Racismo, ¿conducta natural o cultural?






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Racismo, ¿conducta natural o cultural?

El racismo es una actitud que ha estado presente de forma continua a lo largo de la historia. Actualmente, se aprecia en los pequeños grupos neonazis que están ganando presencia en el panorama político europeo, como Amanecer Dorado, en Grecia. Muchos de los miembros de este partido están en la cárcel por apología del racismo y la violencia. A su vez, también está presente en la criminalización continua e indiscriminada que sufren todos los musulmanes como consecuencia de los actos terroristas horrendos de un sector radical, pero minoritario.

La apología del racismo se basa en creencias completamente falsas, por ello, en este ensayo, voy a intentar demostrar que los cimientos sobre los que se levanta esta actitud son erróneos, concluyendo con la idea de que el racismo es una conducta cultural que no tiene ningún fundamento en la naturaleza del ser humano.

Para empezar, conviene aclarar qué se entiende por racismo. El racismo es la actitud discriminatoria que consiste en considerar inferiores intelectual, social y moralmente a las personas que tienen unos determinados rasgos físicos diferentes.

Como explicábamos en la introducción, este desprecio ha estado presente a lo largo de la historia y ha servido para justificar crímenes contra la humanidad, como el genocidio, y diversas formas de dominación, como la esclavitud, la servidumbre, el colonialismo y el imperialismo. Algunos casos representativos de racismo en nuestra historia reciente demuestran hasta qué punto los seres humanos hemos llegado a despreciarnos unos a otros por motivos raciales, con consecuencias nefastas. En este sentido, un ejemplo claro es la “limpieza de sangre” que se llevó a cabo en las colonias españolas de las Américas, donde se diferenciaba entre los de “sangre pura” (los españoles y sus descendientes “sin mezcla”) y los de “sangre impura” (los mestizos), que eran discriminados. A lo largo del siglo XIX, los ejemplos se multiplican. En las últimas décadas del siglo, el racismo se utilizó para justificar la legalidad de acciones de dominación colonial en el Reparto de África pactado en la Conferencia de Berlín (1884-1885). En Estados Unidos, se llevó a cabo la política de esclavitud del pueblo afroamericano, que sembró la semilla del surgimiento, algo más tarde, del Ku Klux Klan, una organización de extrema derecha creada después de la Guerra de Secesión que promovía la supremacía de la raza blanca, así como la homofobia y el antisemitismo. En el siglo XX, asistimos al mayor caso de segregación y exterminio racial sistemático ocurrido en la historia de la Humanidad: el holocausto Nazi. El nacionalsocialismo, liderado por Adolf Hitler, surgió como una ideología de superioridad de la “raza aria”, considerada como la mejor capacitada para el desarrollo de la “civilización”. La ideología Nazi iba en contra del pueblo judío, pero también de los gitanos y, en general, de todas las demás razas. Durante el holocausto, fueron exterminadas más de 6 millones de personas. Entre los métodos utilizados, estaba la asfixia por gas venenoso (Zyklon B), los disparos, los trabajos forzosos, los experimentos pseudocientíficos y la tortura médica a manos de personajes tristemente famosos, como el Doctor Mengele, efectuada principalmente sobre gemelos y personas que sufrían de enanismo.

Actualmente, existe un mayor sentimiento de aceptación de la multiculturalidad, pero el racismo no ha dejado de estar latente. En nuestros días, resurge de la mano de muchos partidos políticos que van ganando terreno en la mayoría de países europeos. Algunos de estos partidos están empezando a tener representación en los parlamentos, como el citado Amanecer Dorado, en Grecia, y el Frente Nacional, en Francia, que defiende posiciones nacionalistas, xenófobas y de extrema derecha. Podemos citar como ejemplos en España el MSR y España 2000. El surgimiento de estas fuerzas puede dar lugar a la extensión de prácticas violentas contra los extranjeros y su generalización a otros sectores de la sociedad. No podemos descartar la posibilidad de que vuelvan a cometerse las atrocidades que perpetraron los nazis en su tiempo. Aunque dicha posibilidad parece muy remota, ya que existe una conciencia general del mal que causaron, para determinados sectores de la sociedad el racismo es una ideología válida, y en ellos podría encontrarse el germen de dicha posibilidad.

Como hemos visto, la base del racismo, a lo largo de la historia, ha sido la diferenciación entre razas, pero ¿qué entendemos por raza?

Biológicamente, raza se refiere a los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas a partir de una serie de características que se transmiten por herencia genética. Sin embargo, a lo largo del tiempo, hemos adoptado otro significado de raza. Este nuevo significado se aplica solo al género humano y alude a los grupos poblacionales en los que se distribuye nuestra especie, dependiendo del mosaico de rasgos físicos que caracterizan a cada uno de ellos. Por ejemplo, la raza caucasoide, europea, se caracteriza, entre otras cosas, por tener una tez clara, a diferencia de la raza negroide, africana, que tiene la piel oscura. La raza mongoloide, por su parte, se distinguiría por tener pliegue epicántico. La novedad que representa la especie humana es que, en ella, a diferencia de lo que ocurre en todas las demás, las diferencias raciales se asocian con diferencias culturales, por lo que algunos autores prefieren hablar de etnias, en vez de razas.

Las diferencias raciales, definidas en términos físicos, han sido determinadas por factores ambientales. Las narices largas y estrechas de los europeos, por ejemplo, se deben al clima frío y húmedo del continente, que hace necesario calentar el aire antes de que llegue a los pulmones. El pecho ancho de un habitante andino es un requisito para poder vivir a tanta altitud. A su vez, el color de la piel también es un factor ambiental. La pigmentación varía según la melanina, una sustancia que nos protege de los rayos ultravioleta. Por ello, las personas que están más expuestas al sol, como los africanos, necesitan una cantidad alta de melanina para que su piel no sufra daños. En cambio, en los países donde el sol no incide con tanta fuerza, la melanina no es tan necesaria.

