Walter Graziano nació en 1960 en la Argentina. Se graduó de economista en la Universidad de Buenos Aires. Hasta 1988 fue funcionario del Banco Central de su






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títuloWalter Graziano nació en 1960 en la Argentina. Se graduó de economista en la Universidad de Buenos Aires. Hasta 1988 fue funcionario del Banco Central de su
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WALTER GRAZIANO

Hitler ganó la Guerra

ISBN 987566099X

Walter Graziano nació en 1960 en la Argentina. Se graduó de economista en la Universidad de Buenos Aires. Hasta 1988 fue funcionario del Banco Central de su país y recibió becas de estudio del gobierno italiano y del Fondo Monetario Internacional para estudiar en Nápoles y Washington DC. Desde 1988 colaboró con medios gráficos y audiovisuales argentinos en forma simultánea a su profesión de consultor económico. En 1990 publicó Historia de dos hiperinflaciones y, en 2001, Las siete plagas de la Argentina, libro que preanunció la debacle económica y política de su país. Desde 2001 Graziano se encuentra abocado a los temas de esta obra, sus antecedentes históricos y cuestiones colaterales.


No importa que nos odien,

siempre que en la misma medida nos teman.
CALIGULA

Prólogo
Apenas comencé a realizar las investigaciones preliminares para escribir este libro, caí en la cuenta de que la vastedad del tema me imponía la necesidad de encontrar colaboradores. Por lo tanto, decidí contratar a estudiantes y graduados en disciplinas humanísticas.
Una de las primeras personas que acudieron a las entrevistas de trabajo era una licenciada en historia, recién graduada, con excelentes calificaciones. A través del diálogo inicial, pude entrever la sólida formación histórica y cultural que poseía para este trabajo. Se trataba además de una persona con otras cualidades: inteligencia y sagacidad.
Resolví, entonces, tomarle la real prueba de fuego. Le acerqué una información de las muchas que el lector va a encontrar en este libro. La recién graduada comenzó a leerla en silencio. Mientras tanto, yo la observaba, y veía cómo se iba sonrojando y los ojos se le entornaban, no sé si de furia o de incredulidad. Cuando terminó la lectura del texto me miró. Con voz entrecortada, y un poco mareada, defendió lo que hace instantes consideraba un saber poco menos que inexpugnable: "La historia no debe escribirse hasta mucho tiempo después de que ocurran los acontecimientos", dijo con el tono de una lección aprendida de memoria.
Opté entonces por acercarle más información, más abundante en datos. Esta vez se puso lívida. Ensayó una respuesta menos estructurada, pero aún se defendía de lo que bien podía considerar tan horroroso como incongruente con respecto a lo que le habían enseñado arios y años. Ante tal tibia defensa, opté por presentarle más material. Se rindió, y sólo dijo: "Si eso es verdad, ya no sé qué pensar".
Le expliqué, entonces, que el concepto de que era necesario dejar pasar bastante tiempo antes de escribir la historia era aplicable a la época en que la tecnología hacía imposible escribirla con buena dosis de rapidez y exactitud. Obviamente Heródoto debió tardar mucho tiempo en juntar el material para su obra. No es de esperar que Suetonio tuviera al alcance de la mano la información para escribir la vida de doce césares. Pero ya en nuestros días algo había comenzado a cambiar: Arnold Toynbee y Paul Johnson estaban escribiendo historia (posiblemente muy sesgada, pero una versión de la historia, al fin) en forma casi simultánea con los propios sucesos. Es comprensible: los medios de comunicación y el rápido acceso al tipo de información que ellos brindan lo hacen posible.
Con el rápido desarrollo de la red global, quizás en poco tiempo más surjan los primeros historiadores que puedan escribir la historia en forma simultánea a la propia sucesión de hechos considerados como históricos. Y hasta incluso sería posible que aparezcan los primeros futurólogos realmente serios. A través de la red se puede acceder con escaso costo y sin demora a cualquier tipo de información, de toda índole, que cualquier individuo del mundo haya deseado conseguir. Sea verdadera o falsa, se trata de información sin ningún tipo de censura directa ni indirecta. Esta última es peor aún que la primera ya que pasa inadvertida y es ejercida por las líneas editoriales y estrategias de los mega medios de comunicación.
La red no sólo ha posibilitado el libre acceso a la información. También permite comprar a distancia cualquier libro editado en cualquier lugar del mundo, nuevo o usado, y tenerlo en casa en menos de una semana, sin innecesarias demoras en preguntas por ediciones agotadas en librerías físicamente lejanas entre sí. También permite el acceso a variados resúmenes de textos, de todas las tendencias, e incluso a comentarios de lectores anteriores, los que en buena medida pueden ayudar a ganar tiempo. Como siempre me gusta repetir: el tiempo es un bien aún mucho más escaso que el dinero. El dinero puede ir y venir. El tiempo, en cambio, sólo va...
Gracias a la red, ya están apareciendo los primeros historiadores online. Y si bien mucha de la información que aparece en la red puede ser falsa o inexacta, con frecuencia lo es menos que la que se ha publicado en muchísimos libros, o que la que aparece a diario en los mega medios de comunicación. La ventaja que nos ofrece la red, sea porque nos brinda información directamente, sea porque nos permite un rápido acceso para ubicar y comprar en sólo segundos libros que nos podría costar años conseguir, es la posibilidad de escribir sobre el presente, y conocerlo, con incontables elementos adicionales de información.
Es posible que esto provoque muy beneficiosos efectos en poco tiempo más. Es probable que las poblaciones de muchos países se enteren mucho antes, mientras están en condiciones de hacer algo al respecto, de tretas de engaño colectivo, psicópatas en los más altos cargos del poder, ambiciosos planes de dominio global, etcétera.
