Introducción






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Capítulo 1

El tiempo


Ese ladrón que fabrica fantasmas...

Comenzaremos con la observación del acto de percibir. Evidentemente no hay organización de la percepción si no se configura la relación figura-fondo en el caos de información que recibimos. Algo tiene que ser elegido como figura y lo demás pasa a ser fondo, y llevamos a cabo esta elección desde el recuerdo de percepciones anteriores, de antiguos presentes.

Analizamos la anatomía y la patología del acto de “estar vivo”, del psiquismo en relación con ese pasaje continuo en el que hay que saltar, sin descanso, del presente al futuro y ver cómo éste se hace pasado. Es como saltar un pozo, que es cada presente, que vuelve a estar por delante y que es necesario saltar cada vez.

Estamos condenados a caminar de la pérdida del pasado a la incertidumbre del futuro, pero la cultura construyó sistemas de sostén para dar este salto, que permiten armar proyectos y hacer así una vida con sentimiento de realización.

De las dos partes del tiempo, el que ofrece mayor interés desde el punto de vista de la crisis, es el futuro, pues el principal síntoma de estas perturbaciones es la vivencia de futuro incierto.

La vida es como un viaje en la niebla: sólo vemos “ahí nomás”; y para poder avanzar debemos alucinar un camino. A este camino lo inventamos con partes del camino recorrido, suponiendo que hay curvas y escalones que se repiten. De todos modos ese futuro (el proyecto) es siempre una plataforma, que avanza en el vacío de información que tenemos siempre adelante, y si lo hacemos bien, la vida es una aventura interesante.

Las dos dimensiones del yo

El yo vive en el cruce de dos dimensiones: el espacio, que es la dimensión de lo real, del cuerpo, y el tiempo, que es la dimensión de lo imaginario, de la subjetividad.

En los extremos de estas dimensiones se encuentran dos oposiciones: vínculo-estructura, en el espacio y pasado-futuro, en el tiempo. Y es así que el yo, se constituye en el cruce de estas dos oposiciones.

Otra forma de expresarlo es podemos saltar del pasado al futuro, sostenidos por vínculos y estruc­turas, que son la familia y el trabajo..

En la dimensión espacial (la realidad), están ubicados los diálogos del yo con las per­sonas y con el campo social, ambos en el área de lo concreto, de lo material, es decir, de la energía. En la dimensión temporal (la subjetividad), se ubican los diálogos imaginarios, con el yo­ sido y el yo por ser. Estos diálogos son internos del yo, en el área de lo simbólico, es decir, de la información.

Aquí vemos que estas dos dimensiones nos ayudan a se­parar más claramente las dos funciones del yo, en relación a vivir y existir, esto es considerando que primeramente el núcleo del yo debe discriminarse del mundo que lo rodea y luego, y no menos importante, ase­gurar su continuidad a través de las transformaciones de lo real. Vemos así que se vive en el espacio y se existe en el tiempo. Esta última dimensión es privativa del hombre, sólo él se autopercibe existiendo, el animal sólo vive en cada instante a través de una conciencia puntual, no puede acceder a lo simbólico, al mundo de la información.

La propuesta de la teoría temporal es re­pensar todas las funciones del psiquismo respecto a que aseguren cambiar siendo el mismo.

Respecto al concepto de identidad proponemos que ésta sólo se asegura en la suma de vivir y existir, sólo puede hablarse de identidad cuando un yo discriminado se percibe dentro de una historia, dicho de otra forma, la per­sona debe constituirse simultáneamente en las dos dimen­siones: espacio y tiempo, o sea, como energía y como información, lo cual no es otra cosa que la vieja distinción entre cuerpo (energía) y mente (información).

Ahora podemos decir que la trama cultural consiste en someter la energía a la información, el acto al símbolo, en síntesis hacer que el espacio sea atravesado por el tiempo. Pero no debemos perder de vista que a su vez el tiempo es simplemente la información de estados pasados del espa­cio, de modo que cada dimensión define la otra, el análisis de cada una de ellas es posible solo por una disección conceptual.

