De joseph nicolosi, ph. D. & Linda ames nicolosi






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títuloDe joseph nicolosi, ph. D. & Linda ames nicolosi
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EN BUSCA DE LA MASCULINIDAD




Mientras tanto, el padre del chico tiene que poner de su parte. Necesita reflejar y afirmar la masculinidad de su hijo. Puede jugar a peleas con su hijo, juegos que son decididamente diferentes a los que jugaría con una niña. Puede ayudar a su hijo a aprender a lanzar y a coger un balón. Puede enseñar al chaval cómo meter un taco de madera a través de uno de los agujeros de un tablero o puede llevarse a su hijo con él a la ducha, donde el chico no puede evitar darse cuenta de que el padre tiene un cuerpo masculino, igual que él.
Como consecuencia, el hijo aprenderá más de lo que significa ser varón. Y aceptará su cuerpo como representación de su masculinidad. Esta, pensará, es la forma en la que están hechos los chicos –y los hombres. Y es la forma en la que estoy hecho yo. Soy un chico y eso significa que tengo pene. Los psicólogos llaman a este proceso “incorporar la masculinidad a un sentido de identidad” (o “introspección masculina”) y es una parte esencial de la maduración hacia la heterosexualidad.
El pene es el símbolo esencial de la masculinidad. La diferencia sin error entre varón y mujer. Debería enfatizársele al chico en la terapia esta diferencia anatómica innegable. Como ha dicho el psicoanalista Richard Green, el chico afeminado (a quien llama sin rodeos “chico mariquita”) ve su propio pene como un objeto extraño y misterioso.16 Si no tiene éxito en “adueñarse” de su propio pene, se convertirá en un adulto que encontrará fascinación continua en los penes de los demás hombres.
El chico que toma la decisión inconsciente de alienarse de su propio cuerpo masculino se encuentra en el camino justo para desarrollar una orientación homosexual. Un chico así a veces será obviamente afeminado, pero con más frecuencia –como la mayoría de los chicos pre-homosexuales- se trata de lo que llamamos “inconformidad de género.” Es decir, será de alguna forma diferente, sin amigos varones íntimos en esa fase del desarrollo cuando los demás chicos están separándose de sus amistades íntimas con niñas (a la edad de entre seis y once años, más o menos) para desarrollar una identidad masculina más segura. Un chico así suele tener también una relación pobre o distante con su padre.


Escuche las palabras de Richard Wyler, que respalda a un grupo de apoyo en la red para personas que luchan con la homosexualidad. Wyler ha reunido las historias de un grupo de ex-gays y las publicó en su página web www.peoplecanchange.com. Describe los sentimientos de alienación de su propia naturaleza masculina compartidos por estos hombres:
Nuestro miedo y dolor por sentirnos rechazados por el mundo masculino nos condujo con frecuencia a disociarnos de lo masculino, que era lo que más deseábamos… Algunos de nosotros comenzamos a distanciarnos de los demás hombres, de los intereses masculinos y de la masculinidad tomando de forma consciente o inconsciente rasgos, intereses o amaneramientos más femeninos (con frecuencia vimos esto en la comunidad gay como afeminamiento y amaneramientos deliberados, donde los gays lo llevaban a veces hasta un extremo en el que incluso se referían mutuamente como “ella” o “amiga.”
Pero ¿a dónde nos llevó esto, como varones? Nos llevó a un País de Nunca Jamás de confusión de género, no completamente masculino pero tampoco realmente femenino. Nos habíamos disociado no sólo de los hombres individuales que temíamos nos fuesen a hacer daño sino de todo el mundo masculino heterosexual. Algunos de nosotros incluso se excluyó de nuestra masculinidad como algo vergonzoso o inferior. (www.peoplecanchange.com)

