De joseph nicolosi, ph. D. & Linda ames nicolosi






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títuloDe joseph nicolosi, ph. D. & Linda ames nicolosi
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CAPÍTULO 1
LA MASCULINIDAD ES UNA ADQUISICIÓN


Una mujer es, pero un hombre debe llegar a ser. La masculinidad es arriesgada y elusiva.

Se consigue con una rebeldía con respecto a una mujer, y es confirmada sólo por los demás hombres.
CAMILLE PAGLIA, ACTIVISTA LESBIANA


En el núcleo de la condición homosexual está el conflicto sobre el género. En el chico, solemos ver una herida de género que se remonta a la infancia. Él llega a verse a sí mismo diferente de los demás chicos.
La herida de género suele existir como miedo tácito y secreto; un miedo que los padres y seres queridos del chico sólo sospechan vagamente. El chico lo ha sentido desde donde le alcanza la memoria. Esa diferenciación crea un complejo de inferioridad y le aísla de los demás chicos.
Para algunos niños pequeños, la confusión de género es evidente. Dejadme comenzar las historias de algunos de mis clientes empezando con “Stevie,” cuyo caso es inusualmente dramático.
Como psicólogo clínico que ha tratado a cientos de homosexuales adultos insatisfechos, recibo llamadas telefónicas de todo el mundo. Pero con una frecuencia que va progresivamente en aumento, la consulta trata sobre algún niño. La mayoría de la gente que me llama son padres dedicados a sus hijos que quieren lo mejor para su hijo, y me esfuerzo por guiarles, formarles y apoyarles.
Un día mi secretaria me dijo que tenía una llamada de Pasadena, California. Cogí el teléfono y oí la voz de una mujer al otro lado de la línea.
“Doctor, me llamo Margaret Johnson,” comenzó. Su voz temblaba y durante un largo momento, pensé que se había cortado la línea.
“¿Está ahí? ¿Puedo ayudarla en algo?”
“Bien, yo… creo que le vi hace un par de semanas en la televisión. Era usted, ¿verdad? ¿Estaba usted debatiendo con un psiquiatra?”
“Es posible,” dije. Había estado en un show de la televisión nacional dos semanas antes, debatiendo con un activista gay que se había convertido en una figura familiar en el circuito del debate televisivo. 8 “Probablemente quiere decir el debate con el Dr. Isay.”
“Sí,” dijo ella. “Usted estaba en un show que hablaba de niños que querían ser niñas.”
“Cierto,” dije. “Estábamos haciendo un show sobre la confusión de género y...“
Esta vez la señora Johnson habló con determinación y urgencia. “Doctor: Usted estaba describiendo a mi hijo Stevie. Es un niño guapo, un niño especial. Pero…” Dudó. “Stevie está fascinado con cosas de niñas. Incluso más que mis hijas. De hecho, le encantan los colores rosa y rojo. Incluso…, juega con muñecas Barbie y… baila alrededor de la casa de puntillas como una bailarina.”
Mientras yo escuchaba, la señora Johnson me daba más datos específicos. Su hijo tenía cinco años. “Llevo dándome cuenta de este tipo de conducta durante casi dos años,” explicó.
Para mí, esa cantidad de tiempo era significativa. Está bien si un niño pequeño se pregunta qué aspecto tendría si llevara largos rizos rubios, y por eso se pone una peluca, simplemente para hacer el tonto. No hay nada particularmente alarmante en eso. Pero si sigue haciéndolo y tiene poco interés en cosas de “chicos”, probablemente exista un problema. 9
“¿Lleva sucediendo esto durante dos años?,” pregunté.
Creo que la señora Johnson malinterpretó mi pregunta como un reproche. Parecía un poco a la defensiva. “Pero su profesor me dijo que no me preocupase, que era sólo una fase transitoria. También mi suegra. Incluso le da a Stevie sus echarpes y joyas para que se las pruebe. ‘La Abuela’, le dice, ‘adora a su pequeño muñeco.’ ”
“Y usted ha estado esperando que tuviesen razón, que esta fuera sólo una fase de la infancia.”