El tiempo, en realidad, es la memoria del espacio, porque lo único que existe es el espacio. Decir recuerdo, decir memoria, es evocar un espacio sucedido. La repetición de la escenografía del espacio me permite soportar la transformación irreversible del tiempo. Volver al mismo espacio nos ilusiona con volver al mismo tiempo.

El tiempo es la secuencia de espacios sucedidos, pero sólo debido a que el espacio se mueve, es decir, cambia, y por lo tanto, crea el tiempo. Pero, como el devenir es un proceso continuo, es necesario crear el presente como una convención que dice: hacemos de cuenta que existe un estado del campo que no se está transformando, y a ese instante, percibido como detenido, lo llamamos presente. De otra manera, el continuo fluir de la transformación haría imposible percibir etapas distintas. Por esto la continuidad del yo no es algo "natural”, asegu­rado, sino que es el resultado de una continua lucha contra la tendencia desorganizadora del devenir, es decir la entropía.

Esta es una lucha colectiva pues, entre todos, hemos creado las tramas objetivadas de continuidad, las reglas de lectura y operación de la realidad.

Futurar recuerdos

La construcción de esa suposición llamada futuro, se basa en el hecho de que la mente memoriza especialmente recuerdos de situaciones inconclusas, que por no haberse cerrado, contienen energía psíquica y tienden a “futurarse”, es decir, a ser esperados. Si el recuerdo de la situación inconclusa es placentero, tendrá lugar el deseo, que es el territorio de la salud, pero si lo que sucedió fue una experiencia dolorosa, el recuerdo se futura en lo que llamamos miedo.

En la contradicción dialéctica entre el pasado y el futuro la síntesis es el presente. Pero el futuro tiene una característica especial, y es que siempre es un espacio virtual, y cuando se llega a él y se transforma en presente, da lugar a una nueva oposición y una nueva síntesis.

En resumen, dos permiten tres, y el último es virtual. El futuro es como el arco iris, cuando nos acercamos se vuelve a alejar, pero siempre vuelve a estar allí adelante, naturalmente esto es así cuando el tiempo gira.

El principio de secuencia del psiquismo es un inteligente recurso para resolver en parte el desamparo informacional humano, es decir el déficit de información sobre el devenir. También hace que el pasado no se esfume del todo, pues consiste en usar el pasado para fabricar el futuro, lo cual encadena, integra los tiempos ayer, hoy y mañana. Delante de todo presente se abre una multiplicidad de futuros posibles, es lo que Sartre llamó la vorágine de posibilidades. El hombre debe elegir, y para protegerse de esta vorágine, tiende a prohibirse posibilidades y dejarse abiertos sólo unos pocos caminos. Los tabúes, las leyes, los límites, son los “no” que definen los “sí”, y de ese modo se disminuye la cualidad caótica del futuro arborescente. En el capítulo sobre la construcción de la cultura trataremos la necesidad de construir estructuras, constricciones como forma de controlar el azar.

Los extremos de la existencia

El fenómeno de la vida, de estar existiendo, se presenta como un entorno instrumental, “un ahora” siempre corporal que se desplaza sobre una larga tira imaginaria, la zona de lo que fue y de lo que será. En otras palabras: estamos condenados a arrastrar nuestro cuerpo a través del tiempo entre los dos extremos de nuestra existencia: el nacimiento y la muerte.

En cualquier momento se nos presenta la vivencia de finitud, de desamparo existencial, que debemos elaborar como terapeutas si queremos ayudar a otros cuando experimenten esta vivencia de lucidez existencial y necesiten “taparla” con la locura.

Siempre los mecanismos de la naturaleza son posibles de estudiar en la medida en que fallan, es decir, por su patología, pues cuando funcionan bien no se saben sus partes. La fisiología se entendió por la patología, por eso la temporalidad la hemos podido estudiar y analizar por su patología, que es la locura, el no tiempo.