Este libro no se hubiera podido escribir hace cincuenta años. Ni siquiera hace diez. La muchacha graduada en historia arriba mencionada habría tenido, en ese caso, razón. Pero hoy las cosas han cambiado. Tenemos acceso a infinitos elementos más de información. Si no los usáramos por prejuicios o frases hechas al estilo de que "la historia necesita mucho tiempo para escribirse" le estaríamos haciendo el juego a los personajes más oscuros: los que desean que la realidad se escriba de la manera que más les conviene. Muchas veces se trata precisamente de los personajes con más recursos para intentar "borrar" de la memoria colectiva informaciones que pueden llegara comprometerlos. Ésta es una muy vieja costumbre utilizada por tiranos en todas las épocas. Se cuenta que los más sanguinarios emperadores romanos tenían historiadores oficiales. Éstos escribían loas a atroces emperadores y a su acción de gobierno. Sólo muchas décadas más tarde, cuando ya todos los protagonistas estaban muertos, Tácito y Suetonio pudieron poner las cosas en su lugar y colocar a personajes como Tiberio, Calígula y Nerón en el lugar que se merecían: en el panteón de los más siniestros y perversos emperadores que se recuerden. Sin embargo, muchos de los ciudadanos romanos contemporáneos de ellos murieron sin saber cuántos de sus males, miserias y hasta sus propias muertes diarias se debían a los propios emperadores y su sistema de censura y manipulación de la prensa y la historia. En el propio Imperio Romano se tardó más de sesenta años para que se conocieran acabadamente quiénes habían sido esos tres emperadores.
Que lo mismo no ocurra con nosotros. Gracias a la red, ello ahora es posible. Pero que nos libremos de los problemas depende de nosotros, de una participación activa. En las próximas páginas comenzará a quedar claro por qué.

1. NASH: LA PUNTA DEL OVILLO
La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.
George Orwell.

Teoría y práctica del colectivismo oligárquico.

Capítulo 9. Parte 2.1984.
¿Quién no cree, sin casi ningún cuestionamiento el viejo refrán que asevera que "la historia la escriben los vencedores"? Más aún, se suele repetir esa frase una y otra vez. Sin embargo, en pocas ocasiones se tiene una exacta idea de hasta qué niveles de profundidad esto puede llegar a ser verdad. Existe otra frase famosa, que también forma parte del refranero popular. Vale la pena poner ambas en juego dialéctico. Se trata de aquel viejo dicho que asegura que "la realidad supera a la ficción". Si estamos de acuerdo en que ambas aseveraciones generalmente son correctas, no cabe más remedio que comenzar a pensar que la historia —por más doloroso o no que esto pueda resultar— es sólo lo que se habría deseado que hubiera ocurrido. O sea, algo alejado de lo que realmente sucedió. Más aún, es sólo lo que habrían deseado que hubiera acontecido quienes la escribieron, o la escriben, mediante la distorsión de hechos ocurridos en la realidad. Muchas veces les resulta necesario a los vencedores interpretar de forma cambiada los hechos, silenciar espinosas cuestiones ocurridas o, incluso, generar de la nada la historia. Precisamente por eso bien se puede pensar, siguiendo hasta sus últimas consecuencias el juego dialéctico de esas dos verdades populares, que si algo no está escrito en los medios masivos de comunicación o en abundante bibliografía, y no forma parte del "saber mayoritario", entonces no ocurrió, no pasó, no es verdad. La versión de un suceso divulgada por los medios masivos de comunicación es precisamente lo que se conoce como historia.
Empecé recién a tener una cabal idea de todo esto a raíz de un hecho trivial, casual, cotidiano, como fue haber ido al cine a ver una película. El film en cuestión no era otro que Una mente brillante, la obra protagonizada por Russell Crowe, que ganó el Oscar a la mejor película del año 2001, en marzo de 2002. En realidad, se trata de un doble galardón porque la historia narra la vida del matemático John Nash, quien en 1994 obtuvo el Premio Nóbel de Economía por sus descubrimientos acerca de la denominada "Teoría de los Juegos".
Si bien la película tenía características altamente emotivas, debido a la mezcla de realidad y fantasía que el guión mostraba acerca de la vida de Nash, un detalle del mismo no podía pasar inadvertido para quienes ejercemos la profesión de economistas. Se trata sólo de un detalle, de un instante, de apenas un momento del film en el que el protagonista asevera que descubrió, literalmente, que Adam Smith —el padre de la economía —no tenía razón, cuando en el año 1776 en su obra La riqueza de las naciones esbozó su tesis principal —y base fundamental de toda la teoría económica moderna— de que el máximo nivel de bienestar social se genera cuando cada individuo, en forma egoísta, persigue su bienestar individual, y nada más que ello. En la escena siguiente de la película, el decano de la Universidad de Princeton, Mr. Herlinger, mira azorado los desarrollos matemáticos mediante los cuales Nash expone ese razonamiento acerca de Adam Smith y declara que, con ellos, más de un siglo y medio de teoría económica se desvanecía.
Como economista me debía hacer una pregunta: ¿se trataba de una verdad o de una alocada idea del guionista del film? Me puse a investigar, y lo bueno del caso es que se trataba... de una verdad. Ahora bien, lo que llama muy poderosamente la atención es que estas expresiones vertidas en la película hayan pasado inadvertidas para miles y miles de economistas. Que el público corriente, que no pasó años enteros estudiando economía, escuche que alguien descubrió que Adam Smith no tenía razón en su tesis acerca de la panacea que significaba el individualismo para cualquier tipo de sociedad, puede no llamar la atención, puede parecer hasta trivial. Pero a un economista no se le puede escapar, si está en una posición realmente científica, la real dimensión de lo que significaría la demolición del individualismo y de la libre competencia como base central de la teoría económica.
