­ciles de convertir en recuerdos (poder realizar el duelo) son aquellos con los que no fue posible completar el encuen­tro, con quienes no estaba agotado un tema, una tarea. Es el caso de los padres que dejaron vacíos en la tarea de querer y organizar al niño, o que lo hicieron mal. Aquí la separación (en general la muerte) deja una tarea inconclusa, que desarrolla energía psicológica y hace difícil convertirlos en figuras internas (el recuerdo). Son los padres candidatos a fantasmas, que aparecen en el mundo pre­sente del paciente como síntomas en vez de recuerdos y perturban los nuevos vínculos.

Hay una relación entre depresión y paranoia, que ocurre cuando el encierro paralizante de la de­presión se hace muy angustiante y se realiza la maniobra defen­siva de buscar un culpable, lo cual siempre reorganiza la percepción y la prospectiva en función de evitarlo o atacarlo, y arma nuevamente la secuencia temporal, desde la bronca. Debajo de la depresión siempre hay agresividad, pues la pérdida es también frustración. Nunca hagas enojar a un depresivo…

Perturbaciones en la construcción del futuro

Área de la paranoia y las fobias

La perturbación que se produce en el otro extremo del tiempo, el futuro, consiste en que este no puede organizarse en base al deseo. Entonces, para que no se paralice y se caiga en el vacío, se constituye en torno a la estructura del miedo.

Si se nos desvanece "la zanahoria" del deseo, debe alucinarse, construirse como imagen anticipatoria, otro objeto, aun­que sea con un recuerdo doloroso. En ese caso colgaremos del hilo que hace caminar al burro una “araña”, que confi­gurará un futuro patológico, en el sentido que organiza perceptualmente una dirección, pero que no permite avanzar en forma , porque iríamos hacia un peligro.

En las perturbaciones del futuro, el objeto es evitado, nos resulta desconocido porque no pudo ser entendido en el pasado, y por lo tanto, resulta misterioso, peligroso.

En cambio, en la depresión hubo contacto, conocimien­to del objeto y por eso la actitud, en vez de ser de evitación, es de retención, pues el yo quedó ligado íntimamente a ese objeto.

En las paranoias y fobias, el diálogo está basado en la evitación del objeto. Según que la actitud sea pasiva o ac­tiva, encontraremos estrategias evitativas o de ataque, esta última, cuan­do se produce la identificación con el agresor. El par vincu­lar que se constituye es el de evitación ataque, la actitud evitativa está en relación con los cuadros fóbicos. En estos se controla el peligro, que siempre acecha en el futuro, con una organización espacial (claustrofobia, agorafobia, etc.) o con obje­tos acompañantes o contrafóbicos. Los otros, los que agre­den para evitar el miedo, adoptan el rol de lo que temen (atacan para no ser atacados) y configuran los trastornos paranoides, en el nivel de la neurosis, o paranoicos en el nivel psi­cótico, cuando se instala un delirio persecutorio con defen­sas activas. En este último caso se trata del temido "loco peligroso", que realmente puede llegar a serlo si pone en acción su delirio. El, en realidad, “ataca para defenderse”.

Relaciones con el modelo psicoanalítico

Las dos perspectivas: Sexo y Tiempo

Le otorgamos importancia a la comparación de nuestro modelo teórico con el freudiano, porque el fondo conceptual desde el que se va a leer cualquier nueva propuesta terapéutica, es la teoría psicoanalítica, ya que ésta constituye el marco de referencia que prepondera en nuestro medio profesional. Además porque también nosotros nos hemos formado en el psicoanálisis y hemos conservado parte de sus conceptos. En realidad, es improbable crear algo verdaderamente nuevo; en la cultura sólo se reacomodan las mismas piezas de acuerdo con la orientación que les otorga un nuevo planteo, en el que sólo es novedoso el punto de perspectiva. Se lo repiensa todo desde otro ángulo (las hipótesis básicas) que en general dependen del nuevo momento histórico cultural, el que exige otra manera de leer la realidad, o una parte de ella, en este caso, el campo de las perturbaciones mentales.

Para comenzar, haremos un breve análisis sociológico de dos culturas o dos momentos de la cultura occidental: principios de siglo y la época actual, para obtener una mejor comprensión del fondo histórico-cultural en que se desarrollaron ambos modelos de concepción de la enfermedad mental.

Tomamos la época de la Viena de Freud, de principios de siglo pasado. La Europa anterior a las dos guerras totales correspondía a lo que en sociología se llama sociedad tradicional (en oposición a sociedad de masas). Un mundo estable, con estructuras jerárquicas bien definidas. El Emperador Francisco José hacía 30 años que gobernaba Austria. (Un amigo y contemporáneo de Freud, Stephan Zweig, describe con detalle y nostalgia esta época en su libro: “El mundo de ayer”). La identidad estaba asegurada por una cultura que cuidaba la conservación del pasado el niño ya tenía definida su posición y profesión desde que nacía. Lo que en cambio reprimía la moral victoriana era lo relacionado con el sexo. La familia tradicional se componía de un padre severo y dominante , y una madre afectuosa y prolija ama de casa. La familia era numerosa, un grupo social que impedía la soledad. Es natural que en este medio social, el cuadro histérico, que estudiaba Charcot, el maestro de Freud, haya sido un cuadro clínico frecuente condicionada por la represión de la sexualidad.