Como vemos, la explicación del color de la piel es muy sencilla. ¿Por qué, entonces, es una cuestión que ha dado lugar a tantas controversias?

Aquí entra en juego la cultura. Uno de los aspectos por los que se ha considerado inferiores a las personas de color ha sido su fracaso en la industria. Pero el atraso de África no es debido a la raza de sus habitantes, sino a la fuerte represión que, sobre ella, han ejercido y siguen ejerciendo las grandes potencias. África es un continente muy rico en materias primas, capaz de crecer al mismo nivel que América o Europa, pero a éstas no les conviene que África salga a flote. No les conviene por el hecho de que son continentes viejos y sus recursos están prácticamente agotados. Para evitar que eso ocurra, aparte de la tiranía ejercida sobre el continente africano, se ha hecho uso de la falsa idea de que los negros son menos inteligentes.

Respecto a la inteligencia de los negros, debemos tener en cuenta que, en África, la educación es prácticamente nula. Pero, ¿y la educación en América? ¿Acaso los afroamericanos han tenido las mismas facilidades que los blancos? En América, los blancos han ejercido siempre una fuerte opresión sobre los negros. Estos no podían sentarse en los asientos delanteros de los autobuses, tenían unos lavabos especiales para ellos, no podían votar, tenían los peores trabajos y muchas veces se los encerraba en guetos. Por suerte, la esclavitud se ha abolido y esas políticas fascistas se han erradicado, pero siguen quedando secuelas, ya que, en nuestros días, siguen teniendo más posibilidades de éxito los blancos.

En conclusión, el racismo es una conducta cultural. La naturaleza nos ha hecho diferentes por la selección natural, que nos ha permitido habitar una gran parte del planeta adaptándonos a los diferentes climas. La deshumanización que impusieron los países y culturas supuestamente superiores sobre los supuestamente inferiores es solo un aspecto moral de supremacía que se ha ido creando a lo largo de la historia. Por lo tanto, justificar el racismo en la naturaleza es totalmente falso. Si los negros sacan peores notas en los test de inteligencia, es debido a que, dado su contexto familiar o social, no están tan instruidos para hacerlos como los blancos, y no a que sean menos inteligentes en base a su naturaleza. A su vez, los europeos no están más avanzados por ser una raza caucasoide, sino porque, a lo largo de la historia, han tenido más oportunidades para desarrollar su tecnología y ciencia.

Todos los humanos venimos del mismo antepasado común y pertenecemos a la misma especie, por eso, la diferencia de color o de cultura no es razón para la discriminación, sino una oportunidad para aprender.




LA HOMOSEXUALIDAD: ¿NATURAL O CULTURAL?
La homosexualidad, a lo largo de la historia, ha sido severamente criticada y, en ocasiones, castigada. Sin embargo, nunca antes había sido tan estudiada y entendida como ahora. En el presente, debemos reconocer que la homosexualidad no es más que otra orientación sexual que merece el mismo respeto que las demás. No obstante, sigue resultando interesante saber cómo surge y qué factores hacen que una persona sea homosexual o no. En este ensayo, intentaré dar respuesta a estas cuestiones.

En mi opinión, la homosexualidad, en el ser humano, al igual que el propio individuo, es el resultado de una compleja interacción entre factores biológicos y ambientales. Sin embargo, algunas explicaciones han tendido a poner el acento solo en uno de sus dos componentes, el natural o el cultural. A continuación, explicaré las tres teorías fundamentales sobre el origen de la homosexualidad y expondré mi propia visión.

La primera teoría es la llamada teoría natural. Ésta se basa en investigaciones recientes que apuntan a que factores biológicos, como la genética y las hormonas, tienen un peso importante en la sexualidad de las personas. Según esta perspectiva, la genética de una persona obligaría a dicha persona a tener una orientación sexual u otra, independientemente de que la persona en cuestión admita o muestre públicamente su orientación sexual. Del mismo modo, esta perspectiva explica la imposibilidad de elegir la orientación sexual de forma voluntaria; no podríamos, al parecer, dejar de ser como somos. La teoría del origen natural de la homosexualidad llama la atención sobre el hecho de que, en la naturaleza, la homosexualidad se da en unas 1.500 especies animales, desde primates hasta parásitos intestinales, pasando por libélulas, patos, bisontes o perros. La homosexualidad humana, por tanto, solo representaría un caso más de una conducta natural. Según varios neurocientíficos, la homosexualidad podría darse en función del tamaño del tálamo cerebral, que es más pequeño en homosexuales que en heterosexuales. El neurocientífico holandés Dick Swaab hace hincapié en que, durante los seis primeros meses de vida gestacional, se establece una impronta de carácter sexual en el encéfalo del feto y señala que, durante los dos primeros años de vida y en la adolescencia, se producen una serie de cambios hormonales que pueden consolidar esa impronta sexual. También menciona la posibilidad de que la ingesta de analgésicos y antiinflamatorios durante el embarazo pueda contribuir a la configuración neuronal y, con ello, a la definición de las características de la orientación sexual de la persona.