El vacío existencial

En el vacío, que es el tiempo paralizado, se desestructura la configuración de figura-fondo, pues la percepción del fondo de la figura depende de los recuerdos, siempre es histórico. Así pues, se produce un presente en blanco, una percepción sin sentido. Esto es lo que principalmente se experimenta en las crisis agudas. En el brote esquizofrénico, la crisis máxima se produce la vivencia de fin del mundo. Diríase que la vida, la vivencia de existir, es como una bicicleta: si se detiene, se cae. A la bicicleta la sostiene la inercia, el movimiento.

Contar con salud mental no es nada sencillo, pues es imposible evitar metamorfosearnos: debemos dar existencia a todos los personajes de nuestra historia vital, y si se la negamos a algunos, es sólo a costa de crear fantasmas que intentan negar la transformación. Por ejemplo, la histeria es la “re-presentación” teatralizada de un conflicto que eterniza el vínculo, y la neurosis obsesiva es la “repetición” de actos que también intentan controlar el tiempo, pues todo vuelve a empezar una y otra vez.

El vacío existencial es una desorganización masiva del yo que consideramos la patología básica y que lo categorizado como cuadros clínicos, ( depresión, paranoia, histeria, neurosis obsesiva, etc) son sólo una defensa, ineficaz y subjetiva contra la vivencia primaria de disolución del yo, que es el verdadero vértice de la enfermedad. Las psicosis y las neurosis, aunque mutilen funciones de la vida, son defensas de algo peor, el vacío existencial, volver al doble encierro de la conciencia, sólo y paralizado.

Como residente en el Broklyn Mental Hospital de Nueva York (que en realidad era un manicomio, en los años 1970-1971), pude presenciar los efectos en el psiquismo de la deprivación sensorial masiva. Las condiciones experimentales eran el aislamiento total del sujeto; éste se encontraba en una cámara de aislamiento acústico con forma de tanque, en la oscuridad total, acostado y con las manos enfundadas en cilindros de tela. Quedaba sin estimulación externa ninguna. Al cabo de diez o veinte horas, un alto promedio de los sujetos comenzaba a tener alucinaciones visuales (formas en movimiento) y la sensación de encontrarse vigilados por otra persona dentro de la cámara de aislamiento. Padecían también otros trastornos que configuraban un delirio protector contra la vivencia de vacío, de soledad absoluta. Algo parecido a esto se utiliza en las cárceles como castigo, pues produce vivencia de muerte, lo llaman “el buzón”.

Otras veces el tiempo queda detenido, pero no de manera patológica, como en la vivencia del nirvana. Se trata de las intensas vivencias de totalización que producen los estados emocionales límites o placenteros, en los que el yo queda fuera del tiempo y se autopercibe como totalidad histórica (el éxtasis religioso y el satori del budismo zen son esos casos límites). Puede decirse que en un instante se vive la eternidad. Son los instantes en que quedamos fuera de la trama de los hábitos que sostienen la temporalidad de la vida cotidiana.

El tiempo es el gran desterrador. Con esa curiosa e inasible propiedad que tiene "de pasar", de ser un fluido transformador (entrópico) invisible e indetenible, que todo lo impregna. Apa­rentemente estamos en una misma casa, en una misma ciu­dad, pero en un momento dado, la casa es otra y la ciudad también, porque algo fundamental cambió. Es decir que aunque nos quedemos quietos, cami­namos igual en una sola dirección y sin retorno, debiendo ir de una casa "a la otra" y de una ciudad a "la otra", aunque aparentemente sean las mismas, sin poder volver, pero reencontrándonos, gracias a la capacidad evocativa, en los lugares conocidos ( “Volverán las oscuras golondrinas…”).

Cuerpo y tiempo

El cuerpo, nuestra actualidad perceptual, está encerrado en el presente, en el espacio, siempre es implacablemente “ahora”, pero nuestra identidad, que es nuestra historia, se encuentra en el tiempo. De modo que vivimos fuera de nosotros mismos y lo más querido de nosotros está en los espacios inaccesibles del pasado y del futuro, que sólo podemos "ver" desde el implacable "siempre ahora".