Es necesario remarcar que Nash descubre que una sociedad maximiza su nivel de bienestar cuando cada uno de sus individuos acciona en favor de su propio bienestar, pero sin perder de vista también el de los demás integrantes del grupo. Demuestra cómo un comportamiento puramente individualista puede producir en una sociedad una especie de "ley de la selva" en la que todos los miembros terminan obteniendo menor bienestar del que podrían. Con estas premisas, Nash profundiza los descubrimientos de la Teoría de los Juegos, descubierta en la década del 30 por Von Neumann y Morgestern, generando la posibilidad de mercados con múltiples niveles de equilibrio según la actitud que tengan los diferentes jugadores, según haya o no una autoridad externa al juego, según sea el juego cooperativo o no cooperativo entre los diferentes jugadores. De esta manera, Nash ayuda a generar todo un aparato teórico que describe la realidad en forma más acertada que la teoría económica clásica, y que tiene usos múltiples en economía, política, diplomacia y geopolítica, a punto tal que puede explicar e incluir el más sangriento de todos los juegos: la guerra.
Todo esto puede parecer difícil de entender. Pero no lo es. En el fondo, si se lo piensa bien, los descubrimientos de Nash implican una verdad de Perogrullo. Por ejemplo, tomemos el caso del fútbol. Supongamos un equipo en el que todos sus jugadores intentan brillar con luz propia, jugar de delanteros y hacer el gol. Más que compañeros, serán rivales entre sí. Un equipo de esas características será presa fácil de cualquier otro que aplique una mínima estrategia lógica: que los once integrantes se ayuden entre sí para vencer al rival. ¿Cuál cree el lector que será el equipo ganador? Aun cuando el primer equipo tenga las mejores individualidades, es probable que naufrague y que, incluso hasta individualmente, los miembros del segundo equipo luzcan mejor. Esto, ni más ni menos, es lo que Nash descubre, en contraposición a Adam Smith, que sugeriría que cada jugador "haga la suya".
A pesar de que se trata de un concepto muy básico, entonces, prácticamente nada de la Teoría de los Juegos se enseña en general a los economistas, casi nada hay escrito en otro idioma que no sea el inglés y, obviamente, lo escaso que se enseña en carreras de grado y posgrado se hace sin formular la aclaración previa de que al trabajar con la Teoría de los Juegos se usa un herramental más sofisticado y aproximado a la realidad que con la teoría económica clásica. A punto tal llega esta distorsión (dudaba ya en un principio si se trataba de una manipulación) que se silencia que la gran teoría de Smith queda en realidad anulada por la falsedad de su hipótesis basal, cosa demostrada por Nash.
En la carrera de economía, en la Argentina y en una vasta cantidad de países, tanto en universidades privadas como en las públicas, se sigue enseñando desde el primer día hasta el último que Adam Smith no sólo es el padre de la economía, sino que además estaba en lo correcto con su hipótesis acerca del individualismo. Los argumentos que se utilizan para explicar que supuestamente tenía razón se basan generalmente en desarrollos teóricos anteriores al descubrimiento de Nash y en cierta evidencia empírica percibida no sin una alta dosis de arbitrariedad. De ello resulta que se contamina a la teoría económica —que debería constituir una ciencia— con una visión ideológica, lo que instituye en ella todo lo contrario de lo que debería ser una ciencia. Muchos de los profesores que día a día enseñan economía a sus alumnos ni siquiera han sido informados de que hace más de medio siglo alguien descubrió que el individualismo, lejos de conducir al mejor bienestar de una sociedad, puede producir un grado menor, y muchas veces muy apreciablemente menor, de bienestar general e individual que el que se podría conseguir por otros métodos de ayuda mutua.
¿Cómo puede explicarse esto, entonces? ¿Cómo es que nos venimos a enterar, a través de una película, de que el presupuesto básico, fundamental, de la ciencia económica es una hipótesis incorrecta? Peor aún, los descubrimientos de Nash fueron efectuados a principios de la década del 50, hace ya más de medio siglo, y fueron hechos nada menos que en Princeton, no en algún alejado lugar del planeta, sin conexiones académicas con el resto de los economistas, los profesores y los profesionales de la economía y las finanzas, factores que deben aumentar el grado de sorpresa.
¿Cuál es el papel que podríamos esperar que desarrollen las mentes más brillantes de una ciencia, si de repente alguien descubre matemáticamente que el propio basamento fundamental de esa ciencia es incorrecto? Podría presuponerse que en tal caso todos tendrían que frenar los desarrollos de las teorías que vienen sosteniendo o generando, y las ideas sobre las cuales están trabajando, para ponerse a repensar las bases fundamentales de la teoría, admitiendo que en realidad se sabe mucho menos de lo que creía saberse hasta la aparición del descubrimiento. Se comenzaría así a trabajar para dotar de nuevas bases y fundamentos a la ciencia cuya premisa fundamental acaba de desvanecerse. Ésta sería la lógica, sobre todo si se tiene en cuenta que, en lo relativo a la economía, las conclusiones de una teoría, y los consejos que a raíz de ella puedan dar los economistas, y las medidas que finalmente encaran los gobiernos y las empresas de hecho alteran la riqueza, el trabajo y la vida diaria de millones y millones de personas. Los efectos sobre la humanidad pueden ser mayores que en otras ciencias. Cuando se hacen recomendaciones económicas, se está tocando directa o indirectamente el destino de millones de personas, lo que debería imponer el cuidado y la prudencia, no sólo en quienes elaboran las políticas económicas sino también en quienes opinan y aconsejan.
Por lo tanto, el descubrimiento de Nash acerca de la falsedad de la teoría de Adam Smith debería haber puesto en estado de alerta y en emergencia a la comunidad de los economistas en el planeta entero. Ello, por supuesto, no ocurrió, en buena medida debido a que sólo un reducido núcleo de profesionales de la economía se enteró a inicios de los años '50 de la verdadera profundidad de los descubrimientos de Nash.