Si pensamos en la postura que las sociedades occidentales han adoptado con respecto a la homosexualidad, vemos que han tendido a considerarla como algo “antinatural”. Sin embargo, de acuerdo con los argumentos que acabamos de exponer, tendríamos que reconocer que esta visión es completamente errónea. ¿Por qué, entonces, se ha perseguido la homosexualidad de manera tan implacable? La respuesta es sencilla, si tenemos en cuenta que las actitudes homófobas con frecuencia han venido de la mano de la Iglesia que, en este punto, ha seguido al pie de la letra las enseñanzas bíblicas. Como cristiana, a veces me pregunto en qué lugar de la Biblia se dice que las personas de un mismo sexo no puedan amarse. Quizá esa parte me la haya saltado.

La segunda teoría, la cultural, es aceptada solo por una minoría, generalmente por antropólogos. En ella se considera a la homosexualidad como producto de la cultura. Se basa en la idea de que la sociedad, del mismo modo que ha desarrollado medios para poder realizar el acto sexual con fines no reproductivos, ha podido potenciar una orientación sexual que busca la satisfacción del deseo sexual sin objetivos reproductivos. En este contexto se enmarca la teoría Queer, que afirma que la homosexualidad es el resultado de construcciones sociales. El nombre de esta teoría viene del vocablo inglés que solía emplearse para referirse a los homosexuales de forma despectiva (queer se traduce por “rarito” o “retorcido”). Esta teoría se basa en las diferencias entre la homosexualidad premoderna y la moderna. La primera estaba estructurada por relaciones asimétricas de edad, sexo o clase. Es sabido, por ejemplo, que en la Antigüedad, en zonas como Grecia, la práctica de la homosexualidad estaba fuertemente implantada, pero solo se daba en el contexto de la relación entre el maestro adulto y el discípulo joven. La valoración positiva de la homosexualidad tenía que ver con el hecho de que se consideraba a la mujer como un objeto para procrear y los hombres no encontraban en ellas el “amor platónico”. En otros lugares, como ciertas zonas de Asia o África, la homosexualidad se enmarcaba en las relaciones entre el guerrero adulto y el aprendiz joven, que solo podía llegar a ser un hombre a través de las prácticas homosexuales. Así pues, como se ve, éstas prácticas venían impuestas por la sociedad. A diferencia de estas formas premodernas, la homosexualidad moderna tendría un carácter igualitario. Sin embargo, también sería un producto cultural, reflejando, en este caso, las nuevas estructuras sociales.

En este contexto, es importante mencionar la teoría de Kinsey, que introdujo la idea de que todos somos bisexuales. En sus estudios, declaró que todos los seres humanos se mueven en una escala continua entre la heterosexualidad completa y la homosexualidad completa. La orientación sexual quedaría así definida según el ambiente en el que vive un individuo, es decir, vendría dada por la sociedad. Esta idea también es defendida por el conductismo, posición que explica que la orientación sexual depende totalmente del ambiente, y que, cambiando éste, cambia aquella. Según esta perspectiva culturalista, la orientación sexual se interpreta, a menudo, como una preferencia asimilable al gusto por unos colores u otros, o por unas comidas u otras. Se trataría de preferencias sociales, muy frecuentemente marcadas por prejuicios sociales: las niñas el rosa y los niños el azul. El ejemplo de la comida puede ponerse en relación con el estudio de Kinsey: podemos preferir la carne al pescado, pero esto no quiere decir que odiemos el pescado o no lo comamos; y viceversa.

Finalmente, la teoría más aceptada es la que mezcla aspectos de las dos anteriores, la naturalista y la culturista. La orientación sexual vendría dada por nuestro ADN y por las hormonas que segregamos desde la niñez hasta la adolescencia. Pero también vendría dada por las experiencias sociales vividas en ese periodo. En esta teoría habría que distinguir entre la propia orientación sexual, que no se elige, y la conducta sexual que se adopta, que sí se puede cambiar. De este modo, nuestra conducta sexual no tendría por qué coincidir con nuestra orientación sexual verdadera, ya sea por miedo al rechazo o por otras causas.

Tras haber expuesto el panorama de las distintas teorías, explicaré mi propio punto de vista e intentaré justificarlo.

Mi posición vendría a ser muy parecida a la representada por la última de las teorías expuestas, en la que se defiende un origen natural y cultural. Sin embargo, considero que hay razones más sólidas para creer que el origen es natural. La homosexualidad se da en muchas especies animales, y esas especies no están subordinadas al poder de la sociedad, actúan por sus impulsos naturales. La orientación sexual de una persona parece observable ya a una edad temprana, como en la manera de actuar de algunos niños, por ejemplo, en los que los impulsos naturales están más presentes. Sin embargo, coincido con las explicaciones culturalistas en que la elección de la orientación sexual puede estar muy influida por las experiencias negativas vividas durante el desarrollo de la persona. En el caso de un niño que, desde pequeño, ha vivido con su madre sufriendo malos tratos físicos y psicológicos, por ejemplo, creo que hay muchas posibilidades de que dicho niño acabe decantándose por el sexo masculino a la hora de compartir su vida.

En conclusión, creo que la homosexualidad es una práctica sexual más que, como las otras, busca el placer del individuo, lo que considero totalmente natural, pero también otra manera de ser amado y de compartir la vida con otra persona, lo que califico como algo cultural. Lo que hace que la homosexualidad sea más natural o más cultural viene dado por el propio individuo, y no por un origen que deba clasificarse de manera objetiva. Creo, más bien, que el origen es elástico, subjetivo y puede variar en cada cultura.