Esto significa que los hombres homosexuales, como explica el psiquiatra Charles Socarides, están todavía buscando el sentido masculino de la identidad que debería haberse establecido en la temprana infancia y luego haberse solidificado en el transcurso de la adolescencia.17 Pero las dinámicas implicadas son completamente inconscientes. Y por eso el doctor Socarides utiliza el psicoanálisis (y alguna de las herramientas del psicoanálisis, como el trabajo con los sueños) para ayudar a sus pacientes homosexuales adultos a comprender y solucionar sus esfuerzos inconscientes.
Intento evitar una terapia larga y difícil para sanar la homosexualidad en la adultez animando a la rápida intervención en la infancia. Los progenitores, particularmente los padres, pueden afirmar mejor la identidad de género masculina débil de sus hijos mientras está todavía en su fase formativa. La intervención de los padres puede conducir a un aumento en la estima del género, previniendo el sentido de inferioridad masculina y la alienación del mundo de los hombres tal y como los describen tantos homosexuales.

La idea es evitar que el chico se excluya de su masculinidad normal y animarle a reivindicar la identidad masculina para la que fue creado, no para moldearle de alguna forma en la caricatura de un macho (puede que no sea esto lo que es y eso está bien), sino para ayudarle a desarrollar su propia masculinidad dentro del contexto de las características de la personalidad con las que nació.
Richard Wyler explica las necesidades que él y otros que luchan sentían cuando eran niños, particularmente anhelo y soledad, como tantos otros chicos sin identidad de género:
De forma desconocida y sin intención, habíamos construido un abismo psicológico entre nosotros mismos y el mundo masculino heterosexual. Sin embargo, como hombres, necesitábamos pertenecer al mundo de los hombres. Ser guiados por ellos. Ser afirmados por los demás hombres. Amar y ser amados por ellos. Aunque teníamos miedo a los hombres, suspirábamos por su aceptación. Envidiábamos la confianza y la masculinidad que parecían venirles tan fácilmente. Y mientras crecíamos, la envidia se convirtió en lujuria. Viendo a los hombres de lejos, queriendo ser como ellos, queriendo sentirse incluido, se convirtieron en los objetos de nuestro deseo.
Desde la parte lejana del abismo que habíamos construido, nunca pudimos salir de la homosexualidad. Los activistas gays y los terapeutas de afirmación gay nos decían que nuestro verdadero lugar estaba de hecho en esta parte del abismo, que era un buen lugar en el que estar. Si eso es verdad para otros, ciertamente no lo era para nosotros. Nosotros queríamos algo más. Queríamos afrontar nuestros miedos, curar nuestros problemas subyacentes y llegar a ser los hombres que sentíamos que Dios quería que fuésemos. No queríamos afirmarnos como gay. Queríamos afirmarnos como hombres. (…) Queríamos sanar los problemas ocultos que nuestra voz interior nos apelaba a sanar. (www.peoplecanchange.com)
Como explica Wyler, el proceso normal de identificación de género ha salido torcido. En vez de identificarse con su género, esos chicos se han excluido como mecanismo de defensa del mundo de los hombres. Para protegerse del daño, se han excluido del vínculo y de la identificación masculina.
La mayor parte de esta exclusión comenzó con una relación débil con el padre. Algunos padres encuentran una forma de implicarse en todo excepto en sus hijos. Se pierden en sus carreras, en viajes, en el golf o en otras actividades que llegan a ser tan importantes para ellos que no tienen tiempo para sus hijos. O fracasan al ver que este hijo particular interpreta la crítica como un rechazo personal.
O el problema puede tener su raíz en un desajuste de temperamento: al padre le era mucho más difícil llegar a ese “hijo particular” debido a ese mismo temperamento sensible del niño. A su padre le resultaba difícil relacionarse con él porque no compartían intereses comunes (quizás las actividades con las que disfruta este hijo particular son más sociales y artísticas y menos masculinas en general). Y en las ocupaciones y las prisas de la vida, este chico al que era difícil llegar fue de algún modo dejado de lado y rechazado.