“Sí. Pero en verdad creo que algo va mal.” Entretanto, la voz de la señora Johnson sonaba aguda y determinada. “La semana pasada“, dijo, “Stevie insistió en que le comprase una muñeca de Pocahontas. Y entonces le pude ver a usted en la televisión. Usted estaba describiendo a mi hijo con pelos y señales, Dr. Nicolosi. Y si usted tiene razón, entonces Stevie será...,”, dudó como si tuviese miedo de decir la palabra. “Será gay. Eso fue lo que usted dijo. Y para ser honesta, es por eso por lo que lo llamo.” Su voz comenzó a temblar. “Doctor, ¿Será mi hijo gay?”
Yo hubiera querido extenderme sobre la palabra gay. Esta palabra es un término político que lleva mucho contenido ideológico.10 Un término más científico es homosexual. Pero esta mujer no estaba interesada en la ciencia ni en la política gay: estaba preocupada por su hijo.
De forma tan gentil como me fue posible, respondí: “Las probabilidades son estas, sin intervención: un chico como Stevie tiene un 75 por ciento de posibilidades de ser homosexual, bisexual o transexual. La disconformidad de género es con frecuencia una señal temprana de…“
“¿Significa eso que será homosexual? ¿Entonces no hay esperanza?”
“Puede que lo sea, pero no necesariamente. Todavía estamos a tiempo de ayudarle a sentirse más a gusto con su masculinidad.”
“De acuerdo, de acuerdo. Pero, ¿qué debo hacer?” Hizo una pausa. Yo casi podía sentir su intensidad.
Como presidente de NARTH, la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad, con frecuencia doy conferencias sobre la homosexualidad. En los últimos quince años, he tratado a muchos hombres adultos insatisfechos con su homosexualidad en mi consulta de Encino, a las afueras de Los Ángeles.
La mayoría de mis clientes homosexuales adultos nunca había jugado con muñecas: la situación de Stevie era extrema. Pero casi todos estos clientes mostraban una característica de disconformidad de género desde la temprana infancia que les había excluido de forma muy dolorosa del resto de los demás chicos.
La mayoría de estos hombres se recordaban a sí mismos en la infancia no atléticos, de alguna forma pasivos, solitarios (excepto con amigas), sin agresividad y sin interés por juegos de peleas, y con miedo a los demás chicos, a los que encontraban intimidantes y al mismo tiempo atractivos. Como la mayoría de estos hombres no habían sido, al contrario que Stevie, precisamente afeminados cuando eran niños, sus padres no habían sospechado nada malo, por lo que no habían hecho ningún esfuerzo por buscar una terapia.
Pero por otra parte, estos hombres, cuando eran niños, habían sido altamente ambivalentes con su propio género. Muchos habían nacido sensibles y amables y simplemente no estaban seguros de que la masculinidad pudiera ser parte de “quienes eran.” Algunos escritores se han referido de forma acertada a esta condición como “vacío de género.” El vacío de género surge de una combinación entre un temperamento innato sensible y un ambiente social que no satisface las necesidades especiales de este niño. Este niño temperamentalmente en riesgo necesita (pero no consigue) afirmación particular de los padres y amigos para desarrollar una identidad masculina segura.
Un chico así, entonces, por razones tanto de temperamento como de dinámica familiar, se retirará del desafío de identificarse con su padre y con la masculinidad que este representa. Así, en vez de incorporar un sentido masculino del yo, el chico pre-homosexual hace lo contrario: rechazar su masculinidad emergente y de este modo desarrollar una posición defensiva contra ella.
Más tarde, sin embargo, se enamorará de lo que ha perdido buscando a alguien que parezca poseer lo que echa de menos en su interior. Esto es porque de lo que nos enamoramos no es de lo que nos es familiar sino de lo “distinto a mí.”


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