La homosexualidad, en el ser humano, está formada por una compleja interacción entre los factores biológicos, que nos vienen dados y determinan nuestros impulsos sexuales, y el ambiente, que frena o potencia nuestra orientación sexual. La homosexualidad varía, pues, en cada persona, en relación con su carácter y con en el ambiente en el que vive. Es importante no confundir la orientación sexual que se tiene (de origen natural) y la conducta sexual que se adopta (que es la parte más cultural). Aunque se adopte una conducta sexual contraria a la orientación sexual propia, tarde o temprano, si la persona busca su felicidad, la parte natural acabará saliendo a la luz, mostrando su verdadera identidad.

No quiero acabar este ensayo sin retomar el hilo de una idea que ya había quedado apuntada en la introducción. Cuando dejamos al margen la cuestión del origen y las causas de la homosexualidad, y nos situamos en una perspectiva ética, lo principal es reconocer que la homosexualidad es una orientación sexual que merece el mismo respeto que la heterosexualidad. Nada habríamos adelantado si no aceptáramos este principio.

Las guerras no tienen justificación en nuestra naturaleza

La historia de la Humanidad es la historia de sus logros y avances, pero también, en gran medida, la de las guerras, los conflictos y las disputas que han jalonado su curso y han dejado un reguero de desgracia a su paso. Echando la vista atrás, parece imposible encontrar una época en la que el ser humano no haya luchado contra sus semejantes por poder, recursos o ideologías. Es algo que, aún hoy, sigue sucediendo. ¿Se trata, por tanto, de una tendencia que está inscrita en nuestros genes, en nuestra naturaleza, y es inevitable? ¿O es, más bien, algo adquirido, cultural, y que podemos manejar hasta, tal vez, lograr eliminarlo? Apoyándome en las obras de dos antropólogos, Nuestra especie, de Marvin Harris, y Uso y abuso de la Biología, de Marshall Sahlins, expondré ambas posturas y ofreceré diversos argumentos en un intento de llegar a la conclusión de que, como reza el título, las guerras no tienen justificación en nuestra naturaleza.

En primer lugar, consideremos el supuesto de que tenemos una agresividad innata, inscrita en nuestro ADN, que nos condiciona y predispone a la competición y el conflicto. Desde esta perspectiva, la tendencia a la lucha sería algo ineludible, ya que formaría parte de nuestros instintos de supervivencia, que nos inclinarían a responder de forma agresiva ante ciertas situaciones extremas en un esfuerzo por sobrevivir. Esta predisposición innata empujaría al ser humano, de forma implacable, hacia el conflicto, con independencia de las formas culturales que éste adoptara en cada caso, y sin que pudiera hacerse nada por evitarlo. Se trataría de una tendencia arraigada en la parte más animal del hombre que, por más que intentáramos controlar, seguiría impulsándonos de forma inconsciente.

Esta teoría es defendida por corrientes actuales como la sociobiología o la etología, para las que la naturaleza biológica del ser humano es todo lo que le hace ser como es. Según éstas, nuestro comportamiento agresivo y sus manifestaciones sociales están determinados por los genes y los instintos que estos controlan. Aunque se trata de ciencias relativamente modernas, sus ideas pueden rastrearse hasta Hobbes, quien, en su análisis de la naturaleza humana, allá por el siglo XVII, sugería que los comportamientos agresivos eran un lastre ineludible de la condición humana.

Ahora bien, en el ser humano, la cultura es algo tan importante como la naturaleza y no puede obviarse sin más. Ambas, naturaleza y cultura, son componentes esenciales. Sin embargo, al igual que existen posiciones naturalistas extremas, también las hay culturalistas. Recordemos que, en contraposición a las ideas de Hobbes, Rousseau, en el siglo XVIII, subrayaba la bondad natural del hombre y consideraba que éste era corrompido por la civilización, verdadera responsable del desarrollo de conductas agresivas en el ser humano. En sus posiciones encontramos el precedente de todas las teorías posteriores que conciben el conflicto y la guerra como resultados del ambiente y las circunstancias sociales y culturales.

En este ensayo, defenderemos una posición intermedia que reconoce que tanto la naturaleza como la cultura cumplen su función en la conformación del ser humano. Naturaleza y cultura deben analizarse en conjunto y no por separado para comprender qué es lo que nos hace ser como somos.

Volviendo ahora a considerar el punto de vista naturalista, aunque aceptemos que hay un cierto instinto de agresividad en el ser humano, cabe preguntarse si realmente es esto todo lo que nos conduce al conflicto. ¿Hacemos la guerra por nuestra agresividad innata? Pensemos en un soldado actual enviado al frente de batalla. ¿Realmente está allí porque es agresivo? Dicho de otra forma, ¿es su agresividad lo que le lleva a luchar? En realidad, sus motivaciones podrían ser totalmente diferentes. Puede que esté allí por patriotismo, por la defensa de unos determinados ideales, por ganar reconocimiento y honor o, simplemente, por dinero. Es cierto que el entrenamiento militar se basa en potenciar un comportamiento agresivo, que el soldado podrá desplegar en la batalla, pero no es la agresividad lo que le mueve, en un primer momento, a ir a la guerra. Más aún, una vez que el soldado está en el campo de batalla, ¿será realmente agresivo? No tiene por qué. Es probable que antes sienta miedo o compasión, u otras emociones no relacionadas con la agresividad. De hecho, hoy en día, cuando las guerras se libran sin ver siquiera al enemigo, ¿de qué sirve ser agresivo? Un ejemplo muy claro de cómo la guerra puede estar totalmente desligada de la agresividad es el de un piloto de un bombardero. Mientras él hace los cálculos para acertar el blanco, debe mantener la mente fría y estar sereno y concentrado. Si se encontrara dominado por un sentimiento de agresividad, perdería su efectividad y podría llegar a errar. En realidad, este factor es determinante, pues las guerras no son relaciones entre individuos, sino entre Estados, y no vence aquél con soldados más agresivos, sino el que alcanza un mayor desarrollo tecnológico y militar (es fácilmente demostrable: las guerras siempre traen consigo importantes avances tecnológicos, como la aviación en la Gran Guerra o la energía nuclear en la Segunda Guerra Mundial).