El pasado lo conocemos, es seguro y estable; el futuro lo inventamos, de modo que también es controlable, pero el presente es el espacio de lo inesperado, cualquier sorpresa nos ocurre en el aquí y ahora. Para poder atravesar en cada momento la discontinuidad del presente, construimos las estructuras de continuidad, verdaderas tramas cotidianas en el espacio, zonificaciones, límites y en el tiempo, ciclos, horarios, que nos permiten "recorridos estabilizados" en ese espacio tiempo. Se trata del territorio de los hábitos, que actúan como una especie de pegamento de los fragmentos de la realidad perceptual. Sobre todo esto volveremos una y otra vez a lo largo de este libro.

El presente es una convención cultural, no es sólo la percepción de los sentidos. Lo que está sucediendo debe ser entendido desde una construcción cultu­ral, desde una convención compartida por un grupo que "lee" esa situación de acuerdo con una determinada significación que todos aceptamos como "lo que está ocurriendo".

Esto nos aclara qué sucede en la psicosis: el loco se resbaló de la cultura, perdió el código común para definir la realidad y tuvo que crear, para salir de ese vacío, otra vez el código, pero esta vez, a partir de su subjetividad, como un inventor solitario.Este código es su delirio interpretativo, con el que or­ganiza los datos perceptivos. Por lo tanto "su presente" va a ser distinto del nuestro pues lo percibe desde su lectura subjetiva.

El presente es la contestación del otro, esto quiere decir que no hay lectura de "un presente" sin que nos pongamos de acuerdo con otro en un diálogo sobre cómo "leer" ese presente. Pues cualquier estado del entorno real tiene muchas lecturas posibles.

Lo dicho nos sirve para evaluar qué sucede cuando desaparece un otro muy im­portante, con quien manteníamos un diálogo profundo. Suce­de que ya no hay más una contestación de ese otro que me configure presentes. Esto explica las vivencias de tiempo vacío en las separaciones traumáticas y los duelos de personas queridas, es decir, las personas que son testigos de nosotros mismos.

Tiempo subjetivo y tiempo social

El tiempo tiene dos dimensiones distintas. Por un lado está el tiempo subjetivo, el tiempo interno, el de la evocación y anticipación en lo imaginario, que es errátil y cuyo orden es imprevisible, no tiene secuencia, lo sucedido se mezcla con lo anticipado, todo es reversible, todo el tiempo está ahí, alrededor nuestro.

Por otro lado el tiempo social, externo, está espacializado, convertido en velocidad constante de las agujas del reloj, es el mismo para todas las subjetividades, es el tiempo de los horarios y de los encuentros con el otro, es un tiempo secuenciado e irreversible, no vuelve atrás. Pero la cultura crea el tiempo cíclico donde todo vuelve a suceder, los meses y los días semanales.

Enero se vuelve a repetir, y también los lunes y las ocho de la mañana. Este es el ciclo del eterno retorno, que hemos creado para enfrentar el sentimiento de evanescencia. Pero con los años es distinto, porque son irreversibles, pues tienen números que no vuelven atrás 2010, 2011, 2012… estos son los pasajes más ansiógenos, por eso están protegidos por los ritos de pasaje que crea la cultura. Las fiestas de fin de año, con bastante alcohol y ruidosa cohetería, nos distraen del miedo de tomar conciencia del tiempo irreversible. Aparece la pregunta inevitable: ¿qué vas a hacer el año que viene?, y tomamos conciencia de la necesidad reciclar el tiempo.

El giro del tiempo

En el mecanismo de la temporalidad, que podemos llamar el giro del tiempo, primero percibimos con los sentidos una situación, luego la información se memoriza y se imprime como recuerdo. Pero cuando esta experiencia no fue completada, diríamos que “no cerró”, en relación con la energía psíquica que movilizó, se constituye como experiencia “no digerida”, un recuerdo que está vivo. Estos son los recuerdos que se utilizan para construir el futuro: los arrojamos por delante del presente, en el porvenir, luego vamos hacia ese futuro, o ese futuro viene hacia nosotros (depende de que el tiempo se lea de manera activa o pasiva). Cuando llegamos a ser ese otro, “llegó el día esperado”, nos reconocemos como el mismo anticipado y, por lo tanto, queda asegurada la integración histórica de los sucesivos yo.