Puede pensarse, entonces, que un saludable revisionismo sería una verdadera actitud científica frente a lo acontecido. Sin embargo, nada de esto ocurrió ni ocurre en la economía. Los economistas, no sólo en carreras de grado, sino también en las de posgrado, tanto en Argentina como en el exterior, no reciben información alguna acerca de que la base fundamental de la economía es una hipótesis demostrada incorrecta, nada menos que desde las propias matemáticas. Además de carecer de información alguna en ese sentido, se les enseña enormes dosis de teorías y modelos económicos desarrollados desde la década del 50, precisamente cuando ya esa incorrección se conocía en pequeños e influyentes núcleos académicos, los que no sólo entronizan la premisa básica del individualismo smithsoniano, sino que intentan universalizar para todo momento del tiempo y del espacio los desarrollos económicos clásicos y neoclásicos iniciados por el propio Smith.
Quien crea que esto no tiene consecuencias se equivoca gravemente. Habría que preguntarse, por ejemplo, si la propia globalización hubiera sido posible, en su actual dimensión, en el caso de que los descubrimientos de Nash hubieran tenido la repercusión que merecían, si los medios de comunicación los hubieran difundido y si muchos de los economistas considerados más prestigiosos del mundo, muchas veces financiados por universidades norteamericanas que deben su existencia a grandes empresas del sector privado, no los hubieran dejado "olvidados" en el closet. Si hubiera habido en su debido momento un revisionismo a fondo a partir de los descubrimientos de Nash, quizás hoy tendríamos Estados nacionales mucho más fuertes, reguladores y poderosos de lo que, tras una década de globalización, resultan.
Un punto central que se debe tener en cuenta, que asocié a poco de comenzar a investigar el tema, es que, en forma prácticamente simultánea a los descubrimientos de Nash, dos economistas, Lipsey y Lancaster, descubrieron el denominado "Teorema del Segundo Mejor". Este descubrimiento enuncia que si una economía, debido a las restricciones propias que ocurren en el mundo real, no puede funcionar en el punto óptimo de plena libertad y competencia perfecta para todos sus actores, entonces no se sabe a priori qué nivel de regulaciones e intervenciones estatales necesitará ese país para funcionar lo mejor posible. En otras palabras, lo que Lipsey y Lancaster descubrieron es que es posible que un país funcione mejor con una mayor cantidad de restricciones e interferencias estatales, que sin ellas. O sea que bien podría ser necesaria una muy intensa actividad estatal en la economía para que todo funcione mejor. Lo que se pensaba hasta ese momento era que si el óptimo era inalcanzable porque el "mundo real" no es igual al frío mundo de la teoría, entonces el punto inmediato mejor para un país era el de la menor cantidad de restricciones posibles al funcionamiento de plena libertad económica. Pues bien, Lipsey y Lancaster derrumbaron hace más de medio siglo ese preconcepto. Como consecuencia directa de ello, reaparecen en el centro de la escena temas como aranceles a la importación de bienes, subsidios a la exportación y a determinados sectores sociales, impuestos diferenciales, restricciones al movimiento de capitales, regulaciones financieras, etcétera.
Al igual que lo ocurrido con la Teoría de los Juegos, el Teorema del Segundo Mejor apenas se explica a los economistas en universidades públicas y privadas. Aun cuando sus implicancias son enormes, generalmente se lo da por sabido en sólo una clase, en apenas una media hora, y se pasa a otro tema. Resulta casi una "rareza" exótica insertada en los programas de estudio, una curiosidad a la que no se le suele dar demasiada importancia. Craso error.
Un caso típico es el de la ex Unión Soviética. Gorbachov en su momento decidió desregular, privatizar y abrir la economía eliminando rápidamente la mayor cantidad de barreras posibles a la libre competencia. No le fue bien. Lejos de progresar rápidamente, la economía rusa cayó en una de las peores crisis de su historia. Si se hubieran aplicado los postulados de Lipsey y Lancaster, se habría tenido más cautela y muy probablemente las cosas no habrían salido tan mal.
Si combináramos los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster, lo que obtendríamos es que no puede establecerse a ciencia cierta, y de antemano, qué resulta mejor para un determinado país, sino que ello dependerá de una gran cantidad de variables. Por lo tanto, toda universalización de recomendaciones económicas es incorrecta. No se puede dar el mismo consejo económico (por ejemplo, privatizar o desregular o eliminar el déficit fiscal) para todo país y en todo momento. Sin embargo, esto es lo que precisamente se ha venido haciendo cada vez con más intensidad, sobre todo desde los años '90, cuando, al ritmo de la globalización, se han encontrado recetas que se han enseñado como universales, como verdades reveladas, que todo país debe siempre aplicar.
Puede resultar extraño, pero probablemente no lo sea: un descubrimiento fundamental que hubiera cambiado la historia de la teoría económica, y hasta hubiera dificultado la aparición de la globalización, no tuvo prácticamente difusión alguna más que en un muy reducido núcleo de economistas académicos residentes en Estados Unidos, por lo que se impuso la ideología falsa con la que muchos gobiernos, en muchos casos sin saberlo, toman decisiones económicas. Mientras estas teorías no recibían el grado de atención adecuada por la profesión de los economistas, por los diseñadores de políticas gubernamentales y por la población en general, empezaron a cobrar, en aquel mismo momento, a partir de los años '50 y '60, una gran difusión en los medios de comunicación las teorías desarrolladas en la Universidad de Chicago. Nada menos que la misma casa de estudios que había albergado en su sede al italiano Enrico Fermi con el fin de que desarrollara la bomba atómica financió en materia económica a Milton Friedman, también premio Nobel en Economía, quien comienza a desarrollar en los mismos años '50 la denominada "Escuela Monetarista". Luego de más de una década de estudios, Friedman y sus seguidores llegan a la conclusión de que la actividad del Estado en la economía debe reducirse a una sola premisa básica: emitir dinero al mismo ritmo en que la economía está creciendo. O sea, si un determinado país naturalmente crece al 5% anual, para Friedman, su Banco Central debe emitir moneda a ese mismo ritmo. Si, en cambio, crece naturalmente al 1% anual, debe emitir moneda sólo al 1% anual. La lógica intrínseca de este razonamiento es que el dinero sirve como lubricante de la economía real. Por lo tanto, si una economía en forma natural crece muy rápidamente, necesita que el Banco Central de dicho país genere más medios de pago que si está estancada. En el fondo, la recomendación de Milton Friedman es que cada país mantenga una relación constante entre cantidad de dinero y PBI. Toda otra política económica estatal es desaconsejada por Friedman.