Retomando la idea de la que partimos, es en la asociación entre agresividad y guerra donde se halla el verdadero problema en la argumentación de la sociobiología. Y se trata, además, de una idea muy arraigada en nuestras propias concepciones sobre la naturaleza y la cultura humanas: relacionamos una conducta cultural (como es la guerra) con las disposiciones innatas del ser humano (en este caso la agresividad) que, creemos, están a la base de aquella conducta cuando, en realidad, la una no tiene por qué ser la expresión de la otra. Precisamente, esta asociación es algo simbólico que, al igual que sucede con el lenguaje, se distribuye de forma arbitraria y puede variar de unas culturas a otras. En cada lengua se designan los objetos con unas palabras determinadas distintas de las empleadas en otras lenguas. Estas relaciones de significación son totalmente aleatorias y cada lengua constituye un sistema simbólico diferente de los demás. Por lo tanto, la asociación entre la realidad y la palabra es puramente convencional y depende de cada cultura. Algo semejante sucede, en nuestro caso, entre la agresividad y la guerra. Las conductas agresivas no se dan solo en la guerra, pues pueden estar presentes en otros muchos ámbitos y, a su vez, la guerra no tiene por qué ser la manifestación de la agresividad. La asociación tan estrecha que hacemos entre ambas es, por tanto, meramente cultural.

Ya se han considerado las distintas motivaciones que pueden llevar a un hombre a la guerra y, como hemos visto, la agresividad no tiene por qué ser una de ellas. Sin embargo, lo fundamental es que no son esas motivaciones individuales las que provocan la guerra, por lo que, aun en el caso de que fuera la agresividad lo que moviera a cada soldado a luchar, ese no sería el verdadero motivo por el que la guerra tiene lugar. Como ya hemos dicho, las guerras no son relaciones entre los individuos, sino entre los diferentes Estados. Las razones por las que ocurren no deben buscarse, por tanto, a nivel individual, sino a nivel social.

La guerra sucede como resultado de la presión demográfica. Cuando los humanos se agrupaban en aldeas y bandas, compitiendo entre sí por los recursos, ésta era la solución más empleada en las situaciones de carestía. Permitía apoderarse de los recursos del otro, aumentar el territorio y, en definitiva, disminuir la presión demográfica que había desencadenado el conflicto al tener, además, como consecuencia, la muerte de algunos miembros de la aldea. Como se observa, el hecho de que exista la guerra es esencialmente cultural y se relaciona directamente con la competencia por los recursos. Ha sido la solución más empleada a lo largo del tiempo, porque, a pesar de todas sus desventajas, era deseable a someter a los miembros del grupo al hambre o impedir el crecimiento de la población por medio del aborto o el infanticidio. En la actualidad, sigue usándose, pues es un mecanismo firmemente arraigado en nuestra cultura, aunque no tiene su justificación en la naturaleza humana.

Recapitulando, podemos llegar a la siguiente conclusión: Si bien es posible que exista una agresividad innata en el ser humano como parte de sus instintos de supervivencia, no tiene su expresión cultural en las guerras, que son fruto de todo tipo de presiones demográficas. Por lo tanto, no hay una inevitabilidad en las guerras, no están justificadas por un ser humano naturalmente violento, sino que son fruto de las tensiones culturales y sociales de cada momento. A pesar de tener este conocimiento en nuestras manos, siguen existiendo enfrentamientos. Tal vez la causa sea que, escudándonos en argumentos naturalistas, evitamos reconocer nuestra verdadera responsabilidad. Pero debemos aspirar a comprender, de una vez por todas, que no estamos predispuestos a la guerra, que está a nuestro alcance encontrar otras formas de solucionar los conflictos y que podemos conseguir, si nos lo proponemos, que las guerras lleguen a ser algo del pasado.
INTERCAMBIO

En la sociedad capitalista en la que vivimos, el hecho del intercambio está generalizado. Esta generalización es el resultado de una evolución desde las formas primitivas de intercambio de las primeras sociedades hasta la formación de sistemas económicos complejos como el capitalismo, pero también el socialismo o el comunismo. La cuestión que queremos plantear es la siguiente: el hecho del intercambio, ¿es algo propio de nuestra naturaleza humana o es solo un producto cultural que ha ido cambiando a lo largo de la historia? Las formas de intercambio que se practican en nuestros sistemas económicos actuales, ¿conservan algo de la esencia del intercambio “primitivo”? Y si el intercambio fuera algo natural, ¿qué sistema económico representaría la verdadera evolución de las formas originales de intercambio? ¿Cuál mantendría su esencia? En las siguientes líneas, intentaremos dar respuesta a estas cuestiones.