También los ciclos, especialmente los solares del día y el año, sirven para hacer girar el tiempo, para transformar ilusoriamente un proceso real que es lineal, infinito e irreversible, en un proceso circular, en el que siempre existe otra oportunidad para resolver los problemas de la vida. Además, los ciclos y las estaciones del año, noche y día, verano e invierno, procuran un término y un encuadre a las tareas.

En cambio, la inclusión de la variedad es una necesidad estructural en la percepción de la realidad. ¿Por qué? Porque la figura es lo nuevo, y el fondo está referido a una percepción anterior histórica y, por tanto, tiende a esfumarse La figura pasa luego a ser, en la percepción siguiente, el fondo de un nuevo objeto elegido como figura y así sucesivamente.

Esto explica los fenómenos de monotonización de la percepción, que conducen al estado de trance, y toda la problemática del hastío, relacionada con la depresión, el presente en blanco. Si se repite regularmente un estímulo auditivo o visual (siempre igual figura), se destruye la percepción. Esto da cuenta del estado de trance obtenido con tambores en rituales primitivos, y se relaciona también con los rituales con los que los neuróticos obsesivos se defienden del cambio, que es vivido como desestructurante, aún al precio del empobrecimiento del sentimiento de vivir. Este es el tema de la burocracia, como defensa de la fragmentación del yo. El tiempo queda girando en torno al ritual, sin expectativa, pero también sin la vivencia de un vacío insoportable. El yo consigue instalarse en un “movimiento paralizado”, que es como una calesita, parece que se mueve, pero solo gira.

Figura cronal

Para que se organice el campo en figura-fondo, debe existir una contradicción, un conflicto, algo que debe resolverse. Esto genera una energía que orienta el campo, produce prospectiva, genera una expectativa, es decir "crona" el tiempo. El hastío y el aburrimiento no permiten orientar el campo de la realidad; si no hay deseo y no hay miedo, no podemos ver, no se configura la realidad, pues la percepción no se produce en un campo indiferenciado, y el tiempo se detiene.

El deseo da sentido al campo perceptual y permite que se configure el espacio, el tiempo y la tarea. El odio, la violencia, el miedo, también permiten configurar el campo de la percepción, hacen que ese universo, que de hecho es caótico y sin sentido, adquiera sentido a través del deseo, que me permite elegir una figura y dejar como fondo todo lo demás. Incluso la fisiología del ojo tiene una zona de visión fina, que se llama la mácula, que percibe con mucha mayor nitidez, y deja alrededor una imagen menos clara, que actúa de contexto en la fisiología de la visión.

Podemos decir que la prospectiva, permite la percepción, es decir: elegir qué ver, y dejar como fondo lo demás.

Los invariantes

La transformación se percibe, se mide, desde algo que no se transforma, y que es un invariante. La conciencia está en un movimiento continuo, no puede detenerse y por lo tanto no se puede percibir a sí misma, porque se transforma. Por eso necesita algo que no se transforme, que sea externo a ella misma, y estas son las construcciones humanas. Una, es el lenguaje, las palabras no cambian, por lo tanto son invariantes. Además están dichas por testigos que son externos, nuestros vínculos, que nos testimonian a aquel que fuimos, por lo tanto retienen ese pasado nuestro, que a veces no logramos retener. La memoria no puede volverse sobre sí misma, porque se ha transformado el punto de vista, debido a que cuando nosotros crecemos, vamos cambiando la manera de ver nuestra vida y de ver el mundo.

Por otro lado la permanencia del espacio, de los objetos que nunca se transforman, nos permiten tener la sensación de revivir situaciones pasadas, porque la escenografía es la misma.