La Escuela Monetarista tuvo un enorme grado de difusión en todo el mundo, aun cuando los bancos centrales de los principales países desarrollados jamás aplicaron los consejos de Friedman, con la sola excepción de Margaret Thatcher, que, tras un breve período de aplicación de unos cuantos meses de las políticas monetaristas en Inglaterra, necesitó ganar una guerra (la de Malvinas) para recuperar la popularidad perdida por los desastrosos resultados de ella, que habían elevado el desempleo en Inglaterra a niveles pocas veces vistos —nada menos que el 14%—, sin siquiera acabar por ello con la inflación. Fue el único y muy breve caso de aplicación de las recetas de esta escuela en países desarrollados. Sin embargo, las presiones para que naciones en vías de desarrollo como la Argentina apliquen estas políticas siempre han sido muy fuertes.
Cabe aclarar que hay generalmente dos clases de personas para las cuales las fórmulas de Friedman han resultado de una atracción poco menos que irresistible: se trata de teóricos en economía en primer lugar, y en segundo, grandes empresarios. Pero ambos, por motivos bien diferentes. Para muchos economistas teóricos, la atracción que producían las teorías de Friedman provenían de la sencillez de su recomendación: "Emita moneda al ritmo que usted crece". Además, el carácter universal de esta premisa básica acercaba, en la mente un tanto"distorsionada" de muchos profesionales en la materia, la economía a las ciencias duras: a la física y a la química, objetivo que muchos de los economistas más renombrados del siglo XX han perseguido, en la creencia de que una ciencia es más seria si logra encontrar fórmulas de aplicación universal al estilo de lo que la ley de gravedad es en la física.
Milton Friedman parecía proporcionar precisamente eso: una ley de aplicación universal al campo económico. Bien podríamos discutir si esta quimera, perseguida por muchos economistas, no es en el fondo nada más que un peligroso reduccionismo, dado que las ciencias sociales no se mueven con los mismos parámetros que las ciencias exactas.
Pero no todos quienes fueron atraídos por las teorías de Friedman lo hacían por esos motivos: una buena parte del establishment veía en la generación y en la aplicación de este tipo de teorías la posibilidad de derrumbar un gran número de trabas y regulaciones estatales en muchos países, pudiendo así ensanchar su base de negocios a zonas del planeta que permanecían ajenas a su actividad. Esto explica el alto perfil que alcanzaron las teorías monetaristas, a pesar de estar fundadas en los incorrectos supuestos de Adam Smith antes mencionados, y su presencia constante en los medios de comunicación, muchas veces propiedad de ese mismo establishment.
El hecho de que el establishment de los países desarrollados hiciera enormes loas a esas teorías, pero los gobiernos de esos mismos países desarrollados no aplicaran para sí las teorías monetaristas, no fue un obstáculo para que muchos de los más poderosos empresarios presionaran a gobernantes de países periféricos para que aplicaran las tesis de Milton Friedman. Un típico caso de ello fue el de la Argentina de la época de Martínez de Hoz, cuyo gobierno aceptó las presiones de buena parte del empresariado financiero internacional para producir la política económica de la era militar de Videla Martínez de Hoz(1).
(1) En viajes a la Argentina, y en traslados a EE.UU. de Martínez de Hoz, David Rockefeller le habría impartido órdenes en forma personal de los lineamientos básicos que la economía argentina debía observar. Se trata del mismo personaje que felicitó al ex presidente De la Rúa por el nombramiento de Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía en 2001, expresando a la prensa su beneplácito con la frase: "Cavallo sabe que hay que ajustarse el cinturón".
Mientras los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster permanecían ocultos para el gran público y apenas diseminados entre los propios profesionales en economía, teorías íntegramente basadas en los supuestos básicos de Adam Smith, y que Nash demostró que se hallaban equivocadas, como la monetarista de Milton Friedman, no sólo recibían una enorme difusión en los medios de comunicación, sino que además contaban con el beneplácito del establishment, y comenzaban a hacer estragos en países tomados como laboratorios, todo ello a pesar de que al basarse íntegramente en los presupuestos de Smith, de antemano los principales académicos de EE.UU. no podían desconocer que se trataba de teorías económicas fundadas en supuestos incorrectos, por lo que sus chances iniciales de éxito eran casi nulas.
Desde los años '60 hasta la fecha, la Escuela Monetarista y su hija directa, la Escuela de Expectativas Racionales, de Robert Lucas, han ocupado el centro de la escena en universidades, centros de estudio y medios de comunicación. La Escuela de Expectativas Racionales reduce aún más el papel para el Estado de lo que ya lo había hecho la Escuela Monetarista. Un país, según Lucas, no debe hacer nada más allá de cerrar su presupuesto sin déficit. Si el desempleo es de dos dígitos, no debe hacer nada. Si la gente literalmente se muere de hambre, no debe hacer nada. Un buen ministro —para esa escuela— debe dejar en "piloto automático" a la economía de un país, y sólo debe preocuparse de que el gasto público esté íntegramente financiado con recaudación de impuestos.