En primer lugar, tenemos que saber cuál es la definición de intercambio: intercambio es la acción y efecto de intercambiar y, por lo tanto, el cambio de bienes o acciones entre dos o más individuos, entidades o países, con la satisfacción de ambas partes. Dar y tomar, en otras palabras. Así, el hecho del intercambio se puede observar ya en los primeros representantes del género Homo, antepasados del ser humano actual. Incluso se puede observar en algunos primates, como cuando se desparasitan mutuamente. Además, podríamos llegar a considerar la propia reproducción sexual como una forma de intercambio, ya que se basa en la mutua satisfacción del apetito sexual de los individuos que la practican. Por eso, cualquier organismo que se reproduzca de este modo llevaría, en su naturaleza, el principio del intercambio, aunque sea bajo una forma primitiva y rudimentaria. En todo caso, la antigüedad del intercambio se puede observar, no solo en ejemplos biológicos, sino también en pruebas arqueológicas. Así, son muchos los ejemplos de objetos que habrían viajado a lo largo de redes de intercambio hasta ser encontrados en áreas muy alejadas de su lugar de producción u obtención, como es el caso de un sílex del Neolítico encontrado en Polonia, a más de 200 kilómetros del lugar en que se fabricó, la mina de Krzemionki.

En resumen, hasta aquí, hemos visto que existen pruebas suficientes para poder afirmar que el intercambio es una práctica natural, una práctica que pertenece a la naturaleza del ser humano. Sin embargo, no todo está a favor de la naturaleza, porque también hay que decir que, hasta la aparición del lenguaje simbólico humano, que consideramos una realidad eminentemente cultural, surgida de la necesidad de la comunicación entre los individuos de un grupo para su socialización y para la satisfacción de sus necesidades, no aparecen los primeros indicios de intercambios complejos, con reglas pactadas para que no haya trampas, y que evolucionarán hasta el tipo de intercambios que se practican en la actualidad. Con el tiempo, tal evolución dará lugar, entre otros, al sistema en el que vivimos, el capitalismo. Pero, en este sistema, el intercambio ya no tiene los mismos propósitos que en el origen, puesto que persigue un beneficio personal, y no mutuo, como antes se buscaba.

Así pues, a lo largo de la historia, las primeras sociedades o tribus, que se habían consolidado, en parte, por el hecho del intercambio, acaban por desintegrarse y, en su lugar, van apareciendo sociedades divididas en grupos sociales que se enfrentan entre sí por la búsqueda y obtención de derechos que les beneficien. Un ejemplo claro de este tipo de sociedades es, como decimos, la sociedad capitalista del presente. Por eso, filósofos como Joseph Heath admiten que el intercambio es un hecho natural, pero consideran que su evolución hacia el capitalismo nos llevará al colapso, por la aplicación a las relaciones sociales, en el seno de dicho sistema, de las ideas evolucionistas de lucha por la existencia y supervivencia del más apto. Cuando llevamos la conocida selección natural de Darwin al contexto social humano, no podemos dejar de nombrar a Herbert Spencer, padre del darwinismo social. Spencer, aplicando ideas evolucionistas, afirmaba que las clases más pudientes estaban mejor adaptadas al “medio” que las clases pobres. Incluso llegaba a afirmar que las sociedades habían surgido de la lucha entre las clases y que solo las más aptas debían sobrevivir y superar a las otras. Estas teorías también llevaron a la aceptación del etnocentrismo, al considerar que las sociedades desarrolladas de Occidente eran superiores y más aptas que las sociedades “primitivas” de África y América del Sur. A diferencia de Josep Heath, para el filósofo y economista escocés David Hume, el capitalismo puede llegar a buen puerto si se cumple la relación entre propiedad, intercambio y contrato. Pero esta relación se incumple con frecuencia, principalmente, porque la base del capitalismo es el beneficio y la propiedad privada y, por tanto, cuanto más beneficio, mejor. Así, en España, estamos observando, prácticamente a diario, el incumplimiento de esta relación por culpa de la corrupción.

Hasta ahora, hemos hablado de la evolución del intercambio desde las formas primitivas hasta el capitalismo, que es nuestro sistema actual. Sin embargo, no debemos olvidar que, en el presente, existen otros sistemas económicos que, al igual que el capitalismo, también son fruto de una evolución histórica desde las formas originales de intercambio. El intercambio también ha evolucionado para dar lugar a otros sistemas que, aunque poco utilizados actualmente, ya que el tirón en el mercado que provoca Occidente hace que la mayoría de potencias en desarrollo se unan al sistema capitalista, debemos tener en cuenta: nos referimos al socialismo y al comunismo. El socialismo se basa en la participación y control del Estado en los medios de producción, de manera que los intercambios que se produzcan estén controlados y que nadie se aproveche del prójimo. El comunismo iría más allá, con la desaparición del Estado y la creación de un poder comunitario, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la desaparición de las clases sociales.

Para saber cuál es la verdadera evolución natural del intercambio, si la hay, tenemos que examinar los dos sistemas extremos, que son el capitalismo y el comunismo, ya que se podría decir que el socialismo es un sistema intermedio. Como hemos visto, el capitalismo se centra más en el beneficio del individuo, y el comunismo en el beneficio mutuo y del grupo. Por eso, podemos asociar el capitalismo con el egoísmo y la avaricia, frente al compañerismo y altruismo que se observan en el sistema comunista. Para saber cuál es la verdadera y natural evolución del intercambio inicial, tendríamos que retomar la descripción de ese intercambio, que se basaba en la producción de diferentes materias por parte de los diferentes individuos de la tribu, para que, al final, todos pudiesen tomar lo que necesitaban, siempre que aportaran lo que hubieran producido. Por lo que, finalmente, este intercambio inicial se puede comparar con el comunismo. Así, como se observa, en ninguno de los dos casos hay una verdadera propiedad privada. Además, en estas tribus antecesoras del actual ser humano, se puede aplicar una conocida frase comunista: “de cada cual su capacidad, a cada cual su necesidad”. Así, en estas tribus, todos cooperaban para obtener el mayor número de materias, pero si algunos no podían participar, al estar inválidos o algo similar, no dejaban de recibir su parte, al igual que si uno trabajaba más que el resto, recibía igual que los demás. Así, ese sentimiento egoísta e individualista que se observa en el capitalismo está muy lejos del verdadero intercambio que se producía en estas tribus. Por lo tanto, podríamos afirmar que nuestra predisposición natural hacia algún sistema de intercambio es hacia el sistema comunista, dado que, al ser seres sociales y cooperativos, como se observa en las primeras sociedades, debemos reconocer que el sistema comunista es, a diferencia del capitalista, el sistema que más se acerca a esos valores.