Una cosa se puede mover, si otra cosa se queda quieta. Si todo se mueve, no se puede percibir el movimiento. Para que algo exista, es necesario referirlo a la nada. Los números tienen sentido a partir de la negación del número, que es el cero.

En psicoterapia, podemos decir que la frase del Gatopardo de Lampedusa, cuando dice de la política: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”, hay que invertirla “Para que algo cambie, hacia la salud, es necesario que algo quede igual (el núcleo de identidad). Nadie quiere curarse si debe perder su identidad (yo me curé, pero ¿quién soy?…)

Por eso la curación debe ser por escalones sucesivos, que permitan conservar la mismidad.

Disección del tiempo

Sabemos que todo este análisis, una verdadera “disección” de la organización perceptual de la temporalidad, es ansiógeno, pues nos pone en contacto con lo más profundo de nuestra angustia existencial, pues avanzamos en la incertidumbre y podemos perder el sentido de nuestra existencia, cuando las defensas culturales bajan lo suficiente. Allí aparece lo que Donald Winnicott llama “lo impensable”. Estamos todos metidos en este lío de existir sin poder salir de él. Este es el tema de la desesperación y el desamparo sartreanos.

La posibilidad que tenemos, como psicoterapeutas, de reintegrar el paciente a la salud, depende de que hayamos vivenciado y elaborado todo esto antes, para poder indicarle el camino. En mi caso fue angustiante realizar esta disección del tiempo psíquico, que rige todo el modelo teórico de nuestra concepción de la salud y la enfermedad, pues al desarmar el tiempo con el fin de estudiarlo, nos quedamos sin esa construcción protectora de la identidad.

La imagen para trasmitir esta situación es: ¿cómo desarmar “el bote”, la cultura que nos sostiene, para ver como está construido? El resultado es empezar a hundirse, porque nos quedamos sin el bote que nos sostiene.

Nos referimos a estas experiencias a fin de indicar algo importante: para el hombre, estudiar el tiempo, es como si el pez quisiera estudiar el agua, le sería imposible hacerlo a menos que pudiera salir de ella y saber qué es no-agua, donde paradójicamente se ahogaría, en el aire.

Nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que la psicosis y las experiencias con drogas alucinatorias, constituyen un lugar fuera del tiempo. También, como ya hemos dicho, son un lugar fuera del tiempo las experiencias del satori del budismo Zen, en las que el tiempo se anula porque se llega a anular todas las contradicciones y finalmente incluso la oposición entre yo y no-yo. Esto lleva a un sentimiento de plenitud fuera del tiempo-angustia. Es una salida del tiempo, pero no hacia la enfermedad, sino hacia un sentimiento de completud de la identidad en ese instante.

Sueño y tiempo

Los sueños son tentativas de organizar proyectos, diríamos “los borradores”, trabajo de ensayo y error para la configuración de la prospectiva.

Según Fritz Perls, los sueños son mensajes existenciales de nosotros a nosotros mismos.

Las imágenes recordadas se transforman en símbolos y éstos son formas primarias de lenguaje. De modo que al contarle el sueño al terapeuta, lo que está haciendo el paciente es colocar esas imágenes caóticas subjetivas en palabras, y por tanto coloca ese material “ininteligible” en el espacio intermedio de la palabra, de la objetividad, de la cultura. Y así va transformando su caleidoscopio imaginario en planificación estabilizada, con lo que se puede incluir en la trama de juegos de coordinación, que es la vida social, el mundo objetivo.

De modo que, no es tanto la explicación del sueño lo que tranquiliza, sino el convertir las imágenes caóticas en símbolos compartidos, o sea poder traducirlas en palabras y con esto, incluir la subjetividad en la objetividad. Esto es imaginar un estado futuro del yo y luego instalarse en él. Pero este proyecto sólo es operable en la realidad compartida, si es posible transmitirlo a los demás y, de este modo, acomodar las expectativas mutuas.

Los prospectores

Proponemos este término para cualquier tema que genere prospectiva en el proceso de la vida, o sea futuro.