Robert Lucas, de profesión ingeniero, también en la Universidad de Chicago, tras una década de abstrusos cálculos matemáticos, basados íntegramente en la hipótesis fundamental de Adam Smith, llega a la conclusión de que cualquier país, en cualquier momento del tiempo, ni siquiera debe emitir dinero al mismo ritmo que crece. De esta manera, hasta la regla de oro de Milton Friedman es abolida por esta escuela cuyo auge intelectual se ubicó en la década del '80. La hipótesis fundamental de Robert Lucas es que el ser humano posee perfecta racionalidad y toma sus decisiones económicas sobre la base de ella. Esta hipótesis psicológica fue duramente criticada, pero Lucas y sus seguidores se escudaron en el razonamiento de que no hacía falta que cada uno de los operadores económicos fuera perfectamente racional, sino que sólo era necesario que el promedio de los operadores económicos se comportara con perfecta racionalidad para que sus teorías fueran válidas.
Esto implica transformar la hipótesis psicológica de la perfecta racionalidad en una hipótesis sociológica: se supone que los desvíos en la racionalidad humana, en una sociedad, se compensan entre si. Se trata, como se ve, de un supuesto exótico, rarísimo, pero a la vez tan central en la teoría de Lucas, que si se cae, nada en ella permanece en pie. Es extraño que esto haya ocurrido, sobre todo a la luz de los descubrimientos de otro economista, Gary Becker (Nóbel en 1992), quien descubrió matemáticamente que las preferencias individuales no son agregables (o sea, no puede obtenerse una función de preferencias sociales a partir de la adición de las individuales, dado que estas últimas no pueden sumarse). Con este descubrimiento Becker lanzó un verdadero misil a toda la denominada "teoría de la utilidad", que es la base subyacente en las teorías económicas de Chicago y termina de derrumbar mucho más que todo el aparato teórico de Chicago.
A pesar de ello, y como con Nash y Lipsey, los "científicos" que estaban creando las escuelas de Chicago no parecen haber efectuado acuse de recibo alguno. Para Lucas, todas las sociedades del mundo, en todo momento del tiempo, toman sus decisiones económicas con perfecta racionalidad. Las decisiones de consumo, ahorro, inversión se hacen, según Lucas, sabiendo perfectamente bien qué es lo que el gobierno está haciendo en materia económica. Por lo tanto, para Lucas y su gente, cualquier iniciativa estatal para cambiar el rumbo natural con el que una economía se mueve no sólo es inútil sino contraproducente. Es así que Lucas y su gente llegaron a la conclusión de que lo mejor que puede hacer todo gobierno del mundo en cualquier momento, en materia económica, es no realizar nada que no sea mantener el equilibrio fiscal.
Es difícil entender cómo puede ser que estas ideas, extrañas por cierto, hayan acaparado la atención de economistas y de los medios de comunicación de la manera que lo hicieron. En el caso específico de la Argentina, pertenecer a la corriente de la Escuela de Expectativas Racionales durante los años '80 y '90 se transformó, directamente, en una moda ineludible para muchos economistas. Cualquier economista que no perteneciera a esta corriente y que abjurara de ella era visto poco menos que como un dinosaurio. Nadie se preguntaba, y es muy raro que así haya ocurrido, cómo puede ser que la teoría económica de todo el planeta estuviera en manos de un ingeniero puesto a esbozar teorías psicológicas (disciplina alejadísima de la ingeniería), ultra especializado en matemáticas. Pero así ocurrió. Nadie sabe muy bien, tampoco, de dónde salió el argumento de que el promedio de cualquier sociedad se comporta de manera perfectamente racional. Si nos detenemos a pensar un minuto sobre todo esto, podríamos llegar fácilmente a la conclusión de que si estas teorías eran tomadas en serio por muchos de quienes eran considerados los más idóneos profesionales en economía, fue exclusivamente porque se habían elaborado en una universidad considerada muy prestigiosa. Sin el sello de Chicago, las teorías de Lucas probablemente hubieran causado hilaridad y hubieran mandado al ingeniero a construir puentes o edificios, en vez de intentar explicar cómo funciona la economía mundial y la psiquis promedio de toda sociedad. Para Lucas, entonces, si los gobiernos no se meten con la economía, ésta logra muy fácilmente el pleno empleo: todo es cuestión de que los gobernantes levanten todo tipo de restricciones a la competencia perfecta y cuiden que no haya déficit fiscal. Nada más que eso, y en forma mágica, se llega al pleno empleo.
Y no sólo al pleno empleo, sino también a los mejores salarios posibles para toda la masa laboral, de cualquier país del mundo, en cualquier momento del tiempo. La implicancia de esto es en el fondo grotesca: Lucas nos quiere hacer creer que la tasa de crecimiento demográfico en cualquier país iguala, en poco tiempo, la tasa de generación de empleo. Que es lo mismo que decir que la gente opta por reproducirse al mismo ritmo en que se ponen avisos clasificados en búsqueda de obreros y empleados en los diarios. Como se ve, una verdadera aberración, de tamaño supino, si se tiene en cuenta que además se transforma esa creencia en postulado universal. No es difícil entender por qué de la mano de Robert Lucas llegamos a una conclusión tan disparatada si consideramos que el ingeniero parte de hipótesis equivocadas tanto porque se basa en el individualismo de Adam Smith, como en hipótesis psicológicas sui generis.
Sin embargo, habría una forma de pensar que Lucas podía tener algo de razón. Ello se da si pensamos la existencia humana con un criterio malthusiano: Thomas Robert Malthus, ensayista inglés del siglo XIX, pensaba que mientras las poblaciones humanas se multiplican en forma geométrica, las subsistencias lo hacen sólo aritméticamente. Por lo tanto, la sobrepoblación era, para Malthus, el peor peligro que acechaba al planeta. De esta manera, las guerras, las hambrunas o las epidemias eran "sanos" métodos de corregir el fantasma de la sobrepoblación. Si bien el tiempo no dio la razón a Malthus, y la población mundial ha crecido increíblemente en los últimos dos siglos. A pesar de ello, el establishment norteamericano es un ferviente creyente de las ideas malthusianas. Baste con señalar que el obsequio que el presidente George Bush le hizo al presidente argentino Kirchner en su visita a Washington DC no fue otro que la principal obra de Malthus, llamada Un ensayo sobre el principio de la población, del año 1798.