Pero, si nuestra predisposición se dirige hacia el comunismo, ¿por qué no reina este sistema en el mundo? La razón la encontramos, no en la naturaleza, sino en la cultura y la historia. El principal motivo es que la articulación de un poder comunitario que impida que los medios de producción caigan en manos de una minoría, como propone el comunismo, es muy complicada. Por eso, con frecuencia, el sistema comunista acaba en una forma de gobierno autoritario, para que se cumplan todos los requisitos impuestos en la propia teoría. Otra razón tiene que ver con la organización de las sociedades desde su origen. Desde las primeras tribus, siempre se ha necesitado un líder que dirigiera al grupo y que mantuviera la calma en momentos críticos. La evolución de esta estructura, con la aparición de las primeras civilizaciones e imperios, hizo que ese líder se distanciara cada vez más del grupo. Poco a poco, y con el paso del tiempo, del líder social, cooperativo e implicado del principio, se pasó a un líder totalmente diferenciado del pueblo, que acabó adquiriendo un carácter avaricioso, autoritario y tiránico. Con la revolución industrial, y ya muy lejos de los sistemas de tributación de las primeras sociedades, el sistema elegido para la obtención de más beneficios para las clases poderosas fue el capitalismo, y este se consolidó hasta llegar a nuestros días.

En conclusión, se tiene que aceptar que el ser humano es, por naturaleza, un ser comerciante que busca el beneficio propio y el de la comunidad. Sin embargo, la evolución de las formas de intercambio hasta llegar al capitalismo no tiene nada de natural. En el capitalismo, se pierde la esencia del intercambio original. Por eso, la verdadera evolución natural del intercambio es hacia el comunismo, que mantiene la esencia del intercambio primigenio, con los sentimientos de reciprocidad, altruismo y compañerismo. Sin embargo, las razones del escaso éxito del comunismo son culturales e históricas.

¿La raza determina la inteligencia?

Según la Real Academia Española de la Lengua, la inteligencia es la capacidad para entender o comprender. En la actualidad, existen escuelas infantiles, primarias y secundarias, y también Universidades, que permiten aumentar el conocimiento y las capacidades y, así, formarnos como personas con un criterio propio. Si se desea pasar a un nivel superior en la enseñanza, se debe obtener una calificación aceptable, cosa que, a veces, es algo bastante difícil, si tenemos en cuenta algunos factores como la complejidad de la materia o la falta de esfuerzo por parte del alumno. Como estudiante de primero de bachillerato, observo compañeros que sacan notas excelentes, buenas, y no tan buenas; estas últimas se corresponden, normalmente, con la falta de trabajo. Cuando buscaba información para realizar este ensayo, me topé con una estadística de 2013 en la que se veía claramente que España es el primer país de la Unión Europea en abandono educativo temprano, con un 23,6 %, seguido por países como Malta y Portugal. Un gran porcentaje del abandono educativo temprano, en España, está representado por población extranjera, originaria de Sudamérica y África, principalmente, y quizá esa sea la razón de que algunas personas puedan llegar a pensar que la raza influye en los estudios y, sobre todo, en la inteligencia. ¿Hay algo en la naturaleza de esas personas que les lleve a no querer invertir horas para sacar adelante los estudios o que, aun haciéndolo, les impida obtener mejores resultados? ¿O es la cultura que los rodea la que los limita? A lo largo del ensayo, intentaré dar respuesta a estas preguntas. Pero, antes, haré algunas aclaraciones sobre el concepto de raza.

El concepto de raza se ha empleado desde hace miles de años para agrupar a los seres humanos según sus diferencias físicas. Aunque nos parezca una palabra bastante común, que se emplea de forma cotidiana en muchos contextos, está llena de connotaciones negativas y ha sido origen de muchas polémicas. En contraste con la idea de que las razas existen, algunos antropólogos opinan que el ser humano no se puede clasificar en razas, ya que la especie humana representa una sola raza que se divide en etnias, agrupaciones de población que comparten una misma cultura (mismo idioma, mismas festividades, misma vestimenta, etc.) y en las que el físico, como, por ejemplo, el color de la piel, no es un factor determinante. Esta idea ha sido importante en la lucha contra el racismo. También son muchos los biólogos que consideran que no hay bases biológicas para afirmar que las razas existan. Como se ve, el concepto de raza es problemático. Sin embargo, he decido utilizarlo en este ensayo por razones prácticas, con el fin de que la argumentación de las ideas pueda resultar más clara.

A continuación, expondré los distintos puntos de vista que existen sobre si la raza determina la inteligencia o no, y los analizaré de manera crítica y objetiva para, finalmente, llegar a una conclusión adecuada y, por encima de todo, justificada.