Analizaremos ahora del mismo modo la cultura en la que estamos incluidos, esto es, la de la sociedad de masas, la cultura tecnológica - virtual. La aceleración del cambio por el progreso tecnológico y la hiperconcentración urbana posteriores a las dos guerras mundiales, la simultaneidad de normas contradictorias (el proceso de anomia) y el cambio social muy acelerado hace mucho más difícil la integración histórica del yo. La identidad se fragmenta, se esquizofreniza. El sexo ya no está oculto, el cine lo tematiza, la propaganda lo cosifica, pero no se lo reprime.

El grupo familiar cambió totalmente, antes la autoridad de los padres estaba más repartida. Ahora, la pareja nuclear está sola, desapareció la gran familia, como una microsociedad que protegía de la soledad.

Buscamos las raíces de los cuadros psicopatológicos más importantes en el mundo actual: la angustia en relación con lo prospectivo y los trastornos de la identidad, que podrían llamarse procesos de esquizofrenización.

El cuadro agudo de esta fragmentación del yo, el sentimiento de incertidumbre, y las crisis, son las patologías de mayor incidencia en las grandes ciudades, con un fuerte sentimiento de soledad.

El centro de la temática de la filosofía existencial, entonces, es el hombre como problema para sí mismo, es el proceso de ser, de existir sostenido por un proyecto de destino.

Respecto al basamento filosófico que sustenta el modelo psocoanalítico está impregnada del modelo bíblico, con un Jehová restrictivo y toda una secuela de culpas y castigos.

Para nuestro modelo, que concibe la enfermedad desde la perspectiva de la temporalidad, el hombre se encuentra solo consigo mismo.

Por la perspectiva cultural conservadora de su época, Freud buscaba la explicación de los transtornos psicológicos desde lo arqueológico. En ese momento histórico de la cultura europea el futuro era deducible desde el pasado, no constituía un problema, el tiempo estaba tan quieto que no se veía.

El tiempo, como tema, puede producir más rechazo que el sexo, pues éste contiene el pecado (el terrible incesto), en cambio el análisis del tiempo, contiene la muerte, temática más temida que el incesto.

Existe un tema a replantear del psicoanálisis, y es su concepción profundamente falocentrista, en la que se llega a sostener que la mujer tiene envidia del pene, sencillo órgano, cuando en realidad ella posee algo mucho más complejo, el útero, que le permite gestar un ser humano, lo que le da la vivencia de un vínculo tan profundo que nunca quedará sola. En cambio, el hombre, es un eterno solitario, no puede gestar.

El falocentrismo y su concepción individualista, donde no es percibida la matriz grupal de la identidad, son temas constitutivos de la burguesía, la cultura y la clase social en que se originó el psicoanálisis.

Además sostiene que el presente se entiende desde el pasado. Hace años, esto me parecía algo casi obvio, pero desde este momento histórico de incertidumbre, me parece más exacto decir que el presente se configura desde el futuro, es decir, lo que me interesa resolver en este presente es cómo sigue mi historia, mi proyecto. Para saber hacia dónde voy tengo que saber de dónde vengo. El presente no es la última parte del pasado, sino la primera parte del futuro.

Con las tres aperturas proponemos pensar la terapia desde un paradigma distinto, opuesto al actual, es un planteo ideológico que se opone a la propuesta del sistema, un esquema conceptual que da lugar a un nuevo enfoque en la operatoria. El planteo del sistema imperante tiene que ver con lo individual, sólo desde la palabra y únicamente dirigido hacia el pasado; nosotros proponemos como aperturas, primero, lo grupal, luego la acción e incluir el cuerpo, y por último, el futuro y la transformación. El sistema propone que la unidad, el ente a analizar, es el individuo, y opera a través de la palabra. Esta palabra, además, se concentra en el tema del pasado, en la historia sucedida. El paradigma de este tipo de concepción, de esta epistemología en el campo terapéutico, es el psicoanálisis, que es útil para operar con las neurosis estabilizadas socialmente, pero vamos a ver que no es operativo para las situaciones de crisis.

Nuestra propuesta, como concepción del hombre, se opone al psicoanálisis ideológica y operatoriamente, y en ella se trabaja con estos tres principios: supone que el hombre es un ser grupal, que primero acciona y luego conceptualiza con la palabra lo que hizo. Luego, la palabra sirve para nominar, para explicar lo que pasó y lo que queremos que suceda; si no está ligada a la acción, la palabra es letra muerta. Y por último, el pasado, la experiencia, es lo que permite continuar la historia como un futuro. Pero ir al pasado sin que eso sirva para configurar un proyecto, es un viaje inútil, porque la vida es un estar arrojado hacia esa esperanza o a esa incertidumbre con que se reviste el futuro.

Si nosotros podemos concebir el individuo dentro de un grupo, si podemos concebir la palabra que lleva a la acción (o la acción que es relatada por la palabra), y si podemos concebir que el pasado sirve para construir el futuro, ahí hemos integrado dialécticamente las tres contradicciones fundamentales de la organización de la realidad: individuo–grupo, palabra–acción y pasado-futuro.

Capítulo 4
1   2   3   4   5   6   7   8

similar:

Introducción iconIntroducción

Introducción iconIntroducción

Introducción iconIntroduccion

Introducción iconIntroducción

Introducción iconIntroduccióN

Introducción icon1. Introducción

Introducción iconIntroducción

Introducción iconIntroduccion

Introducción iconIntroduccióN

Introducción icon1. introduccióN






Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
f.se-todo.com