El corolario de la teoría de Lucas es entonces que en forma universal la tasa de crecimiento demográfico iguala la tasa degeneración de empleo. Por lo tanto, dado que la tasa de crecimiento demográfico no es otra cosa que la tasa de natalidad menos la de mortalidad, si esta última es rápidamente variable, y la gente muere a medida que desaparece el empleo, o vive más si se le ofrece trabajo, podríamos ubicarnos casi siempre en una especie de "pleno empleo", según Lucas. Si se posee una filosofía malthusiana, es por supuesto mucho más fácil creer en la Escuela de las Expectativas Racionales.
¿Por qué el establishment, la élite norteamericana, es creyente de Malthus, aun cuando la realidad demostró que no estaba en lo correcto? Porque estiman que es sólo una cuestión de tiempo, hasta que Malthus esté en lo correcto. Como la energía del planeta está basada en recursos no renovables, lo que buena parte del establishment anglonorteamericano cree es que, a medida que el petróleo se agote, Malthus irá teniendo razón. Si no hay energía disponible para transportar los alimentos o para producirlos, una buena parte de la población podría estar destinada a desaparecer. Todo sería cuestión de determinar quienes, y para ello, la élite de negocios norteamericana usa la teoría de otro inglés famoso Charles Darwin. Darwin fue el creador de la Teoría de la Selección Natural. Esta teoría predica que las especies más aptas, que mejor se amoldan al medio, sobreviven y se reproducen, y las menos aptas perecen y se extinguen. Aplicar una combinación de las principales tesis de Malthus y Darwin a las sociedades implica adoptar una posición racista, en forma sistemática.
En lo que atañe al petróleo, elemento central en esa línea de pensamiento, muy poca información acerca de sus cantidades, distribución geográfica e ideas para reemplazarlo se suele divulgar en forma masiva en los medios de comunicación. Pensar en reemplazar la tecnología del petróleo por otra, desde el punto de vista económico, presenta más de un riesgo —que habrá que correr—. Requiere pensar la situación que puede desatarse en los mercados financieros con mucha anticipación, dado que un eventual reemplazante barato del petróleo podría poner en un riesgo elevado la salud financiera de los enormes pulpos petroleros y, por lo tanto, de los mercados financieros en su conjunto. Por otro lado, un reemplazante muy barato y abundante del petróleo podría sacar de forma inmediata de la pobreza a millones de personas.
Volviendo a la Escuela de Expectativas Racionales, si bien por obvios motivos ningún país desarrollado aplicó o aplica las tesis de Robert Lucas, Argentina sí lo hizo. El llamado "piloto automático", con el que se movían los ex ministros Cavallo, Fernández y Machinea, no era otra cosa que la admisión de que el Estado iba a desentenderse de la crisis de empleo que vivía la Argentina en los '90, y el mensaje que los argentinos recibían desde los medios de comunicación, en forma masiva, de parte de autoridades y de economistas presuntamente independientes, era que no había que hacer nada porque la situación del empleo se solucionaba sola. No es casual que Robert Lucas visitara la Argentina en 1996, invitado en forma especial por la principal usina de la Escuela de Expectativas Racionales de la Argentina: el CEMA, y hasta conociera al entonces presidente Menem en la quinta presidencial de Olivos, lo que marca hasta qué punto esta verdadera secta de la economía caló hondo en la Argentina.
Quien se pregunte por qué en la Argentina estas ideas han tenido mucha más aplicación que en otros países puede encontrar una respuesta al alcance de la mano desde los años '60, la Argentina padeció crónicamente altas tasas de inflación, y hasta llegó al exceso de padecer dos cortas hiperinflaciones en 1989. Dado que las teorías desarrolladas en la Universidad de Chicago, tanto la de Friedman como la de Lucas, venían etiquetadas como el más poderoso antídoto contra la inflación, los economistas argentinos adoptaron, en general, un sesgo mucho más pronunciado que sus pares de otros países del mundo a favor de las teorías de Chicago, sin ejercer el pensamiento crítico, simplemente porque esas ideas venían de Chicago. Muchos de los más conocidos de nuestros economistas incluso estudiaron allí, y luego han diseminado en la Argentina esas ideas. No es casual entonces que desde hace varios años este país ostente el raro récord mundial de desempleo y subempleo, los que, sumados, arrojan durante largos años guarismos superiores al 30%. Lo curioso del caso es que generalmente se enseña en las universidades de todo el mundo que la Escuela Monetarista surgió como una respuesta a las altas tasas de inflación que los elevados déficit presupuestarios causaban en vastas partes del planeta. Sin embargo, si se revisa la historia, se observa que en los años '50 e inicios de los '60 en Estados Unidos prácticamente no había inflación y en la gran mayoría de los países desarrollados las tasas de inflación eran relativamente bajas, de un solo dígito anual. Habría que cuestionar, entonces, el supuesto origen anti-inflacionario de las teorías de Chicago, dado que la inflación no era un problema en los países desarrollados en el momento en que estas teorías empezaron a surgir. Queda por ahora en la nebulosa, entonces, la verdadera causa de estas, teorías, precursoras en la realidad de la globalización. Cuando se gestaron, la inflación sólo era un problema grave en países envías de desarrollo. ¿Habrá sido acaso un gesto de filantropía del establishment norteamericano hacía los países pobres dedicar tantos recursos a la generación de "las escuelas de Chicago"?