En un extremo, se encuentran aquellas personas que consideran que es natural que los sujetos de raza distinta a la blanca saquen notas inferiores en los estudios, por lo que afirman que la inteligencia viene determinada por la raza. Como ejemplo representativo de este enfoque podemos citar a James Dewey Watson, premio Nóbel de Fisiología y Medicina en el año 1962, cuyas palabras, aparecidas en el famoso periódico estadounidense The Times, fueron: “Soy pesimista acerca de las perspectivas de África”. Este comentario fue calificado de racista, ya que daba a entender que la raza proveniente de África, la raza negra, era inferior a la raza blanca. ¿Había algo de verdad en las palabras de Watson o eran expresión de un prejuicio carente de fundamento? Si nos fijamos en la anatomía de diferentes personas procedentes de diferentes países como, por ejemplo, China, EEUU o Sudán, su altura varía, al igual que su robustez y musculatura. Si todas estas características cambian, sería posible que el tamaño, la organización y el funcionamiento de sus cerebros, que es lo que, en principio, determina la inteligencia de un individuo, también cambiasen. Se han realizado muchas pruebas de coeficientes intelectuales entre personas de diferentes razas y parece que algunas siempre suelen estar por debajo de otras, exceptuando casos puntuales; por ejemplo, las puntuaciones medias en las pruebas de los asiáticos del este, como japoneses y chinos, suelen superar a las de los europeos, y los europeos superan a su vez a los bosquimanos, procedentes del sur de África. Si el coeficiente intelectual de los individuos correspondientes a ciertas razas es siempre menor, esto puede indicar dos cosas: la primera, que no esté del todo desarrollado debido a la sociedad y cultura en la que viven o, la segunda, que, debido a su distinta historia evolutiva, su cerebro sea de menor tamaño y esté inscrito en sus genes que el individuo en cuestión no pueda llegar a un mayor nivel de conocimiento e inteligencia. La última afirmación es la que resaltan los que optan por la idea de que la raza determina la inteligencia.

Si la repuesta a la cuestión que planteábamos al principio sobre el porqué de los resultados académicos se resuelve con la afirmación de que la raza determina la inteligencia, se deduciría que los individuos con notas inferiores de raza distinta a la blanca no podrían dar más de sí, aunque ellos quisiesen. Este pensamiento puede llegar a ser peligroso, porque puede desembocar en posiciones racistas, en la idea de la supremacía de una raza sobre las otras. Un claro ejemplo del peligro del racismo lo representa el nazismo, para el que la raza aria era la única realmente pura y era superior a todas las demás.

En el otro vértice, nos encontramos a aquellos que afirman que existe una inteligencia común para todas las personas, de modo que todos los individuos tendríamos las mismas posibilidades de llegar a un nivel intelectual similar, sea cual fuere nuestra raza. Ahora, pongámonos en situación: dos individuos de la misma edad, sexo y raza, uno de ellos criado en un barrio acomodado de un país desarrollado donde dispone de una educación de calidad y, sobre todo, continua desde que nace, y el otro en un país pobre y en guerra donde no recibe apenas educación por los pocos medios que posee. Más tarde, a una determinada edad, se les junta y se les realiza una prueba de CI donde, en el resultado final, se observa que sus coeficientes intelectuales son muy diferentes, siendo mayor el de quien ha recibido una educación constante. Este ejemplo muestra cómo no podemos negar que el lugar donde nos criamos y la educación que recibimos, que a su vez dependen del nivel económico, son factores que determinan nuestra inteligencia. Aunque, en nuestro ejemplo, hayamos empleado dos personas de una misma raza, pasaría exactamente lo mismo al seleccionar dos individuos de la misma edad y sexo, pero de raza diferente. Este tema es tratado en la obra Nuestra Especie de Marvin Harris.

Si esto es cierto, si la inteligencia no va ligada a la raza, podemos concluir que todas aquellas personas que no sacan unas notas buenas en la escuela lo hacen porque no les interesa sacarlas por alguna razón, o simplemente porque su entorno les ha llevado a eso. Más concretamente, los factores que determinarían el fracaso escolar podrían ser, entre otros, la educación recibida a lo largo de la vida, puesto que alguien que no haya sido educado en modo alguno, carecerá de la capacidad de demostrar su inteligencia, como veíamos en el ejemplo y, también, la gente que está a nuestro alrededor, porque, en ocasiones, nos transmiten valores e ideas que no son adecuadas, pero que acabamos adoptando.

Como conclusión de todo lo dicho, considero que éste es un tema que siempre estará envuelto en polémica, como muchos otros, ya que no se puede asegurar absolutamente que sea la cultura, o la naturaleza, la que nos marca el nivel de conocimiento al que podemos llegar como seres humanos. Lo más correcto sería pensar que los dos factores intervienen, aunque no en un mismo porcentaje, porque, aunque la inteligencia esté determinada por los genes de cada individuo, siempre se podrá desarrollar más en función del entorno cultural. Una ciencia que apoya esta idea, la de que ambos factores determinan la inteligencia, es la pedagogía, que se encarga del estudio de la educación.

Los pedagogos, al tener que estudiar la educación, están muy interesados en la inteligencia y en los factores que la determinan. En sus estudios, se han dado cuenta de que intervienen factores biológicos, como la migración de neuronas especializadas en el conocimiento del tronco encefálico a la corteza cerebral, o también los genes heredados. Pero, el hecho de que el factor de la herencia influya en el nivel de inteligencia del individuo, no quiere decir que éste sea un factor decisivo; simplemente, es un factor más. En esos estudios también se ha averiguado que los agentes ambientales, como los que hemos nombrado anteriormente, son los que más influyen en una persona.

Además, si la raza determinase la inteligencia, ¿cómo Wole Sayinka, escritor nigeriano, podría haber ganado el premio Nóbel de Literatura de 1986 o ser Chan Kong Song, más conocido como Jakie Chan, uno de los actores más famosos del mundo entero?


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