Vamos a imaginar los prospectores como unos aparatos psicológicos que nos crean futuro. Un hijo es un prospector por excelencia, porque genera el proyecto fundamental para los padres.

La revolución social fue un prospector muy importante para los jóvenes de mediados del siglo pasado, porque era construir el socialismo, había una tarea que daba sentido a la vida.

En la época de Cámpora hubo en todo el país un prospector muy importante, que fue la liberación nacional y popular, a la que se incorporó la juventud porque era una manera de compartir eso que daba sentido a lo que estaban haciendo. Esta época de esperanza terminó en los hechos de Ezeiza, que fue un episodio vincular de un millón de personas esperando a alguien, con quien algo mágico iba a suceder. Volvía una especie de profeta, que iba a salvar al país.

Me acuerdo que ese mismo día, cuando volvimos, todo se fue al demonio… hubo doscientos muertos y comenzó una etapa negra para el país, que luego continuó con el genocidio de la dictadura militar.

Hay una parte de la cultura que no necesita complejos prospectores psicológicos, y es la vida cotidiana, a la que llamamos la jaula. Esta ya está armada por la cultura, y es como una escalera mecánica, que cuando nos subimos, nos lleva. Es la burocratización de la realidad, es decir, el trabajo de todos los días, es la prospectiva repetida que aburre, pero mantiene, de todas maneras, una banal expectativa, que nos defiende del vacío.

Pero… ¿qué pasa cuando no hay trabajo? No es el dinero lo único ni lo más importante que se pierde, sino la organización del tiempo y los vínculos sociales, por eso el desocupado vuelve al sentimiento de paralización.

El animal y el psicótico

El vivir corporizado, en la percepción inmediata, es específico del animal. Este no anticipa, vive un presente continuo y mantiene una primitiva memoria, gracias a la programación instintual y al aprendi­zaje que haya logrado por acierto y error. Puede que esté decaído, que tiemble, que le duela algo, o esté excitado, pero se encuentra irremediablemente condenado al presente corpo­ral. No se autopercibe, pues no constituye un proyecto desde el cual pueda verse "en este presente de ahora".

Una vivencia opuesta es la del psicótico, que vive sólo en el tiempo, quedó encerrado en él y no accede al presente, no cree en su percepción ac­tual, pues la deforma desde el delirio, que es su proyecto psicótico. Vive superponiendo su escena y sus vínculos fantasmas sobre los datos perceptuales.

Por esto pensamos que la "terapia" que se vale de electroshocks, o cualquier técnica de agresión masiva, no hace más que arrancarlo de su encierro imaginario y encerrarlo en el presente perceptual del dolor y el miedo, es decir, animalizarlo.

La psiquiatría organicista dispone de una larga historia de crueldades terapéuticas: baños de agua helada, inmovilización completa, abscesos de fijación, etc. Y al no curar la historia lastimada (lo imaginario no compartido) este tipo de terapia se ubica junto al planteo del veterinario, que no interroga al animal ni le pregunta al caballo “si su madre era una buena yegua…” sólo le da el jeringazo. Si sólo medica al paciente, le quita lo que lo diferencia de los animales y lo hace humano, esto es, la invención del tiempo y el diálogo que lo reintegra a la cultura compartida.

Pero tengamos en cuenta que en brotes muy agudos, es necesario dar una medicación para bajar un poco el nivel de la ansiedad psicótica y poder así instalar el diálogo terapéutico.

El adicto, el hipocondríaco y el psicópata

Pero hay también otros "encierros" patológicos en el pre­sente, que no llegan a ser tan graves, pues algo de historia queda en ellos, son los casos del adicto, el hipocondríaco y el psicópata. Tres cuadros que tienen en común el no poder configurar la temporalidad, no hay sentimiento de historicidad del yo, viven en un presente. El adicto consume drogas para recuperar una ilusión de continuidad de la corriente de conciencia, muchas veces con sentimiento de euforia, especialmente con la cocaína. El hipocondríaco está ligado a su cuer­po, sus dolores lo conectan exclusivamente con el ahora y siempre se encuentra en el presente de sus síntomas, él deposita, “guarda”, su situación traumática en el cuerpo, que es puro presente.