Pocos padres llevan este escenario hasta el extremo. Pude ver a un padre (un hombre inmaduro e inadecuado que advirtió a su esposa, antes de que naciese su hijo, que no quería otro chico) rechazar e ignorar a su hijo, mientras que adoraba a su hija mayor. Amenazado aparentemente por la idea de tener otro “hombre en la casa”, este hombre expresó su desagrado de una forma tan clara que su hijo, con no más de dos años, llevaba vestidos como su hermana y jugaba con la colección de muñecas Barbie de ella. De forma nada sorprendente, este niño pequeño se sentía mucho más seguro renunciando a su identidad masculina.
Por una variedad de razones, algunas madres tienen también la tendencia a prolongar la dependencia de sus hijos. La intimidad de una madre con su hijo es primaria, completa y exclusiva, y este vínculo poderoso puede profundizar en lo que el psiquiatra Robert Stoller llama una “simbiosis dichosa.”18 Pero puede que la madre se incline a mantener a su hijo en lo que se convierte en una dependencia mutua insana, especialmente si ella no tiene una relación satisfactoria e íntima con el padre del chico. En esos casos ella puede poner demasiada energía en el chico, utilizándolo para satisfacer sus necesidades de amor y compañía de una forma que no es buena para él. 19
Un padre “relevante” (es decir, fuerte y benevolente) interrumpirá la “simbiosis dichosa” de madre e hijo, que él siente instintivamente que no es sana. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual, tiene que romper el vínculo de madre-hijo, que está bien en la infancia pero no es lo mejor para el chico en otras etapas posteriores. De esta forma, el padre tiene que ser un modelo, demostrando que es posible que su hijo mantenga una relación amorosa con esta mujer, su madre, manteniendo al mismo tiempo su propia independencia. En este sentido, el padre debe actuar como un tope sano entre madre e hijo. 20
A veces la madre podría trabajar contra el vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del chico (“Fuera hace demasiado frío para él”, “Podría hacerle daño”, “Hoy está ocupado haciendo cosas conmigo”) para satisfacer sus propias necesidades de intimidad masculina. Su hijo es un varón “seguro” con el que puede tener una relación emocional íntima sin los conflictos que pueda tener que afrontar en la relación con su marido. Podría ser muy rápida en “rescatar” a su hijo de Papá. Puede abrazar y consolar al chico cuando el padre lo castigue o lo ignore. Su excesiva simpatía puede desanimar al niño de realizar la importante separación maternal.
Además, la simpatía maternal exagerada fomenta la autocompasión, un rasgo que se observa con frecuencia tanto en los chicos pre-homosexuales como en los hombres homosexuales.21 Esta simpatía exagerada de la madre puede animar al chico a permanecer aislado de sus compañeros varones cuando le hacen daño al tomarle el pelo o al excluirle. Como nos dice Richard Wyler:
Casi todos nosotros teníamos una sensibilidad e intensidad emocional innata que sabíamos que ambas podían ser una bendición y una cura (cualquiera que sea el grado en que la biología pueda contribuir a la homosexualidad, este es probablemente en el que la biología afectó más en nuestra lucha homosexual).
Por una parte, nuestra sensibilidad hacía que fuésemos más cariñosos, amables, gentiles, y que con frecuencia tendiésemos a la espiritualidad más que la media de los chicos. Por otra parte, estos fueron muchos de los rasgos que hicieron que las chicas nos acogiesen sin recelos en sus círculos internos, que las madres nos mantuviesen de forma más protectora, que los padres se distanciasen de nosotros y que nuestros compañeros duros y desordenados nos rechazasen.
Quizás incluso más problemático fue que esto produjo dentro de nosotros una susceptibilidad a sentirnos heridos y rechazados, magnificando así muchas veces cualquier rechazo y ofensa real que pudiéramos haber recibido de los otros. Nuestra percepción se convirtió en nuestra realidad (www.peoplecanchange.com).

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