En resumen de cuentas, desde al menos los años '50, la teoría económica se viene manejando de una manera no sólo muy poco profesional sino además acientífica, casi como si se tratara de la astrología o de alguna otra disciplina cuyos basamentos fundamentales no pueden explicarse racionalmente. Descubrimientos científicos de gran envergadura, cuya difusión hubiera podido cambiar la historia de la globalización y detener sus peores consecuencias, fueron prolijamente ocultados hasta a los propios economistas, mientras que teorías basadas de antemano en hipótesis probadas matemáticamente como falsas fueron diseminadas no solamente entre los profesionales en economía, sino también en los medios de comunicación, y hasta fueron aplicadas en los lugares del mundo en los que ello ha sido posible, donde había un ambiente receptivo favorable, como en América latina.
Se nos había enseñado que el sistema de universidades norteamericano era el más desarrollado del mundo, que su actitud hacia el conocimiento científico era frío e imparcial. Que la ciencia progresaba en estas universidades independientemente depresiones políticas y de conveniencias económicas y empresariales. ¿Cómo pudo ocurrir esto, entonces? Un detalle no menor que se debe tener en cuenta es que las dos escuelas mencionadas se originaron, desarrollaron y expandieron desde la Universidad de Chicago, recibiendo fuertes dosis de financiamiento de esa casa de estudios. El financiamiento no se detuvo sólo en pagar los elevados salarios de los investigadores que desarrollaban las teorías monetaristas y de expectativas racionales en ese recinto académico, sino que además también abarcó la costosa campaña de difusión de estas ideas en los medios de comunicación. Es necesario tener en cuenta que, aunque alguien pueda llegar a un descubrimiento tipo "pólvora económica", sin el dinero suficiente para diseminar esa idea en los medios de comunicación no hay forma alguna de que el conocimiento en cuestión tome estado público.
Es evidente, entonces, que ha habido poderosos intereses atrás de las teorías de la denominada Escuela de Chicago, que han constituido el basamento para lo que hoy es la globalización, aun cuando se trataba, ni más ni menos, que de un saber falso. ¿Qué intereses están atrás de la Universidad de Chicago? Pues bien, fue fundada por el magnate petrolero John D. Rockefeller I, creador además del mayor monopolio petrolífero del mundo: la Standard Oil. Esa casa de estudios superiores ha sido siempre un baluarte de la industria petrolera. Pero el control de una alta casa de estudios como la Universidad de Chicago por sí solo no hubiera bastado, en medio de un contexto intelectual muy independiente, para imponer las ideas de Milton Friedman y Robert Lucas de la manera en que se hizo. Si hubiera existido un contexto intelectual realmente independiente, habrían aparecido fuertes críticas a los supuestos psicológicos y sociológicos que el ingeniero Lucas introducía en sus teorías. ¿Por qué, entonces, el nivel de críticas que recibió la Escuela de Expectativas Racionales no llegó a ser muy importante? Pues bien, la industria petrolera no sólo fundó la Universidad de Chicago sino que controla, en forma directa o indirecta, al menos a las universidades de Harvard, New York, Columbia y Stanford, y además está presente en otras muchas universidades. Es usual que muchos de los directivos de estas casas de estudios superiores alternen tareas en empresas petroleras o en instituciones financieras muy relacionadas con dicho sector.
Precisamente por eso no debe llamar la atención tanto que las teorías clásicas de la economía y sus derivadas (Friedman, Lucas, etc.) den prácticamente un trato uniforme a todos los mercados, de todos los bienes, en todos los países y en todo momento, sin hacer distinción entre ellos. ¿Por qué? Hay bienes que se pueden producir y otros cuya capacidad de producción es limitada: hay recursos renovables y otros no renovables. Precisamente el petróleo es un recurso no renovable, por lo que su mercado es de características especiales. A pesar de ello, es una cuestión que escapa al tratamiento que se le da usualmente en la teoría económica: la teoría suele tratarlo como si fuera un mercado más. La cantidad de petróleo que hay en la Tierra es finita y limitada. Más aún si se tiene en cuenta que, al tratarse de la principal fuente de energía utilizada hoy en el planeta, una eventual brusca escasez no podría ser subsanada mediante el uso de otras fuentes de energía, al menos en forma rápida. Por lo tanto, los efectos de lo que ocurre en el mercado petrolero pueden trasladarse con fenomenal rapidez a todos los otros mercados. Pero los defectos de la Escuela de Chicago no se reducen a desconocer esto y a negar los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster. Es llamativo el hecho de que el propio producto, de características particulares, cuya explotación permitió la fundación de la propia universidad, y el control de otras tantas, es un bien que no fue tratado en la teoría de una manera especial al ser un recurso no renovable, por Friedman y Lucas, quienes tampoco tienen en cuenta que precisamente el petróleo es el bien cuyo mercado ostenta el mayor nivel de cartelización del mundo. Paradójicamente, entonces, quienes intentaron ejercer un verdadero oligopolio en el estratégico mercado de la energía fomentaron la creación y difusión de teorías económicas basadas en la libre competencia, la ausencia de regulaciones estatales, el paraíso del consumidor y la competencia constante entre sí de una enorme gama de productores que sólo tienen en teoría una ganancia exigua que realizar.
Ahora comenzaba a quedarme más claro por qué, y debido a quién es, el principal descubrimiento de Nash había permanecido bastante oculto y, al mismo tiempo, aparecía como un enigma el verdadero estado de situación del mercado petrolero, sobre todo a la luz de las guerras ocurridas en el siglo XXI.

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2. EL PROBLEMA DEL PETRÓLEO
El mundo se divide en tres categorías de personas: un pequeñísimo número que hace producir los acontecimientos; un grupo un poco más importante que vigila su ejecución y asiste a su cumplimiento, y, en fin, una vasta mayoría que jamás sabrá lo que en realidad ha acontecido.

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