Fi­nalmente el psicópata "hace" continuamente, actúa y sólo anticipa lo imprescindible para concretar su acción manipu­ladora, él se encierra en el espacio del presente, para que no lo invada lo que fue y lo que será, dimensiones que no apren­dió a configurar. El no contó con el aprendizaje infantil de la frustración, que permite convertir la pér­dida en simbolización. Siempre se encuentra en el ahora, no puede identificarse con el otro, no puede sentir culpa ni deprimirse, su interior está vacío, no desarrolló el núcleo yoico de la identidad.

Se puede decir de ellos que quedaron encerrados afuera, lo contrario del psicótico, que quedó encerrado adentro. Por eso con los psicópatas, se tiene la sensación de que no hay nadie adentro (recordamos que la identidad es una historia con un sentido).

El hipocondría­co, en cambio, está siempre ocupado en el diálogo con sus cenestesias corporales, sus síntomas, y el adicto tapa su sensación de vacío interior con la estimulación química que le produce su adicción.

El tiempo y las terapias

En las etapas de complejización del concepto de tiempo, en las psicoterapias, proponemos cuatro momentos.

El primero, que fue el de la psicología clásica que sirvió de fondo histórico a Freud, proponía un modelo de conciencia atemporal con funciones aisladas (percepción, memoria, emoción, etc, como áreas independientes).

Posteriormente el psicoanálisis fue el comienzo de la concepción dinámica del aparato psíquico, lo presente se explicaba por lo pasado, todo el proceso terapéutico se centraba en analizar éste.

Luego está el pensamiento gestáltico de Fritz Perls, donde la terapia se centra en el presente y en la actualización perceptual, que es recuperar el presente para comunicarse con los demás, aunque la exploración inicial sigue teniendo sus raíces en el pasado.

Por último, en la terapia existencial se propone la configuración del tiempo como proyecto, integrando pasado, presente y futuro como una historia, que es la identidad. La vida concebida como movimiento, como salto continuo que, a veces, en la enfermedad, se convierte en caída, en paralización. Nuestro modelo psíquico se originó en la observación clínica, en el intento de resolver las crisis psicológicas.

Quiero señalar que a mi maestro Pichon Riviére le debo la posibilidad de esta concepción terapéutica, porque él, siendo fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina, tuvo el coraje de abrir el psicoanálisis a lo grupal e incorporar el análisis del cuerpo y las situaciones reales para el diágnostico y resolución en situaciones de crisis, y la tercera herejía respecto al psicoanálisis, fue pensar la terapia en términos prospectivos, la salud estaba definida por un proyecto de vida. En todo esto coincidía con la epistemología del existencialismo.

Y recordemos que este planteo filosófico fue una respuesta al sentimiento de fragmentación de la antigua cultura europea de principios de siglo, con su estabilidad victoriana, destruida por los cambios en la concepción del hombre, que sobrevinieron después de las dos despiadadas guerras mundiales y el enorme crecimiento tecnológico.

Después de todo esto, el hombre perdió la tranquilidad que daba la concepción positivista y la estabilidad histórica, y dio paso a la cosmovisión de la incertidumbre, y a un proceso de cambio cada vez más acelerado.

En síntesis, lo que proponemos desde la teoría de crisis, es que el hombre enferma en su proyecto, y allí es donde debe ser curado.

De todos modos, la primera etapa de las terapias sigue siendo un trabajo arqueológico del psiquismo, pues el futuro es un reflejo especular del pasado, claro que, al mismo tiempo, es por completo diferente, dado que todavía “no ocurrió” y puede llegar a cambiar el pasado, como el final de una película suele modificar todo lo ya visto de ella. Exagerando, diríamos que: sólo al final sabremos si una vida fue una de Chaplin o una de Drácula.

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